El día en que el ruido de la comida murió

This post was originally published on this site.

(Science Times)

Antes de que salieran al mercado los nuevos fármacos contra la obesidad, casi nadie utilizaba el término ruido alimentario.

Los investigadores que estudian y desarrollan fármacos como Ozempic, Wegovy, Mounjaro y Zepbound analizaron las dosis, los efectos secundarios, la pérdida de peso y las mejoras en afecciones como la diabetes, las cardiopatías y la apnea del sueño. Los pensamientos incesantes sobre la comida y los diálogos internos sobre qué comer, qué no comer, cuándo comer, cómo resistirse a comer… no estaban en la agenda de la investigación.

Sin embargo, si los investigadores de fármacos contra la obesidad no hablaban del ruido de la comida, las personas que tomaban GLP-1 tenían mucho que decir al respecto. Desde que tenían uso de razón, decían los usuarios de los fármacos, el ruido de la comida los había atormentado, pero pensaban que era una parte normal de la vida. Pensaban que todo el mundo lo tenía.

Hasta que tomaron uno de los nuevos fármacos.

De repente, el ruido de la comida se silenció.

Ese efecto está dando lugar a nuevas preguntas sobre los fármacos. Si los investigadores pueden aclarar el origen de este zumbido interior y qué lo hace desaparecer, eso podría conducir a una comprensión más clara de lo que causa la obesidad en primer lugar.

‘No quieres la ensalada’

Las personas que luchan contra su peso describen pensamientos incesantes sobre la comida.

Lena Smith Parker, de 53 años, de Hamden, Connecticut, pasó décadas haciendo dieta y recuperando peso. Durante todo ese tiempo, dijo, la acosaban voces internas que la instaban a comer y la avergonzaban por hacerlo.

Una de ellas, dijo, es como un subastador implacable. “Sabes que hay tarta en la cocina. Hay tarta en la cocina. ¿No quieres la tarta de la cocina?”.

Otro, dijo, es como “un vendedor de coches usados muy malo”.

“No quieres la ensalada. No quieres las zanahorias”, dice la voz. “Quieres la tarta”.

Luego está el abusivo. “Estás muy gordo. No te soporto”.

Por último, está el planificador anticipado. “¿Puedo ir a la tienda el martes que viene por los panquecitos especiales para comérmelos en el coche antes de llegar a casa?”, pregunta.

Sin embargo, ¿por qué la gente como Parker tiene esos pensamientos?

Los investigadores sospechan que la respuesta está en un concepto elusivo llamado punto de ajuste.

La idea surgió de estudios realizados en la década de 1940. Los investigadores descubrieron que si hacían ganar o perder peso a los roedores, los animales volvían rápidamente a su peso inicial cuando terminaba el estudio. Lo mismo parecía ocurrir con las personas.

De ahí surgió el concepto que se conoce como punto de ajuste. Según este, cada persona tiene un peso hacia el que su cuerpo gravita de forma natural: su punto de ajuste. Puede cambiar a lo largo de la vida de una persona. Para algunos, el punto de ajuste puede funcionar mal, pues alcanza un nivel tan alto que la salud de la persona se ve afectada por el exceso de peso.

“La obesidad es el resultado de la elevación inicial del punto de ajuste a un nivel anormal”, afirma Lee Kaplan, director del Instituto de Obesidad y Metabolismo de Boston. Kaplan es asesor de varias empresas farmacéuticas.

Los investigadores han observado que, cada vez que una persona intenta bajar mucho de peso por debajo de su punto de ajuste, aparece el ruido de la comida. Esto puede formar parte de un proceso fisiológico. Cuando se pierde peso, el metabolismo del cuerpo se ralentiza, de manera que la persona necesita menos comida de la esperada para mantener su peso. Al mismo tiempo, los investigadores han observado que el ruido de la comida se activa, obligando a la persona a ingerir más calorías de las que el cuerpo puede manejar sin almacenar algunas en forma de grasa. Por eso las dietas casi siempre fracasan a largo plazo.

Además, el ruido alimentario no se limita a las personas con obesidad, subrayan los investigadores. Cualquiera puede tenerlo si su peso cae por debajo del punto de ajuste preferido por el organismo.

Jules Hirsch, de la Universidad Rockefeller, y sus colegas, Rudolph Leibel y Michael Rosenbaum, de la Universidad de Columbia, observaron este efecto hace décadas, cuando estudiaron los cambios metabólicos y de comportamiento que se producían cuando la gente adelgazaba.

