Cuando Jeffrey Epstein tenía unos 6 años, se mudó con su familia a Sea Gate, en Coney Island. Ahí crecería, en un vecindario cerrado a varias manzanas de la playa, haciendo amigos que se mantuvieron cerca de él casi toda su vida.
Como muchas otras familias de Sea Gate, un enclave judío habitado principalmente por gente de clase trabajadora y media, los Epstein tenían muy poco. Era el inicio de la década de 1960, y el padre de Epstein, Seymour, ganaba menos de 8000 dólares al año trabajando como obrero para el Departamento de Parques de la Ciudad de Nueva York. Su madre, Paula, trabajaba como auxiliar escolar en la Escuela Pública 188. Así, aunque su casa de la avenida Maple era espaciosa –una vivienda colonial neerlandesa de tres plantas con un amplio porche delantero–, los Epstein solo ocupaban un pequeño departamento de alquiler en la segunda planta. Allí vivía Epstein con sus padres y su hermano menor, Mark, al que llamaban Puggy.
En Sea Gate, Epstein pasó a ser conocido como Bear (oso). “Dormía mucho”, explicó Mark Epstein en una entrevista con The New York Times. “Sus amigos venían a jugar con él después de la escuela, y mi madre decía: ‘Déjenlo dormir’. Era como un oso durmiendo en su guarida”. En las visitas familiares, su prima Ronnie Goodman, que ahora tiene 81 años, solía ver a Jeff, de unos 14 años, en su cama, leyendo un libro de matemáticas y escuchando a Beethoven a todo volumen. “¿Quién lee libros de cálculo para relajarse?”, dijo en una entrevista.
Al otro lado de la alta cerca que rodeaba Sea Gate, el extremo occidental de Coney Island –incluido el lugar del anterior departamento de los Epstein– era una zona de demolición, con manzanas enteras destinadas a ser derribadas por excavadoras o incendiadas y vandalizadas durante la renovación urbana. Las familias blancas se marchaban si podían permitírselo, y entre las que se quedaban, las tensiones raciales iban acumulándose hasta desbordarse.
Para sus residentes, Sea Gate era un lugar donde se sentían a salvo de personas y lugares que percibían como amenazas. Una fuerza policial privada patrullaba sus cabañas y las canchas comunitarias de baloncesto. Los niños tenían libertad total, llenaban los senderos y las playas y se sentían como en su casa en las casas de los demás. Asistían a los bar mitzvahs unos de otros; un maestro de acordeón pasaba por allí varios días a la semana. “Era como un campamento todo el año”, recordó Susan Danzig, que vivía cerca de Epstein en la avenida Maple. Los adultos parecían irrelevantes.
Los niños de Sea Gate vivieron de primera mano las turbulencias de la década de 1960. Allí se consumían drogas duras. Amigos suyos se fueron a Vietnam y nunca volvieron. Pero ellos estaban conscientes –tanto en aquel momento como desde la distancia, cinco décadas o más después– de que, en comparación con los que vivían fuera de la cerca, a ellos les iba bien.
En la secundaria, Epstein formaba parte de un grupo de amigos muy unido: cuatro chicos inteligentes y ambiciosos que preferían la música a los deportes y se hacían reír. La felicidad pura, tal y como la describió Terry Kafka, un amigo íntimo de Epstein, en un correo electrónico de 2016, consistía en “colarse en las butacas de 5 dólares del Fillmore Auditorium, tomarse un Sunny Boy” –un refresco de naranja– “y comerse un sándwich de langosta; el mayor lujo”. De adolescentes, Epstein y Kafka viajaron por toda Europa con 2 dólares al día; también pasaban el rato en la terminal de TWA del Aeropuerto Internacional Kennedy, viendo despegar aviones y conquistando chicas. La serie de documentos publicados por el Departamento de Justicia y conocidos como los “archivos Epstein” ofrece un relato documental de estas amistades.
Warren Eisenstein, un talentoso imitador y guitarrista que hacía reír a todo el mundo, y Michael Buchholtz, un hablador incansable conocido como Frog, completaban el cuarteto. Cuando Epstein cumplió 50 años en 2003 y su pareja, Ghislaine Maxwell, le pidió a sus amigos más famosos que escribieran dedicatorias para lo que más tarde se conoció como el “libro de cumpleaños”, también se puso en contacto con estos amigos de la infancia. Las cartas que escribieron reflejan una profunda nostalgia por la forma desatendida en que crecieron: los carros destartalados, los pequeños hurtos, las bromas que cruzaban los límites. La búsqueda constante del sexo y las conversaciones sobre sexo.
