La primera vez que puse un pie en Hickory, una pequeña ciudad al pie de las montañas Blue Ridge, en Carolina del Norte, la belleza de la zona ocultaba su tristeza. Los bosques ricos en robles, arces y pinos han dado origen a decenas de empresas de muebles que emplean a miles de trabajadores. Las fábricas de Hickory elaboran el tipo de muebles estadounidenses, pesados y sólidos, destinados a durar generaciones. Pero todo cambió en 2001, cuando China entró en la Organización Mundial del Comercio. El aumento de las importaciones chinas devastó Hickory y otras pequeñas ciudades fabriles como ella.
El presidente Donald Trump ha presentado estas ciudades como un símbolo de todo lo que ha fallado en la economía estadounidense. Sus ataques a la globalización y a China, en particular, resuenan entre los votantes e impulsan su programa “Estados Unidos primero”. El presidente ha intentado restaurar la industria manufacturera estadounidense al imponer aranceles exorbitantes y potenciar una fuerza de deportación agresiva. Pero si uno pasa algún tiempo en Hickory, puede comprobar lo contraproducentes que resultan estas políticas.
La ciudad está resurgiendo. Vuelven los empleos y aumentan los ingresos. Pero las razones no guardan ninguna relación con Trump ni con sus políticas emblemáticas.
En mis primeras visitas a Hickory, en 2016 y 2019, las penurias por la competencia china eran evidentes. Los trabajadores relataban haber sufrido un despido tras otro. Al recorrer la zona en coche, señalaban los edificios cerrados y los solares abandonados donde antes habían trabajado. Los propietarios de las fábricas de muebles admitieron tímidamente lo ingenuos que habían sido al pensar que podrían ganar más dinero produciendo bienes en China e importándolos. Demasiado tarde, se dieron cuenta de que habían convertido a sus proveedores chinos en competidores que vendían a minoristas estadounidenses a precios que no podían igualar.
Los problemas económicos de Hickory comenzaron en 2001, cuando los fabricantes estadounidenses trasladaron su producción a China, donde los salarios eran más bajos. Entre ese momento y 2012, las importaciones chinas casi se triplicaron en proporción a la producción económica estadounidense, lo que se tradujo en una pérdida de unos 2,4 millones de puestos de trabajo. La oleada de importaciones barrió todo el país, pero impactó con más fuerza en las ciudades más pequeñas del sudeste y del Medio Oeste que dependían de una o dos industrias y tenían relativamente pocos residentes con estudios universitarios.
La ciudad de Olney, en Illinois, era un importante centro estadounidense de fabricación de bicicletas antes de que la competencia china obligara al fabricante de bicicletas Roadmaster y a otros fabricantes de bicicletas de la zona a cerrar. West Plains, Misuri, vio cómo sus zapateros cerraban sus operaciones. Grand Rapids, Míchigan, sede de muchos fabricantes de muebles comerciales, acaba de perder Howard Miller Co. en la cercana Zeeland, mientras que Steelcase Inc., que había realizado grandes inversiones en China, despidió a trabajadores de su negocio de muebles de madera, al igual que otros fabricantes de muebles del estado. Algunas ciudades más grandes tampoco se salvaron. Providence, en Rhode Island, perdió la mayor parte de su industria de bisutería y San José, en California, perdió puestos de trabajo en la fabricación de productos electrónicos. Estas ciudades se recuperaron más rápidamente porque tenían economías diversificadas e importantes universidades que impulsaron nuevas industrias.
Warren Wood, administrador municipal de Hickory, calcula que el área metropolitana, con una población de 373.000 habitantes, perdió unos 45.000 empleos entre 2001 y 2013, debido a la caída de las industrias del mueble, textil y de medias. El desempleo, que había sido inferior a la tasa nacional antes de 2001, aumentó mucho más posteriormente, y alcanzó el 15,4 por ciento en 2009, cuando la demanda de bienes de consumo se desplomó durante la recesión. Hickory se convirtió en un ejemplo paradigmático de lo que tres economistas –David Autor, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, Gordon Hanson, de Harvard, y David Dorn, de la Universidad de Zúrich– denominaron “el choque chino”, un fenómeno que identificaron y del que siguen estudiando sus repercusiones.
