Durante cientos de años, los matemáticos han puesto a prueba sus cerebros enfrentándose a endiablados problemas matemáticos que nadie ha logrado resolver.
Reflexionan sobre ellos, los debaten, publican artículos al respecto. Solucionarlos puede ser el trabajo de toda una vida.
Pero el 13 de abril de este año fue la inteligencia artificial (IA) la que resolvió un problema matemático que hasta entonces se había resistido a los simples mortales: el problema 1196 de Erdős.
Los expertos en la materia se sorprendieron y, por supuesto, se interesaron. Mucho.
“Después de quizás una hora de leer y revisar el resultado en bruto que había producido la IA, me quedó muy claro que era correcto y que la idea era muy buena”, cuenta el matemático Jared Duker Lichtman, de la Universidad de Stanford.
Lichtman llevaba siete años trabajando en ese enigma que acababa de ser resuelto por un aficionado de las matemáticas que ingresó un solo prompt en una IA.
Pero ¿en qué consiste este problema y qué significa para las matemáticas que la IA lo resolviera?
Si crees que ya sabes adónde conduce esta historia, recuerda que en el mundo de las matemáticas las respuestas suelen ser sorprendentes.
Un genio itinerante
Los problemas matemáticos sin resolver tienen un cierto halo de misterio.
El que quizá hayas oído mencionar más a menudo es el último teorema de Fermat, que apareció en una nota manuscrita en el margen de una página de un libro escrito por el matemático del siglo XVII Pierre de Fermat.
Además del rompecabezas que dejó para la posteridad, escribió: “Tengo una solución, pero es demasiado larga para que quepa en el margen”.
Hasta donde sabemos, se llevó esa solución a la tumba.
“Tuvieron que pasar varios cientos de años antes de que finalmente se resolviera, en 1994, y el matemático que lo logró utilizó ramas de las matemáticas que ni siquiera existían en tiempos de Fermat”, señala la matemática Katie Steckles.
Y hay muchísimos más, con toda clase de nombres extraños. La conjetura de Collatz, la hipótesis de Riemann, los problemas de Hilbert y los problemas del milenio…
“¡Oh, hay montones!”, exclama Steckles. “Y cada día encontramos más. Cada rama de las matemáticas tiene sus grandes preguntas”.
Entre todos esos retos hay una enorme colección conocida como los problemas de Erdős, planteados por una de las mentes más prolíficas y afables de las matemáticas.
Paul Erdős era un matemático que, aparte de una maleta semivacía, nunca tuvo posesiones materiales, pues las consideraba una molestia.
El húngaro Paul Erdős (1913-1996) fue un genio extraordinario, no solo por las cuantiosas huellas que dejó en las matemáticas, sino por su estilo de vida.
Nunca tuvo casa ni posesiones más allá de una maleta semivacía, pues lo que quizo ser fue un turista matemático, viajando a cualquier lugar del mundo en el que estuviera pasando algo interesante y hubiera espacio para pensar y compartir ideas.
Durante las décadas de peregrinaje matemático, no solo planteó más de 1.200 problemas, sino que también resolvió muchos de ellos y encontró demostraciones sorprendentemente sencillas para teoremas que ya se creían resueltos.
El problema
En 2023 esta cantidad extraordinaria de problemas fueron recopilados en una página web para que los matemáticos pudieran ver cuáles necesitaban resolver y compartir sus demostraciones.
“La primera vez que escuché hablar sobre la conjetura del conjunto primitivo de Erdős estaba en el último curso de la carrera”, recuerda Lichtman.
“Y me enamoré completamente del problema”.
Los problemas de Erdős que nos atañen en esta historia tienen que ver con conjuntos primitivos.
Probablemente conozcas los números primos, números enteros que solo se pueden dividir exactamente entre sí mismos y entre 1. Un conjunto primitivo se parece un poco a eso: se escogen números de manera que ninguno de ellos sea divisible exactamente por otro, aunque no tienen que ser necesariamente primos.
Por ejemplo, 4, 5 y 6 forman un conjunto primitivo: no puedes dividir 4 entre 5 o entre 6 y obtener un número entero. Y lo mismo ocurre con 5 y 6.
Y no hace falta que nos adentremos más en las matemáticas de estos problemas de Erdős: todo lo demás es demasiado complicado.
Así que volvamos a nuestra historia.
“En mi tiempo libre y por las noches, seguía pensando en este problema y no podía dejarlo. Y acabé resolviéndolo después de 4 años de negarme a desistir”, cuenta Lichtman.
Lo que le había tomado todos esos años resolver fue el problema 164 de Erdős, que más tarde le serviría para su tesis doctoral.
Pero ese no era el único que le interesaba. Había un grupo de otros problemas de Erdős relacionados, entre ellos el problema 1196.
También había estado pensando en él durante todo ese tiempo.
“¿Qué ocurre si todos los números de un conjunto primitivo son mayores que X y queremos entender cómo puede crecer su puntuación a medida que X tiende a infinito?”.
Y siguió pensando en ello y trabajando en el problema durante otros tres años.
Hasta que se despertó una mañana y encontró un correo electrónico en su computadora.
Decía que un matemático aficionado había planteado este problema a GPT-5.4 Pro, un modelo de inteligencia artificial, y había obtenido unos resultados que, según él, podían ser una solución.
“Empecé a leer lo que había producido. El resultado parecía muy preliminar y muy desestructurado”, recuerda.
La demostración había sido obtenida por Liam Price, un británico de 23 años que no tenía un título universitario en matemáticas.
“Utilicé una IA de OpenAI para resolver el problema 1196 de Erdős”, contaba.
“Se me ocurrió un prompt ingenioso, se lo di a la IA y, después de unos 80 minutos pensando, me dio una solución. Entonces se la pasé a otra versión del modelo y le dije: ‘Aquí tienes la solución. ¿Puedes comprobarla y verificar que sea correcta?’. Y la respuesta fue que, en esencia, no había encontrado ningún error en el razonamiento”, agregaba.
Lichtman estaba perplejo y feliz a la vez.
El saber
La IA ya había ayudado a resolver otros problemas de Erdős, de hecho, varias decenas. Pero muchos de ellos eran problemas relativamente sencillos y poco conocidos.
El problema 1196 era distinto. No solo llevaba décadas desafiando a los matemáticos, sino que GPT-5.4 Pro había encontrado una idea nueva para abordarlo, un método que parecía haber pasado por alto la literatura matemática durante décadas. Y aquel método no solo resolvió el 1196, sino también otras cuestiones relacionadas.
A Lichtman no le molestó que un modelo de IA llegara a la meta antes que él: “Si otro matemático resuelve un problema que te interesa, no creo que nadie te pregunte si te molesta”, explica.
“Uno sencillamente quiere saber la respuesta y tener acceso a ella, independientemente de cómo se haya obtenido”, agrega.
Además, la IA necesitó a alguien como Lichtman, que entendiera tan profundamente las matemáticas como para ver aquel resultado en bruto y darse cuenta de que allí había algo valioso.
“Inmediatamente me alegré mucho y, de hecho, empecé a trabajar en esos otros grupos de problemas para ver si podía aplicar esta idea”, cuenta.
Pronto empezaron a aparecer otros avances. Pocas semanas después, un modelo de OpenAI refutó una conjetura de Erdős que llevaba casi 80 años sin resolverse.
Y el 1° de agosto, la compañía anunció otros diez avances en problemas matemáticos de larga data, desarrollados con participación de matemáticos humanos que ayudaron a analizar, desarrollar y formalizar los resultados.
“Creo que hemos llegado al punto en el que la IA puede aportar ideas e intuiciones, como lo haría un colega de confianza, y a veces esas ideas realmente van a dar fruto”, señala Lichtman.
“Estamos en una etapa en la que la IA empieza a funcionar, en cierto modo, como una especie de colaborador con el que intercambiar ideas y recibir comentarios”.
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Parece una historia salida de una serie de televisión y, de hecho, se convirtió en una muy exitosa: una pareja canadiense que lleva 11 años viviendo en EE.UU. y con hijos estadounidenses, son detenidos por el FBI por ser en realidad rusos y espiar para ese país. Y los primeros sorprendidos son sus dos hijos.
La pareja es Donald Heatfield (nombre real Andrey Bezrukov) y Tracey Lee An Foley (Elena Stanislavovna Vavilova). La serie televisiva se llamó The Americans y se emitió de 2013 a 2018.
Ambos fueron arrestados en junio de 2010 junto a otros ocho espías, entre ellos una pareja que pasaba por peruana (ella sí lo era, él era ruso).
Tras una breve detención, las diez personas fueron intercambiadas en Viena el 19 de julio de ese mismo año por cuatro prisioneros rusos que habían sido condenados en su país por espiar para EE.UU. y Reino Unido.