“No aprendiste las lecciones de la vida en tu casa”, le recordó Kafka a Epstein en su carta. “Las aprendiste de nosotros”.
Y añadió: “En realidad, recurríamos a nuestras familias para nada”.
Epstein también fue niño alguna vez, y la imagen que emerge de los archivos, así como de casi dos decenas de entrevistas realizadas para ampliar el registro, contiene los contornos difusos del hombre que llegaría a ser: desde muy joven, Epstein prefirió la compañía protectora de un grupo muy unido de chicos inteligentes a las luchas de popularidad de la adolescencia. En entrevistas, personas que lo conocieron de niño lo describieron como “distante”, “reservado”, “tímido”, “arrogante”, “altanero” e “intenso”. A algunos compañeros de clase les parecía tan retraído que no dejó huella alguna.
“No sé si era antisocial, pero sociable no era”, recordó Ellen Fuhrer, su compañera de clase en la secundaria Lafayette, en una entrevista. En una escuela llena de chicos brillantes y ambiciosos, nunca lo vio charlar con sus compañeros en los pasillos entre clases. “Siempre estaba solo”, dijo.
Pero en su círculo más cercano, y especialmente entre los chicos de Sea Gate, Epstein se ganó un cariño y una lealtad duraderos. Sus amigos lo consideraban inteligente, incluso brillante, generoso y divertido, dispuesto a saltarse una regla por una risa o por la próxima gran aventura. “Si le caes bien, hará lo que sea por ti”, le escribió Kafka a la asistente de Epstein, Lesley Groff, en 2019. “Si no, ni te hace caso. Es la persona más reservada del mundo. ¡Incluso cuando era pobre!”. Aun hoy, después de todo lo que ha llegado a saber sobre él, su amiga de la secundaria Barbara Santangelo le reconoce haberle dado clases particulares de geometría para que pudiera entrar a la universidad. “Ahora que lo cuento, se me hace un nudo en la garganta”, dijo en una entrevista. Ella recuerda haber pasado la Nochebuena en Sea Gate con Epstein y sus amigos, viendo viejas películas de bar mitzvahs.
Cada villano inspira la búsqueda de una historia de origen: una tarea comprensible, aunque a menudo infructuosa, en el intento de entender lo incomprensible. Esto es exponencialmente más difícil con Epstein: un recorrido por correos electrónicos y documentos escritos décadas después de su juventud, complicado por entrevistas con personas mayores que no pueden creer que sus vidas se hayan cruzado con la de él. Aun así, una exploración en profundidad de estos millones de páginas ofrece revelaciones sorprendentes. La vida de Epstein tocó las de innumerables personas, no solo magnates, aristócratas y políticos, y no solo una amplia red de “chicas” y tratantes de “chicas”. Epstein vivió en una comunidad muy unida, entre familiares, compañeros de clase, profesores y vecinos. A quienes lo conocieron de niño les cuesta conciliar al depredador sexual con el chico que recuerdan.
“Había chicos que nos molestaban” en la secundaria, empujando a las chicas en los pasillos para tocarles los pechos, dijo Lisa Durham, que fue a la primaria y a la secundaria con Epstein. “Él no era uno de ellos. Jamás”.
Circulan insinuaciones, tanto en redes sociales como en artículos publicados, de que el propio Epstein fue víctima de abusos sexuales durante su infancia. En sus memorias La chica de nadie, Virginia Roberts Giuffre, una de las primeras víctimas de Epstein, sugiere que “en mí, una niña que fue abusada, Epstein vio un poco de sí mismo”. Giuffre, quien se suicidó en 2025, le preguntó una vez a Epstein si había tenido una infancia feliz, según escribió ella, y “me interrumpió casi antes de que terminara la pregunta, dejándome claro que era un tema que nunca debía volver a mencionar”. (Cuando los abogados le preguntaron directamente en 2009 si recordaba si su hermano había sufrido alguna vez abusos sexuales, Mark Epstein respondió: “No”).
De los restos arqueológicos de los archivos surgen otras hipótesis sobre las motivaciones de Epstein: que tuviera resentimiento de clase, problemas de control, neuroticismo, narcisismo, autismo, problemas de apego, adicción al sexo o hebefilia (deseo sexual por adolescentes muy jóvenes). Epstein siempre fue “socialmente torpe”, recordó Santangelo en una entrevista, recordando un beso inocente que él le dio en la playa. Cuando Patricia Schmidt salió con Epstein en la década de 1980, se refería a él como el “tipo impecable”, porque todo en su casa tenía que estar impecable: su habitación a 13 grados Celsius, los baños quirúrgicamente limpios, ni una sola bolsa de té sobre la encimera de la cocina. “Físicamente, era muy dependiente, en el sentido de que solo quería que lo abrazaran”, recordó ella en una entrevista.
