Joseph Martinez entró en el restaurante New Rochelle Diner y recorrió la sala con la mirada buscando a una mujer sentada sola. Ella le hizo una seña y él se acercó y se sentó en su mesa. Se presentó como Lisa; habían intercambiado mensajes, pero nunca se habían visto en persona.
Dijo que había oído buenos comentarios sobre las clases de astronomía que él daba en el Bronx, donde lo conocían como “Jupiter Joe”, por sacar su gran telescopio para observar las estrellas. Lisa quería contratarlo como profesor particular de su hija de 11 años. Él le contó el origen de “Jupiter Joe”: cómo desde niño le fascinaban las estrellas y los planetas, y cómo ahora compartía ese interés con sus hijas.
Un camarero trajo agua y refrescos, pero no comieron. Lisa y él charlaron y, al cabo de una hora, ella le dio las gracias, prometió que se mantendría en contacto y se marchó. Martinez pidió un sándwich de queso a la plancha con tocino, bebió sus bebidas –tomó dos– y, al terminar, se marchó.
Cuando la puerta de la cafetería se cerró tras él, un hombre discreto que estaba en una mesa cercana se levantó, se puso unos guantes de látex y recogió cuidadosamente las pajitas usadas de Júpiter Joe, metiendo cada una en su propia bolsa de plástico.
Era enero de 2021 y el restaurante era la última parada en una búsqueda de un asesino que duraba décadas. La pista se había enfriado hacía mucho tiempo. Había llegado el momento de ser creativos.
Veintidós años antes, un frío día de febrero de 1999, un empleado de mantenimiento trabajaba su turno de fin de semana en un centro comercial de Co-Op City, en el Bronx. Notó una gran bolsa de basura en un contenedor detrás y sintió curiosidad; no era raro encontrar DVD desechados del videoclub.
Rasgó la bolsa y retrocedió, horrorizado.
La noticia se propagó rápidamente entre la policía esa mañana de domingo. El beeper de un detective sonó mientras asistía a misa en el Bronx. Era una llamada de su brigada, con “911” al final: urgente. Salió apresuradamente de la iglesia.
Dentro de la bolsa había un cuerpo. El de una niña.
Las primeras horas en un homicidio son cruciales y este movilizó a tantos agentes como fue posible. Muchos detectives del Bronx fueron convocados al lugar de los hechos, entre ellos Malcolm Reiman.
“Cuando hay un homicidio infantil, básicamente, la sociedad se horroriza, y el público se horroriza, el Departamento de Policía también se horroriza”, declaró más tarde. “Así que se produce lo que se llama una situación de ‘todos a una’”.
El relato del hallazgo del cuerpo, la respuesta de la policía aquel día y otros detalles del caso proceden de transcripciones judiciales y de entrevistas con personas implicadas.
La investigación empezó de forma prometedora. Rápidamente se identificó a la niña como Minerliz Soriano, una estudiante de 13 años de séptimo año que vivía con su familia en un edificio de apartamentos de Pelham Parkway South, a tres kilómetros de distancia. Había desaparecido a la salida del colegio cuatro días antes, y pronto se colocaron carteles de búsqueda en la zona.
Los detectives visitaron su edificio y su escuela. Reconstruyeron su recorrido a casa. Entrevistaron a vecinos, que recordaban cómo vendía dulces y adornos navideños puerta a puerta con su hermana menor. Había muchas pistas, varios sospechosos.
Minerliz estaba vestida y había sido estrangulada. Una pista clave y perturbadora surgió del equipo forense: dos pequeñas manchas en su sudadera eran semen.
Los analistas del laboratorio de la Oficina del Médico Forense Jefe realizaron varias pruebas en las manchas y revelaron un perfil de ADN individual. Pero el perfil no coincidía con el de nadie en el sistema de justicia penal del estado. Quien dejó esas manchas no había sido registrado antes, y su identidad seguía siendo desconocida.
‘Ya verás’
Minerliz era una alumna brillante de la escuela Frank D. Whalen, alegre y algo fuera de moda, con sus sudaderas holgadas, jeans y zapatillas viejas. Le gustaban Britney Spears y ‘N Sync y saltar con dos cuerdas afuera del colegio. Se mordía las uñas.
A los 12 años, en un programa después de la escuela, conoció a Kimberly Ortiz, que estaba un grado por encima de ella, y pronto se volvieron mejores amigas. Kimberly era más experimentada; le interesaban los chicos. Minerliz se guiaba por la curiosidad. Le dijo a su amiga que quería ser astronauta.