Esa noticia fue el hilo que empezó a jalar Shaun Walker, corresponsal en Europa central y del este del diario británico The Guardian, para investigar la historia del programa clandestino conocido como “Los ilegales”, que culminó en un libro del mismo nombre publicado en inglés en 2025 y en español este año.
Y vaya historia que es: cubre los 115 años del “programa de espionaje más secreto de Rusia”, desde antes de la Revolución hasta nuestro días. Pero mejor que sea el propio Walker ―que está presente en el Hay Festival de Querétaro 2026― quien la cuente.
Shaun Walker trabaja como periodista en la región de Europa central y oriental con The Guardian desde 2014.
Tu libro “Los ilegales” es, de alguna manera, una historia de Rusia y de la Unión Soviética desde principios del siglo XX hasta ahora. Atraviesa todos los grandes acontecimientos: la creación de la Unión Soviética, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, la invasión de Afganistán y la era de Putin. ¿Cómo te interesaste por este tema?
Me interesé cuando estuve destinado en Moscú como periodista durante muchos años.
Estaba allí en 2010 cuando diez ilegales fueron detenidos en EE.UU. y deportados de vuelta a Rusia en un intercambio de espías. Fue la primera vez que oí hablar de ellos.
Parecía una idea loca que algunos espías habían sido enviados a EE.UU. en los años 80 y durante décadas habían permanecido encubiertos. 30 años después los estaban enviando de regreso a Rusia.
Unos años más tarde, conseguí entrevistar a dos de los hijos de una pareja que tenían 16 y 20 años en 2010 cuando sus padres fueron arrestados en Boston.
Habían nacido en Canadá y crecido pensando que eran canadienses. Se convirtieron en ciudadanos estadounidenses naturalizados y luego, en el verano de 2010…
Estos eran los hijos de Andrey y Elena.
Sí. Andrey y Elena, cuyos nombres falsos eran Don y An. Conocí a estos dos jóvenes y me contaron sobre cómo crecieron sin sospechar que sus padres eran rusos y luego, de repente, un día, el FBI llegó, sus padres fueron deportados y ellos terminaron en Rusia, donde nunca habían estado antes, tratando de reconstruir qué demonios había sucedido con sus vidas.
Era una historia fascinante. Escribí un artículo y empecé a pensar: intentemos averiguar más sobre este programa. Tal vez pueda escribir un libro.
Y de hecho, como decías, cada vez que retrocedía un poco más, descubría que no era solo una historia de la era Putin o de la Guerra Fría. Se remontaba a las décadas de 1920 y 1930. E incluso antes que eso. Todo el origen está en la clandestinidad bolchevique.
Así que decidí convertir este libro en algo que, por un lado, fuera una colección de historias de espías fascinantes y, por otro, una especie de historia en la sombra de la Unión Soviética y su colapso.
Es fascinante que comenzara con Lenin, con la clandestinidad bolchevique, antes de la misma creación de la URSS.
Toda la idea de los ilegales, la distinción entre espías legales e ilegales, surge de ese movimiento clandestino, donde los legales eran aquellos que utilizaban las oportunidades políticas existentes en la época: presentándose a la Duma ―el parlamento del zar― y haciendo las cosas que podían hacer legalmente.
Y luego estaban los operadores ilegales, que trabajaban encubiertos, hacían actos de sabotaje, explosiones, organizaban milicias secretas, etcétera.
Cuando los bolcheviques toman el poder, tienen el país rodeado de enemigos, sin servicio diplomático y sin las formas habituales por las que un Estado enviaría espías al extranjero, pero sí cuentan con muchos comunistas apasionados.
Muchos hablaban varios idiomas, estaban acostumbrados a vivir en la clandestinidad y a utilizar nombres falsos.
Entonces recrean esa estructura clandestina del partido como el primer servicio de inteligencia de la Unión Soviética.
Vladimir Ilich Lenin
El programa cambia con el tiempo y con el enemigo. Primero fueron Gran Bretaña y Alemania, pero luego, después de la Segunda Guerra Mundial y con el comienzo de la Guerra Fría, pasó a centrarse en Estados Unidos.
En el inicio del programa de ilegales, lo que más preocupaba al gobierno soviético era una posible intervención de las potencias capitalistas.
Y claro, en esa época EE.UU. no era un actor importante en el continente europeo. Así que Alemania y especialmente Gran Bretaña, eran considerados los principales objetivos.
La otra preocupación eran los emigrados blancos, los rusos que vivían en Europa y querían restaurar el orden zarista.
Luego está este período de las décadas de 1920 y 1930, con personajes muy peculiares que ni siquiera necesitaban entrenamiento. Ya sabían cómo comportarse en la clandestinidad.
Además, los pasaportes y documentos eran mucho más fáciles de conseguir. Podían ser alemanes hoy, húngaros mañana y rumanos el viernes.
¿Qué ocurre después de la Segunda Guerra Mundial?
Primero, durante las purgas estalinistas, muchos de estos ilegales fueron ejecutados por su propio bando porque eran sospechosos de ser capitalistas secretos por haber vivido en el extranjero.
Luego comienza la Guerra Fría y, por supuesto, el principal enemigo pasa a ser EE.UU.
Al mismo tiempo, EE.UU. y los países europeos invierten mucho más en contrainteligencia. Así que si eres un oficial de la KGB trabajando en la embajada rusa en Washington, Londres o París, cada vez que sales por la puerta te siguen. Ya no puedes mantener el mismo tipo de reuniones que antes.
Entonces la KGB piensa: tenemos este gran sistema de ilegales. Resucitémoslo para el nuevo escenario de la Guerra Fría.
Pero dos cosas han cambiado. La primera es que ya no existe aquel grupo de comunistas cosmopolitas y políglotas, porque la URSS se ha convertido en un Estado mucho más cerrado.
Y la segunda es que las misiones se vuelven mucho más largas. Ya no se trata de enviar a alguien una semana con un pasaporte falso. Es crear una identidad falsa realmente sólida y enviar a alguien a EE.UU. durante muchos años.
Ellos pueden hacer el trabajo que es demasiado arriesgado para los funcionarios de la embajada porque son vigilados.
Con el tiempo, los ilegales empiezan a utilizarse más como agentes durmientes.
Piensan: tenemos la Guerra Fría. Quizá algún día se vuelva una guerra real, expulsen a todos nuestros diplomáticos y entonces tendremos células de ilegales que podremos activar.
De alguna manera se profesionalizó el ser ilegal. Incluso querían hacerse pasar por ciudadanos estadounidenses.
Normalmente la situación ideal era hacerse pasar por ciudadanos de un tercer país. Por ejemplo, si tu identidad era austríaca, podrías vivir en Estados Unidos como austríaco, porque sería más fácil. Habría menos preguntas sobre tu acento y tus antecedentes.
Pero efectivamente, conseguir un pasaporte estadounidense era visto como un sueño. Crear una identidad falsa hasta el nivel de obtener un pasaporte estadounidense.
Y eso ocurrió. Hubo personas que vivieron durante muchos años como estadounidenses en EE.UU.
Trotski filmado en su casa en el barrio Coyoacán, en Ciudad de México, donde sería asesinado por órdenes de Stalin. La casa es ahora un museo en su memoria.
Hay un personaje fascinante, Iósif Grigulévich, un judío lituano que se hizo pasar por un diplomático costarricense llamado Teodoro Castro y que más tarde fue enviado por el propio Stalin para intentar matar a Tito. También estuvo involucrado en los planes para matar a Trotski, en el primer intento de asesinarlo en Ciudad de México.
Así es. Él dirigía el grupo que intentó matar a Trotski y fracasó. Fue uno de los pocos fracasos de su carrera.
En ese momento se hacía pasar por un francés. Eso fue en la década de 1930.
Después tuvo varias identidades. Había pasado parte de su juventud en Argentina, así que allí aprendió español.
Luego utilizó una serie de identidades latinoamericanas distintas. Y creo que a finales de los años 40 estaba en Chile, donde se hizo amigo de alguien que conocía al cónsul costarricense en Chile.
Entonces encontraron un artículo de periódico sobre un terrateniente costarricense que había muerto recientemente. Él fue a ver al cónsul y le contó una historia sobre que era el hijo ilegítimo de ese hombre y que había tenido que abandonar Costa Rica cuando era niño.
Ya con pasaporte costarricense se establece en Italia a finales de la década de 1940, que por supuesto era uno de los grandes campos de batalla donde el comunismo y el capitalismo se enfrentaban.
