This post was originally published on this site.
Andy (Anne Hathaway) y Miranda (Meryl Streep) vuelven a enfrentarse, pero ahora sus antagonismos palidecen ante un cambio mundial que trastorna sus vidas.
La última vez que Andy Sachs, la heroína periodista de El diablo viste a la moda, vio a su némesis titular, se encontraba en Nueva York, rumbo a lo desconocido. Era 2006, George W. Bush estaba en la Casa Blanca, Estados Unidos libraba una guerra en Medio Oriente y el periodismo estaba contra las cuerdas. Un estudio del Centro de Investigaciones Pew de ese año preguntó si la época sería recordada como el momento en que el periodismo impreso había empezado a morir. Un punto brillante, aparentemente inmarcesible, de la industria fue el número de septiembre de Vogue, que ese año –con Kirsten Dunst vestida de María Antonieta en la portada– publicó 840 páginas repletas de anuncios.
Basada en la novela homónima de Lauren Weisberger, un éxito de ventas de 2003, la primera película es una historia ligera y mordaz de madurez profesional, centrada en las mimadas aventuras de Andy (Anne Hathaway) tras ser contratada como ayudante en la ficticia revista de moda Runway. Cuando se publicó el libro, Weisberger insistió en que Miranda Priestly, la temible reina de Runway, no estaba basada en la veterana editora de Vogue, Anna Wintour, algo que nadie creyó, pero que alimentó con creces los rumores. Al final, no importó demasiado. El papel de Meryl Streep como Miranda fue tan vívido, tan fuerte y tan detallado que la interpretación se sostuvo por sí misma; casi era fácil olvidar que el personaje podría haberse inspirado en alguna persona.
[Video: Watch on YouTube.]
Andy y Miranda vuelven a enfrentarse en El diablo viste a la moda 2, pero ahora sus antagonismos palidecen ante el cambio mundial impulsado por internet que está trastornando sus vidas de forma violenta. Al igual que la primera película, la segunda es una elegante distracción con risas agudas y afiladas, montones de prendas de alta costura y toques de drama ligero. Es estratégicamente aspiracional y presenta un mundo en apariencia envidiable de riqueza inimaginable, al que critica con total seriedad antes de que sus personajes se suban a un coche con un precio de seis cifras. Andy, ahora convertida en una periodista seria y galardonada, habla de encontrar hallazgos de alta costura de segunda mano y aborda la ética de los apartamentos caros no mucho antes de mudarse al suyo.
Uno de los placeres fáciles de la primera película es que su enfoque cómplice y astuto de los excesos hiperbólicos de Miranda y sus secuaces te disuadía de pensar demasiado en los costos reales (personales, sociales, medioambientales) de este mundo de altos vuelos. La segunda película, por el contrario, gira en torno a una serie de crisis, comenzando con dos tristemente familiares –Andy pierde su trabajo cuando su publicación cierra, y Runway se ve envuelta en un escándalo de explotación laboral– que preparan el escenario para la catástrofe existencial más grande que está por llegar. Poco después de ser despedida, Andy vuelve a Runway para ayudar a reparar la reputación de la publicación, una misión de rescate que se vuelve más intensa debido a las amenazas financieras a las que se enfrentan la revista y su dominatriz en jefe. También tiene algo de relleno (facial y narrativo) y un interés amoroso, todo intrascendente.
Las agonías del periodismo dan a la secuela un poco más de peso que la original, aunque en realidad los problemas que siguen sacudiendo al Cuarto Poder son solo una parte de lo que ha inquietado a Andy y Miranda, así como a sus colegas. También regresa a la acción la viperina Emily, interpretada por Emily Blunt, otra de las antiguas ayudantes de Miranda, y Nigel, el elegante y siempre fiel segundo de Miranda, interpretado por Stanley Tucci. Emily trabaja ahora en Dior, lo que significa que la marca está muy presente en toda la película. También sigue dando problemas a Andy, un papel que asume con ferocidad cuando se lía con un multimillonario de la tecnología, Benji Barnes (un irreconocible Justin Theroux como un tipo al estilo Jeff Bezos), un patán sonriente que es mucho más monstruoso de lo que Miranda podría ser jamás.
A medida que la historia salta de Nueva York a Europa y viceversa, el director David Frankel mantiene un ritmo ágil al intercalar las escenas de conversaciones entre imágenes de la ciudad y tomas salivantes de vastas mansiones. Con gran acierto, les da a sus cuatro protagonistas mucho espacio para lucir su talento cómico; está claro que se divierten, lo que aumenta el placer de ver a actores talentosos en plena forma. Y como el guion de Aline Brosh McKenna da a Miranda más cosas que hacer, Streep encuentra nuevas capas y matices para un personaje que, en su primera aparición, no hizo mucho más que destrozar a empleados aterrorizados en voz baja o dejar caer su abrigo sobre el escritorio de una asistente.
La transformación de Miranda a lo largo de las dos películas, de un poder casi mítico a una repentina víctima humana casi impactantemente vulnerable de un poder aún más peligroso, resalta los temas de la película con una crudeza y una relevancia contemporánea innegables. Como su predecesora –y como muchas otras películas de Hollywood que se burlan inofensivamente de los ricos y famosos– El diablo viste de a la moda 2 te invita a un reino de privilegios selectos que te anima a desear y a reírte de ellos. Al fin y al cabo, la lujuria es buena para los negocios, y la risa ayuda a aliviar el resentimiento de clase. Este sentimiento puede sonar cínico, pero comparado con el mundo deshumanizado que Barnes, el sonriente multimillonario tecnológico, amenaza con desencadenar, resulta positivamente utópico.
El diablo viste a la moda 2Clasificada PG-13 por explotación y desesperación. Duración: 1 hora 59 minutos. En cines.
Manohla Dargis es la crítica principal de cine del Times.
Leave a Reply