“Le dije: ‘Somos del Bronx’”, recordó Ortiz años después. “‘No vamos a ser astronautas’”.
“Ya verás”, contestó Minerliz.
A veces las chicas se escapaban del programa extracurricular para pasar el rato en una biblioteca a unas cuadras. Miraban páginas web, todavía una novedad en aquella época. Astronomía, cometas, películas, clases de francés… Minerliz clasificaba sus intereses con un sistema de estrellas en un cuaderno.
Las cuadras entre la escuela y casa eran lo suficientemente tranquilas como para que dos niñas caminando después de clase se sintieran seguras, con muchas caras amigas y conocidas por el camino.
Estas horas después de clase eran la vía de escape de Minerliz. Kimberly llegó a creer que la vida familiar de su amiga estaba dominada por las tareas domésticas y el cuidado de su hermana menor. Vivía con su madre y su padrastro, y en los seis meses que llevaba conociéndola, Kimberly nunca los había visto.
El 24 de febrero de 1999, Minerliz le pidió a Kimberly que faltaran al programa extracurricular para ir a la biblioteca. Pero la escuela había llamado a la madre de Kimberly para informarle que Kimberly había faltado otras veces, así que tenía que ir.
Esa tarde de miércoles fue la última vez que hablaron. Cuatro días después, en el departamento de Kimberly sonó el teléfono; su madre contestó y escuchó al interlocutor.
“Dios mío”, la oyó decir la chica.
Tácticas antiguas y nuevas
A pesar de las prometedoras pistas iniciales, el caso empezó a enfriarse. Los miembros de la familia de Minerliz fueron descartados como sospechosos: ninguno coincidía con la muestra de ADN de la sudadera de la niña. Pasaron meses tras el asesinato sin nueva información. Había muchos otros crímenes en el Bronx de finales de la década de 1990.
“A veces teníamos tres homicidios al día”, recordó Reiman. “Homicidios el día anterior. Y semanas antes. Todo eso estaba pasando”.
Luego pasaron los años. Aun así, los detectives volvieron al caso de Minerliz Soriano con los años, retomándolo, sin encontrar nuevas pistas, volviéndolo a dejar. El ADN seguía sin coincidir con el de nadie en las bases de datos. Tampoco coincidía con el ADN de ninguna otra escena del crimen.
Para 2011, Reiman se especializaba en casos sin resolver y retomó esta investigación con seriedad. Empezó a rastrear las cajas de notas de los detectives de 1999, dispersas por las salas de archivos de toda la ciudad, y estudió detenidamente las declaraciones de los vecinos de la época. Prestó especial atención a lo que decían los hombres.
“Tal vez alguien se interesó en ella”, dijo en un informe televisivo. “Un interés malsano”.
Finalmente supervisó la elaboración de una lista de 43 hombres que vivían en el edificio Pelham Parkway South en el momento del asesinato. Para entonces, más de 10 años después, algunos se habían mudado y otros seguían allí. Algunos habían sido encarcelados por otros delitos.
Todo lo que tenían era el ADN anónimo de la escena del crimen. Así que decidió visitar a cada uno de los hombres y obtener una muestra de ADN.
Podía solicitar una muestra bucal y arriesgarse a alertar al asesino, que podría huir, u obtenerla subrepticiamente, recogiendo algo que el hombre en cuestión hubiera desechado –una botella de agua, una colilla de cigarro– y analizarlo. Estos objetos se conocen como muestras abandonadas.
No llegó a terminar su lista antes de decidir jubilarse tras 31 años de trabajo. Dejaría el caso en manos de otros detectives.
“Llega un momento en que te das cuenta de que este trabajo te va a matar”, diría más tarde. “Siempre hay un caso más, ¿sabes? Tienes que poner un límite y marcharte o te quedas para siempre”.
Antes de marcharse, tenía otra idea que probar. Algo totalmente nuevo.
Los cinco hijos
Para 2019, los avances en análisis llevaron a un nuevo método para identificar ADN anónimo, localizando a un familiar de quien dejó la muestra. Se trataba de una práctica algo controvertida, denominada búsqueda de ADN familiar, y la fiscalía del distrito del Bronx la buscó como vía de investigación en el caso de Minerliz Soriano. Nunca antes se había utilizado en la ciudad de Nueva York.
Esta nueva prueba en la muestra de la sudadera podría identificar a un pariente consanguíneo de quien dejó la mancha. Eso podría reducir los sospechosos de innumerables a un puñado.