El Partido Comunista de Italia era el más poderoso de Europa
Sí. Y es probablemente la historia más extraordinaria del libro. Este hombre, que nunca había estado en Costa Rica, se establece en Roma como un empresario costarricense y conoce a toda la comunidad diplomática latinoamericana.
Encanta a todo el mundo. Y cuando una delegación de políticos costarricenses visita Roma, él está tan bien relacionado que les consigue una reunión con el Papa.
Los impresiona tanto que deciden que este hombre debería ser su embajador en Roma. Y es nombrado.
La traducción al español del libro de Shaun Walker fue publicada este febrero.
Y José Figueres, una de las figuras principales de la Costa Rica moderna y que llegó a ser presidente, se hizo amigo suyo.
Exactamente. Hay una historiadora costarricense que también escribió un libro sobre él, basándose en documentos encontrados en los archivos de su país, y me envió algunos de esos documentos.
Es extraordinario porque, básicamente, este hombre fue su embajador durante cuatro años. Hacía un trabajo magnífico.
Y entonces, un día de 1953, simplemente desaparece. Y no tienen ni idea de qué pasó con su embajador en Roma hasta unos 40 años después, a principios de los 90, cuando se abren los archivos soviéticos y descubren que en realidad era un hombre que se hacía pasar por costarricense.
Y otra de las historias fascinantes es que él quería, como costarricense, iniciar relaciones diplomáticas con Yugoslavia. Y entonces Stalin, que odiaba a Tito casi tanto como a Trotski, quiso utilizarlo para matarlo.
Este es uno de esos casos increíbles que casi cambiaron la Historia.
Tenían a este hombre acreditado como embajador en Roma. Asiste a una reunión de Naciones Unidas en Francia y allí conoce a la delegación yugoslava. Como no existían relaciones diplomáticas entre Costa Rica y Yugoslavia, propone establecerlas, sugiriendo que Costa Rica podría exportar café y cacao e importar maquinaria pesada yugoslava.
Obtiene el visto bueno de San José y secretamente el de Moscú, y consigue ser acreditado y viajar varias veces a Belgrado.
Luego, como embajador acreditado, se le invita a presentar sus cartas credenciales a Tito en una reunión oficial.
En ese momento Moscú y Belgrado no tienen relaciones diplomáticas. Ya se habían producido varios intentos de matar a Tito, pero este había eliminado de su entorno a todos los estalinistas.
Y entonces llega al escritorio de Stalin la idea de que tienen un agente perfectamente situado para hacerlo. Así que, en la primavera de 1953, antes de la reunión prevista, empiezan a estudiar distintos escenarios para matar a Tito.
Algunas ideas eran extraordinarias. Una consistía en liberar una especie de polvo biológico durante la reunión, tras haberse inyectado previamente una vacuna para quedar inmunizado. Había varios dispositivos explosivos. Incluso se contempló la posibilidad de dispararle.
No tenemos constancia de qué pensaba Grigulévich, pero imagino que debía creer que era una misión suicida. Y para entonces estaba disfrutando bastante de su vida de cocteles diplomáticos y vida social en Roma.
Sin embargo, era un servidor leal y aceptó seguir adelante. Pero unas semanas antes de que el plan llegara a su fase final, Stalin murió y toda la operación fue cancelada.
El mariscal Tito durante una visita a Reino Unido en 1953, año en que Stalin planeó asesinarlo con un espía ruso que se hacía pasar por un diplomático costarricense.
Pero él llegó a reunirse con Tito en Belgrado.
Sí. La reunión se celebró.
De hecho, conseguí encontrar en los archivos de Belgrado el informe oficial redactado por el transcriptor de Tito sobre aquella reunión con el embajador costarricense.
Teodoro Castro aparece bromeando, halagando a Tito, haciendo chistes sobre los soviéticos y los estadounidenses, y presentando a Costa Rica como una especie de país de tercera vía con el que Yugoslavia podía tener excelentes relaciones.
Y hay una nota muy divertida al final de ese documento de cuatro páginas.
La escribió el traductor y dice: “Después de que el embajador de Costa Rica se marchara, el camarada Tito comentó: tiene un gran sentido del humor, pero claramente está intentando halagarme porque quiere conseguir un acuerdo económico”.
Tito se dio cuenta de que intentaba halagarlo, aunque por razones muy diferentes a las que imaginaba.
Este hombre regresó a Moscú en 1953, pero ya no volvió a actuar como ilegal…
Regresó a Moscú ese año y estaba desesperado por seguir trabajando. Les rogaba que lo enviaran a otra misión con una identidad diferente. Quería volver a América Latina.
Pero las nuevas autoridades le dijeron que no.
Primero, porque esa identidad de cobertura ya era demasiado conocida.
Y segundo, porque todo el programa de ilegales estaba cambiando. Se estaba volviendo mucho más burocrático y ya no había espacio para personajes libres y virtuosos como él.
Finalmente aceptó de mala gana. Acabó convirtiéndose en académico en una universidad de Moscú. Escribió numerosos libros bajo un seudónimo. Ninguno de sus colegas sabía demasiado sobre su pasado.
Una de las cosas más sorprendentes es que uno de los libros que escribió fue una biografía del artista mexicano David Siqueiros.
Que había participado en aquel primer intento de asesinato contra Trotski.
Sí, pero en ninguna parte de la biografía se menciona que el autor ayudó al protagonista del libro a organizar un intento de asesinato contra Trotski.
Murió en 1988, justo antes del colapso de la Unión Soviética y antes de que se hiciera pública cualquier información sobre él.
Su hija sigue viva. Nació cuando aún estaban en Roma. También es académica y ahora tiene más de 80 años.
Se negó a hablar conmigo, pero es una familia realmente fascinante.
En el libro muestras las diferentes transformaciones de los ilegales y de su programa. En 1979, aparecen los ilegales combatientes que participan en la invasión de Afganistán.
A finales de los años 70 y principios de los 80 existe una sensación muy fuerte de que la Guerra Fría puede volverse una guerra real. El hombre que ahora dirige la unidad de ilegales, Yuri Drozdov —que había sido un ilegal—, se obsesiona con la idea de crear agentes más rápidos y más rudimentarios, entrenados como fuerzas especiales.
No se trata de personas que necesiten pasar diez años viviendo perfectamente encubiertas. Se trata de personas que, si estalla una guerra con EE.UU., podrían embarcar desde Cuba, llegar a Florida y hacerse pasar por turistas o algo parecido.
Así que se establece una zona de entrenamiento cerca de Moscú y se entrena a un grupo de estas personas durante seis meses en técnicas de fuerzas especiales.
La primera y principal ocasión en que se utilizan es, como mencionaste, justo antes de la invasión soviética de Afganistán, durante el golpe en el que Hafizullah Amin, el líder comunista que había roto con Moscú, es reemplazado.
Las primeras tropas terrestres soviéticas ingresaron a Afganistán casi de manera simultánea con el asesinato del líder afgano y antiguo aliado Hafizullah Amin.
Luego vienen los “ilegales voladores”, que son los que nos acercan a la época actual. Turistas que viajan para realizar asesinatos y otro tipo de ataques en Europa.
Sí, para misiones de corta duración.
Una de las cosas extrañas que sucedieron con los ilegales es que, como resultaba tan difícil crearlos y el entrenamiento era tan largo, paradójicamente la KGB empezó a preocuparse más por utilizarlos para operaciones de espionaje realmente arriesgadas.
Si has pasado ocho años preparando a una persona y durante la primera semana tiene que intentar asesinar a alguien, algo sale mal y es capturada, has desperdiciado ocho años de entrenamiento.
Para mí, el libro comienza con historias increíbles de espías, asesinatos, reclutamientos y todo ese tipo de cosas. Pero termina, en el período soviético tardío, convirtiéndose más en una historia sobre los efectos psicológicos de vivir bajo estas identidades, porque en realidad el espionaje que estaban realizando ya no era tan impresionante.
Y luego llegamos a la época más moderna. Cuando se derrumbó la Unión Soviética ocurrió algo importante: los rusos empezaron a viajar.
Si observas a la CIA o al MI6, ellos tienen conceptos similares. Tienen espías en las embajadas y espías que aparentan ser hombres de negocios, vendedores o profesionales.
Los soviéticos no podían hacer eso porque prácticamente no había empresarios soviéticos viajando al extranjero. Incluso si eras periodista o una figura cultural, la gente sospechaba que eras espía.
Pero después de 1991, de repente hay cientos de miles de rusos viajando por el mundo. Y se vuelve fácil actuar de esa manera.
Pero eso cambió con la invasión de Ucrania y el aislamiento de Rusia respecto a Occidente. Ahora es mucho más difícil para los rusos obtener visas de turistas y viajar.
Y eso vuelve a hacer más atractiva la utilización de identidades extranjeras para los ilegales.
