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Cuando su hijo de 11 años desapareció el año pasado, Jacqueline Pritchett se negó incluso a reconocer su existencia.
Jacqueline Pritchett rara vez dejaba entrar a alguien a su apartamento en el barrio de Brownsville, en Brooklyn, donde vivía con su hijo Jacob, de 11 años. Ni siquiera familiares.
Hace más de un año, una de sus dos hermanas se paró en la acera frente al apartamento y miró hacia una ventana del segundo piso. Detrás de las rejas metálicas negras que cubrían todas las ventanas del edificio, la miraba Jacob, un niño con autismo no verbal. Era tan pequeño para su edad que algunos vecinos pensaban que tenía 7 años.
Ella saludó. Jacob le devolvió el saludo.
Fue la última vez que lo vería, según sus familiares y la policía. Fue, al parecer, la última vez que alguien recordaba haberlo visto. La desaparición de Jacob ha desconcertado a la policía, que ha revisado cientos de horas de grabaciones de vigilancia del edificio sin encontrar ninguna imagen suya. Con el apoyo de la policía estatal, viajaron 530 kilómetros hacia el norte del estado de Nueva York hasta un vertedero, donde revisaron 1,3 millones de kilos de basura sin procesar en busca, sin éxito, de cualquier rastro de Jacob.
La única persona que la policía cree que puede ayudarlos no habla: Jacqueline Pritchett.
El 30 de diciembre compareció virtualmente ante el Tribunal de Familia de Brooklyn. Era al menos la décima vez que comparecía ante el tribunal en tres meses, y era al menos la décima vez que se negaba a revelar información alguna sobre el paradero de Jacob. En lugar de ello, invocó su derecho de la Quinta Enmienda a no autoincriminarse.
The New York Times no logró contactar a Jacqueline Pritchett, quien no ha sido acusada de ningún delito y cuya última dirección conocida era un refugio para personas sin hogar en Brooklyn. Sus abogados de Brooklyn Defenders, que la representaron durante el proceso ante el Tribunal de Familia, no respondieron a las solicitudes de comentarios.
La policía y la fiscalía dijeron que, hasta el momento, no tenían pruebas que justificaran acusar a nadie. Pero mientras continúa la búsqueda de Jacob, los investigadores intentan comprender quién es Jacqueline Pritchett.
‘Muy inteligente’
Jacqueline Pritchett creció en el barrio de Jamaica, en Queens, y luego en Park Slope, en Brooklyn; era la menor de tres hermanas. Las crió su madre soltera, Marion Pritchett, quien trabajaba como asistente de compras en JCPenney. De niña, Jacqueline Pritchett leía con voracidad y era tan buena en matemáticas que ayudaba a su hermana mayor, Dorothy Pritchett, con los deberes de álgebra.
“Era muy inteligente. Aún lo es”, dijo Dorothy Pritchett, de 58 años, sobre su hermana menor, quien ahora tiene 50. “Pensé que sería médica o algo así”.
Jacqueline Pritchett obtuvo una beca del Milenio Gates, destinada a estudiantes de minorías de alto rendimiento, según sus familiares. Se graduó como la mejor de su clase en la High School of Fashion Industries, en el barrio de Chelsea, en Manhattan, dijo Dorothy Pritchett, recordando los numerosos premios académicos que recibió ese día.
“Estaba un poco celosa”, dijo.
Jacqueline Pritchett ingresó más tarde a un programa de maestría en educación de adultos y desarrollo de recursos humanos en la Universidad de Fordham. Destacaba por ser una estudiante ambiciosa interesada en la oratoria motivacional, dijo Kathleen King, profesora del programa y editora de Perspectives, una revista dedicada a la educación de adultos en la que colaboraba Jacqueline Pritchett.
“Era una apasionada”, dijo King. “Se preocupaba mucho por la gente”.
King describió a Jacqueline Pritchett como “muy seria” y “muy dedicada a sus estudios”.
“Era una persona emprendedora que intentaba encontrar su camino”, dijo King.
A principios de la década de 2000, en un acto comunitario celebrado en el parque Fulton de Brooklyn, Jacqueline Pritchett conoció a Sid Washington, un empleado del Departamento de Parques que también era poeta.
