¿Quién es Satoshi Nakamoto? El gran misterio del bitcóin, revelado

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Una tarde del otoño de 2024, mi esposa y yo nos encontrábamos sentados en medio del tráfico de la autopista de Long Island cuando ella, cansada de la estación de jazz-funk que yo solía poner en nuestros trayectos, puso un pódcast.

Era Hard Fork, el programa de The New York Times sobre tecnología, y los presentadores hablaban sobre un nuevo documental de HBO que aseguraba haber desenmascarado al inventor del bitcóin, conocido solamente con el seudónimo Satoshi Nakamoto.

Quedé enganchado al instante. Desde hacía mucho tiempo veía la cuestión de la verdadera identidad de Satoshi como uno de los grandes enigmas de nuestra era y ya había intentado averiguarla, sin éxito. Dos años antes, incluso había dedicado varios meses a investigar para un libro sobre el tema, pero no tardé en darme cuenta de que estaba fuera de mi alcance y desistí a regañadientes.

Oír que alguien más podría haber identificado por fin a la enigmática figura que había revolucionado las finanzas, dado origen a una industria de 2,4 billones de dólares y amasado una de las mayores fortunas del mundo en un golpe de asombrosa genialidad despertó en mí una mezcla de admiración y envidia. Estaba impaciente por ver la película. En cuanto llegamos a casa esa noche, entré a HBO Max y pulsé play.

Al final, la conclusión de Dinero Digital: El Misterio del Bitcoin me pareció poco convincente: HBO señalaba a un desarrollador de software canadiense basándose en pruebas que parecían muy endebles. Pero mientras veía lo que por lo demás era un entretenido paseo por el mundo de las criptomonedas, una escena me llamó la atención.

El criptógrafo británico Adam Back, una figura destacada del movimiento bitcóin, se encontraba sentado en un banco de un parque de Riga, Letonia, con la camisa suelta bajo un abrigo marrón. El cineasta recitaba de manera casual los nombres de varios sospechosos de ser Satoshi. Al escuchar el suyo, Back se puso tenso, negó categóricamente ser Satoshi y pidió que la conversación fuera extraoficial.

Habiendo tenido encuentros con bastantes mentirosos y desarrollado cierta habilidad para detectar sus gestos delatores, el comportamiento de Back –sus ojos esquivos, su risita incómoda, los movimientos bruscos de su mano izquierda– me pareció sospechoso. Cuando aparecieron los créditos, repetí esa secuencia varias veces en mi televisor.

Mientras pensaba en la reacción de Back, otra cosa vino a mi mente. Un impostor australiano había sido demandado por afirmar falsamente que era Satoshi. ¿Qué tal si las pruebas reveladas en ese juicio, celebrado en Londres unos meses antes, podrían ayudarme a desentrañar el misterio?

Como te dirá cualquiera que esté empapado en la mitología del bitcóin, Satoshi era un maestro en el arte de ser anónimo en internet, dejando pocas huellas digitales, por no decir ninguna.

Sin embargo, Satoshi dejó un corpus de textos, incluido el libro blanco, un documento de nueve páginas en el que exponía su invento y numerosos mensajes en el foro Bitcointalk, un tablón de mensajes en línea donde los usuarios se reunían para debatir sobre el software, la economía y la filosofía de la moneda digital. Y resultó que ese corpus se había ampliado considerablemente durante el juicio civil del impostor, cuando Martti Malmi, un programador finlandés que colaboró con Satoshi en los primeros días del bitcóin, divulgó cientos de correos electrónicos que había intercambiado con él. Ya habían salido a la luz correos electrónicos que Satoshi envió a otros de los primeros usuarios de bitcóin, pero nada se acercaba en volumen al lote de Malmi. Si alguna vez se iba a encontrar a Satoshi, yo estaba convencido de que la clave se encontraba en estos textos.

Por otro lado, seguramente otros habían recorrido este camino antes que yo. Periodistas, académicos y detectives de internet llevaban 16 años intentando identificar a Satoshi. Durante ese tiempo, se habían propuesto más de 100 nombres, entre ellos los de un estudiante de criptografía irlandés, un ingeniero japonés-estadounidense desempleado, un cerebro criminal sudafricano y el matemático retratado en la película Una mente brillante.

