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En un pueblo del bosque nuboso, una red de residentes, extranjeros y cuáqueros pacifistas ofreció un refugio precario pero vital a las familias expulsadas por el gobierno de Estados Unidos.
La casa no se parecía en nada al moderno salón de belleza que Vusala Yusifova tuvo en su día en Azerbaiyán.
El aroma del café recién hecho, y no el de la laca para el pelo, llenaba el aire. Yusifova trabajaba rodeada de utensilios de cocina y libros infantiles. Su hija de 9 años, Inji, la ayudaba como asistente. Su esposo levantaba a una clienta por encima del lavabo del baño para lavarle el pelo.
Y, sin embargo, a pesar de las limitaciones, era más de lo que Yusifova podría haber imaginado para sí misma hace un año, cuando el gobierno de Donald Trump la deportó a Costa Rica, junto con su familia.
Los Yusifov fueron detenidos mientras cruzaban ilegalmente de México a Estados Unidos, tras la cancelación de sus citas para solicitar asilo. Los agentes de la patrulla fronteriza los detuvieron después de que Inji se enredó en una valla de alambre de púas.
Fueron de las primeras personas en ser expulsadas en el marco de un programa de deportación masiva. Miles de migrantes que no pueden ser devueltos de forma legal o segura a sus países de origen han sido enviados, en su lugar, a lugares con los que no tienen ningún vínculo.
Hasta ahora, el gobierno de Trump ha enviado a 15.000 personas a países desconocidos, según el Instituto de Política Migratoria, entre ellos Panamá, Camerún, Sudán del Sur y otros.
Al igual que el resto de las 200 personas que llegaron a Costa Rica el año pasado, los Yusifov pasaron varios meses detenidos en un centro de retención improvisado. Pero hoy se encuentran entre el puñado de familias que han tenido un recibimiento inesperado en Monteverde, una localidad situada en la cima de una montaña al noroeste de Costa Rica.
Allí, una alianza de residentes, emigrantes y cuáqueros pacifistas recaudó fondos para apoyar a los recién llegados, les encontró lugares para alquilar, ayudó a sus hijos a ir a la escuela y, en algunos casos, les ofreció trabajo.
“Estamos en ese proceso de cómo empoderarlos paso a paso para que no dependan siempre de los demás”, dijo Danielle Hentschl, de 39 años, al referirse a los Yusifov.
Los Hentschl, una pareja cristiana de California que vive en Monteverde, le habían pedido a Yusifova que le cortara el pelo a una de sus hijas pequeñas.
“La familia que ves son mis amigos más cercanos”, dijo Yusifova, de 43 años, mientras se refería a sus anfitriones. “Los quiero mucho”.
Aún no está claro cuánto tiempo más podrá la localidad seguir recibiendo a las personas deportadas, ni si podrá acoger a más. Costa Rica firmó un acuerdo en marzo para aceptar a 25 o más deportados nuevos cada semana. El último grupo llegó el sábado pasado.
En Monteverde, donde la niebla baña los bosques y los turistas se deslizan en tirolesa por las copas de los árboles, algunas de las personas expulsadas por Estados Unidos han ido construyendo, poco a poco, un frágil sentido de hogar.
‘Me robaron’
Cuando llegaron a Costa Rica el año pasado, los 200 deportados fueron trasladados a una fábrica de lápices acondicionada para recibirlos cerca de la frontera con Panamá. Las autoridades les confiscaron los pasaportes y los hacinaron en barracones durante meses, con escaso acceso a la educación o la atención de salud, según varias personas deportadas y grupos de derechos humanos que documentaron su confinamiento.
Las condiciones eran tan terribles que al menos seis personas se fugaron.
Las autoridades se vieron obligadas a liberar a los deportados; les dieron la opción de quedarse o marcharse tras un informe incisivo del defensor del pueblo del país y demandas internacionales. Un Tribunal Constitucional también dictaminó que las detenciones eran ilegales.
La mayoría regresó a sus países de origen. Otros solicitaron asilo en Costa Rica. Varios recibieron un estatus migratorio especial que les permitió encontrar trabajo y moverse libremente.
“Si te llevo a Rusia sin documentos, sin dinero –no sabes el idioma, no conoces este país, no sabes nada– y te abro las puertas y te digo: ‘Haz lo que quieras’”, dijo German Smirnov, un deportado ruso, “¿cómo reaccionarías?”.
Smirnov, de 37 años, trabajaba como miembro de una mesa electoral en Rusia cuando grabó lo que, según él, eran irregularidades en las elecciones presidenciales de 2024. Tras ser detenido por soldados, le dieron a elegir: ir a la cárcel o ir a luchar en la guerra de Ucrania. En lugar de eso, huyó y voló a la frontera de Estados Unidos con su esposa y su hijo. En enero, se canceló su cita para solicitar asilo y se entregaron. Fueron deportados a Costa Rica.
“Me robaron”, dijo Smirnov. “Hice todo lo correcto”.
Familias como la suya, incapaces de volver a casa ni de seguir adelante, quedaron en el limbo.
Marcia Aguiluz Soto, una abogada costarricense que asesoró a varios deportados, dijo que acogió a una familia en su casa, cerca de San José, la capital, durante unos días.
“Yo les podía ofrecer una estancia y alimentación”, dijo. “Pero no les podía ofrecer comunidad”.