Entablaron amistad y se reunían en bares o en el parque para comentar los poemas del otro. Juntos escribieron un poema titulado “Shadows of Daddy” sobre un padre cuya hija llevaba 30 años sin verlo. “Mi padre estaba muy ausente en mi vida”, dijo Washington, de 60 años. “Para ella, era más o menos lo mismo: nuestros padres no estaban realmente en nuestras vidas”.
Dijo que se reía con facilidad, compraba en tiendas vintage y adoptaba un estilo de la década de 1970 con faldas largas y asimétricas, pañuelos de colores y botas hasta la rodilla. En 2005, después de mudarse a California para cursar un doctorado en la Universidad de Pepperdine, publicó un libro de poemas titulado “Falling In and Out”. Washington diseñó la portada, en la que aparecía un anj, un símbolo del antiguo Egipto parecido a una cruz, pero con un lazo en la parte superior, integrado en una mariposa.
El diseño debía reflejar el tema del libro: enamorarse y desenamorarse, dijo Washington.
Aunque Jacqueline Pritchett revelaba poco sobre su propia vida, sus poemas eran íntimos y abarcaban desde inquietantes exploraciones de sentimientos sobre el sexo, la violación, la violencia y la seducción hasta odas tiernas y esperanzadoras. Un poema, “A Beautiful Thing”, describía la fantasía de tener el bebé de su amante: “Tus manos paternales acariciando mi vientre redondo terrenal/Mientras acercas tu oído para escuchar/a tu hijo flotar”.
En 2009, había dejado Pepperdine y poco después regresó a Nueva York, sin doctorado. Su familia no sabía por qué no había completado sus estudios ni por qué había regresado.
‘Mi bebé para siempre’
Su vida amorosa estaba igualmente envuelta en misterio; salía con un hombre al que sus hermanas no conocieron y que, según su familia, parecía posesivo y controlador.
La pareja se separó, y Jacqueline Pritchett ingresó al sistema de refugios de la ciudad.
Vivía en un refugio católico en Brooklyn cuando nació Jacob el 30 de abril de 2014, según su familia. Nunca les dijo quién era el padre.
Durante cerca de dos años, ella y su bebé vivieron en refugios, hasta que su otra de sus hermanas –que pidió no ser identificada para proteger su privacidad– le dijo que podría tener derecho a una prestación por incapacidad en virtud de una ley estatal que permite a las víctimas de violencia doméstica acceder a ese beneficio. En algún momento de 2016, cuando Jacob tenía 2 años, el refugio en el que estaba la ayudó a conseguir un apartamento en Brownsville, según su familia. Jacqueline Pritchett utilizaba su cheque por discapacidad y los fondos del Seguro Social para cubrir el alquiler mensual de 443 dólares, según su familia. Su hermana le compró dos colchones individuales, juguetes y ropa, y pagó los pañales de Jacob.
Jacqueline Pritchett adoraba a su hijo, pero ese afecto se transformó en protección y luego en aislamiento, según sus familiares.
En una ocasión, cuando su madre sugirió que llevara a su hijo a un neurólogo, Jacqueline se enfureció y no le habló durante semanas, dijeron sus familiares.
No permitía que su familia tomara fotos del niño, inquieto y enérgico, cuyos juguetes favoritos eran los autos Matchbox, que hacía rodar durante horas por el piso.
Fuera del apartamento, solía escaparse de su madre, corriendo por la acera mientras ella lo llamaba. A menudo ataba a Jacob al cochecito, incluso cuando ya era demasiado grande para usarlo, para evitar que se escapara, según vecinos y familiares.
Dorothy Pritchett recordaba cuando su hermana fue a visitarla cuando Jacob aún era un niño pequeño. Jacqueline Pritchett lo miraba con cariño mientras corría por la casa. “Va a ser mi bebé para siempre”, recordó Dorothy Pritchett que le decía su hermana.
Pero cambiaba de teléfono e incluso de número con frecuencia, lo que dificultaba que alguien pudiera mantenerse en contacto, según la familia. Sus parientes dijeron que no sabían qué trabajos tenía, pero que pagaba el alquiler puntualmente.
La familia, que vivía fuera de la ciudad, creía que Jacqueline Pritchett enfrentaba problemas de salud mental, pero nadie quería presionarla demasiado ni hacer demasiadas preguntas por temor a que se aislara aún más. Además, Jacob parecía estar bien.