Las teorías más atractivas se habían enfocado en las coincidencias que encajaban con lo poco que se sabía de Satoshi: un estilo particular de escribir código, un historial laboral misterioso, dominio de los conceptos técnicos clave del bitcóin, una visión del mundo antigobierno. No obstante, todas habían caído bajo el peso de una coartada o de alguna otra prueba incoherente o contradictoria. Cada fracaso había sido recibido con regocijo por muchos miembros de la comunidad del bitcóin. Como les gustaba señalar, solo Satoshi podría demostrar de manera definitiva su identidad, moviendo algunas de sus monedas. Cualquier prueba que no fuera esa sería circunstancial.

Parecía una tontería pensar que de algún modo yo podría resolver un caso que había desconcertado a tantos otros. Pero ansiaba la emoción de una historia grande y desafiante, así que decidí intentar una vez más desenmascarar al misterioso creador del bitcóin.

Empecé a buscar maneras de depurar la lista de candidatos.

Algo que saltaba a la vista en los correos electrónicos de Satoshi a Malmi y en sus otros escritos era que mezclaba ortografía y modismos británicos con expresiones estadounidenses. Como muchos sospechosos de ser Satoshi son estadounidenses, algunos han especulado que disfrazaba su prosa con giros británicos, pero una pista que nos dejó Satoshi hizo que yo nunca creyera en esa teoría.

En el primer bloque de transacciones de bitcóin, Satoshi incrustó el texto de un titular de periódico: “The Times 03/enero/2009 El canciller al borde del segundo rescate a los bancos”. El titular en cuestión apareció en la edición británica impresa de The Times of London. Esto me pareció una señal de que Satoshi de verdad era británico.

También es muy probable que Satoshi fuera miembro de los Cypherpunks, un grupo de anarquistas formado a principios de la década de 1990 que quería utilizar la criptografía, el arte de proteger las comunicaciones mediante código, para liberar a las personas de la vigilancia y la censura del gobierno. Los cypherpunks interactuaban principalmente a través de algo conocido como lista de correo de internet. Antecesoras de los actuales tablones de mensajes, las listas de correo eran grandes grupos de correos electrónicos escritos con tipografía antigua, en estilo de máquina de escribir, que los suscriptores recibían en su bandeja de entrada. Para comunicarse, quienes respondían le daban a “responder a todos”.

Es difícil imaginarlo en la era de Venmo y Apple Pay, pero una de las mayores preocupaciones de los cypherpunks era la digitalización de las transacciones financieras. Cuando le das a alguien un billete de 20 dólares, nadie sabe de dónde viene. Pero cuando pagas algo con un cheque o una tarjeta de crédito, los bancos guardan registros informáticos. A los cypherpunks les preocupaba que los gobiernos utilizaran esos registros para monitorear la vida de las personas. En su lista de correo, hicieron una lluvia de ideas sobre cómo crear “efectivo electrónico”: dinero digital que conservara el anonimato de la moneda física. Algunos incluso idearon sus propios sistemas de dinero electrónico, pero ninguno despegó. Hasta que llegó el bitcóin.

Además de su interés común en el efectivo digital, había otros indicios de que Satoshi pertenecía al grupo. Él anunció su libro blanco en una lista derivada de la de los cypherpunks, llamada Cryptography, y parecía familiarizado con dos miembros del grupo.

En su apogeo, a finales de la década de 1990, los cypherpunks contaban con alrededor de 2000 seguidores, por lo que aún quedaba un gran número de candidatos.

Armado con estos indicios, ciertamente débiles, me sumergí en los escritos de Satoshi, especialmente en los correos divulgados por Malmi, y elaboré una lista de palabras y frases que me llamaron la atención. Era como intentar descifrar un dialecto extranjero. Más de una vez me pregunté si no estaba entregado a un ejercicio inútil.

Mi lista llegó a tener más de cien palabras y frases y ocupó varias páginas de mi cuaderno. Entre las que me llamaron la atención estaban: “dang“, “backup“, “human friendly“, “on principle“, “burning the money“, “abandonware“, “hand tuned” y “partial pre-image“. (En español: “diablos”; “respaldar”; “amigable para humanos”; “por principios”; “quemar el dinero”; “software abandonado”; “ajustado a mano”; y “preimagen parcial”).

Una frase –“una amenaza para la red“– sonaba como una línea de una película de ciencia ficción. El resto sugería una extraña combinación de británico de clase alta, estadounidense rural, genio de la informática y criptógrafo.