También era “muy reservado”, dijo ella. “Sabía que no iba a revelarme ninguna de sus vulnerabilidades”.
En la audiencia de sentencia de Ghislaine Maxwell en 2022, tras su condena por cargos federales de tráfico sexual, sus abogados la describieron como víctima de un trauma infantil y señalaron a Epstein como “el cerebro” y “el principal abusador”. Pero muchos de quienes formaban parte del círculo de la infancia de Epstein sostienen que fue al revés: Maxwell explotó y fomentó la naturaleza depredadora de Epstein. En una entrevista, Goodman, la prima de Epstein, comparó la malicia simbiótica de Epstein y Maxwell con la de Leopold y Loeb, los estudiantes y amantes de la Universidad de Chicago que en 1924 conspiraron para cometer el “crimen perfecto” y mataron a un chico de 14 años.
La madre de Epstein, Paula, también contribuyó al libro de cumpleaños y, en su carta, escrita antes de que Epstein fuera acusado de delitos sexuales en Florida, expresa tanto su alegría por el ascenso de su hijo –“una limusina te espera como a un dignatario”– como su desconcierto. Paula Epstein solía tener una visión algo idealizada de las cosas, y en su carta describía su antigua vida familiar como alegre. “Tuvimos muchas, muchas fiestas”, escribió, y “te gustaba estar ahí”. Luego fue al grano. “Hoy EVITAS las reuniones, las fiestas… ¿por qué?”.
El padre de Epstein, Seymour, era hijo de inmigrantes de Europa del Este. Su padre tenía una empresa de demoliciones en Brooklyn, y su madre sufrió una “crisis nerviosa” y se sometió a terapia de choque. Seymour dejó la secundaria “porque nunca me gustó la escuela”, escribió en un ensayo autobiográfico antes de su muerte en 1991, que Maxwell incluyó en el libro de cumpleaños.
Antes de conseguir su trabajo en el Departamento de Parques en 1956, parece que Seymour anduvo a la deriva, vendiendo cubiertos en Macy’s y trabajando como conductor del metro. Era un tipo “de lo más simple”, que disfrutaba de la televisión y, sobre todo, de las películas de Tarzán, según dijo en una entrevista Gary Grossberg, un amigo de la familia Epstein.
En sus correos electrónicos, los hermanos Epstein a menudo se burlaban de su padre. En 2013, Mark le escribió a su hermano para preguntarle por los resultados de una prueba de ADN: “¿De verdad Seymour era en parte simio?”, le preguntó. Luego, en 2016, los hermanos se reían de la higiene personal de Seymour. “Camisetas sin mangas manchadas de salsa”, le escribió Epstein a su hermano en 2016.
“¡Manchas en sus bóxers!”, respondió Mark.
En otro correo, de 2012, Mark se preguntaba qué quería Seymour realmente cuando le pidió a Paula que le ayudara a lavarse la espalda. ¿Era un eufemismo para otra cosa?
“Aghhhhhjh”, respondió Epstein.
Los amigos de Epstein en Sea Gate se sumaron a las burlas hacia sus padres, haciendo chistes obscenos sobre ellos y llamándolos “Seymour” y “Paula” en sus cartas del libro de cumpleaños. “En este grupo de amigos, podías decir lo que fuera de cualquiera siempre que fuera gracioso”, dijo Mark en una entrevista.
Los padres de Epstein no socializaban con los demás padres en las cabañas de la playa ni jugaban canasta, recordó Danzig, su vecina. Y no le dirigían “ni dos palabras” a Santangelo cuando ella pasaba por el departamento de la familia. “No eran groseros”, continuó; simplemente eran distantes. Así que, aunque Paula impulsaba a sus hijos a aprender a tocar instrumentos y se quejaba a los profesores por la letra de Jeff, los chicos del vecindario la consideraban “simple” y, a veces, “tonta”. Una de sus frases favoritas era “Ya me preocuparé de eso cuando llegue el momento”, dijo Mark en 2009 al declarar en un caso civil contra su hermano.
