En Colombia, los hipopótamos de Pablo Escobar dividen la opinión pública

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Cuando cae la noche en el pequeño pueblo colombiano de Doradal, la tranquilidad se ve interrumpida por los golpes sordos, húmedos y pesados de las mascotas no oficiales de la población, que con sus 1300 kilos recorren parques, patios de escuelas y jardines.

A lo largo del principal río de Colombia, las redes de pesca, antes llenas de bagres, aparecen más vacías, transformadas por la estela de bestias que no deberían estar allí.

A los pescadores les aterroriza lanzar sus anzuelos por la noche.

“A nosotros nos cambió el estilo de vida”, dijo Giovanny Contreras, pescador, mientras navegaba con su barca ante los ojos saltones de un hipopótamo macho que lo miraba fijamente.

A miles de kilómetros de África, de donde son originarios, los hipopótamos se están multiplicando en el corazón de Colombia, donde se apoderan de los abrevaderos y se adentran cada vez más en la vida de las comunidades colombianas cercanas al río Magdalena.

Empezó como el capricho de un capo de la droga: cuatro hipopótamos que Pablo Escobar trajo como mascotas exóticas para su extensa finca en la década de 1980. Ahora, una manada revoltosa ha atormentado a Colombia durante décadas.

Cuando el capo cayó en 1993, su finca de 2000 hectáreas cayó con él. Abandonados a su suerte en la exuberante naturaleza colombiana, los mamíferos semiacuáticos hicieron lo que mejor saben hacer: descansar en el agua, pastar y procrear.

En la actualidad, se calcula que unos 200 hipopótamos, originarios de África y declarados especie invasora en Colombia, vagan libremente, lo que provoca furia, afecto e intriga mundial. Los científicos prevén que su número supere los 1000 ejemplares en 2035, lo que supone una amenaza potencial para el ecosistema colombiano.

El gobierno de Colombia ha intentado reubicar a los hipopótamos en todo el mundo, pero ha encontrado pocos interesados. Los veterinarios han intentado castrarlos, pero es una tarea peligrosa y titánica que requiere al menos ocho personas para atrapar, sedar y operar a cada animal.

Entonces, en abril, las autoridades colombianas anunciaron un plan de 2 millones de dólares que habían intentado evitar: sacrificar la población mediante la eutanasia de 80 hipopótamos, mientras prosiguen los esfuerzos para reubicar al resto.

Según el plan, que podría empezar este año, los hipopótamos que los científicos puedan acorralar serán sacrificados mediante una inyección química letal. A otros se les podría disparar entre los ojos y enterrarlos en el lugar, dijeron las autoridades.

El plan ha enfrentado a grupos defensores de los derechos de los animales con conservacionistas que afirman que los hipopótamos, que no tienen depredadores naturales en Colombia, podrían desplazar a las especies autóctonas. Un multimillonario indio intervino con la oferta de dar a los animales condenados un hogar en su parque natural privado, pero no está claro si el traslado intercontinental de 80 hipopótamos es factible.

El plan de sacrificio ha dividido a Doradal, donde se encuentra la hacienda que era de Escobar, y donde la única población de hipopótamos salvajes fuera de África se ha convertido en un lucrativo motor turístico y ha definido la identidad de la población.

También ha hecho resurgir el inquietante legado de Escobar en un país que intenta enterrarlo.

“Siento una división personal porque soy consciente de que, o eliminarlos o moverlos”, dijo Samy Castaño, de 35 años, cuya casa está enfrente de un estanque lleno de hipopótamos. “Pero también son solo animales, animales que no tienen la culpa por las decisiones de Pablo Escobar”, añadió, y culpó al gobierno colombiano de no haber tomado medidas decisivas hace años.

Su hija Luciana, de 11 años, intervino para decir que ella no quiere que los maten, recordando la vez que un hipopótamo intentó asomar la cabeza por la ventana de la sala mientras ella veía la televisión.

Los hipopótamos llevan mucho tiempo dando un toque de realismo mágico a la vida cotidiana de Doradal.

Los visitantes son recibidos por estatuas kitsch de hipopótamos, los lugareños ofrecen excursiones para observar hipopótamos y, según reportes, algunos residentes han robado crías de hipopótamo para intentar criarlas como mascotas. Muchos habitantes miran a las bestias con una mezcla de orgullo, compasión y prudencia.

Los hipopótamos –los mamíferos terrestres más grandes después de los elefantes y los rinocerontes– son notoriamente territoriales y capaces de correr más rápido que los humanos. En África han llegado a matar personas.

Hasta ahora, los ataques en Colombia han sido escasos, a pesar de las anécdotas de encuentros peligrosos con los animales durante sus recorridos para pastar al amanecer o al atardecer.

En 2020, un hipopótamo atacó a un campesino que recogía agua de un estanque, le rompió las costillas y estuvo a punto de matarlo. Y en 2023, un conductor que circulaba por una autopista chocó contra un hipopótamo; el impacto mató al hipopótamo, pero el conductor salió ileso.

Los expertos advierten que solo es cuestión de tiempo que mueran personas en este tipo de encuentros.