Utilizando la función de búsqueda avanzada de la plataforma de redes sociales X, hice una búsqueda rápida para ver si alguna de las alrededor de 10 personas a las que más a menudo se señalaba como Satoshi usaba los términos que yo había destacado. No todos los sospechosos de ser Satoshi tienen cuentas en X, así que esto no pretendía ser científico. Pero, tal como esperaba, una persona coincidía con casi todas mis palabras y frases: Back.

Mirando fijamente una larga columna de marcas que había puesto en mi cuaderno bajo su nombre, sentí una descarga de adrenalina. Mi corazonada ahora parecía tener, al menos en parte, fundamento. Que Back usara muchos de los mismos términos que Satoshi tal vez no probara nada para una comunidad que llevaba años consumida por este tema, pero yo dudaba que fuera mera casualidad.

Al observar más de cerca a Back, me di cuenta de que tenía varios atributos que coincidían con los de Satoshi. Para empezar, era británico y era un cypherpunk. Y lo que era más importante, Back había inventado el hashcash, un sistema estadístico de resolución de acertijos que Satoshi tomó prestado para la minería de bitcóin. Satoshi había mencionado a Back y al hashcash en su libro blanco.

Sin embargo, Back había presentado correos electrónicos durante el juicio del impostor australiano que demostraban que Satoshi se había puesto en contacto con él en agosto de 2008, antes de publicar el libro blanco del bitcóin, para verificar la cita del hashcash de Back. Esos correos parecían demostrar que Back no podía ser Satoshi.

Sin embargo, mientras pensaba en eso, vislumbré una posibilidad diferente: Back podría haberse enviado esos correos a sí mismo como coartada.

Con sus gafas de montura de alambre, su cabello ralo y canoso y su perilla, Back, de 55 años, parece un matemático desaliñado. Durante alrededor de una década, ha construido un pequeño imperio de empresas relacionadas con el bitcóin y se ha convertido en uno de los miembros más influyentes de la comunidad.

Hace tiempo que Back figura entre los principales candidatos a Satoshi. Sin embargo, a diferencia de otros sospechosos destacados, no ha sido objeto de un escrutinio periodístico minucioso, salvo en un video de 2020 de un YouTuber anónimo que se hace llamar “Barely Sociable”.

Hace un año, volé a Las Vegas para reunirme con él. Tenía previsto hablar en la conferencia Bitcoin2025 en el hotel Venetian Resort. No estaba segura de tener a la persona adecuada, así que no pensaba enfrentarlo todavía. Solo quería conocerlo y saber más sobre sus antecedentes. Si mi investigación daba resultado, me imaginaba acorralándolo más tarde con todas mis pruebas, en un dramático enfrentamiento final, como un detective de policía que intenta arrancar una confesión a un sospechoso de asesinato. Pero por el momento, quería que se sintiera cómodo y establecer una relación.

Me acerqué a Back después de verlo predecir con seguridad en un panel que el bitcóin, que entonces cotizaba en torno a los 108.000 dólares, alcanzaría “fácilmente el millón” en cinco o 10 años. (Como era de esperar, los organizadores de la conferencia habían bautizado el escenario en el que habló como “Escenario Nakamoto”). Parecía ligeramente sorprendido, a pesar de que yo había concertado la entrevista con antelación.

Solo le dije a Back que estaba trabajando en un reportaje sobre la historia del bitcóin, pero puede que sospechara lo que me traía entre manos porque ya me había puesto en contacto con seis antiguos colegas de tres empresas en las que había participado. Si era así, no lo demostró. Se mostró paciente y amable. Resultaba difícil imaginar que este nerd de mediana edad y voz suave, que no tomaba precauciones de seguridad visibles, pudiera ser una de las personas más ricas del mundo. Según la leyenda del bitcóin, Satoshi había extraído 1,1 millones de monedas en los primeros días de la moneda digital, un tesoro valorado en 118.000 millones de dólares en el momento de la conferencia.

Back se mostraba parlanchín cuando se trataba de bitcóin, pero era más reservado cuando yo dirigía la conversación a sus primeros años de vida. Finalmente logré que me contara lo siguiente: nació en Londres en 1970. Su padre era empresario y su madre secretaria jurídica. Se mudaban con frecuencia y los miembros de su familia tenían opiniones firmes y no dudaban en expresarlas.