No obstante, parece que a Epstein le preocupaba la opinión de su madre. En febrero de 2019, al día siguiente de que el Departamento de Justicia de Estados Unidos anunciara una nueva investigación sobre su declaración de culpabilidad de 2008 en Florida, en la que admitió haber procurado a una menor para prostitución y haber solicitado los servicios de una prostituta, Epstein le mandó un correo a su hermano. En un raro alarde de transparencia emocional o, tal vez, de arrepentimiento, pensó en su difunta madre y preguntó: “¿Crees que Paula lo entendería?”. Acompañó la pregunta con un emoji sonriente.
Epstein expresó abiertamente su admiración por al menos un adulto. Atribuía a Timmy, el padre de Terry Kafka, haberle enseñado habilidades que necesitaba en los negocios: “negociación, estrategia, tácticas, contratos, etc.”, escribió. (“Deja que ellos crean que tú eres el tonto”, le aconsejó Timmy, según un correo de 2014 entre Epstein y Kafka). Timmy era bombero y, al parecer, también un estafador de poca monta que, según los archivos, podría llevarse una maleta de más a un hotel de negocios para robarse las toallas. A Timmy le gustaba “enseñar la placa” –su insignia– para entrar gratis en cines o parques de atracciones, recordaban Epstein y sus amigos.
En entrevistas, personas que conocieron a Epstein en la secundaria destacaban especialmente su aspecto físico. El apodo Bear le venía bien, decían, y no solo por sus hábitos de sueño. De preadolescente, Epstein era “rechoncho” o “rellenito”, según recordaban. Pronto desarrolló un vello corporal notable. “Eso lo heredamos de mi padre”, dijo Mark.
En 1964, la secundaria Mark Twain, que hoy es una escuela pública de élite con un examen de admisión competitivo, vivía una situación tensa marcada por los conflictos raciales en un barrio cada vez más empobrecido. “En algunas ocasiones nos escoltaba la policía desde el autobús público hasta la escuela”, recordó Scott Ehrlich, que estudiaba allí con Epstein. Epstein dijo una vez que no le gustaba usar corbata porque les daba a los chicos de la calle algo que agarrar cuando te arrastraban de un lugar a otro.
La solución, en la escuela Mark Twain, fue aislar a los chicos blancos que tenían mejor rendimiento, que solían ser judíos, y reunirlos en clases denominadas “Progreso Especial”. Algunos de estos alumnos de Progreso Especial, Epstein incluido, se saltaron el octavo curso. “Éramos una clase especial, una especie de isla, aislada de los demás”, recordó Durham. “Y la gente nos guardaba rencor”. Debido a su aislamiento, a los chicos de Sea Gate se les consideraba especialmente privilegiados.
Por el resto de su vida, Epstein mostró una firme determinación por reforzar los límites entre quienes estaban fuera y quienes estaban “dentro”. Incluso la red de “chicas” servía para excluir a los demás. Cuando en 2011 alguien anónimo le pidió a Epstein que explicara cómo tener “400 mujeres” a su disposición podía ser tan satisfactorio como “una relación profunda con una sola mujer”, él respondió que le gustaba la seguridad que eso le daba. “El Harén”, escribió, siempre ha “significado protección para quienes están dentro frente a quienes están fuera“.
En la escuela Mark Twain, Epstein se fijó metas ambiciosas. Kathleen Suter era alta y rubia; su belleza era “linda”, al estilo de las chicas de los anuncios de champú, según sus amigas. Epstein se sentaba a su lado en el aula, recordó Melody Stern en una entrevista. “Estaba enamorado de ella”, dijo Stern. Cuando la profesora daba la espalda, Epstein le hablaba a Suter en voz baja, intentando hacerla reír, y Suter le devolvía la mirada, riéndose. “Era como su propio mundito”, dijo Stern.
En la foto de clase de 1966, Epstein aparece detrás de Suter con una sonrisa pícara, como si lo hubieran pillado en medio de una broma. El libro de cumpleaños incluye un poema enamorado que escribió sobre “una chica guapa con largo pelo dorado”. Lo firmó: “Con cariño, Jeff Epstein”. El nombre de la destinataria está tachado, pero el poema está junto a otros materiales que parecen ser de Suter.