Se trata de una herramienta policial que debe utilizarse como último recurso, cuando se hayan agotado otras vías de investigación. Los críticos han advertido que basarse en una coincidencia parcial del ADN podría llevar a que la policía vigilara a personas inocentes que no tenían nada que ver con las acciones de un familiar.
La mancha de la sudadera de Minerliz fue analizada de nuevo y, en 2020, se obtuvo un resultado por primera vez. El ADN de la sudadera correspondía a un familiar de un hombre arrestado años antes por hurto menor en Nueva York. Había fallecido, pero le sobrevivían cinco hijos.
Los detectives recopilaron información sobre los hijos. Rápidamente descartaron a los dos más jóvenes, que en 1999 tenían solo 5 y 10 años. Eso dejaba tres posibles responsables de la mancha en la sudadera.
Los detectives no quisieron dirigirse directamente a ellos para obtener una muestra de ADN. Eso podría alertar al asesino. Así que necesitaban muestras abandonadas.
Dos de los hijos mayores vivían en el Bronx, el tercero en Florida. La policía se puso en contacto con sus homólogos de Orlando, quienes siguieron a ese hijo, esperando a que tirara algo –al final, una mascarilla durante la pandemia de covid– que pudieran utilizar.
El hijo mayor del Bronx, Joseph Martinez, tenía 27 años en el momento del asesinato. Tenía un historial intachable: ninguna detención antes ni después de 1999. Había trabajado en soporte informático en el World Trade Center a finales de la década de 1990 y ahora, en 2021, trabajaba en una compañía de seguros.
Más recientemente, había convertido su interés por la astronomía en una actividad secundaria. Compró un telescopio potente y organizó fiestas de observación en el Bronx y sus alrededores. Asistía a eventos en el USS Intrepid, en el río Hudson, y solía llevar a sus dos hijas pequeñas.
En estas salidas, utilizaba un apodo: Jupiter Joe.
Parecía un asesino inverosímil. Entonces la policía hizo un hallazgo impactante: en 1999 vivía en el mismo edificio que Minerliz Soriano. Los detectives recuperaron la declaración que había prestado a los agentes inmediatamente después del asesinato. Claro, había visto a la chica por el edificio, había dicho. Pero no la conocía.
Ahora necesitaban una muestra de ADN.
La cita en el restaurante
Con los años, un detective llamado James Menton se había hecho conocido por su forma creativa de obtener muestras abandonadas. Una vez se hizo pasar por ayudante de camarero en un concurrido restaurante chino para recoger el tenedor de un sospechoso. Y cuando el conductor de un camión al que seguía por el puente de Manhattan se asomó y escupió sobre la calzada, el detective Menton detuvo el tráfico para recoger una muestra con su hisopo.
Así que cuando necesitó ADN de Martinez, lo buscó en Google para averiguar sus rutinas. Se fijó en la astronomía.
Menton, haciéndose pasar por una madre llamada Lisa, envió un mensaje de texto a Martinez. A modo de presentación, Lisa escribió que la mejor amiga de su hija asistía a una de las observaciones callejeras organizadas por Jupiter Joe. “Queríamos saber si das clases particulares”.
Podía funcionar, dijo. Podrían hablarlo en persona o de forma virtual.
“¿Te parecería bien tomar un café o comer y hablar más?”, le escribió el detective. “Invito yo, por supuesto”.
Sí, respondió Martinez. Acordaron reunirse en el New Rochelle Diner, a unos 15 minutos en coche del Bronx.
Menton, que trabajaba con agentes del FBI en un grupo especial, pidió a una agente que se hiciera pasar por Lisa en el restaurante. Se sentó en una mesa cercana, solo, y observó a “Jupiter Joe” entrar, saludar a la agente y beber sus dos copas.
Cuando Martinez se fue, el detective Menton embolsó las dos pajitas y las llevó directamente a un laboratorio para que las analizaran.
Llegaron los resultados. No había ninguna duda. El ADN de las pajitas coincidía exactamente con las manchas en la sudadera de Minerliz.
En noviembre de 2021, los detectives contactaron a Martinez y le pidieron que acudiera a la comisaría para responder a preguntas rutinarias sobre el caso: cómo era Minerliz en el edificio, si alguien parecía sospechoso, ese tipo de cosas.
Al cabo de una hora, más o menos, de la conversación grabada en vídeo en una sala de interrogatorios –“la caja”, en jerga policial–, el detective Dominic Robinson fue al grano.
“¿Tú y Minerliz tuvieron relaciones sexuales alguna vez?”, preguntó el detective.
“No”, respondió Martinez.