Back dijo que aprendió a programar de manera autodidacta a los 11 años con una computadora personal Timex Sinclair y que se interesó por la criptografía en la secundaria. La afición se convirtió en pasión en la Universidad de Exeter cuando un compañero le presentó PGP, un programa de encriptación gratuito usado por activistas antinucleares y grupos de derechos humanos para proteger sus archivos y correos electrónicos de la vigilancia gubernamental.

Back quedó tan cautivado con las muchas aplicaciones potenciales de PGP (la sigla en inglés de Pretty Good Privacy, o Privacidad Bastante Buena), que dijo que pasó la mayor parte de su doctorado “adentrándose en el laberinto de la criptografía”. Se distrajo tanto, recordó, que tuvo que despachar toda su tesis en los últimos seis meses en la universidad, comparándose con un piloto que aterriza de emergencia un avión.

Para entonces yo ya había aprendido lo suficiente como para saber que PGP se basa en la criptografía de clave pública.

El bitcóin también. Un usuario de bitcóin tiene dos claves: una clave pública, de la que se deriva una dirección que actúa como una caja de seguridad digital; y una clave privada, que es la combinación secreta utilizada para abrir esa caja y gastar las monedas que contiene.

Qué interesante –pensé– que el pasatiempo de posgrado de Back involucrara la misma técnica criptográfica que Satoshi había adaptado.

El tema de la tesis de doctorado de Back, me dijo, eran los sistemas informáticos distribuidos: programas que dependen de una red de computadoras independientes, conocidas en el lenguaje informático como “nodos”, que trabajan juntas para ejecutar su software. Este era otro de los pilares tecnológicos del bitcóin.

Y el proyecto de tesis de Back se centraba en C++, el mismo lenguaje de programación que utilizó Satoshi para codificar la primera versión del software de bitcóin.

Después de casi dos horas, Back me indicó educadamente que tenía otros compromisos esa tarde, así que nos despedimos cordialmente. Le dije que me pondría en contacto si tenía otras preguntas.

Antes de mi viaje a Las Vegas, había empezado a sumergirme en los archivos de la lista de correo de Cypherpunks para saber más sobre el extraño mundo clandestino que había producido a Satoshi. Cuando regresé a Nueva York, me zambullí de nuevo.

A diferencia de una plataforma de redes sociales como Facebook, la lista Cypherpunks era un foro de comunicación descentralizado. Ahí se reunían aficionados a la criptografía preocupados por la privacidad para intercambiar ideas subversivas sin temor a ser censurados. En el proceso, sembraron las semillas de innovaciones que cambiarían el curso de la historia financiera.

Sus mensajes se conservaron para la posteridad en varios sitios web poco conocidos. Uno de ellos me recibió con el logotipo de una calavera y el eslogan: “¡Levántate, no tienes nada que perder más que tus cercas de alambre de púas!”. Me encontré mirando miles de correos electrónicos llenos de jerga criptográfica que apenas entendía.

Back se unió a la lista en el verano de 1995, hacia el final de sus estudios de posgrado. Rápidamente se convirtió en un participante activo, publicando constantemente sobre temas que iban desde la privacidad digital hasta sus muy frugales hábitos de gasto.

En uno de sus primeros mensajes, resolvió un reto criptográfico, una especie de acertijo matemático, publicado por Hal Finney, un cypherpunk de California que había trabajado en PGP. Ese fue el inicio de una amistad en línea; décadas después, Back tuiteó que él y Finney habían interactuado numerosas veces dentro y fuera de la lista y que admiraba la concentración y las habilidades de codificación de Finney.

Satoshi también era amigo de Finney. Cuando Satoshi presentó su libro blanco, Finney lo elogió. Más tarde, Finney se ofreció como voluntario para recibir algunos bitcóins en lo que se convirtió en la primera transacción de bitcóin del mundo. No había pruebas de que Finney supiera quién era Satoshi, pero una de sus interacciones parecía indicar que Satoshi conocía a Finney.

En diciembre de 2010, Finney publicó en Bitcointalk elogiando el código del bitcóin. Dos horas después, Satoshi respondió: “Eso significa mucho viniendo de ti, Hal“.