Epstein y Suter se volvieron a encontrar cuando tenían veintitantos años. La carta de ella en el libro de cumpleaños sirve como apertura del capítulo “Novias”, y sus nombres aparecen en una solicitud de 1976 para un departamento en la calle East 59th de Manhattan, según los archivos de Bear Stearns, la empresa para la que Epstein trabajaba en ese momento. Además, ambos figuran en un índice de matrimonios de 1977, según los registros municipales. Suter no respondió a las peticiones de comentarios, y no hay pruebas de que realmente se hubieran casado. Sea cual sea el alcance de su relación, se mantuvieron en contacto durante muchos años; el tono de los correos que ella le enviaba es cariñoso y nostálgico. Él le enviaba regalos y anotó al menos una cita con ella en su agenda. Alrededor de 2008, los abogados de Epstein le pidieron a Suter, entre otros, que escribiera cartas de referencia para Epstein antes de su declaración de culpabilidad, y en su nota ella lo elogió y señaló que él se había ofrecido a cubrir el costo de la educación de su hijo. Llamó a Epstein su “ángel de la guarda”.
Suter también contribuyó al libro de cumpleaños, y esa carta era menos aduladora. “Las lecciones que he aprendido de ti durante los últimos 35 años no siempre han sido fáciles”, escribió.
Bernard Laffer creció en Coney Island y salió con Suter. Él cree que ella era la “musa” de Epstein y el prototipo de muchas de sus novias y víctimas posteriores. Epstein incluso llegó a afirmar que había salido con Morgan Fairchild, la rubia protagonista de Falcon Crest, y, según Schmidt, cuando tenía unos 30 años, tenía una foto de ella colgada en la pared de su dormitorio. (A través de un representante, Fairchild dijo que conocía a Epstein, pero que nunca había salido con él).
En opinión de Laffer, Suter es “la imagen de lo que él siempre persiguió. Una especie de apariencia de pureza”.
Para Michael Arambula, un psiquiatra forense de San Antonio que testifica como perito en casos de abuso sexual infantil, Epstein tiene un perfil que le resulta familiar.
La mayoría de los delincuentes sexuales han sufrido abusos de niños, explicó en una entrevista, aunque la mayoría de las víctimas de abusos no se convierten en delincuentes sexuales al crecer. Un adulto al que le atraen los adolescentes es diferente de un pedófilo, que se fija en niños preadolescentes. Los pedófilos tienden a ser cautelosos; ocultan sus deseos haciéndose pasar por profesores, entrenadores o tíos. Los hebéfilos, como Epstein, son más antisociales, explicó Arambula: “Hay un cierto grado de imprudencia y descaro”. Aunque nunca conoció a Epstein, planteó la siguiente hipótesis.
“Imagina que alguien crece en un barrio no muy bueno y, como los chicos están como desatendidos, experimentan con todo tipo de cosas”, dijo. Sus primeras experiencias sexuales pueden ser ilícitas, aberrantes o insensibles, y estas definen su idea incipiente del placer sexual. “Estos tipos, cuando se hacen mayores, siguen siendo así”, concluyó.
Ante la turbulencia emocional –angustia por una ruptura, un éxito repentino–, recurren a sus fantasías sexuales desviadas como forma de afrontamiento. El deseo de control y gratificación sexual se fusiona con esa temeridad como un afrodisíaco. “Pueden poner en práctica sus fantasías para aliviar su malestar interno”, dijo Arambula. “Eso puede sentirse muy bien, y se aprovechan de las personas”.
Epstein dijo una vez que no le gustaba tomar apuntes en la escuela y que no veía por qué era necesario. Y la inteligencia que admiraban sus amigos no se reflejaba en sus calificaciones de la secundaria. “Sabía que eras un estudiante excelente porque tus calificaciones eran sobresalientes”, presumía su madre en su carta de cumpleaños. Pero eso debió ser una ilusión. En su última boleta de calificaciones en Mark Twain, que Paula Epstein firmó, recibió evaluaciones de “insatisfactorio” o “necesita mejorar” en “esfuerzo”, “responsabilidad” y “autocontrol”.
En la mayoría de las materias académicas, Epstein era un estudiante promedio. Le iba bien en matemáticas, pero sus calificaciones no eran sobresalientes.
“Hay todo un gran alboroto sobre que era un genio de las matemáticas y todo eso, pero, sinceramente, no lo era. No estaba entre los mejores del equipo de matemáticas”, dijo Ehrlich, que formaba parte de ese equipo con Epstein en secundaria.
A Kafka le sorprendía cómo Epstein se las arreglaba para no conseguir trabajos de verano. Sus tres mejores amigos sí tenían. Eisenstein trabajaba en Nathan’s, el puesto de perros calientes, por el salario mínimo, según la carta de cumpleaños de Kafka, y Buchholtz era empleado de cabañas de playa. “Pero tú, Jeff, nunca trabajabas”, escribió Kafka. “Sí, eras especial”.