Hubo un lapso de tiempo entre la caída de la Unión Soviética y el regreso de Putin al poder en el que existió una especie de limbo para los ilegales desplegados en el extranjero como agentes durmientes. ¿Cuándo decidió Putin reactivar de nuevo el programa?
Hubo un período en los años 90 en el que estaba completamente muerto. Luego Putin llega en 1999 y 2000 con la misión de restaurar los servicios de inteligencia.
Una de las fechas clave que me han mencionado varias fuentes occidentales de inteligencia es 2004. Fue un momento en el que Putin decidió destinar mucha más financiación a una nueva generación de ilegales.
Pero una de las cosas interesantes es que existían ilegales desplegados en EE.UU. y algunos más fueron enviados allí durante la era Putin.
Sin embargo, los estadounidenses habían reclutado a una persona del SVR, el sucesor de la inteligencia exterior de la KGB, quien reveló toda la información sobre esos ilegales.
El resultado fue que en 2010 todos fueron arrestados y el programa quedó completamente destruido.
Fue otro de esos momentos, como 1937 o 1991, en los que uno piensa: seguramente este es el final.
Pero desde 2022 nos hemos dado cuenta de que existe una generación nueva de ilegales, muchos de ellos con identidades latinoamericanas, que fue creada después de 2010 y que sigue siendo una parte clave del aparato de inteligencia ruso.
Los últimos casos que se conocen públicamente son personas con identidades latinoamericanas, varios brasileños y aquella pareja que vivía en Eslovenia y se hacía pasar por argentina. ¿Por qué ese enfoque en América Latina?
Creo que es una mezcla de varias cosas.
La primera, es bastante evidente. Si pensamos dónde podrían obtener los rusos identidades para este programa, tiene que ser un lugar donde exista al menos una posibilidad creíble de que un ruso pueda hacerse pasar por alguien de ese país.
Así que podemos descartar gran parte de África y Asia.
Después, tiene que ser un lugar donde los registros de nacimiento y otros documentos aún no estén completamente digitalizados. Por eso podemos descartar gran parte de Europa.
Además, debe ser un lugar donde la parte legal del espionaje ruso, es decir, los agentes que trabajan desde las embajadas, todavía tenga una presencia significativa, porque necesitarán reclutar a personas en registros civiles o ayuntamientos para introducir estas identidades falsas.
Porque una de las formas en que esto suele funcionar es que encuentran, por ejemplo, a un niño peruano que murió a los tres años y luego aparece alguien diciendo: “Soy ese niño”.
Una de las cosas interesantes del hombre ese que fue detenido en Eslovenia bajo nombre argentino es que en su pasaporte figuraba que había nacido en Namibia.
Creo que lo que probablemente ocurrió fue que un oficial de inteligencia ruso en Namibia encontró una lista de parejas argentinas fallecidas allí.
Y pensó: muy bien, tenemos a estas personas. Vamos a inventarles un hijo. Hemos reclutado a alguien en el registro civil. Digamos que en 1972 estos dos argentinos tuvieron un hijo.
Entonces se toma esa identidad, se va a Argentina y dice: “Nací en Namibia. Nunca obtuve la ciudadanía argentina, pero mis padres eran argentinos”.
Vladimir Putin recibe en 2024 a la pareja rusa que fue detenida en Eslovenia acusada de espionaje y que tenían identidades argentinas.
Todo el proceso lleva muchísimo tiempo y requiere enormes esfuerzos, pero al final se obtiene un documento auténtico.
Uno de los problemas actuales para Rusia, creo yo, es la inteligencia artificial. Ahora es mucho más fácil detectar este tipo de anomalías. Antes, si no tenías una pista previa, era muy difícil identificar a un ilegal.
Pero ahora se puede introducir información en una base de datos y decir: “Sabemos que los rusos tenían a alguien reclutado en Namibia. Por favor, muéstrame todos los ciudadanos sudamericanos nacidos en Namibia”.
Quizá obtengas dos mil personas. Y luego puedes examinarlas relativamente rápido y concluir: “Estos parecen normales, pero hay algo sospechoso en este caso”.
Creo que así es como algunos de los ilegales recientes han sido descubiertos.
¿Crees que este tipo de programa dice algo sobre la cultura o la psicología rusa?
Creo que sin duda dice algo sobre la historia rusa.
Surge de este entorno muy específico de clandestinidad revolucionaria. Y cuando observas la Rusia actual, se ha convertido en un símbolo perfecto de la idea de Vladimir Putin de que se trata de un país único, más espiritual, más entregado, menos decadente que Occidente.
Tienes a estos operativos que, aunque en realidad muchas veces llevan vidas miserables, representan algo que resulta impresionante.
Putin ha dicho varias veces que nadie más tiene espías como estos, y en gran medida, es cierto. Por eso es algo que pueden presentar como heroico.
Y si además consideras que Putin y muchas de las personas que lo rodean pertenecen a ese mundo, hombres de unos 70 años formados en la KGB, entiendes mejor por qué ocurre.
Los ilegales siempre fueron la parte más prestigiosa del KGB. Así que todo esto forma parte de la cultura de la actual élite dirigente rusa.
Y se puede decir que este programa continuará en el futuro.
Creo que sí. Como hemos comentado, se ha vuelto mucho más difícil. Con la biometría y otros avances resulta muy complicado crear nuevas identidades.
Lo cierto es que, en cada etapa, el proceso se ha vuelto más difícil y, aun así, los rusos han seguido utilizándolo. Así que estimo que continuarán haciéndolo.
El mundo de las bases de datos informatizadas ha destruido por completo una práctica clásica del espionaje.
Antes, en muchos países, un espía podía tener varios pasaportes guardados en una caja fuerte. Podía decir: “Soy un agente de la CIA que va a reunirse con un contacto en Viena. Hoy seré Dave. La próxima semana seré Mike”. Simplemente elegía una identidad diferente.
Con la biometría eso es imposible, porque existen las huellas dactilares, los escáneres de iris y otros sistemas que hacen inviable cambiar constantemente de identidad.
Pero si consigues crear una sola identidad que tenga huellas reales, datos biométricos reales y la utilizas durante diez o veinte años, eso sigue siendo posible. Mucho más difícil, pero posible.
Por eso creo que, de manera extraña, el ilegal se ha vuelto más difícil de crear, pero tal vez más atractivo.
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Holly Ratchford todavía no puede creer que el hombre que se mudó al complejo residencial que ella administraba llegara a ser acusado de participar en el día más oscuro de la historia reciente de Estados Unidos.
“Me resulta casi imposible conciliar la imagen de quién decía ser con quién es realmente. Todavía me cuesta asimilarlo”, comenta a la BBC.
El hombre, Omar al-Bayoumi —un saudita que entonces rondaba los 40 años—, se mudó al complejo de San Diego, California, junto a su familia en septiembre de 1999.
El nuevo residente del apartamento 152 del complejo Parkwood pronto se convirtió en un habitual de las fiestas en la piscina que organizaba Ratchford. “Siempre se mostraba muy alegre y sonriente”, recuerda, “y era sumamente amable”.
Meses más tarde, Bayoumi le presentó a Ratchford a dos hombres que parecían discretos y educados, y que también pasarían a ser sus vecinos.
Ambos se harían tristemente célebres por secuestrar el vuelo 77 de American Airlines y estrellarlo contra el Pentágono durante los atentados del 11 de septiembre de 2001.
Durante los últimos 25 años, Ratchford se ha sentido atormentada por su vínculo con estos tres hombres. Siente que Bayoumi la engañó desde el principio.
“Siempre que organizaba fiestas, él venía y participaba en las actividades”, recuerda, añadiendo que su familia solía invitarla a comer.
“Disfrutaba de las visitas”.
Sin embargo, Bayoumi —quien residió en el número 152 de Parkwood— se encuentra ahora en el centro de una demanda por valor de un billón de dólares interpuesta contra el Reino de Arabia Saudí por varios miles de familias de víctimas y sobrevivientes de los atentados del 11-S.
El 11 de septiembre de 2001, 19 miembros de la red extremista islámica l Qaeda secuestraron cuatro aviones de pasajeros. Además del impacto contra el Pentágono —la sede del ejército estadounidense cerca de Washington—, dos aviones fueron estrellados contra las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York, provocando el derrumbe de ambos edificios. Un cuarto avión se estrelló en un campo de Pensilvania tras la resistencia opuesta por los pasajeros a bordo.
En total, perdieron la vida casi 3.000 personas, entre ellas unos 300 bomberos y otros miembros de los servicios de emergencia que realizaban tareas de rescate en el World Trade Center.
Las consecuencias del ataque contra el Pentágono el 11-S.