Hubo otra cosa que me hizo pensar que Satoshi y Finney tenían un historial en común. En uno de sus correos electrónicos a Malmi, Satoshi hacía referencia a un sistema de dinero electrónico que Finney había inventado llamado Pruebas de Trabajo Reutilizables, o RPOW, por su sigla en inglés.

Al igual que el bitcóin, el RPOW incorporaba hashcash en su diseño pero, a diferencia del bitcóin, no había despertado prácticamente ningún interés en la comunidad criptográfica. Solo un puñado de personas lo habían comentado en las listas Cypherpunks y Cryptography.

Uno de esos pocos era Back.

Back había encontrado en los cypherpunks a sus almas gemelas ideológicas. Me lo imaginaba en su casa de Londres conectándose a internet con un módem de marcación después del trabajo y pasando las noches metido en discusiones filosóficas con otros miembros del grupo a medio mundo de distancia.

Igual que muchos de sus nuevos amigos por correspondencia, Back adoptó la “criptoanarquía”, una ideología que básicamente significaba usar la criptografía para proteger la vida de las personas de la intromisión del Estado.

Eso me recordó lo que dijo Satoshi cuando lanzó el bitcóin.

Como libertario, Back se indignó cuando el gobierno de Bill Clinton abrió una investigación penal contra el fundador de PGP. En aquella época, el gobierno de Estados Unidos consideraba que los programas de encriptación eran vitales para la seguridad nacional y creía que la publicación en línea del código fuente de PGP equivalía a exportar municiones prohibidas.

A manera de protesta, Back hizo camisetas con un potente algoritmo de encriptación impreso en ellas y las envió por correo a Cypherpunks de otros países. Su argumento era que la prohibición estadounidense de exportar criptografía sensible violaba los principios de la libertad de expresión y no podía aplicarse.

Mientras me deleitaba con la astucia de la broma de Back, me di cuenta de que Satoshi también había usado el código para enviar mensajes políticos. Probablemente Satoshi había incrustado ese titular de The Times of London en el primer bloque de transacciones, en parte para criticar los rescates bancarios del gobierno británico durante la crisis financiera que hacía estragos en aquel momento.

Satoshi había colocado otro mensaje político en un sitio web popular entre los aficionados a las tecnologías descentralizadas. Afirmaba que su fecha de nacimiento era el 5 de abril de 1975. El 5 de abril fue el día de 1933 en que el presidente Franklin Roosevelt prohibió la propiedad privada de oro para permitir que el gobierno devaluara el dólar durante la Gran Depresión, y 1975 fue el año en que terminó la prohibición.

El comentarista financiero Dominic Frisby había visto este guiño hace más de una década y lo había reconocido: el bitcóin era una versión digital del oro que el Estado no podía prohibir ni devaluar.

Pero nadie parecía haber reparado en esta breve publicación hecha por Back en 2002:

“Solo por curiosidad, ¿cuál fue la justificación bajo la cual la posesión privada de oro se volvió ilegal en Estados Unidos? Es desconcertante…”.

Mientras reflexionaba sobre esta extraña coincidencia, me di cuenta de que Satoshi y Back tenían otra cosa en común: una extraña preocupación por el correo no deseado.

Entre sus diversas aficiones cypherpunk, Back dirigía un remailer, un servicio que permitía a sus usuarios comunicarse de forma anónima eliminando los datos identificativos de sus correos antes de reenviarlos. Para su gran disgusto, personas que se dedicaban a enviar correo no deseado, o spam, aprovecharon eso para bombardear a la gente con basura.

Back inventó el hashcash en marzo de 1997 como una forma de contraatacar. La idea era imponer una tarifa de franqueo a cada correo electrónico enviado a través de su remailer. Los gastos de envío se pagaban en hashcash, que los usuarios generaban resolviendo pequeños problemas matemáticos que requerían muchos cálculos. Una computadora solo tardaba unos segundos en resolver los problemas matemáticos, pero representaban una costosa carga de recursos informáticos para quienes enviaban cientos de miles de correos no deseados a la vez.

Mientras leía el corpus de Satoshi por segunda y tercera vez, empecé a ver la palabra “spam” por todas partes. Según mi conteo, Satoshi la mencionaba 24 veces, y con frecuencia expresaba ideas idénticas a las de Back.

Cinco meses después de presentar el hashcash, Back sugirió en la lista Cypherpunks que su invento podría ser útil a los famosos para filtrar sus correos electrónicos. En una publicación de enero de 2009 en la lista Cryptography, Satoshi proponía un uso similar para el bitcóin.