En las ciudades fabriles conmocionadas por China, los trabajadores más jóvenes se marcharon en busca de oportunidades en otros lugares, mientras que los de mayor edad se quedaron tras ser despedidos. Consiguieron trabajos de servicio peor pagados para llegar a fin de mes mientras esperaban a que los fabricantes locales volvieran a llamarlos. Muchos solicitaron beneficios por discapacidad. En Hickory, el número de beneficiarios de estas prestaciones se disparó aproximadamente un 30 por ciento entre 2001 y 2012 y aumentaron las muertes por sobredosis de drogas. Con una mano de obra envejecida, las fábricas perdieron el conocimiento ancestral que antes se transmitía de generación en generación entre los trabajadores.
El trío de economistas descubrió que los votantes de las zonas más afectadas por la competencia china y con grandes mayorías blancas eran más extremistas: tendían a votar por un candidato republicano más a la derecha que a uno más moderado. Los condados de la región de Hickory votaron mayoritariamente por Trump, otorgándole un idéntico 72 por ciento de los votos en cada una de las tres últimas elecciones presidenciales.
Los economistas también ofrecen una historia alternativa: si Estados Unidos hubiera restringido las importaciones chinas de modo que hubieran crecido a la mitad del ritmo que lo hicieron–un aumento todavía rápido–, eso habría dado tiempo a las comunidades para adaptarse a los cambios y reciclar a los trabajadores para los nuevos empleos. En ese caso, argumentan, el giro a la derecha habría sido lo suficientemente atenuado como para que Trump hubiera perdido las elecciones de 2016.
Estos días, Hickory está cambiando de nuevo. Cuando lo visité en diciembre, el ambiente era más optimista. El empleo en las fábricas se había estabilizado, aunque a un nivel mucho más bajo. Los frutos de una emisión de bonos por 40 millones de dólares eran evidentes. El centro de la ciudad estaba arreglado; las familias jóvenes paseaban por las nuevas rutas de senderismo. Una universidad importante, Appalachian State, abrió un campus en Hickory en 2023 y ofrecía becas a los estudiantes locales. Jóvenes profesionales que trabajaban a una hora de distancia, en Charlotte, empezaban a comprar casas en la región de Hickory, más barata.
Pero no se ha producido un resurgimiento de la industria manufacturera como el que prometió Trump. Ni mucho menos. Durante su primer mandato, Trump libró una guerra comercial de dos años contra China. Esto provocó que los productos cotidianos se encarecieran ligeramente y que muchos importadores estadounidenses buscaran otros países para evitar los aranceles, especialmente Vietnam. El empleo manufacturero en Estados Unidos continuó su largo declive, al igual que el empleo en las fábricas de muebles de Hickory.
Mientras la guerra comercial acaparaba titulares, en muchas de estas ciudades se producía silenciosamente una especie de evolución natural. Los trabajadores de las fábricas no se movían, envejecían y se jubilaban. El Seguro Social, Medicare y otras prestaciones públicas que cobraban impulsaron el gasto local y fomentaron la demanda de asistencia a la salud, transporte y otros servicios que atienden a los ancianos.
En los últimos años, Autor y sus colegas calculan que el crecimiento del empleo en las zonas perjudicadas por la competencia china ha superado al crecimiento en las zonas menos afectadas. Escriben que este crecimiento puede atribuirse, sobre todo, al fuerte aumento del empleo en el sector de servicios. “En cambio, la recuperación del empleo se debe casi por completo a que los adultos jóvenes y los inmigrantes nacidos en el extranjero acceden a sus primeros empleos en Estados Unidos” en las regiones.
Desde 2017, los ingresos promedio de los hogares en las regiones más afectadas han crecido más rápidamente que el promedio nacional, calcula Moody’s, después de años de retraso. También ha aumentado el número de personas que se trasladan a estas regiones.
En Hickory, las debilidades económicas se convirtieron en fortalezas. Se demolieron fábricas de muebles de décadas de antigüedad para recuperar la valiosa madera dura empleada en los techos y suelos. Los trabajadores textiles despedidos, expertos en la producción de fibras de algodón, fueron contratados por los fabricantes de las fibras de vidrio utilizadas para conectar la economía de internet. La fibra óptica es ahora uno de los mayores empleadores manufactureros de la zona.
Los amplios sistemas de agua y alcantarillado necesarios para las industrias textil y del mueble ayudaron a persuadir a Apple, Microsoft y Google para que construyeran sedientos centros de datos en la zona, lo que añadió un total de unos 500 puestos de trabajo, a menudo con salarios superiores a la renta per cápita de la zona, de 34.000 dólares. Scott Millar, presidente de la Corporación de Desarrollo Económico del condado de Catawba, que incluye Hickory, está cortejando a los fabricantes de productos farmacéuticos que también necesitan abundante agua.
Para mantener o atraer a los residentes más jóvenes, Hickory ha gastado más de 40 millones de dólares en los últimos cinco años en renovar el centro y construir 16 km de senderos a lo largo del cercano río Catawba. Han surgido cervecerías artesanales, cafeterías y casas adosadas para familias jóvenes. Hay pruebas de que está funcionando. Tras descender durante casi 20 años, el número de personas de 18 a 39 años ha aumentado en la zona de Hickory desde 2017. Mary Furtado, directora del condado de Hickory, habla de una “tenue recuperación”.
Aunque los empleos en el sector manufacturero no han aumentado, se han estabilizado ligeramente. Pero las décadas de despidos y cierres de fábricas han convencido a muchas familias locales de que el trabajo en ellas no tiene futuro. En una feria de empleo de 2023 en el colegio comunitario local, algunos padres se aseguraron de que sus hijos no se pararan a charlar en los puestos de las empresas de muebles. “Podías leer sus labios”, dice Amy Guyer, vicepresidenta de recursos humanos de un fabricante de muebles, al decirles a sus hijos que buscaran en otra parte.
En cambio, los empresarios locales recurren con mayor frecuencia a los recién llegados a la zona. Desde 1980, el porcentaje de nacidos en el extranjero en la zona de Hickory se ha multiplicado por más de 10, la mayoría de ellos procedentes de Latinoamérica. Los hispanos representan ahora el 10 por ciento de la población de la región y son el grupo minoritario de más rápido crecimiento, un cambio significativo para una zona donde Walmart no vendía tortillas en la década de 1990.
Sin embargo, el mayor cambio económico de la región ha sido el aumento de la contratación en el sector de servicios, especialmente en el de la salud. En 2003, había aproximadamente el doble de personas trabajando en la fabricación de muebles que en la asistencia médica. En la actualidad, el empleo en hospitales, centros de atención urgente, residencias de ancianos y otros centros sanitarios supera al del sector del mueble en casi un 30 por ciento. Con el fin de satisfacer la creciente demanda, el Catawba Valley Community College (CVCC) duplicó el número de estudiantes en sus programas de asistencia a la salud durante la última década, hasta alcanzar los 400. Unos 150 aspirantes compiten por 40 plazas diurnas de enfermería.
Maria Rios es una migrante mexicana de 39 años cuyos padres viajaron primero a California y luego a la zona de Hickory hacia 1999, al enterarse del auge de la industria del mueble, un camino que siguieron muchos migrantes mexicanos de su generación. Ver a sus padres levantarse a las 4:30 a. m. para ir a trabajar en edificios gélidos en invierno y sofocantes en verano desanimó a Rios a trabajar en fábricas, al igual que los frecuentes recortes en los turnos disponibles.
En cambio, trabajó como camarera en IHOP y obtuvo su certificado de auxiliar de enfermería en el CVCC. Mientras su esposo sigue trabajando como tapicero, ella trabaja en Trinity Village, un centro de atención a ancianos en Hickory. Trinity ha tenido tanta escasez de personal cualificado que, hace dos años, puso en marcha su propio programa de auxiliar de enfermería certificado y ha buscado contrataciones adicionales en Puerto Rico, México y República Dominicana.
Nicole Bivens también siguió la trayectoria profesional que la llevó de la industria manufacturera al sector sanitario. Trabajó durante seis años taladrando, cortando y laminando madera para una empresa de armarios. El trabajo en el sector de los muebles era peligroso, dijo, y las condiciones eran terribles. “El único lugar cálido durante el invierno era el laminador”, dijo. “Allí llegaban a alcanzar 93 grados Celsius, pero en verano era insoportable”.
Bivens había querido ser bibliotecaria, pero ahora dijo que había encontrado su vocación en la documentación. Trabaja como especialista en gestión de la información de la salud, organizando los historiales médicos de ancianos. El trabajo está mejor pagado que el de una fábrica, pero lo más importante es que le resulta gratificante. “Mi trabajo consiste en proteger a los pacientes y su información”, dijo.
Le irá mejor económicamente que a la mayoría de los nuevos contratados de Hickory en el sector. A escala nacional, según los economistas del choque chino, los empleos de servicios que sustituyeron a los de fábrica pagan menos, y eso es lo que ocurre en general en Hickory, donde los empleos de producción pagan un promedio de 22,15 dólares por hora, frente a los 17,60 dólares por hora de los de apoyo a la atención médica. Pero eso supera el declive de las dos décadas anteriores. “Se consigue una recuperación del empleo, pero no una buena recuperación del empleo”, dijo Hanson, el economista de Harvard.
En lugar de reforzar la recuperación y ayudar a elevar los ingresos, las políticas de Trump en su segundo mandato podrían revertirla. Ha impuesto un arancel del 25 por ciento a las importaciones de muebles tapizados, independientemente de dónde se fabriquen. Esto ha tenido algunos efectos positivos. Varios proveedores extranjeros de muebles están considerando abrir una planta en Hickory.
Pero para Alex Shuford III, director ejecutivo de 53 años de RHF Investments, propietaria de Century Furniture, los inconvenientes de los aranceles superan con creces cualquier aspecto positivo. Shuford es el vástago de una acaudalada familia de muebles y textiles que se remonta a Abel Alexander Shuford, un veterano de la Guerra Civil que fundó Shuford Mills en 1880. Correspondió a Alex Shuford y a su padre averiguar cómo responder al reto y a la oportunidad que representaba la destreza manufacturera de China.
Al principio, Century se unió a otros fabricantes de muebles e importó productos de China, pensando que el bajo costo de la mano de obra supondría mayores ganancias gracias a muebles más baratos. Pero al mostrar a las empresas chinas cómo producir para los consumidores estadounidenses, las empresas estadounidenses crearon, sin saberlo, a sus competidores más duros. “Fue como si Ford ayudara a Toyota a entender los gustos estadounidenses”, dijo una vez.
Antes que la mayoría de los fabricantes de muebles, Shuford se dio cuenta de que competir directamente con China en el mercado de los muebles era un juego perdido. Cambió el enfoque de Century hacia productos tapizados personalizados de gama alta, lo que dio ventaja a sus plantas en Carolina del Norte. A los fabricantes chinos les ha costado más igualar las pequeñas series de producción de sofás y sillas fabricados con más de 1000 telas diferentes. Aun así, dijo, se trata de un negocio de escaso margen en el que una ganancia del 5 por ciento antes de intereses e impuestos se considera un buen año.
Shuford se queja de que la factura arancelaria de su empresa es más de 10 veces superior a la que tenía antes de la llegada de Trump al poder, y las decisiones arancelarias intermitentes del presidente consumen cientos de horas de tiempo de los ejecutivos para calcular cuánto aumentar los precios. Los clientes de Century que pueden permitirse sofás de 7000 dólares probablemente no se asustarán demasiado por el aumento de precios del arancel. Pero a la empresa le preocupa que las subidas de precios de los muebles más baratos, el pilar de las tiendas de muebles, puedan perjudicar a los minoristas que también venden las demás marcas de Century y RHF. “No importa cualquier ventaja que obtengamos de la protección si el ecosistema desaparece”, dijo Brandon Hucks, director financiero de RHF.
RHF y otras empresas del sector manufacturero y de servicios también temen que las medidas de Trump contra la inmigración ahuyenten a la mano de obra migrante legal de la que ahora dependen para crecer. RHF ya ha hecho esfuerzos extraordinarios para atraer a esos trabajadores. Gastó más de 2 millones de dólares en comprar un fabricante local de sillas de cuero, principalmente para sus aproximadamente 85 empleados. El director de una de las plantas de RHF, Héctor Ladero Rivas, es un exfutbolista profesional español que a veces recluta empleados en los partidos de fútbol locales.
A finales de noviembre, agentes de la Patrulla Fronteriza hicieron rondas en la zona de Hickory en busca de migrantes indocumentados. Casi al mismo tiempo, un trabajador nicaragüense de la industria del mueble fue detenido en Charlotte cuando se presentó a una cita de inmigración y posteriormente fue deportado.
Las cafeterías, panaderías y restaurantes hispanos de la zona de Hickory cerraron. Incluso los hispanos que son ciudadanos dicen que ahora llevan consigo sus pasaportes por miedo a ser detenidos. Algunos se quedaban en casa en lugar de arriesgarse a ir en automóvil al trabajo o a la escuela. Centro Latino, un grupo de servicios humanos, canceló sus clases de inglés y empezó a repartir comida de sus despensas en lugar de pedir a los clientes que se desplazaran hasta sus instalaciones. “Necesitamos aumentar nuestra mano de obra”, dijo Wood, el administrador municipal. “Si parte de la mano de obra se va, no podremos salir adelante”.
Trump, quien ganó en Carolina del Norte por unos tres puntos porcentuales en las últimas elecciones, no estará en las papeletas de las elecciones intermedias de 2026 ni en las presidenciales de 2028, presumiblemente.
Chris Cooper, politólogo de la Universidad de Carolina Occidental que ha escrito mucho sobre la política de los Apalaches y del Sur, ve una oportunidad para los demócratas, quienes han tenido problemas en las elecciones presidenciales en la región. “El boleto para el éxito demócrata no es ganar el Estados Unidos rural”, dijo. “Es reducir la hemorragia”.
Si los demócratas pueden hacerlo marginalmente mejor en pueblos como Hickory, pueden asegurarse la victoria obteniendo grandes márgenes en ciudades azules como Charlotte. Los cambios demográficos y económicos en zonas conmocionadas por China dan a los demócratas una oportunidad de hacer precisamente eso en Carolina del Norte y en otros estados de tendencia electoral incierta con dinámicas similares.
En Hickory, el cambio de humor no es difícil de notar. Ginny Romero, la influyente directora ejecutiva del Centro Latino, me dijo que está tan harta de la represión de Trump que está dispuesta a apoyar por su cuenta a candidatos que se opongan a las políticas del gobierno: “Nunca he visto a los jóvenes tan dispuestos a votar, y no solo a los jóvenes: a todos los grupos de edad, a todas las generaciones”.
Bob Davis ha cubierto durante mucho tiempo las relaciones económicas entre Estados Unidos y China y es coautor de Superpower Showdown, una historia de la primera guerra comercial del gobierno de DonaldTrump contra China.