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No hay duda de que se producirá otra pandemia, pero nadie sabe cuándo ni qué virus la provocará. Lo que sí podemos determinar con bastante claridad es hasta qué punto estaremos preparados, cómo estamos levantando barreras para frenar el avance de las amenazas emergentes y con qué rapidez estamos aprendiendo de las dolorosas experiencias vividas.
A medida que los últimos pasajeros desembarcaban del crucero MV Hondius, en el que se confirmó que viajaban al menos siete personas infectadas por hantavirus, las respuestas son cada vez más claras: aún dejamos mucho al azar, cruzamos los dedos y esperamos lo mejor.
Consideremos la historia de la cepa Andes del hantavirus. Según un artículo publicado en The New England Journal of Medicine, en 2018 se produjo en Epuyén, Argentina, un brote de hantavirus provocado por esta cepa –la misma relacionada con el crucero Hondius–. Todo comenzó después de que una persona infectada asistiera a una fiesta de cumpleaños con unos 100 invitados. Tenía fiebre y se sentía cansado, por lo que se marchó al cabo de una hora y media. Posteriormente, cinco personas que estaban en la sala –pero no necesariamente todas sentadas a su lado– se enfermaron.
Lo más probable es que uno de esos cinco asistentes a la fiesta terminara infectando a otras seis personas –incluida su cónyuge– y falleciera 16 días después de haber enfermado. Durante su velatorio, se infectaron 10 personas más, a través de su cónyuge. Fue entonces cuando las autoridades de salud empezaron a aplicar estrictas medidas de cuarentena. Parece que así fue como finalmente se extinguió.
¿Por qué, entonces, la Organización Mundial de la Salud ha asegurado a la población que el hantavirus solo puede transmitirse por “contacto estrecho y prolongado” y que, en consecuencia, es improbable que se propague ampliamente entre la población en general? “Lo que ocurre con este es que es mucho más difícil de contraer”, dijo el presidente Donald Trump el lunes, haciéndose eco de esa recomendación. “Parece que no es fácil que se propague”.
Sabemos muy poco sobre la cepa Andes del hantavirus, con unos 3000 casos humanos estimados a lo largo de tres décadas. ¿Cómo puede ser cierta esa afirmación de que no se propaga fácilmente, teniendo en cuenta lo que sabemos sobre el brote de gran propagación de 2018?
Me puse en contacto con Gustavo Palacios, autor principal de un respetado estudio sobre el brote de Epuyén. Parecía tan desconcertado como yo. Me dijo que el artículo que él y sus colegas investigadores escribieron citaba el contacto prolongado o estrecho, pero no solo el contacto físico o corporal. Los investigadores creían que el virus se propagaba a través de las secreciones respiratorias, conclusión que desde entonces han secundado otros expertos. Al analizar el mismo estudio, una experta en transmisión aérea, Linsey Marr, declaró a CBC/Radio Canada que “sugiere firmemente que se está produciendo una transmisión aérea”.
Palacios también dijo que él y sus coautores habían calculado que el número medio de reproducción del virus Andes era de 2,1, lo que significa que una persona enferma infectaba a unas dos personas más. Eso es más que suficiente para una transmisión humana sostenida. No es muy inferior a la cepa inicial del virus que causa la COVID-19, según los cálculos realizados en febrero y marzo de 2020, así que no me inspiran mucha confianza las garantías de los funcionarios de salud de que esto no se convertirá en una pandemia. ¿Cómo lo saben?
A Palacios también le preocupaban las diferencias entre el escenario del brote anterior de la cepa Andes y el actual. Contener un brote en una pequeña y aislada aldea rural de la Patagonia argentina durante la estación seca es una perspectiva muy distinta a contenerlo en un crucero, con condiciones de humedad oceánica, o entre personas que viajan en avión.
Las autoridades siguen insistiendo en que solo las personas sintomáticas pueden propagar el virus. En el estudio de Palacios, los sucesos de transmisión que los investigadores pudieron rastrear se habían producido efectivamente mientras las personas presentaban síntomas. Pero también ha dicho que las 48 horas anteriores a la aparición de los síntomas deben considerarse un periodo de alto riesgo, porque la carga vírica de las personas aumenta antes de que aparezcan los síntomas. Me comentó que la carga viral de las personas aumenta antes de que se manifiesten los síntomas, por lo que resulta razonable suponer que existe cierto riesgo desde etapas más tempranas. Además, basándose en un único estudio realizado a posteriori, ni él ni su equipo habían logrado determinar con exactitud cada uno de los momentos en que una persona transmitió el virus a otra; aún persistían muchas incógnitas en torno a aquel brote.
El giro final fue que su artículo revela que el periodo de incubación –es decir, el lapso entre la exposición al virus y la aparición de los síntomas– puede extenderse hasta 40 días. Algunas personas enferman más de un mes después de haberse expuesto al virus, lo cual constituye un periodo inusualmente prolongado. Este hecho reviste gran importancia, pues vuelve mucho más compleja la gestión del brote.