En el verano de 1967, Epstein asistió al campamento musical de Interlochen, un prestigioso oasis en los bosques de Míchigan. Según la carta del libro de cumpleaños de Paula, su profesor de música lo recomendó y fue admitido como alumno de fagot, con interés en la radio. En Interlochen, Epstein se encontró en un nuevo entorno extremadamente elitista: jóvenes con talento de todo Estados Unidos a los que se había considerado especiales. Así como Epstein se ganó el respeto de sus amigos de Sea Gate prestándoles y compartiendo objetos valiosos o raros –como grabaciones del pianista francés Jacques Loussier, que hacía jazz con música de Bach–, se hizo amigo de sus compañeros del campamento prestándoles su ejemplar de La comunidad del anillo, según una entrevista con Gavin Ferriby, que vivió en la cabaña de al lado.
En una entrada de blog, Ferriby recordaba a Epstein como una persona con “un sentido del humor poco convencional, a veces un poco bobalicón, y con un don para eludir discretamente las normas o apenas cumplirlas”. Juntos salían a navegar en velero por el lago para escapar de la rígida cultura del campamento. La foto de grupo tomada aquel verano en la Cabaña 1 muestra a Epstein con la cabeza ladeada, las manos en los bolsillos y su característica sonrisa enigmática. No llevaba calcetines, a pesar de que el reglamento del campamento los exigía, según observó Ferriby. Epstein tenía 14 años.
En su carta para el libro de cumpleaños, la madre de Epstein señaló que quizá su formación musical se vio afectada mientras “te divertías”. Epstein conoció a una chica aquel verano y, en Año Nuevo, él y Kafka se las arreglaron de alguna manera para volar a Míchigan a visitarla. “También fue la primera vez que vi a una chica del Medio Oeste brillante, atractiva, alegre y de ojos azules”, escribió Kafka en su carta. “Para mí era como una extraterrestre. No era judía ni italiana. ¿No fue ella tu primera?”. Kafka tenía otra razón para estar impresionado: de donde venían ellos, nadie iba nunca a ningún sitio, escribió. “La primera vez que volé fue contigo”, escribió, y añadió: “Jeff, tú me llevaste contigo”.
Alrededor de 1970 ya se vislumbra al Epstein adulto, cuando él y Kafka, ambos adolescentes, volvieron a tomar un avión, esta vez con destino a Europa. Epstein perdió toda su gordura y, como decía Kafka, se volvió “absolutamente delgado”. Estaba “siempre consultando los horarios de trenes; viajábamos de noche para tener un lugar donde dormir gratis”, escribió Kafka. Los chicos pasaron dos semanas en Corfú, acampando en la playa con jóvenes de todo el mundo y dos chicas de Cleveland. En su carta de cumpleaños, Kafka escribió que “de verdad vi una auténtica transformación en ti” ese verano. “¡Empezaste a darte cuenta de que podías hacer lo que quisieras! ¡Que las chicas y la gente en general eran unos idiotas!”.
Más tarde, Epstein le contó a Suter que había empezado a ir a marchas por la paz, no porque le importara la política sino “porque eran los sitios más fáciles para conseguir sexo”, tal y como ella escribió en el libro de cumpleaños.
Un quinto amigo de Sea Gate contribuyó al libro de cumpleaños. Jeff Nier, conocido como Neutral, era “un chico divertido al que le gustaban las fiestas”, según su obituario, un deportista y pescador que pasaba el rato en la playa y era cinco años mayor que Epstein. Los amigos de la infancia de Epstein discrepan sobre el alcance de la influencia de Nier, pero las anécdotas relatadas en forma de flujo de conciencia en su carta describen entre risas cómo ambos perseguían a mujeres y chicas de una manera sexualmente amenazante y degradante.
“Recogimos chicas en la playa– salimos en barco”, escribió Nier. “Les digo con cuchillo en mano que se quiten los trajes de baño”. Luego la carta menciona cómo prendieron fuego a una habitación de hotel en un complejo turístico de los Catskills; cómo iban en el Cadillac del padre de Nier con “dos chicas muy jóvenes, probablemente de solo 17 años”; y cómo llevaron a una chica cuyo nombre no se menciona “a casa de tu madre” y la obligaron a quitarse la camiseta “para que pudiéramos tocarle los pechos”. Nier no especificó cuándo ocurrieron estos incidentes, pero Mark Epstein dijo que Jeffrey conoció a Nier un par de años después de graduarse de la secundaria.