“A medida que avanza la invasión de hipopótamos, va a haber más probabilidades de accidentes”, dijo Katherine Corrales, experta en especies invasoras que trabaja para la agencia gubernamental de medio ambiente en Boyacá, una región donde los hipopótamos están proliferando. “En el mundo no hay un animal invasor que sea tan grande”.

El zoológico de un capo de la droga

Casi en la cúspide de su poder, Escobar adquirió miles de hectáreas de tierra en Doradal, que le sirvieron de retiro de su imperio millonario de contrabando de cocaína a Estados Unidos.

Escobar excavó decenas de lagos artificiales y construyó una mansión de estilo mediterráneo, una pista de aterrizaje privada y una plaza de toros. También introdujo de contrabando en el país una serie de animales exóticos procedentes de zoológicos y traficantes: elefantes, jirafas, camellos, rinocerontes, canguros, avestruces y ciervos.

Y, por supuesto, cuatro hipopótamos.

“Todos los animales tenían sus canoas especiales”, dijo José Conrado Montoya Toro, de 85 años, quien dijo haber sido contratado en la década de 1980 como cuidador del zoológico de Escobar. “Cuando venía el carro de la verdura, para todos los animales traían repollo, zanahoria y lechuga”.

La Hacienda Nápoles quedó en ruinas después de que la policía matara a Escobar en un tiroteo en una azotea en Medellín. La mayoría de los animales fueron trasladados a zoológicos, pero los hipopótamos fueron abandonados, escaparon y comenzaron a reproducirse fuera de las instalaciones.

Deseoso de desmantelar la mitología de Escobar, el gobierno colombiano convirtió la Hacienda Nápoles en un parque temático de gestión privada con toboganes acuáticos y un zoológico que se ha convertido en un popular destino turístico.

En el museo apenas se menciona el nombre de Escobar. Las exposiciones se enfocan en la violenta historia de su cártel de Medellín, cuyos sicarios y ataques con bombas mataron a miles de personas.

Los visitantes pueden ver a los hipopótamos salvajes que están en los lagos de la antigua finca desde una plataforma de observación. Y pueden dar de comer zanahorias a los dos cautivos del parque: Paco y Juaco.

“Son animales que uno no los ve todos los días”, dijo Henri Samil Perez, cuidador, mientras advertía a las familias que evitaran que sus hijos se subieran al corral. “Tenerlos acá es un privilegio para nosotros”.

Una presencia enorme en el río Magdalena

A kilómetros de la Hacienda Nápoles, decenas de hipopótamos han remontado el curso del Magdalena hacia el norte, una arteria biodiversa que recorre unos 1600 kilómetros a lo largo de Colombia.

A diferencia de África, aquí no hay leones ni cocodrilos que frenen su crecimiento.

Si los hipopótamos siguen sin ser controlados, muchos científicos afirman que podrían desplazar a los manatíes y a los capibaras de sus zonas de alimentación. Los científicos dicen que sus desplazamientos podrían alterar las riberas y sus excrementos la química del agua, lo que supondría una amenaza para los peces.

El primer intento de solución del gobierno se convirtió en una pesadilla política.

Después de que unos cazadores autorizados por el Estado mataran en 2009 a un macho especialmente agresivo llamado Pepe, una foto filtrada de unos soldados sonrientes junto a su cuerpo provocó la indignación nacional. Un juez no tardó en prohibir nuevas muertes, lo que obligó a los funcionarios a encontrar formas no letales de gestionar la manada.

La carga recayó en gran medida en David Echeverri, biólogo colombiano y funcionario local de medio ambiente especializado en botánica, quien tuvo que aprender sobre la marcha acerca de los hipopótamos.

Su equipo aprendió a atraer a algunos de ellos a los prados con verduras. Ocho fueron capturados y enviados a zoológicos colombianos. Decenas fueron tranquilizados y castrados para impedir que se reprodujeran, una agotadora tarea nocturna que tomaba de seis a ocho horas.

“Realmente lo más complicado es capturar hipopótamos”, dijo Echeverri. “No alcanzamos a frenar del todo el crecimiento poblacional”.

En 2021, un grupo de científicos publicó un exhaustivo estudio que concluía que sacrificarlos era una de las formas más eficaces de proteger el ecosistema. Y en 2022, el gobierno colombiano declaró a los hipopótamos especie invasora, con lo que se abrió la puerta a la eutanasia.

Contreras, el pescador de 48 años, está impaciente por que empiece el sacrificio.

Él ha abandonado en gran medida el río al anochecer, y con ello ha perdido lo que solían ser sus capturas más abundantes. Con sus enormes cuerpos sumergidos, los hipopótamos son invisibles a la luz de la luna.

A los pescadores les aterroriza navegar sin saberlo por encima de sus musculosos cuerpos sumergidos o, peor aún, provocar a uno y despertar su instinto territorial. Un hipopótamo puede destruir el casco de un barco con un movimiento de cabeza.

“Por qué en lugar de pensar tanto en la vida de sus animales”, dijo, “¿por qué no piensan en el sufrimiento que ahora tiene el pescador, el pobre que vive a la orilla del río?”.

Luis Ferré-Sadurní es reportero del Times radicado en Bogotá, Colombia.

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