El 25 de abril, una pasajera del crucero neerlandés tomó un vuelo de Santa Elena a Sudáfrica estando enferma, se desmayó en el aeropuerto tras su llegada y murió poco después. Aunque los funcionarios de la OMS han afirmado que el riesgo de propagación durante el vuelo o en el barco era bajo, ese incidente ocurrió hace solo 17 días: si la incubación puede durar hasta 40 días, faltan 23 días para saber si todos sus contactos están libres de la enfermedad. Hasta el lunes, el ministro de Salud sudafricano dijo que las autoridades habían identificado 97 posibles contactos en el país expuestos al hantavirus y que se había contactado con 90 de ellos y se les había informado de que serían vigilados. Según las directrices sudafricanas, esto significaba pedir a las personas que se sometieran a controles diarios de temperatura y síntomas y que se pusieran en contacto con las autoridades inmediatamente en caso de enfermar. No está claro si se ha contactado a todas las personas del avión, y solo podemos esperar que sea suficiente.
Mientras tanto, las fotografías de los miembros de la tripulación a bordo del barco muestran a muchos de ellos reunidos en un pasillo a la espera de ser entrevistados por las autoridades de salud, cubriéndose la boca y la nariz solo con máscaras endebles. En fotos que han circulado, se puede ver a una persona que acababa de abandonar el barco en un autobús, todavía con el equipo protector, pero sin la mascarilla.
Tras la pandemia de covid, la epidemia de SARS de 2002 y el brote de hantavirus de Epuyén, realmente hemos aprendido muy poco. Una lección clave tanto del SARS como de la covid fue la importancia de la superpropagación. Al principio, muchas personas infectadas contagiaron el virus a pocas personas, lo que generó estadísticas en promedio tranquilizadoras. Pero cuando se dieron las circunstancias adecuadas, resultó que una sola persona podía infectar a un gran número de personas a la vez, y desencadenar cadenas de transmisión difíciles de controlar.
Aún no comprendemos del todo por qué algunas personas se contagian y otras no. Pero si puede ocurrir una vez, como ocurrió en Epuyén, puede volver a ocurrir.
Durante una conferencia de prensa la semana pasada, un funcionario de la OMS se dirigió a las personas que habían desembarcado, solicitándoles que se presentaran ante las autoridades de salud si desarrollaban síntomas. Los funcionarios de la OMS también continuaron definiendo la transmisión como un proceso que ocurre a través de un contacto estrecho y prolongado: parejas íntimas o miembros del hogar. Resulta alentador que, durante el fin de semana, la OMS haya publicado nuevos documentos técnicos para aclarar su definición del tipo de contacto que puede causar la propagación del hantavirus. Ahora incluye la “exposición de proximidad cercana”, así como la “exposición en espacios cerrados o compartidos”.
Pero incluso estas definiciones aún adolecen de la falta de aprendizaje derivado de la experiencia de la covid, como limitar la exposición a estar a menos de dos metros durante un periodo acumulado de más de 15 minutos. Sabemos, gracias al estudio de la transmisión aérea, que esta recomendación puede ser demasiado rígida y no captar todo el perfil de riesgo del virus. El brote de Epuyén no parece ajustarse a ese marco. Aun así, yo diría que esto es mejor que nada, y mucho mejor que lo lentas que fueron las cosas en 2020 y años posteriores. Pero estos cambios de directrices se hicieron con demasiada discreción.
¿Cómo se supone que las personas que podrían haber estado expuestas deben protegerse si no se les informa con precisión y claridad sobre las vías de transmisión y los riesgos, incluso cuando las definiciones evolucionan? Los responsables de la salud pública, desde la OMS hasta los funcionarios estadounidenses, serían más útiles si dejaran de tranquilizar constantemente a la gente sobre la probabilidad de eventos futuros que no pueden calcular con precisión –como las probabilidades de que se produzca una pandemia o cuánto podría durar este brote– y se limitaran a contarnos más detalles sobre lo que importa: las vías de transmisión, el largo periodo de incubación y la inevitable incertidumbre de algo sobre lo que realmente se sabe poco.
Si tenemos suerte, este brote de hantavirus se extinguirá, o se parecerá al brote de SARS de 2002: desaparecerá gracias a las medidas de seguridad y a que el virus no se adapta con la suficiente rapidez. ¿Y si no tenemos suerte? Debería ser impensable, pero aquí estamos. Y esta vez el secretario de Salud Robert F. Kennedy Jr. estará a cargo de la respuesta de Estados Unidos.
Zeynep Tufekci (@zeynep) es columnista de Opinión, profesora de sociología y asuntos públicos en la Universidad de Princeton y autora de Twitter and Tear Gas: The Power and Fragility of Networked Protest. @zeynep • Facebook @zeynep • Facebook
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