Fue más o menos por esa época cuando Epstein y sus tres amigos más cercanos posaron para una foto en la que solo llevaban ropa interior. Esta aparece en el álbum de cumpleaños, y hacia 2011 circulaba entre los amigos de Sea Gate en Facebook. Alguien escribió: “¿No es ese Jeffrey Epstein, el que ahora es multimillonario?”.
Después de graduarse, los demás chicos del grupo de amigos se dispersaron, se fueron a la universidad y empezaron a forjar su vida profesional. Eisenstein, que había estado tocando la guitarra en clubes de Brooklyn, se mudó al centro del país para unirse a la banda que se convertiría en Kansas, pero se fue antes de que alcanzara la fama y montó una clínica de optometría en Dallas. Kafka también acabó mudándose a Dallas y tenía un negocio de vallas publicitarias. Buchholtz estudió medicina en Italia y se convirtió en oncólogo. (Al contactarlo por teléfono, Buchholtz no quiso hacer declaraciones oficiales).
Igual que su padre, Epstein iba a la deriva. En una entrevista realizada en noviembre con The New York Times, Kafka dijo que parecía que nunca tenía ningún plan. “Vivía la vida más bien al día”, comentó. Volvió a Europa y se trajo a una inglesa hermosa a la casa de sus padres en la avenida Maple. “Te importaba un comino lo que ella pensara”, escribió Kafka en su carta del libro de cumpleaños. “Y ella no debió haber estado muy impresionada”. Sus experiencias en Europa le ayudaron a conseguir el puesto de profesor en Dalton, el colegio privado de élite del Upper East Side, según escribió su madre en su carta.
Epstein empezó a trabajar en Bear Stearns en 1976. En su solicitud de empleo, mintió sobre su edad. Mintió sobre el año en que se graduó de secundaria. Se atribuyó una licenciatura de Cooper Union y una maestría de la Universidad de Nueva York.
En realidad, aunque asistió a ambas instituciones, nunca obtuvo un título universitario. En una entrevista, Mark Epstein explicó que su hermano se dio cuenta de que podía alcanzar sus ambiciones sin un título. Pero en un correo electrónico de 2010 reconoció la falta de interés de Jeff por Cooper Union. Jeff estaba demasiado ocupado persiguiendo chicas en aquella época, escribió Mark.
Con el paso de los años, los chicos de Sea Gate se mantuvieron en contacto, y los amigos de Epstein no dejaban de expresar su asombro e incredulidad ante la rapidez y la magnitud de su ascenso. Allá en Sea Gate, pocos lo habrían previsto. En la secundaria, Buchholtz había sido elegido como “el que más probabilidades tenía de triunfar”, según el anuario. En correos electrónicos, Kafka, en particular, se enfocaba en su ascenso: a él le fue bien, económicamente. A Epstein, aún mejor. “Partimos de la nada”, escribió Kafka en 2015.
En Dallas, Eisenstein y Kafka se veían con frecuencia. “Cuando Warren y yo nos reunimos, ¿de quién y de qué crees que hablamos?”, escribió Kafka en el libro de cumpleaños en 2003. “De ti, de ti, de ti, de ti… es constante. Ya no lo soporto”.
Siempre había “tensiones latentes” en el grupo sobre quién era más cercano a quién, según dos personas que los conocían bien. Y a medida que Epstein ascendía cada vez más alto, las distancias entre ellos se hacían mayores. Epstein y Eisenstein seguían siendo especialmente cercanos, según estas fuentes. Kafka dijo en una entrevista que sus ocasionales llamadas con Epstein empezaban a hacerlo sentir “un poco vacío”. Eran breves y abruptas, y Epstein era descortés, colgando cuando alguien más importante llamaba.
Aun así, el grupo de amigos atesoraba su historia compartida. Se enviaban chismes, chistes subidos de tono y fotos de los viejos tiempos. En los correos, Epstein, Eisenstein y Kafka se saludaban como “John” o “Johnny boy”. A Buchholtz, que siempre fue más formal, lo seguían llamando Frog. En 2005, los cuatro estaban haciendo planes para ir a ver a Cream en el Madison Square Garden.
Incluso después de que Epstein se declarara culpable de delitos sexuales en Florida, Eisenstein y Kafka seguían a veces bromeando de forma lasciva con él sobre sexo y chicas. En un correo de 2010, Eisenstein y Epstein hablaron de los genitales de Eisenstein, y en 2017, Kafka dio a entender que sabía que la casa de Epstein estaba llena de “todas esas chicas“.
