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Barcelona, otoño de 1935.
Hay algo que hace tiempo da vueltas en la cabeza de Federico García Lorca: una historia nueva.
El poeta lleva semanas instalado en la ciudad catalana trabajando con la compañía de Margarita Xirgu, supervisando de cerca los montajes que la célebre actriz está haciendo de varias de sus obras esa temporada.
Pero esta nueva historia no se parece a nada que se haya visto antes, es algo diferente y Lorca necesita contárselo a alguien. Se encuentra con uno de sus confidentes, Cipriano Rivas Cherif, dramaturgo y director teatral.
—Voy a escribir un drama realista— le dice Lorca.
El granadino desembucha los detalles de cómo se imagina la primera escena. Le relata a Rivas que la obra ocurre en una capital de provincia y que en el escenario se puede ver que un hombre está sentado en su despacho. Suena el timbre. Entra un criado y el hombre le lanza una orden:
—Que venga el señorito.
Aparece en escena el hijo de la familia. El padre coge una carta de encima del escritorio, se la muestra y lo increpa:
—¿Qué quiere decir esto que sé? ¿Que te has presentado como pretendiente a socio en el Casino y te han echado la bola negra? ¿Por qué?
El hijo confiesa:
—Porque soy homosexual.
Lorca, que está describiendo la escena, de pronto se ríe y le pregunta a Rivas:
—¿Qué te parece para empezar?
Su confidente duda. Luego dice:
—Que no la escribas.
Y Lorca nunca lo hizo.
Mucho más que una metáfora
La conversación, tal y como la conocemos, es un recuerdo que Rivas dejó escrito en un artículo publicado en el periódico mexicano Excélsior en enero de 1957.
De “La bola negra”, como Lorca tituló a su obra inacabada, apenas han sobrevivido un puñado de páginas manuscritas: una lista de personajes y el comienzo de un diálogo que no coincide con el recuerdo de Rivas.
No hubo tiempo para aclaraciones porque un año después el poeta fue asesinado casi al inicio de la Guerra Civil española.
Han pasado noventa años de su fusilamiento y la bola negra está ahora por todas partes.
Los responsables son los directores y guionistas españoles Javier Calvo y Javier Ambrossi, que rescataron la historia para su película homónima, “La bola negra”, una epopeya cinematográfica que enlaza tres épocas y tres vidas alrededor de la sexualidad, el deseo, el dolor, la herencia y, por supuesto, la idea a la que el poeta español nunca pudo terminar de darle forma.
Calvo y Ambrossi fueron reconocidos con el premio a la mejor dirección en el pasado Festival de Cannes y su película también ganó los premios del público en los festivales de Toronto y San Sebastián.
“La bola negra” está siendo un éxito de taquilla y de crítica en España y representará a este país en la carrera por los Oscar.
Pero hay algo en toda esta historia que no es una fantasía lorquiana: la bola negra existía.
No era una metáfora ni una invención teatral. Era literalmente eso, una bola negra, una pequeña esfera que decidía quién entraba y quién se quedaba fuera.
Durante más de un siglo, clubes, casinos y sociedades privadas en buena parte de Europa utilizaron bolas blancas y negras para votar en secreto la admisión de nuevos miembros.
“Es un mecanismo de voto binario: la bola blanca significa aceptado, y la negra, denegado”, explica a BBC Mundo María Zozaya Montes, investigadora de la Universidad de Évora (Portugal). Y agrega que si bien cada club tenía su reglamento, a veces una sola bola negra entre diez blancas podía bastar para segregar a alguien de un círculo de privilegio.
El mecanismo parecía sencillo, pero detrás de él había una pregunta mucho más compleja: ¿quién tiene derecho a pertenecer?
Y, sobre todo, ¿quién tiene el poder para decidir quién pertenece?
Esta es la historia de un mecanismo de votación secreta que se convirtió en una herramienta de selección social; de cómo llegó a los casinos y círculos elitistas españoles, y de por qué, en algunos casos, una esfera del tamaño de una canica podía tener el poder de condenar a una persona para siempre.
Herencia masónica
Cuando los exclusivos clubes de caballeros y los casinos empezaron a extenderse por Europa en el siglo XIX bajo la promesa del liberalismo, no hubo que inventar una manera de decidir quién podía entrar. Las logias masónicas ya habían sistematizado un mecanismo muy minucioso que el resto de las élites adoptaron rápidamente.