Pero los vecinos empezaron a notar señales preocupantes: a veces Jacob era dejado solo en su cochecito en el vestíbulo del edificio. Un vecino recordó que una vez se sentó con él durante varios minutos, a la espera de que su madre regresara por él.
El 24 de agosto de 2017, alguien llamó al 911 tras oír a un niño gritar desde el apartamento. Pero cuando llegó la policía, el niño parecía estar bien y el agente registró el incidente como “no delito”.
Antony Rodriguez, de 70 años, que trabajaba en la bodega de su hermano junto al edificio, dijo que cuando Jacqueline Pritchett se mudó allí hace 10 años, vestía bien y llevaba el cabello arreglado. Pero en los últimos años, su ropa se veía manchada y desgastada, y su cabello siempre desordenado. Compraba litros de leche cada vez y volvía a la tienda al día siguiente para comprar más.
“Tenía días buenos y días malos”, dijo.
Y Jacob ya casi nunca salía a la calle. Rodriguez solía verlo en la ventana, empujando un carrito de juguete de un lado a otro sobre el alféizar.
Kerry Kramer, director general de la empresa que supervisaba proyectos de construcción en el edificio de Jacqueline Pritchett, vio a Jacob fugazmente en abril de 2024. Había pasado por el apartamento donde vivían madre e hijo para hablar de unas reformas.
Cuando Jacqueline Pritchett abrió la puerta, Jacob corrió detrás de ella. “Hola, campeón, ¿qué tal?”, recordó haber dicho Kramer, según las transcripciones judiciales.
Jacqueline Pritchett apartó a su hijo. Cuando Kramer volvió otro día, ella le dijo que se fuera, utilizando un improperio, y lo llamó “blanco palurdo e ignorante”, relató.
Cuando regresó por tercera vez, ella no abrió la puerta, pero él oyó movimiento dentro.
El 25 de septiembre, un vecino llamó a la Administración de Servicios para la Infancia (ACS, por su sigla en inglés) de la ciudad para informar que Jacob no había sido visto en meses y que su madre parecía inestable, según las autoridades. El 1 de octubre, un trabajador social y un agente de policía regresaron a lo que describieron como un apartamento “impecable”, con cruces negras en las paredes, flores colgadas boca abajo y dos colchones, uno en el suelo de la sala y otro en el dormitorio. Había juguetes en el baño, en el armario y en un dormitorio.
También había un fuerte “olor a productos de limpieza”, dijo el asistente social, Gabriel Martindale. Pero no había rastro de Jacob.
Al ser interrogada, Jacqueline Pritchett se mostró cada vez más agitada y les dijo a Martindale y al agente que “nunca ha tenido un hijo, que nunca ha tenido la menstruación, que nunca ha estado con un hombre”.
Luego dijo “que es Jesucristo”, afirmó Martindale, según transcripciones judiciales.
Jacqueline Pritchett fue arrestada y llevada a un hospital para una evaluación, donde permaneció físicamente sujeta durante nueve días y bajo custodia policial.
El 10 de octubre, la jueza Dawn Orsatti la declaró en desacato por negarse a revelar el paradero de Jacob. Permaneció detenida durante más de ocho semanas en Rikers Island y fue liberada después de que un juez de la Corte Suprema del estado coincidiera con sus abogados en que había sido detenida indebidamente por ejercer sus derechos constitucionales.
Pero fue desalojada de su apartamento, y su estancia en Rikers no condujo a ninguna revelación sobre Jacob.
Cuando la policía registró su casa, un perro detector de cadáveres detectó sangre en el frigorífico y en un colchón cerca de los contenedores de basura del exterior, lo que motivó la infructuosa búsqueda en el vertedero del norte del estado.
“En un mundo perfecto, el niño aparece en alguna parte”, dijo Joseph Kenny, jefe de detectives del Departamento de Policía. “Lo más probable es que se trate de un homicidio”.
Susan C. Beachy colaboró con investigación. Andy Newman y Maia Coleman colaboraron con reportería.
Maria Cramer es una reportera del Times que cubre el Departamento de Policía de Nueva York y la delincuencia en la ciudad y sus alrededores.
Susan C. Beachy colaboró con investigación. Andy Newman y Maia Coleman colaboraron con reportería.

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