Cuando Epstein empezó a cumplir su condena en 2008, Kafka se mantuvo en contacto con él, enviándole noticias periódicas, preguntándole por su salud, regañándolo por haber faltado a su cumpleaños, pendiente de su fecha de liberación. “JEE”, escribió en julio de 2009. “¿Ya saliste? Avísame. Buen trabajo aguantando la condena”.
Pero cuando Epstein salió en libertad el 22 de julio de 2009, se lo contó a Eisenstein.
“Libre y en casa”, escribió.
“Cállate y vete a dormir”, respondió Eisenstein.
Luego, en noviembre de 2012, a Eisenstein le diagnosticaron cáncer de pulmón metastásico. “Chicos, ESTO NO ES BUENO, pero soy de Brooklyn”, escribió Eisenstein al dar la noticia. El viejo grupo se unió. Epstein, al parecer, echó mano de su red de contactos y empezó a dar consejos médicos no solicitados. En un correo electrónico con un tono muy firme, Eisenstein lo reprendió. Buchholtz, el médico, era quien llevaba las riendas de todo esto, escribió. “Sé que tienen buenas intenciones”, le dijo a Epstein y Kafka, “pero con todas sus conexiones, sus sugerencias bienintencionadas y su ayuda, ninguno de ustedes es oncólogo”.
Epstein respondió: “Yo me haré cargo de los costos”.
A medida que Eisenstein empeoraba, Kafka se mostraba abiertamente afligido y presionaba a Epstein para que encontrara tiempo para rendir homenaje a Eisenstein y a su amistad de la infancia. “Jeff: voy a ser directo”, escribió en diciembre de 2012. “Si estás pensando en ir a visitarlo, más vale que sea pronto”. Epstein no parece haber respondido. Tampoco asistió a la fiesta que se organizó para Eisenstein en Manhattan la primavera siguiente, aunque sí fue a ver a Eisenstein, los alojó a él y a su esposa en uno de sus departamentos, les mandó helado de Oreo y les prestó un automóvil con chofer. “¿Les gustó el helado?”, preguntó Epstein por correo electrónico, desde su rancho en Santa Fe.
En invierno de 2014, Eisenstein se estaba muriendo y Buchholtz supervisaba de cerca su cuidado. “Lloro cada vez que cuelgo el teléfono”, le escribió a Kafka, con copia a Epstein. Desde la distancia, Kafka intentó sacar una respuesta sincera de su viejo amigo Epstein. “Todo lo que aprendí en mi vida lo aprendí de ustedes. Punto final”, escribió Kafka. La muerte inminente de Eisenstein representaba, de alguna manera, la muerte de ese pasado compartido y tan querido, dijo.
Al mes siguiente, Epstein le preguntó a Buchholtz exactamente cómo fallecería Eisenstein. Poco después, le envió a Kafka 10.000 dólares para los cuidados paliativos de Eisenstein “o para que te diviertas. Da igual”.
“Guau”, respondió Kafka. “Con eso alcanza para mucho sexo oral”, y añadió que destinaría el dinero a los gastos del funeral.
Cuando Eisenstein murió, el 27 de febrero de 2014, Epstein estaba en su isla privada, Little St. James, enviando correos electrónicos. A Karyna Shuliak, su novia, le escribió: “Warren muerto”. A Buchholtz, Kafka y algunos más, les escribió: “Deberían estar orgullosos de cómo manejaron esto”.
Epstein estaba en las Islas Vírgenes cuando Buchholtz y Kafka pronunciaron el discurso fúnebre de Eisenstein en Dallas. Y mientras los amigos más cercanos de Eisenstein se reunían en Sea Gate para esparcir sus cenizas en la playa y rendirle homenaje, Epstein volaba de Phoenix a Palm Beach y de ahí a las Islas Vírgenes. Kafka se sintió “muy decepcionado” de que Epstein no apareciera, dijo en la entrevista. En el obituario de Eisenstein, escrito por Kafka, se describía a Jeffrey Epstein como una de sus “almas gemelas”.
Susan C. Beachy, Kitty Bennett, Alain Delaquérière, Georgia Gee, Christian Murray y Julie Tate colaboraron con investigación. David Enrich y Jessica Silver-Greenberg colaboraron con reportería.
Lisa Miller es una reportera del Times que escribe sobre las dificultades personales y culturales para tener buena salud.
Steve Eder es periodista de investigación del Times desde hace más de una década.
Susan C. Beachy, Kitty Bennett, Alain Delaquérière, Georgia Gee, Christian Murray y Julie Tate colaboraron con investigación. David Enrich y Jessica Silver-Greenberg colaboraron con reportería.