Se alega que Bayoumi contribuyó al complot de 11-S a través del apoyo que les brindó a los dos primeros secuestradores para que llegaran a EE.UU.: Nawaf al-Hamzi y Khalid al-Mihdhar, quienes vivieron en Parkwood varios meses antes de los ataques.
El juez federal que lleva la demanda de las familias del 11-S en Nueva York determinó hace un año que la evidencia creaba una “inferencia razonable” de que Bayoumi y un diplomático saudita basado en EE.UU. habían estado “coordinando con el gobierno saudita cuando proporcionaron la asistencia a los secuestradores”.
El fallo del juez ha permitido que el caso de las familias siga adelante. Arabia Saudita lo está apelando y, junto con Bayoumi, siempre ha negado las acusaciones.
Desde los ataques, Bayoumi ha sido objeto de reportajes y especulación.
Ratchford, que lo vio interactuando con los secuestradores y fue testigo de un acto crucial de apoyo que les proporcionó, ha entregado una declaración sellada al tribunal en Nueva York.
Pero nunca ha hablado públicamente de lo que vio.
Encontrar a Holly Ratchford no fue fácil.
Después de verse involucrada en contra su voluntad en la investigación de lo que el gobierno de EE.UU. describió como “el acto criminal más atroz en territorio estadounidense en la historia moderna”, se apartó de la humanidad lo más lejos que le fue posible en Estados Unidos.
Le seguí la pista hasta un desierto elevado en el oeste de EE.UU., tierra de serpientes cascabeles. Me dijo que eludía las noticias y definitivamente no hablaba con periodistas. Pero, para mi sorpresa, accedió a conversar.
Logré localizarla en la zona de desierto de gran altitud del oeste de Estados Unidos, territorio de serpientes de cascabel. Me dijo que evitaba las noticias y que, sin duda, no hablaba con periodistas. Sin embargo, para mi sorpresa, accedió a hablar.
La entrevista que me dio pone en duda la versión de los hechos que Bayoumi le contó a la policía, el FBI y el tribunal de Nueva York, y aparece en el podcast de la cadena Radio 4 de la BBC “Intriga: Una historia del 11-S”, y en el próximo el episodio del programa Panorama de la BBC “9-11: La conexión saudita”.
Estabilidad y un trabajo de ensueño
A principios de 1999, Ratchford logró encarrilar su vida. Hasta entonces, su existencia había sido inestable: se había mudado varias veces, se había casado, había estado embarazada y se había divorciado antes de cumplir los 21 años. Sin embargo, a los 27, ya tenía un hogar y un trabajo que le encantaba.
Como nueva administradora de los apartamentos Parkwood —un complejo de 175 viviendas de baja altura y casas adosadas en las afueras de San Diego—, destacó por su excelente desempeño; las viviendas nunca permanecían vacías por mucho tiempo. Pero lo que hacía de aquel empleo un trabajo soñado no era el papeleo ni el buen sueldo, sino la gente.
Ratchford no solo trabajaba en Parkwood, sino que también vivía allí. Sus clientes eran, al mismo tiempo, sus vecinos. Y muchos llegaron a ser algo más: se convirtieron en sus amigos.
“Siempre les decía a mis empleados: ‘Haced que sientan que este es su hogar y se quedarán’”, recuerda.
Mientras dejaba su huella en Parkwood, Ratchford se sentía feliz y segura en el mundo que había construido: un entorno donde conocía a todo el mundo y donde todo le resultaba familiar.
Entonces, todo se desmoronó de manera dramática e inesperada.
Omar al-Bayoumi se mudó a Parkwood afirmando ser un estudiante maduro.
“Sabía que asistía a clases. Aparte de eso, no estoy segura de qué hacía”, comenta Ratchford.
Más de dos décadas después, documentos desclasificados del FBI y expedientes judiciales revelarían que los estudios de Bayoumi se habían interrumpido en 1998. Dedicaba gran parte de su tiempo a organizar actividades religiosas en la comunidad musulmana, las cuales solía grabar en video.
Sus constantes grabaciones y sus preguntas inquisitivas despertaron sospechas.
“Existía un consenso general entre los miembros de la comunidad musulmana de San Diego de que Bayoumi era un agente del servicio de inteligencia saudí”, me cuenta Richard Lambert, quien dirigió la investigación de la oficina del FBI en la ciudad tras los atentados del 11 de septiembre.
Pero a Ratchford no le correspondía indagar en esos asuntos. Lo que le importaba era si él podía pagar el alquiler. Y podía hacerlo.
Más tarde, el FBI descubriría que recibía un pago de unos US$90.000 anuales.
“Me lo creí todo”
Bayoumi se presentaba como un hombre de familia común y corriente.
La imagen de Bayoumi que vio Ratchford quedó registrada en unas grabaciones caseras —nunca antes emitidas— en las que aparece jugando con una pelota junto a su familia en la piscina de Parkwood y riendo cuando esta cae al agua.
Otro video lo muestra durante una excursión familiar a Las Vegas; vestido con una camisa de flores, señala la montaña rusa situada junto al hotel y casino New York-New York.
“Me creí todo lo que me dijo. Realmente pensaba que él era así”, comenta Ratchford.
Sin embargo, esa versión de Bayoumi contrasta con la imagen del hombre que aparece en otros videos.
En el verano de 1999, Bayoumi grabó el Capitolio en Washington D.C. desde distintos ángulos; hizo referencia a un “plan” y dirigió la cámara hacia sí mismo para ofrecer un comentario al estilo de un reportero.
Los abogados de las familias de las víctimas del 11 de septiembre sostienen que estaba vigilando el edificio como posible objetivo de los ataques. Por su parte, el Reino de Arabia Saudita afirma que se trata de un video turístico.
En su fallo de agosto de 2025, el juez de Nueva York determinó que “lo único que el Tribunal puede concluir” a partir del video es que Bayoumi “visitó Washington D.C. y grabó la ciudad”.
El 3 de febrero de 2000, Bayoumi llevó a dos jóvenes a la oficina de alquileres de Ratchford en San Diego. Con evidente prisa —según cuenta ella—, él se sentó en el borde del archivador mientras le explicaba que los dos hombres pertenecían a su mezquita y se alojaban con él mientras buscaban un lugar para alquilar.
“No tenían nada de inusual. Eran amables y educados”, recuerda ella.
Los dos hombres no hablaban inglés, así que Bayoumi tomó la iniciativa. Ratchford cuenta que él le preguntó qué requisitos debían cumplir los hombres para poder alquilar un apartamento en Parkwood.
“No cumplían en absoluto con los criterios de ingresos ni con los requisitos de cuenta bancaria. No tenían nada de eso”, me dice ella.
Ratchford tenía sus normas. La respuesta fue un “no” rotundo e inmediato.
Sin embargo, los dos hombres disponían de varios miles de dólares en efectivo. Los registros bancarios indican que, al día siguiente, Bayoumi los llevó al banco más cercano y les ayudó a abrir una cuenta.
De vuelta en la oficina de Ratchford al tercer día, él ideó una forma de sortear el problema de los ingresos: se ofrecería a firmar el contrato de arrendamiento como avalista, convirtiéndose así en el garante legal del apartamento.
El contrato de arriendo muestra múltiples firmas de Bayoumi. Él era su fiador, su amigo y su contacto de emergencia, y su casa en Parkwood estaba registrada como la dirección de los dos.
Sin más demora, los dos hombres se mudaron al número 150, un apartamento de un dormitorio a solo unas pocas puertas de distancia del dúplex de Bayoumi al lado de la piscina.
Los dos hombres por los que Bayoumi estaba asumiendo responsabilidad legal -Nawaf al-Hazmi y Khalid al-Mihdhar- se convertirían en secuestradores de 11-S.
El FBI llama a tu puerta
Holly los vio a ambos en repetidas ocasiones durante los meses siguientes.
“Tomaba té y galletas con ellos. No eran simplemente personas que venían a la oficina y nos alquilaban un espacio”, comenta.
Hazmi y Mihdhar permanecieron en su apartamento hasta finales de mayo de aquel año y luego se marcharon. Ratchford no volvió a pensar en el asunto.
Dieciséis meses más tarde, mientras Estados Unidos se encontraba sumido en la conmoción y el dolor tras los atentados del 11 de septiembre, recibió la llamada de una mujer que solicitaba referencias sobre el alquiler de ambos. Sin pensárselo dos veces, facilitó los datos rápidamente.
Pero la mujer no era agente inmobiliaria, sino periodista.
Su siguiente pregunta dejó a Ratchford perpleja: “¿Sabía usted que eran dos de los terroristas que estrellaron su avión contra el Pentágono?”.
“Y yo respondí: ‘¿Qué?’”
Bayoumi fue arrestado por la unidad antiterrorista de la Policía Metropolitana en Reino Unido.
Entonces, el FBI llamó a su puerta.
El 14 de septiembre de 2001, dos agentes especiales entrevistaron a Ratchford en su oficina de Parkwood.
Ella les entregó el formulario de aval de Bayoumi, lo que desencadenó una investigación sobre el hombre que posteriormente identificarían como el principal facilitador de la vida de los dos secuestradores en San Diego.
Richard Lambert, ahora retirado del FBI y consultor en la demanda de las familias del 11-S, afirma: “A medida que comenzamos a identificar a los asociados de los secuestradores, quedó claro que existía una red liderada por Omar al-Bayoumi”.
El FBI descubrió que los contactos de Bayoumi habían ayudado a Hazmi y Mihdhar a obtener licencias de conducir de California, inscribirse en escuelas de vuelo, recibir transferencias de dinero desde Medio Oriente e incluso gestionar tratamientos dentales.
Los agentes del FBI querían interrogar a Bayoumi. Le siguieron la pista a lo largo de más de 8.000 kilómetros hasta Reino Unido, concretamente a Birmingham, ciudad a la que se había mudado poco antes del 11 de septiembre.
El 21 de septiembre de 2001, fue detenido por la unidad antiterrorista de la Policía Metropolitana y los detectives comenzaron a interrogarlo.
Mostrándose imperturbable y, por momentos, indignado, Bayoumi negó inicialmente conocer a cualquiera de los secuestradores.
Richard Lambert, ahora retirado del FBI, afirma que Bayoumi dirigía una red que involucraba a los secuestradores.
Dijo que a menudo había ayudado a personas a encontrar alojamiento pero, cuando los detectives lo presionaron, afirmó no recordar los nombres de nadie a quien hubiera avalado para un apartamento.
Un día después, dijo recordar haber ayudado a dos individuos, “Nawaf” y “Khalid”, los nombres de pila de Hazmi y Mihdhar.
Admitió que eran las únicas dos personas a las que había prestado ese nivel de ayuda.
Bayoumi afirmó haber conocido a ambos en Los Ángeles, tras escucharlos brevemente hablar en árabe en un restaurante. Dijo haberles comentado que, si alguna vez iban a San Diego, podría ayudarles.
Al día siguiente —según relató a los detectives británicos—, los hombres se presentaron en la mezquita que él frecuentaba en San Diego diciendo que necesitaban un lugar donde vivir. Entonces los llevó en coche a Parkwood para hablar con Ratchford sobre la búsqueda de un apartamento para ellos.
Bayoumi aseguró que, una vez que Hazmi y Mihdhar se habían instalado, evitó el contacto con ellos; dijo que se había marchado de la ciudad y que, a su regreso, descubrió que ya se habían ido.
Según su relato, su relación con los futuros secuestradores fue pasajera. Sin embargo, su versión no coincide con la de Ratchford.
Ratchford desmiente la declaración de Bayoumi de que sus interacciones con los secuestradores fueron fugaces.
“No puedo creer que se haya librado”
“Sé que eso es lo que dijo, y sé que es un sinsentido”, dice ella.
Ratchford cuenta que, antes de llevar a los secuestradores a su oficina, Bayoumi le había preguntado varias veces sobre cómo encontrar un apartamento para dos personas.
“Yo le decía qué había alguno disponible y él respondía: ‘Ah, no, no, quiero ese’”, comenta. “Quería algo cerca de donde él vivía y buscaba la opción más económica”.
Ella también contradice la afirmación de Bayoumi de que apenas vio a los secuestradores después de conseguirles el apartamento, explicando que los había visto juntos durante las semanas siguientes. En una ocasión, los tres acudieron a su oficina para tomar té y galletas.
“No es que simplemente les consiguiera un apartamento y no volviera a hablar con ellos”, dice, añadiendo que los tres hombres “eran definitivamente amables”.
Ratchford también informó al FBI de que, cuando los secuestradores se habían retrasado en el pago del alquiler, Bayoumi lo había abonado.
La Policía Metropolitana mantuvo a Bayoumi detenido durante siete días, el plazo máximo permitido en aquel entonces. El Departamento de Justicia de Estados Unidos (DOJ) decidió no extraditarlo para que enfrentara cargos.
El 28 de septiembre de 2001, Bayoumi fue puesto en libertad.
Ratchford sigue atónita.
“No puedo creer que se haya librado”, dice.
Sin embargo, el FBI siguió preparando un caso en su contra.
Agentes de San Diego descubrieron que dos empresas vinculadas al Ministerio de Defensa de Arabia Saudita pagaban a Bayoumi un salario de US$90.000, a pesar de que él nunca acudía a trabajar y acumulaba gastos “exorbitantes”.
Los agentes constataron que su remuneración se duplicó con creces justo después de la llegada de los dos secuestradores a San Diego, y que volvió a disminuir una vez que estos abandonaron la costa oeste de Estados Unidos.
Entretanto, según ha podido saber la BBC, agentes de la oficina del FBI en Nueva York examinaron minuciosamente una gran cantidad de documentos recibidos de la Policía Metropolitana tras el registro de las propiedades de Bayoumi en Birmingham.
El FBI halló cartas dirigidas a una organización benéfica vinculada al gobierno saudí y con lazos directos con al Qaeda —documentos que, a su juicio, podían “demostrar los sentimientos y creencias antiamericanas de Omar al-Bayoumi”—, así como escritos del propio Bayoumi que, según determinaron, “pueden interpretarse como yihadistas”.
No obstante, nada de esto condujo a una acusación formal ni a un proceso judicial.
El Departamento de Justicia declaró a la BBC que no podía hacer comentarios sobre asuntos y decisiones de hace 25 años que involucraban a personal que ya no trabajaba en la institución.
Documentos clave
Bayoumi abandonó Reino Unido con destino a Arabia Saudita en agosto de 2002.
Dos años más tarde, quedó prácticamente exonerado cuando la Comisión del 11-S en EE.UU. —el organismo independiente que investigó los atentados— concluyó que era una persona “servicial y sociable” y “un candidato improbable para una participación clandestina con extremistas islamistas”.
El FBI no había mostrado a la Comisión todas las pruebas que había recopilado, y se negó a hacer comentarios cuando la BBC preguntó al respecto.
Entretanto, las familias de las víctimas del 11-S habían iniciado acciones legales contra él, incluyéndolo como demandado en su litigio de un billón de dólares contra diversas personas, empresas y gobiernos por su presunto apoyo a al Qaeda.
Durante años, las familias abogaron por que se desclasificara la investigación del FBI. La espera fue agónicamente lenta, pero desde 2018 se han hecho públicas decenas de miles de páginas de documentos —tanto ante el tribunal de Nueva York como mediante una orden presidencial firmada por Joe Biden—, incluidas las entrevistas del FBI con Holly Ratchford.
En agosto del año pasado, tras examinar el conjunto de las pruebas, el juez encargado de la demanda de las familias declaró que los indicios no respaldaban la conclusión de que Bayoumi hubiera sido “simplemente un participante inocente”.
El juez George B. Daniels señaló asimismo en su fallo que cabía deducir razonablemente que toda la ayuda relacionada con el apartamento que Bayoumi prestó a los secuestradores no fueron meros actos de un “buen samaritano”, sino que, por el contrario, estaba siguiendo instrucciones del gobierno saudí.
Arabia Saudita niega cualquier implicación en los atentados del 11-S y ha sostenido sistemáticamente que Omar al-Bayoumi no era un agente saudí y que no tuvo participación ni conocimiento previo de los ataques. El reino argumenta que, conforme a la legislación estadounidense, goza de inmunidad soberana —la exención oficial de un gobernante o Estado frente a determinados tipos de demandas civiles y procesos penales— y que la causa debería ser desestimada.
El caso se encuentra actualmente ante el Tribunal de Apelaciones de EE. UU., que escuchará los argumentos orales en octubre.
Ratchford ahora vive en una región aislada en el oeste de Estados Unidos.
“Me sentí muy estúpida!
El 11 de septiembre fue una catástrofe que causó traumas personales a decenas de miles de personas: las familias de las víctimas, los sobrevivientes, los equipos de emergencias y los testigos.
Para Holly Ratchford, todas las certezas y seguridades de sus años en Parkwood llegaron a un abrupto final.
Nada era lo que parecía.
“Sé que la vida de muchas personas cambió de inmediato durante el 11 de septiembre. En mi caso, en cuestión de una o dos semanas, mi vida, mis ideales, mis creencias… todo cambió rapidísimo. Fue como accionar un interruptor”, comenta.
“Me sentí muy estúpida. Había confiado y me habían importado personas que hicieron cosas malas. No quiero volver a ser tomada tan desprevenida por gente que no era quien decía ser”.
Poco después del 11 de septiembre, Ratchford dejó Parkwood, el sector de la administración de propiedades y la gran ciudad.
Se mudó primero a la playa, luego a una reserva indígena y, más tarde, a un lugar remoto y aislado; todo ello en un intento por escapar de la sensación de haber sido engañada.
Ratchford se mantenía reservada —según me cuenta— y solo interactuaba con personas en las que confiaba plenamente.
“El 11 de septiembre hizo que sintiera miedo de la gente”, afirma.
“Ahora prefiero mantenerme alejada de personas que podrían estar mintiendo sobre quiénes son. En un pueblo pequeño es imposible guardar secretos, y eso me hace sentir más segura. Me gusta estar en un lugar donde puedo confiar en la gente”.
Sin embargo, aunque ha intentado alejarse cada vez más del mundo exterior, la atormentan las dudas sobre lo que sucedió en Parkwood.
“Una parte de mí se pregunta si podría haber hecho algo más de haber sido más estricta”, comenta.
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El ejército estadounidense afirma haber alcanzado tres petroleros vinculados a Irán después de que se lanzaran misiles balísticos contra dos de sus buques de guerra en la región.
El Comando Central de Estados Unidos (Centcom) anunció el sábado que había “inhabilitado permanentemente” un buque cisterna cerca de la isla de Kharg y otro cerca del estrecho de Ormuz, y que había “destruido por completo” un tercero en el golfo de Omán.
Afirmó, además, haber evadido con éxito múltiples ataques del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) dirigidos contra un portaaviones y un destructor de misiles guiados estadounidenses.
En un comunicado, indicó que ningún soldado estadounidense resultó herido.
Los medios estatales iraníes informaron anteriormente que uno de sus buques cisterna había sido alcanzado frente a la costa de la isla de Kharg.
Teherán no reconoció de inmediato los ataques contra buques estadounidenses.
El almirante Brad Cooper, comandante del Comando Central, declaró el sábado: “Que el mensaje a la Guardia Revolucionaria Islámica sea claro: si atacan dos de nuestros barcos, les impondremos un coste económico aún mayor; destruiremos tres de los suyos”.
“No dudaremos en defender a las fuerzas estadounidenses y, si es necesario, destruir la limitada y vulnerable flota petrolera de Irán”.
El Comando Central (Centcom), que supervisa las operaciones militares estadounidenses en Oriente Medio, afirmó que los tres petroleros iraníes formaban parte de “una red clandestina multimillonaria que financia a la Guardia Revolucionaria Islámica y a sus aliados regionales”.
Los ataques se producen casi una semana después de la reanudación de los enfrentamientos entre Estados Unidos e Irán, tras un período de relativa calma entre las partes en conflicto.
A principios de esta semana, el vicepresidente estadounidense JD Vance declaró que el ejército de su país estaba investigando las afirmaciones iraníes de que los ataques estadounidenses mataron a al menos cuatro personas, entre ellas dos niños, en una boda en el sur de Irán.
La organización humanitaria Media Luna Roja iraní afirmó que la metralla de un misil impactó contra la ceremonia celebrada el martes en una casa de Sirik, lo que llevó a Teherán a declararlo un “crimen de guerra”.
El alto el fuego de 60 días entre Estados Unidos e Irán expiró formalmente el mes pasado, sin que haya indicios de que se vislumbre un nuevo acuerdo diplomático.
Días después de que expirara el alto el fuego, el presidente estadounidense Donald Trump dijo que Estados Unidos pondría en marcha medidas económicas más duras contra Irán, así como contra cualquier país que lo ayude o haga negocios con él.
Estados Unidos e Israel lanzaron por primera vez ataques de gran alcance contra Irán el 28 de febrero, a lo que Irán respondió atacando a Israel, las bases estadounidenses y los estados aliados en el Golfo, y cerrando de facto el estrecho de Ormuz al tráfico marítimo.
El conflicto por el estrecho ha elevado los precios de la energía a nivel mundial. Y, de cara a las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos en noviembre, Trump se enfrenta a presiones sobre cuánto está costando la guerra a los consumidores estadounidenses.
Este artículo fue escrito originalmente en inglés y usamos una herramienta de inteligencia artificial para traducirlo. Un periodista de la BBC revisó el texto antes de su publicación. Más información sobre cómo usamos IA.
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A principios del siglo XX, en un remoto lugar de la península del Sinaí, la pareja de arqueólogos William y Hilda Petrie hizo un descubrimiento fascinante.
Sucedió en un sitio llamado Serabit el-Khadim, una antigua región minera del suroeste del Sinaí, explotada desde época faraónica y asentada sobre una meseta rocosa.
En uno de sus puntos más elevados, dominando el paisaje circundante, antaño se alzaba un templo en honor a la antigua deidad egipcia Hathor, la diosa del cielo, las mujeres, la fertilidad y el amor, y patrona de muchos minerales.
Por esos lares la llamaban “Dama de la Turquesa”, pues esa era la piedra semipreciosa que se extrajo de allí por milenios.
Para los antiguos egipcios, la turquesa era un ingrediente importante para resucitar los faraones a la vida eterna. Su vibrante tono azul verdoso no solo decoraba las paredes de sus suntuosas tumbas, sino que simbolizaba la alegría, la felicidad y la vida.
No obstante, la tenían que ir a buscar a esos territorios inhóspitos lejos del fértil Nilo, así que le rezaban a Hathor para que los protegiera al embarcarse en la peligrosa tarea de arrancársela a la roca del desierto.
En las ruinas del complejo del templo, los Petrie, como otros exploradores antes que ellos, encontraron decenas de grandes lápidas de piedra llamadas estelas, muchas cubiertas con jeroglíficos.
Eso no los sorprendió: para cuando fueron escritas, los egipcios llevaban utilizando esa compleja escritura pictórica durante más de mil años.
En las ruinas del templo a la diosa Hathor, establecido en el siglo XX a.C., las estelas cuentan historias sobre quienes trabajaron en las minas de turquesa.
Las estelas, además de revelar por qué se había construido un templo en un lugar tan lejano, relataban toda clase de historias, como le contó a la BBC el egiptólogo Pierre Tallet.
En una de ellas, por ejemplo, el autor empieza lamentando que lo hubieran enviado al Sinaí en verano, cuando hacía demasiado calor, pero al final el relato se torna alegre pues cuenta que su expedición ha extraído más turquesa que todas las anteriores, y que todos regresarían sanos y salvos al valle del Nilo.
Otra estela muestra que no eran solamente egipcios los que trabajaban en las minas.
“En la parte inferior, aparece una persona montada sobre un burro y otra lo está guiando”, señala Tallet.
“Los egipcios nunca eran representados montando en burro. Esa es una representación típica de alguien del Negev, alguien que había venido de oriente”, explica.
Incluso se sabe quién era esa persona, ya que había participado en más de una expedición, y aparece en otra estela. Los jeroglíficos nos dan su nombre: “El hermano del príncipe de Retenu, Khebdeb, se une a la expedición para ayudar a los egipcios”.
Retenu era un nombre egipcio para la tierra bíblica de Canaán.
Los egipcios solían aparecer representados sobre camellos, no burros.
Pero fue adentro de las minas donde los Petrie hicieron su sorprendente descubrimiento.
“Hilda pisó una piedra, la recogió y le dijo a Petrie: ‘Aquí hay algo’”, le contó a la BBC la egiptóloga Orly Goldwasser.
“En esa piedra en la mina vieron la primera inscripción en algo muy extraño que nadie había visto antes”, continuó.
“Petrie la miró y dijo: ‘Esto no es egipcio. Parecen jeroglíficos feos, pero hay muy pocos signos. Esto podría ser un alfabeto’… ¡BUM!”.
Buey, casa, camello…
Hasta el día de hoy persiste una disputa sobre quiénes inventaron la escritura: los babilonios, con la cuneiforme, o los egipcios, con los jeroglíficos.
Lo que nadie niega es que fue un salto conceptual brillante, aquel de registrar lo que está en la mente de manera que pueda transportarse a muchas otras mentes más.
Se llama el Principio de Rebus, la idea de que una imagen puede representar más que el objeto mismo, lo que permite expresar hasta lo intangible.
Ese salto, además, lo dieron de forma independiente los chinos y los mayas.
Pero los Petrie se habían topado con algo que iba más allá.
Raspados sobre rocas, vasijas y objetos, encontraron garabatos de una naturaleza inesperada pero extrañamente familiar.
Parecía que en ese período tan temprano, alrededor del 1700 a.C., los mineros y los esclavos semitas habían comenzado a utilizar un nuevo sistema informal de grafiti, brillantemente simple, infinitamente adaptable y perfectamente transportable.