“Tenemos pruebas de que tu ADN estaba sobre ella”, dijo el detective. “Dame cualquier explicación de cómo eso es posible, cómo pudo pasar. Estoy dispuesto a explorar cualquier versión contigo”.
“Quisiera contactar a mi abogado”, respondió Martinez. Fue detenido y el interrogatorio se dio por terminado.
La teoría de la saliva
En el juicio de septiembre, el abogado de Martinez, Troy Smith, no cuestionó que el ADN de su cliente estuviera en la sudadera de Minerliz.
Pero argumentó que no era semen.
Las pruebas realizadas sobre las manchas en 1999 han evolucionado y mejorado con los años, y lo que en las pruebas de entonces parecía semen, basándose en los niveles de una proteína específica, puede haber sido en realidad saliva, argumentó Smith.
Así pues, las manchas podrían haber llegado a la sudadera de muchas maneras, dijo.
“Si tosiera en mi mano –no lo haría contigo– y te diera la mano”, preguntó a un testigo de la oficina del forense, “mi ADN podría transferirse a tu mano, ¿correcto?”
“Correcto”.
“¿Si luego te tocas la camisa, mi ADN podría estar en tu camisa?”
“Correcto”.
“Si después de darte la mano tú le das la mano a otra persona, ¿mi ADN podría estar en esa otra persona?”
“Sí”.
La familia y los partidarios de Martinez se aferraron a esa idea en su defensa.
“Cuando estás con alguien día tras día, te das cuenta de algo”, dijo una exnovia, Denise Matos, de 50 años, que estuvo ocho años con Martinez hasta poco antes del asesinato. Destacó que Martinez no tenía antecedentes penales.
“Un depredador no actúa una sola vez”, añadió.
En su alegato final, el fiscal John Miras explicó al jurado los resultados del laboratorio, señalando que los altos niveles de proteína en la mancha eran típicos del semen, mientras que esos niveles son minúsculos en la saliva.
“No se puede eludir la ciencia”, argumentó. “No hay pruebas de que pasara junto a ella un día en el ascensor y estornudara”.
En noviembre, tras un juicio de varias semanas, el jurado emitió su veredicto: culpable.
El regreso de una vieja amiga
Kimberly Ortiz quedó destrozada cuando Minerliz fue asesinada. Su madre le prohibió asistir al funeral. Pero Kimberly fue igual. Quedaba lejos de su barrio, y tomó varios trenes para llegar.
Tenía 13 años; este año cumple 40. Ahora vive en Jacksonville, Florida, donde trabaja para Humana Medicare, y voló a Nueva York para declarar en el juicio de Martinez, como última testigo de la fiscalía. Su testimonio no aportó datos nuevos sobre el asesino de su amiga; al fin y al cabo, ella no lo había visto.
Pero devolvió a su amiga al centro de la escena, describiendo su risa, su timidez con los chicos y sus intereses por la ciencia ficción y la tecnología.
“Yo era más despierta y ella era más ingenua”, declaró. “Era inocente, graciosa y, en general, divertida”.
Kimberly le compró un anillo que decía “Mejor amiga” una vez”. Los fiscales le mostraron una foto de la mano de Minerliz después de que encontraron su cadáver. Sí, dijo. Ese es el anillo.
La semana pasada, Ortiz volvió al tribunal del Bronx por última vez, para la sentencia de Martinez.
La jueza Audrey Stone escuchó al fiscal describir la reputación de Martinez como una farsa: “tres décadas engañando al mundo”. También escuchó al acusado: “Desde el comienzo de este juicio, he sostenido mi inocencia”.
La jueza lo condenó a una pena mínima de 25 años, con una máxima de cadena perpetua.
Algunos de los detectives que trabajaron en el caso, ahora jubilados o con nuevos empleos, permanecían sentados en silencio en la parte trasera del juzgado. Entre ellos estaban Malcolm Reiman, a quien llamaron aquel día de 1999 en que se encontró el cadáver de la niña, y James Menton, quien recogió las pajitas en el restaurante.
La familia Soriano y sus parientes salieron ante las cámaras de los informativos y Ortiz se unió a ellos para recordar juntos a Minerliz. Cuando las niñas faltaban a su programa extraescolar para pasar el rato en la biblioteca, hacían “tableros de visión”, recortes de revistas que mostraban los futuros que imaginaban para sí mismas.
Una iba a ser actriz. Y la otra, la primera mujer astronauta del Bronx.
Michael Wilson cubre la ciudad de Nueva York y ha sido reportero del Times por más de dos décadas.