No era un caso de uso obvio para el nuevo dinero electrónico de Satoshi, a menos que filtrar correo basura estuviera en tu cerebro, como lo había estado en el de Back durante más de una década.

Satoshi también creía que el bitcóin podría conducir a una reducción general del correo no deseado. Días después de publicar su libro blanco, argumentó que su creación podría dar a los ejércitos de computadoras zombis controladas por hackers para inundar bandejas de entrada un nuevo propósito: “generar bitcóin en su lugar”.

Su argumento no tuvo repercusión alguna y el spam siguió proliferando. Sin embargo, Back haría el mismo señalamiento en Bitcointalk cuatro años más tarde: “Quizá el spam incluso disminuya si la minería de hashcash con CPU/GPU resulta ser un mercado más rentable que enviar spam. Me parece muy probable que así sea”, escribió.

No tenía tanta suerte encontrando fisuras en la cubierta secreta de Satoshi que pudieran conducir a una prueba concluyente. La sabiduría convencional sostenía que había cometido dos errores. El primero tenía que ver con una dirección IP filtrada que parecía ubicarlo en el sur de California cuando lanzó el software de bitcóin. El otro involucraba un hackeo de una de sus direcciones de correo electrónico. Tras semanas persiguiendo ambas pistas, concluí que no solo eran callejones sin salida, sino que probablemente ni siquiera habían sido errores. ¿Cómo iba a encontrar a alguien tan hábil para ocultar su rastro?

Mientras reflexionaba sobre esta pregunta, se me ocurrió que Back también era hábil para operar de forma anónima en internet. Profundamente paranoico ante la vigilancia gubernamental, buscaba constantemente formas de eludirla. De hecho, al igual que Satoshi, Back era un gran aficionado a usar seudónimos.

“Debes estar por debajo del radar, debes ser esencialmente invisible para el gobierno, el expediente de los espías sobre ti debe decir ‘Señor Promedio’ y ser completamente inofensivo. También debes tener uno o más alter egos, para tus intereses reales”, escribió en enero de 1998.

El alter ego elegido por Satoshi era de Japón. Casualmente, Back había expresado su interés por ese país en 1997, cuando un cypherpunk japonés publicó en la lista la creación del primer remailer (servidor de correo anónimo) de Japón.

“¡Felicidades por poner en marcha un remailer en una nueva jurisdicción!”, respondió Back. “Cambiar de jurisdicción también es bueno –me pregunto qué ofrece Japón como oportunidad de jurisdicción– ¿hay cosas legales en Japón que no lo sean en Europa o Estados Unidos?”.

El cypherpunk japonés no contestó. Pero eso no habría impedido que Back realizara más tarde una pequeña investigación por su cuenta. Si lo hubiera hecho, habría dado con una empresa con sede en Tokio llamada Anonymousspeech LLC, que ofrecía servicios de correo electrónico anónimo y de alojamiento web. Satoshi utilizó sus servicios para registrar el sitio web bitcoin.org y crear dos cuentas de correo electrónico imposibles de rastrear.

En 1999, Back se mudó a Montreal para trabajar en una empresa emergente especializada en software de privacidad. Allí ayudó a crear un sistema de privacidad llamado Freedom Network que permitía a sus usuarios navegar por internet de forma anónima. Fue un precursor de The Onion Router, una red mejor conocida por sus siglas, Tor, que anonimiza el tráfico en internet. Existe un consenso generalizado en la comunidad bitcóin de que Satoshi utilizó Tor para ocultar sus huellas.

Al igual que el bitcóin, Freedom Network era un sistema informático distribuido. Back y sus colegas intentaron hacerlo inmune a la vigilancia gubernamental y empresarial.

Ese era otro rasgo que compartía con Satoshi, cuyos mensajes en Bitcointalk mostraban un profundo conocimiento de la seguridad de las redes y de cómo protegerse de las vulnerabilidades. La red bitcóin es muy admirada por lo bien que ha resistido los intentos de hackeo.

Tras varios meses en las profundidades de los archivos de la lista Cypherpunks, a veces perdía la noción de dónde me encontraba en mi investigación y seguía pistas falsas por extraños callejones sin salida. Al responder a una de las primeras críticas a su libro blanco en la lista Cryptography, Satoshi había escrito: “En realidad, no hice esa afirmación con toda la firmeza que hubiera podido”. Creí haber visto esa frase antes y pasé varias tardes revisando cientos de mensajes de la lista de correo de la década de 1990 que ya había leído. Pronto quedó claro que me la había imaginado.