A través de su trabajo con el American Friends Service Committee –una organización con sede en Filadelfia fundada por los cuáqueros, un movimiento religioso pacífico–, Aguiluz Soto se dio cuenta de que comunidad era lo que un grupo de cuáqueros llevaba más de 70 años construyendo en los bosques nubosos de Costa Rica. Así que acudió a ellos.
‘Una sensación de libertad’
En 1951, un grupo de unos 40 cuáqueros estadounidenses se trasladó a Monteverde después de que cuatro de sus hombres fueran encarcelados por negarse a inscribirse en el servicio militar en tiempos de paz. Cuando un juez les dijo que buscaran otro país si no querían servir, eligieron Costa Rica, que acababa de abolir su ejército.
Criaron vacas lecheras y abrieron una fábrica de queso. Reservaron miles de hectáreas de bosque que atraen a observadores de aves y excursionistas durante todo el año. Un gran edificio de madera sirve como escuela bilingüe, centro comunitario y lugar de culto.
Con el tiempo, Monteverde se convirtió en un enclave de jubilados, biólogos, artistas y extranjeros.
El año pasado, cuando se corrió la voz de que familias enteras se encontraban atrapadas en un centro de detención sin saber adónde ir, muchos cuáqueros se sintieron en la obligación de ofrecerles refugio, tal y como en su día buscaron sus fundadores.
“Esta comunidad se mostró dispuesta a dar un paso al frente e intentar aliviar este sufrimiento lo mejor posible”, afirmó Jennifer Walker Gates, una abogada estadounidense especializada en migración que vive en Monteverde.
Recaudaron fondos suficientes para cubrir el alojamiento y la comida de seis familias.
“No lo hacíamos como una declaración política”, dijo Katy Van Dusen, de 68 años, miembro de la Reunión de Amigos en Monteverde, el grupo cuáquero. “Lo hacíamos porque se trata de personas que necesitan ayuda”.
Había caído la noche en Monteverde el pasado mes de julio cuando, uno a uno, 25 deportados, agotados y desorientados, bajaron del autobús.
Una multitud los esperaba. Una persona trajo galletas caseras. Otra tenía un carrito de golf lleno de suéteres donados.
Jennie Mollica, de 55 años, otra cuáquera, dijo que percibió entre los recién llegados una sensación de libertad. “La capacidad de, tal vez, respirar hondo”, afirmó.
De las seis familias migrantes, una se trasladó al norte, a una granja, y solicitó asilo, según los cuáqueros. Otras cruzaron de nuevo a Estados Unidos. Solo dos permanecen en Monteverde.
Un nuevo hogar
A principios de este año, Smirnov y su familia visitaron el imponente volcán Arenal de Costa Rica. El país al que él y sus seres queridos habían sido deportados, la nación que los había confinado, también tenía su belleza.
“Antes de llegar aquí, nunca había pensado en esto”, dijo Smirnov, y añadió que el viaje le inspiró a aprender más español y a viajar más allá de Monteverde.
Smirnov encontró trabajo como entrenador en un gimnasio local. Su jefa le redujo las horas porque no podía pagarle un sueldo de tiempo completo, pero le permitió traer a sus propios clientes, en su mayoría cuáqueros y extranjeros.
“Le dijo a mi esposo: ‘Voy a hacer que te veas muy sexy’”, contó Walker Gates, la abogada de migración.
Sin embargo, la brecha entre la vida antigua y la nueva de los recién llegados todavía es muy amplia. En su salón de Azerbaiyán, Yusifova se especializaba en tintes de pelo complejos: rojos vibrantes y ombrés elaborados. En Monteverde, se ha sentido limitada. Sus clientas prefieren un look natural. Algunas de ellas se dejan las canas.
“A veces me parece un poco aburrido”, dijo. “Sé que puedo hacer mucho más”.
Hay problemas más acuciantes. En marzo expiró un permiso gubernamental de un mes para recibir asistencia de salud gratuita en clínicas públicas, lo que obligó a Yusifova a saltarse las ecografías necesarias para controlar con regularidad los quistes en sus senos.
“Tengo mucho miedo de enfermarme aquí”, dijo.
El futuro de la familia parece incierto. El esposo de Yusifova, Azar, dijo que no podían volver a Azerbaiyán porque lo habían detenido después de que creara carteles de campaña para un partido de la oposición. Él todavía anhela ir a Estados Unidos.
“Algún día, Estados Unidos nos aceptará legalmente”, dijo Azar Yusifov, de 41 años.
Se prevé que el dinero recaudado por los cuáqueros se agote en unos meses. Smirnov y su esposa, Anastasiia, han extendido la ayuda económica hasta septiembre al cubrir la mitad de sus gastos.
“Encontraremos una solución”, dijo Smirnov. “Nos gustaría quedarnos”.
Lo mismo le gustaría a su hijo de 7 años, Timur.
Una noche reciente, Timur mostró algunos dibujos de la fauna de Monteverde. También dibujó una bandera de Costa Rica. ¿Qué le parecía este nuevo país tropical?
El niño sonrió tímidamente. “Es perfecto”, respondió en inglés.
David Bolaños y Nailia Balayeva colaboraron con reportería.
Emiliano Rodríguez Mega es reportero e investigador del Times con sede en Ciudad de México, y cubre México, Centroamérica y el Caribe.
David Bolaños y Nailia Balayeva colaboraron con reportería.

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