Los sujetos de estudio vivían en el hospital Rockefeller y seguían una dieta hipocalórica hasta que perdían al menos el 10 por ciento de su peso. En algunos estudios participaron personas con obesidad, pero en otros participaron personas de peso normal.

No obstante, aunque el peso de los participantes era inferior cuando abandonaron el hospital, tenían los signos fisiológicos de las personas hambrientas. Su metabolismo era lento, y soñaban y fantaseaban con la comida. Se daban atracones cuando dejaban de estar sometidos a una dieta forzada. Era un estado tan extremo que llegó a llamarse “neurosis de semiinanición”.

La situación era, según Leibel, “una receta perfecta para recuperar peso”.

‘Mi cerebro está vacío’

Smith Parker pensaba que el ruido de la comida era normal, que todo el mundo lo tenía.

Entonces, acudió a una clínica de adelgazamiento de la Universidad de Yale dirigida por Ania Jastreboff, que la inscribió en un ensayo clínico de tirzepatida, uno de los nuevos fármacos para la obesidad que se comercializaba como Zepbound.

De repente, el ruido de la comida desapareció.

Sin embargo, cuando terminó el estudio, ya no tenía acceso al fármaco porque aún no había sido aprobado por la Administración de Alimentos y Medicamentos.

“El ruido de la comida volvió con fuerza”, dijo Smith Parker. “Volví a engordar 18 kilos tras comer pasta sin parar y panquecitos de chocolate”.

Así que Jastreboff recetó Wegovy –que estaba aprobado– a Smith Parker, y esas voces en su cabeza que le decían que comiera desaparecieron.

“Pensé: Espera. Mi cerebro está vacío”, dijo Smith Parker.

Jastreboff, que realiza ensayos clínicos para fabricantes de fármacos contra la obesidad y forma parte de múltiples consejos científicos de empresas farmacéuticas, cree que existe una explicación para lo que le ocurrió a Smith Parker y a sus otros pacientes. Los nuevos fármacos para la obesidad parecen restablecer el punto de ajuste a un nivel más bajo. Como resultado, las personas siguen teniendo hambre, pero ya no mantienen un diálogo interno sobre la comida que les impulsa a seguir comiendo.

Sin embargo, Jastreboff y otros investigadores afirman que los fármacos solo modifican el punto de ajuste mientras las personas los toman. El punto de ajuste original parece volver si la gente deja de tomar los fármacos. Lo mismo ocurre con el ruido de la comida, seguido de un aumento de la ingesta y de la recuperación de peso.

Leibel, que asesora a los fabricantes de fármacos contra la obesidad, compara los efectos de los fármacos sobre el ruido alimentario con los efectos de la aspirina sobre la fiebre. La aspirina, observó, “suprime la fiebre sin curar la causa subyacente”.

No obstante, si los nuevos fármacos contra la obesidad modifican el punto de ajuste, ¿cómo lo hacen?

“¿Qué es lo que se ajusta y qué es lo que interpreta eso como algo que se ha ajustado?”, preguntó Daniel Drucker, investigador de la Universidad de Toronto que ayudó a desarrollar los nuevos fármacos contra la obesidad hace décadas.

¿Cómo afectan exactamente los GLP-1 y fármacos similares a los puntos de ajuste?

“Esa es la pregunta del millón o billón de dólares”, añadió.

Comprender el mecanismo podría ayudar a explicar por qué la enfermedad de la obesidad se caracteriza por un punto de ajuste tan elevado y quizá sugerir nuevas formas de reducirlo.

Para personas como Oprah Winfrey, la vida sin ruido alimentario ha sido extraordinaria. En un libro que publicó este año y que coescribió con Jastreboff, dijo que hasta que silenciaron el suyo con uno de los fármacos contra la obesidad, pensaba que todo el mundo tenía ruido alimentario, que era normal.

“La mayor sorpresa de tomar los medicamentos fue despertarme y no pensar en lo primero que quería comer… o en lo más sano que debería haber querido… o en el trato que podía hacer conmigo misma para poder inmediatamente después de despertar”, escribió.

Drucker dijo que aquí había una lección sobre el ruido alimentario para quienes no lo experimentan.

“Las personas que no luchan contra su peso pueden ser muy críticas”, dijo. “Su cerebro nunca los ha forzado a modificar su comportamiento”.

Antes del auge de los GLP-1, los expertos en obesidad no estudiaban el ruido interno que impulsa a la gente a comer. Ahora que el ruido de la comida se está apagando, quieren entenderlo. (Kaitlin Brito/The New York Times)

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *