En las aguas turquesas de La Ventana, una tranquila localidad costera de la península de Baja California, Claudio Ríos, de 41 años, manejaba la radio de un barco pesquero. Era finales de marzo. Sus ojos oteaban el horizonte, una mano suelta sobre el timón mientras el mar de Cortés se mecía bajo él.
“Huele a orcas”, dijo: acre y aceitoso.
Esperó a que una aleta dorsal surcara las olas. A que los capitanes hablaran por radio. A que los motores de los barcos zumbaran al unísono. De momento, nada.
Los turistas se sentaban en los botes cercanos, con los ojos muy abiertos, esperando ver a una de las varias orcas machos bautizadas con nombres de dioses y emperadores aztecas: Moctezuma, Cuitláhuac, Tlaloc. Algunos humanos ya llevaban puestos los trajes de neopreno y las aletas en los pies, preparados para lanzarse en aguas abiertas con el depredador supremo del océano.
Nadar con orcas es uno de los encuentros con la vida salvaje más raros de la Tierra, que solo se realiza en dos lugares: La Ventana, México, y Skjervoy, Noruega. En ambos, los visitantes se ponen trajes de neopreno, tubos de buceo y máscaras para observar a los animales de 6 metros de largo que se desplazan por aguas abiertas.
Una multitud cada vez mayor, impulsada por las redes sociales y por una generación que conoció a las orcas en cautividad o en la pantalla, llega a dos ciudades costeras que, de otro modo, serían tranquilas, trayendo dinero y fricción a partes iguales. Los investigadores aún no pueden decir qué efecto tiene el contacto humano sostenido en las orcas salvajes. En ninguno de los dos países eso ha frenado la industria.
“Todo el mundo te va a decir que no hay ataques registrados de orcas a humanos en estado salvaje”, dijo Jorge Cervera Hauser, fotógrafo submarino mexicano que ha dirigido excursiones en México y Noruega. “Pero son animales altamente inteligentes. Y con presión constante, un accidente puede suceder en cualquier momento”.
Poco antes del mediodía, la radio de Ríos emitió un crujido. Las orcas estaban al sur, cerca de Bahía de los Muertos. Ríos agarró el timón y aceleró el motor Suzuki. La embarcación surcó las aguas.
Una decena de aletas dorsales rompieron la superficie por delante, negras contra el paisaje arenoso y beige del desierto de Baja California Sur. Ríos fue de los primeros en alcanzar a los animales, pero no por mucho. A los pocos minutos de la llamada por radio, las estelas blancas cortaban las olas. Observó cómo se acercaban los barcos, contándolos.
“Esta cosa es como veneno”, dijo señalando la radio.
Una orca pasó por debajo de la proa, brillando en los bajíos iluminados por el sol, su cuerpo resbaladizo rompiendo el azul. Los barcos forcejearon para tomar posiciones, algunos cortando el paso a las orcas. Alguien de una embarcación vecina se lanzó al agua, con las aletas por delante, antes de que la embarcación se detuviera del todo, pero las orcas pasaron a toda velocidad.
Entonces un dron, supuestamente prohibido durante la actividad, zumbó por encima. Las orcas seguían visibles, formas oscuras que se alejaban del ruido. Ríos se puso tenso. Llevaba años viendo cómo los barcos rodeaban a las orcas, persiguiéndolas, acosándolas, cortándoles el paso. Y ahora esto.
Se detuvo junto al barco vecino y llamó la atención del otro capitán. “Oye”, dijo, frustrado pero tranquilo, señalando hacia arriba. “Hay que hacer las cosas bien. Hay que hacer las cosas mejor”.
Enero en Skjervoy
Aunque las orcas suelen asociarse con mares fríos, en México encuentran un golfo rebosante de rica vida marina. Cazan rayas mobula, ballenas, delfines, tiburones y peces óseos en las aguas del mar de Cortés. El año pasado, en un intento de regular el turismo atraído por la oportunidad de nadar con estos animales, México –donde los “safaris marinos” funcionaron durante mucho tiempo en una zona gris legal– introdujo un sistema de permisos para los operadores turísticos.
Noruega, donde esta práctica funciona desde hace varias décadas, no cuenta con normas comparables. Las orcas siguen vastas migraciones de arenques hacia los fiordos árticos cada invierno, llegando entre noviembre y enero. Los animales se comportan de forma diferente, cazan de forma diferente y plantean retos diferentes a los humanos que intentan regular la industria.
Una mañana de enero, cuando el sol apenas dejaba ver las montañas nevadas, Eve Jourdain, de 38 años, conducía un barco por las agitadas y oscuras aguas de Skjervoy, un pueblo pesquero y pequeño puerto natural. Los turistas se acurrucaban en un inflable rígido a temperaturas bajo cero, con los rostros enterrados bajo capas de lana. Jourdain, bióloga marina del Norwegian Orca Survey, iba igualmente abrigada; solo se le veían los ojos y la nariz por encima de su equipo de neón. Capitanea regularmente excursiones de avistamiento de ballenas, pero nunca entra al agua.
Decenas de barcos más ya estaban en el agua, llenos de turistas decididos a ver orcas. Todas las mañanas durante la temporada, los autobuses de Tromso descargaban turistas de todo el mundo en el muelle del puerto. Para cuando el cielo palidecía (brevemente) de luz, los fiordos ya estaban abarrotados de botes hinchables que transportaban a turistas que habían pagado cientos de dólares para ver orcas o bucear con ellas.
“Este es mi sueño desde que era niño”, dijo Yakir Asaraf, un fotógrafo de naturaleza que había viajado a Skjervoy para nadar con orcas.
Krisztina Balotay, fotógrafa y guía de avistamiento de ballenas que lleva más de 10 años trabajando en el sector, recordó una ocasión en la que ella y su pareja dirigían excursiones de buceo con las orcas. “Decidimos dejarlo intencionalmente porque era demasiado”, dijo.
Incluso ahora, algunas situaciones les molestan tanto que pide a su pareja, que trabaja como patrón, que se aleje de las orcas y de los buceadores. En días ajetreados, pequeños grupos de orcas pueden verse rodeados por más de 20 embarcaciones a la vez.
Las ballenas también se agrupan estrechamente alrededor de los grandes barcos de pesca de arenque; los barcos de avistamiento de ballenas y los de esnórquel buscan los mismos lugares. Antes de que existiera una norma sobre la distancia, los practicantes de esnórquel se acercaban demasiado a los barcos de pesca, lo que provocó una regulación en torno a los barcos de pesca activos, pero no en torno a los animales. Balotay ha subido a bordo de barcos de pesca de arenque en varias ocasiones para conocer el funcionamiento de la pesca y el comportamiento de los animales.
El invierno ártico limita las horas de operación, pero no hay límite para los barcos, lo que crea un tráfico intenso y no regulado alrededor de las ballenas. La falta de normas ha hecho que la actividad sea insegura tanto para los humanos como para los animales, dijo Balotay. Las ballenas grandes no son “compañeras de juegos” para los humanos, dijo. “La mera diferencia de tamaño puede crear situaciones peligrosas”.
“Hasta que no muera alguien aquí, no harán nada”, añadió.
‘Va a empeorar’
Los encuentros con animales marinos –observación de ballenas, buceo en jaula con tiburones blancos, natación con mantarrayas– se han convertido en una industria multimillonaria en todo el mundo. Pero los investigadores están descubriendo que esta actividad puede ser perjudicial para los animales.
Un estudio realizado en 2021 en Colombia descubrió que el sonido de un solo barco de observación de ballenas podía enmascarar hasta el 63 por ciento del canto de una jorobada. En Washington, las hembras de una población de orcas en peligro de extinción eran más propensas a abandonar la búsqueda de alimento cuando había embarcaciones cerca, lo que podría afectar la capacidad reproductiva de los animales, señalaron los investigadores.
Los barcos o los buceadores pueden interrumpir la alimentación o hacer que la caza sea menos eficaz, empujando a los animales a viajar más deprisa o a cambiar de dirección con más frecuencia. En poblaciones pequeñas, los turistas también pueden reducir las oportunidades de descanso y socialización de los animales.
Algunos países han respondido con protecciones estrictas. Nueva Zelanda prohíbe nadar a menos de 90 metros de las orcas; en la Columbia Británica, quien se acerque demasiado puede ser multado con miles de dólares. Desde 2013, Jourdain ha seguido a orcas individuales en Noruega, incluyendo sus historias vitales y su salud general.
En los últimos años, su atención se ha centrado en cómo la observación de ballenas y el buceo con tubo pueden estar estresando a los animales. Su equipo es el primero en medir los niveles de cortisol en muestras de grasa de orcas noruegas, comparando los resultados de temporadas turísticas activas con los de años sin turismo, como durante la pandemia. El pasado noviembre, Jourdain tenía una pistola de biopsia en la mano, para apuntar a una orca y obtener una muestra de grasa, cuando unos buceadores nadaron hacia ella.
“Es absolutamente ridículo”, dijo.
Elena Sasso, estudiante de maestría en la Universidad de la Sapienza de Roma, quien pasó una temporada trabajando como guía de esnórquel, analizó imágenes de drones para estudiar cómo respondían las orcas a los barcos y a los nadadores que se acercaban. Marten Bril, cofundador de Whale2Sea, pasó siete años proponiendo directrices para las actividades con ballenas. Quería garantizar unas operaciones de safari de ballenas responsables que tuvieran en cuenta la seguridad tanto de los humanos como de los animales.
Para él, había dos cosas cruciales: las licencias de avistamiento de ballenas y la regulación del número de embarcaciones. “Es muy sencillo”, dijo. “Demasiado no es bueno”.
Jourdain se muestra escéptica. “Creo que va a empeorar”, dijo, y añadió que dudaba de que su investigación fuera de mucha ayuda. “No tengo fe en que vaya a cambiar nada”.
Marianne Sivertsen Naess, ministra noruega de Pesca y Política Oceánica, dijo que era consciente de la necesidad de una normativa más clara y que planeaba reforzar las normas de observación de ballenas, como establecer requisitos de distancia para embarcaciones y buceadores, a tiempo para la próxima temporada.
Sadie Hale, antropóloga de la Universidad de Bergen, señaló en un estudio de 2025 que la situación se describía comúnmente como un “Salvaje Oeste”. Ha descubierto que muchos visitantes de Noruega ven el encuentro como una forma de disculpa por las formas en que los humanos han maltratado a las orcas, sobre todo en cautividad.
“Buscan una experiencia que no se parezca al cautiverio”, dijo. “Pero para algunos de ellos, no es el encuentro pacífico y libre de acoso que esperaban”.
¿Barco de locos?
Con el sol en lo alto del cielo mexicano, cuando el día se encaminaba hacia bien entrada la tarde, Ríos se hizo cargo de la radio. Asignó turnos, pidió que bajaran los drones y se aseguró de que cada embarcación tuviera su tiempo con los animales antes de seguir adelante. Durante varias horas coordinó el tráfico –ocho embarcaciones, más o menos– hasta que todos tuvieron su oportunidad frente a la manada.
“Todos nos vamos a ir”, dijo por fin, con voz firme por radio. “Nada de doble turno”.
Un murmullo de voces expresó su acuerdo.
Nadie quiere estar al mando, dijo después. Este año no había querido tener nada que ver con las orcas. “Yo no quería ser de los que arruinara las cosas”, dijo.
Tanto en Noruega como en México, la afluencia de turistas en busca de orcas ha transformado las economías locales. En La Ventana, algunas familias están cambiando oficios agotadores y de escasa rentabilidad, como la pesca nocturna, por el turismo marino. Una plaza turística para nadar con las orcas cuesta a partir de 100 dólares en México, y alcanza los 400 dólares en Noruega.
Algunos científicos argumentaron que la actividad debería haberse mantenido como avistamiento de ballenas y no como nado, dijo Georgina Saad, bióloga marina de Orcas Pacífico Mexicano, una iniciativa que dirige los esfuerzos reguladores. “Pero la comunidad quería esta actividad”, añadió, así que el único camino a seguir era regularla.
El plan presentado era detallado: nada de drones, nada de aviones de vigilancia, límites al número de embarcaciones y de nadadores en el agua a la vez, restricciones de distancia y de velocidad cerca de los animales.
Cuando vuelva el apogeo de la temporada de orcas en mayo y junio, Ríos calcula que habrá unas 100 embarcaciones en el agua. Puede que no todas tengan permisos.
Jorge Urban, investigador de ballenas de la Universidad Autónoma de Baja California Sur, tiene una preocupación más amplia: las orcas son delfines, y no están protegidas legalmente como las verdaderas ballenas. La normativa podría “enmascarar” a los turistas que nadan con mamíferos marinos protegidos, dijo, como los cachalotes, las ballenas azules y las jorobadas.
Aun así, Urban dijo que preferiría tener algunas normas a no tener ninguna. Para empezar, el problema más acuciante, dijo, es lo poco que se sabe sobre las orcas de México. “¿Qué hacen?”, dijo. “¿Qué áreas usan? Esto es información básica”.
La Secretaría de Medio Ambiente de México en Baja California Sur no respondió a la solicitud de comentarios.
Mario Pardo, biólogo marino del Centro de Investigación Científica y de Educación Superior de Ensenada, que dirigía cursos sobre el comportamiento de las orcas para los titulares de permisos, dijo de los capitanes locales: “Algunos tienen la idea de que las orcas van a estar ahí siempre”.
A la mañana siguiente, Ríos volvió a salir. Lo mismo hicieron otras decenas de embarcaciones cuyos capitanes se habían enterado o habían visto videos de las orcas en La Ventana.
La bahía estaba llena de vida. Los delfines saltaban cerca. Salieron a la superficie ballenas azules, enormes y mansas. Un león marino giraba en círculos entre las olas. Los turistas miraban y esperaban, con los ojos fijos en el horizonte, decididos a ver la aleta dorsal negra que completaría el viaje.
“Tenemos todos estos animales”, dijo Ríos, cuando una ballena azul rompió la superficie junto al barco, “y somos unos tontos”.
Alexa Robles-Gil es una reportera de ciencia y forma parte de la generación 2025-26 de Times Fellowship, un programa para periodistas al comienzo de sus carreras.