El “Régulateur du Maçon”, publicado en Francia en 1801, establecía que antes de admitir a un aspirante había que investigar “no solamente su vida y costumbres”, sino también “el temple de su carácter, la naturaleza de sus inclinaciones habituales, sus defectos” y, sobre todo, si tenía “algún vicio” que pudiera justificar su rechazo.
El sistema que usaban los masones para elegir a sus miembros se conocía como balota: una votación secreta mediante pequeñas bolas blancas y negras que alguna vez utilizaron las agrupaciones masculinas en Italia.
Cuando los nuevos círculos de sociabilidad de varones comenzaron a organizarse en Europa, dice Zozaya, algunos “replicaron directamente” el sistema de ingreso masón.
Básicamente, aclara la experta, uno de los miembros del club presentaba un candidato a los demás. Luego, su nombre quedaba quince días expuesto en la entrada de la asociación y al final se votaba.
“Las bolas no permiten ninguna duda al manifestar la decisión, pues los votantes no pueden abstenerse”, añade Zozaya.
Fueron los británicos quienes llevaron el método hasta el extremo.
El hombre adecuado
Para entender qué significaba realmente la bola negra hay que mirar a la Inglaterra victoriana, donde los clubes de caballeros londinenses se convirtieron en los grandes espacios de sociabilidad para las élites masculinas.
La historiadora británica Amy Milne-Smith explica en su libro “London Clubland” que no solo se necesitaba tener dinero o un título nobiliario para pertenecer. El verdadero debate era quién era “el tipo adecuado” para integrar estos círculos masculinos, y para decidirlo se usaron las bolas negras.
“En teoría, querían garantizar que todos los integrantes fueran hombres aptos para la vida en el club”, explica Milne-Smith a BBC Mundo. En inglés, añade, existe una palabra para esa cualidad: clubbable.
Ser clubbable, explica la autora, significaba, en esencia, ser alguien con quien los demás quisieran compartir club. Hombres sociables, de buena reputación y procedencia apropiada, con intereses compatibles con los del resto y capaces de desenvolverse según normas no escritas.
“El filtro principal”, apunta Zozaya, “no era necesariamente la orientación sexual en sí misma, sino la pertenencia al grupo y la aceptación y reproducción de sus códigos de clase”. Es decir, si el varón era discreto, respetaba las convenciones y “no rompía el canon heteronormativo de cara al exterior”, podía ser aceptado.
Al final, cada club establecía sus propias reglas, pero en muchos casos uno o dos votos negativos entre diez podían ser suficientes para echar abajo una candidatura. Y “para un varón, la bola negra significaba un repudio público y una mancha imborrable en su honorabilidad dentro de la alta sociedad”, asegura Zozaya.
Esto permitía que un solo miembro pudiera hacer valer su rechazo sin tener que enfrentarse públicamente al candidato ni explicar sus motivos.
Aquí era donde empezaban los problemas.
“Existían críticas al sistema porque, en ocasiones, podía utilizarse para alimentar rencillas personales y venganzas”, dice Milne-Smith. Es decir, un candidato podía quedar afuera si algún miembro se ensañaba con él.
Antes de desaparecer o reemplazarse por las papeletas ya entrado el siglo XX, la balota escapó de los clubes británicos y encontró su hueco en la alta sociedad de la península ibérica.
Bolas negras al estilo español
En España, durante el siglo XIX, los casinos y círculos masculinos también fueron creando sus propios sistemas de admisión y reprodujeron algunos de los patrones británicos y masónicos.
No todos utilizaron exactamente las mismas reglas, pero la lógica era reconocible: presentación, evaluación del candidato y votación secreta.
El Casino de Madrid, fundado en 1836, es uno de los ejemplos mejor documentados.
Miguel Ángel Ramírez Carrasco, encargado del archivo de la institución, señala a BBC Mundo que desde la apertura del Casino, la bola negra “formó parte de la dinámica interna”. Los estatutos de 1838 establecían que para admitir a un nuevo miembro eran necesarias cuatro quintas partes de bolas blancas en la reunión de socios.
La pequeña esfera adquirió un peso desproporcionado y el sistema sobrevivió bajo diferentes formas hasta 1989, cuando desapareció definitivamente del Casino.
No está documentado si a Lorca o a alguien que él conocía le echaron alguna vez la bola negra en un casino español por ser abiertamente homosexual. Lo que sí se sabe es que durante más de un siglo, las bolas blancas y negras formaron parte de un mecanismo real de segregación y exclusión social que, al final, había aprendido a alimentarse a sí mismo.
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