Pero mi relectura no fue en vano. Otros paralelismos entre Back y Satoshi empezaron a hacerse evidentes. Por ejemplo, Back y Satoshi compartían su aversión por los derechos de autor.

“Que se eliminen las patentes y los derechos de autor”, escribió Back en septiembre de 1997.

Fiel a esta creencia, Back puso su software hashcash para limitar el spam como código abierto.

Satoshi hizo algo parecido. Publicó el software de bitcóin bajo la licencia de código abierto del MIT, que permitía a cualquiera utilizarlo, modificarlo y distribuirlo sin restricciones.

Con intenciones de crear algo de dominio público, Back y Satoshi también crearon listas de correo en internet dedicadas a sus creaciones –la lista Hashcash y la lista Bitcoin-dev– en las que publicaban actualizaciones del software con nuevas funciones y correcciones de errores en un formato y estilo sorprendentemente similares.

El sesgo de Satoshi contra los derechos de autor, similar al de Back, se manifestó de otras formas. Renunció expresamente a los derechos de autor cuando compartió imágenes de un logotipo de bitcóin que había diseñado en Bitcointalk, y animó a quien quisiera mejorarlo a “hacer sus gráficos de dominio público“.

A principios de la década de 2000, la aplicación de los derechos de autor se convirtió en noticia de primera plana cuando el popular servicio de intercambio de archivos Napster cerró tras ser demandado por las grandes compañías musicales. Napster era un ejemplo de software peer-to-peer, en el que los usuarios comparten contenidos entre sí directamente, eliminando la necesidad de un intermediario corporativo.

Back estaba horrorizado. Compartió con la lista Cypherpunks un documento escrito por un abogado especializado en propiedad intelectual que detallaba todas las amenazas legales a las que se enfrentaban ahora los creadores de software peer-to-peer.

“Mi conclusión tras leerlo”, escribió Back, “es que lo más seguro y sencillo es limitarse a publicar dicho software de forma anónima”.

El bitcóin, igual que Napster, era software peer-to-peer. Cambia la industria musical por el gobierno y podría producirse un escenario similar. Si se conociera la identidad de su creador, los abogados del gobierno sabrían a quién perseguir. Si permanecía oculta, no habría nadie a quien demandar. Si Back y Satoshi eran la misma persona, eso ayudaría a explicar por qué Satoshi decidió ocultarse.

Las compañías discográficas estaban protegiendo sus intereses comerciales. El gobierno habría tenido un plan diferente: proteger su monopolio sobre el dinero.

Al igual que Back, Satoshi consideraba el fin de Napster una lección a tener en cuenta.

Estaba haciendo referencia a que, aunque los usuarios intercambiaban canciones directamente, Napster usaba un servidor central para llevar un registro de quién tenía qué canciones. En cambio, Gnutella, otro servicio de intercambio de archivos, operaba en una red de computadoras independientes distribuidas por todo el mundo, al igual que el bitcoin.

Esto representaba otra coincidencia fascinante. En una publicación de mayo de 2000, Back había hecho exactamente la misma comparación entre Napster y Gnutella:

Back no hizo esta comparación solo una vez. La repitió tres veces distintas en la lista Cypherpunks.

[Esta nota está en proceso de traducción y se actualizará próximamente]

Producido por Aliza Aufrichtig, Molly Bedford, Rebecca Lieberman y Renee Melides.

Créditos fotográficos de los retratos (de izquierda a derecha): Yonhap/EPA, vía Shutterstock, Amir Hamja para The New York Times, Joe Raedle/Getty Images.

John Carreyrou es periodista de investigación de la sección de negocios de The New York Times.Dylan Freedman es el editor de proyectos de inteligencia artificial del Times, e investiga diversos temas. Tiene experiencia como reportero y como ingeniero de aprendizaje automático.

Producido por Aliza Aufrichtig, Molly Bedford, Rebecca Lieberman y Renee Melides. Créditos fotográficos de los retratos (de izquierda a derecha): Yonhap/EPA, vía Shutterstock, Amir Hamja para The New York Times, Joe Raedle/Getty Images.

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