Era el alfabeto.
Labrada en una de las paredes de la mina de turquesa está una de las primeras “A” de la historia.
Habían llegado a él usando lo que se llamaría principio de la acrofonía, un método de escritura donde un símbolo pictográfico o ideográfico de un objeto se usa para representar el sonido inicial de la palabra que nombra ese objeto.
La que se convirtió en la primera letra de la mayoría de los alfabetos del mundo, por ejemplo, empezó como un buey, el animal de granja más importante de la época en aquella región.
En el lenguaje canaanita, la palabra para buey era “aluf”, “alf” o “alef”, así que si dibujaban la cabeza de un buey, al ver el dibujo, no se leía como “alef”, sino que se quedaban sólo con la “A”.
Entonces, así como cuando necesitaban el sonido “A” pintaban la cabeza de un buey, para la “B” hacían una casa (que se decía “bait”) o para la “G”, un camello o “gamal”.
Parece obvio pero, si te pones a pensar, fue una hazaña sofisticada. Tuvieron que analizar su idioma para separar todos los sonidos principales y solo luego acordar un dibujo para representar cada sonido.
Era un concepto tan distinto que los egipcios, quienes llevaban la delantera con su hermoso lenguaje escrito, ya habían hecho algo similar para deletrear nombres extranjeros como Cleopatra (que era griego), pero nunca se dieron cuenta de que tenían un alfabeto dentro de su sistema.
Seguían utilizando los alrededor de 600 signos de sus jeroglíficos, mientras que esta escritura que aparecía a su lado, sólo requería de unos 30.
Eso la hacía más democrática: no se necesitaban años de instrucción para aprender a usarla.
Por si fuera poco, ese ejemplo tan temprano de escritura alfabética, conocida como escritura protosinaítica, guardaba un asombroso parecido con la nuestra.
Y no solo es similar al nuestro.
Ese revolucionario primer alfabeto viajó de su tierra natal con los fenicios hacia el Mediterráneo y de ahí más y más allá hasta conquistar tres cuartas partes del planeta.
Su influencia se extendió geográfica y temporalmente, de manera que incluso alfabetos lejanos en tiempo y espacio llevan su impronta.
Las letras se fueron volviendo más abstractas y cambiando de forma pero, a pesar de sus variantes cirílicas y árabes, y la infinidad de idiomas que lo han usado para escribir, los expertos aseguran que pueden rastrear las huellas de ese primer alfabeto en los demás.
Tanto que llegan a afirmar que es posible considerar que existe esencialmente un solo alfabeto en todo el mundo.
El orden de los factores
¿Por qué empezar por “A”, “B”, “C” y no por “J”, “X”, “M”? ¿Quién decidió cuál sería el orden del alfabeto?
La verdad es que sigue siendo un enigma. No se sabe por cuál motivo el abecedario está organizado de esa manera.
Sin embargo, hay historias que revelan la razón de que algunas de las letras estén donde están.
El español heredó el abecedario latino; los romanos lo habían recibido, vía los etruscos, de los griegos, quienes lo habían adoptado de los fenicios, que llevaron la escritura protosinaítica al Mediterráneo.
De herencia en herencia, las primeras letras quedaron así por tradición: del hebreo, “alef”, “bet”, “gimel”, al griego “alfa”, “beta”, “gama”, y en latín, “A”, “B”, “C”.
Y sí, ahí hay una “G” que se volvió “C”.
Lo que pasó fue que el latín primitivo utilizaba la letra “C” tanto para el sonido /k/ como para /g/, pues el alfabeto etrusco, del que el latín tomó sus letras, no tenía una “G” independiente.
Más tarde, la “G” fue creada (hacia el siglo III a.C.) mediante la modificación de la “C”, con el fin de distinguir el sonido /g/.
La nueva letra se insertó en el alfabeto, pero para explicarte por qué quedó de séptima, primero tengo que contarte lo que le pasó a la “Z”.
En este ejemplo del alfabeto de manuscrito medieval, basado en una biblia que perteneció a Carlos el Temerario, aún faltan algunas letras.
Al principio, el latín no tenía realmente el sonido /z/, así que cuando los romanos heredaron el alfabeto, les pareció prescindible, y la eliminaron.
Durante un tiempo, no hubo ningún problema.
De hecho, a la “G” la insertaron en lugar que había ocupado la descartada “Z”.
Pero a medida que Roma iba absorbiendo más cultura griega, surgió un pequeño inconveniente: ¿cómo escribir correctamente palabras griegas sin ella? La solución fue clara: había que recuperar la letra.
Ahora bien, el alfabeto latino ya estaba firmemente establecido, y nadie tenía ganas de reorganizarlo entero, así que se optó por una solución pragmática: reintroducir la Z, pero colocarla al final.
Siglos después, esa estrategia no se pudo repetir, así que hubo que abrir espacio para acomodar otras adiciones.
Hasta bien entrado el Renacimiento alto, ni la “J” ni la “U” existían como letras independientes, aunque sí como sonidos que compartían su representación gráfica con los símbolos “I” y “V”, de manera que, por ejemplo, el nombre Julius se escribía Ivlivs.
Las formas gráficas de “U” y de “J” habían empezado a aparecer en la escritura medieval, pero solo se consolidaron entre los siglos XVI y XVII, gracias a la influencia de la imprenta, los humanistas y los gramáticos.
La “W”, por su parte, llegó mucho más tarde.
No existía en el alfabeto latino clásico, pues era necesaria, pero se desarrolló en la Alta Edad Media en los idiomas germánicos como una “doble V”.
En español, se empleó primero solo en préstamos extranjeros (como nombres o palabras foráneas), y recién fue incorporada oficialmente al alfabeto por la Real Academia Española en 1969.
A cada una de esas tres recién llegadas se les hizo lugar junto a las letras con las que habían tenido tan estrecha relación: la “J” justo después de la “I”, y la “U” y la “W” a ambos lados de la “V”.
Lo mismo ocurrió con la “Ñ”, esa letra que es exclusivamente nuestra.
Aunque tiene una larga historia, pues se empezó a usar en la Edad Media para abreviar “nn” como “n” con una tilde, no fue incorporada oficialmente al abecedario por la Real Academia Española hasta 1803, y ocupó su sitio junto a la “N”.
Así que ya tienes lo prometido: un puñado de razones por las cuales algunas de las 27 letras del abecedario están donde están.
Pero al final, la colocación de las letras en el alfabeto parece esencialmente arbitraria, lo cual quizás no sea extraño pues, a diferencia del orden numérico, el de las letras no tiene un significado intrínseco.
Incluso si hubiera una forma más sensata de organizarlas, es dudoso que cualquier otra secuencia sería mejor o peor a la hora de leer o escribir.
De lo que sí no hay duda es que de la “A” a la “Z”, el alfabeto es una asombrosa proeza de ingeniería intelectual.
* Si quieres más fascinantes detalles sobre este tema, busca el documental de la BBC The Secret History of Writing.
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Advertencia: Esta historia contiene detalles perturbadores y habla de un intento de suicidio.
Jodi Fournier pasó quince días en el juzgado, sentada, escuchando y esperando. Sentía que era su deber personal mostrar su apoyo a Lindsay Clancy, la madre de Massachusetts acusada de asesinar a sus tres hijos.
Katelyn Kazmirci, de Carolina del Norte, convenció a su madre para que hicieran una parada en el juzgado de Plymouth de camino a un funeral familiar, intrigada por el caso que había seguido en TikTok.
A su alrededor, decenas de mujeres vestidas de rosa se manifestaron en apoyo de Clancy.
Sin embargo, no todos comparten la misma opinión y, en el país, en las redes sociales y en las mesas familiares, los estadounidenses han estado debatiendo el caso con vehemencia.
Durante casi siete semanas, el juicio mantuvo a la nación en vilo y la dividió en torno a si Clancy era una víctima o un criminal que merece estar entre rejas.
La defensa de la enfermera de 36 años argumentó que sufría de psicosis posparto cuando estranguló a sus hijos pequeños y, por lo tanto, no podía ser considerada penalmente responsable.
La fiscalía, por su parte, alegó que los asesinatos fueron intencionales y premeditados.
El viernes, el juez declaró nulo el juicio después de que el jurado, que había escuchado el testimonio de decenas de testigos y deliberado durante 40 horas, no lograra llegar a una decisión unánime.
Su incapacidad para llegar a un acuerdo reflejaba el debate más amplio en torno al juicio, un debate que Maryanne Drysdale, de 65 años y asistente al mismo, presenció desarrollarse en el seno de su propia familia.
La mujer y su hija de 28 años creen que Clancy necesita un tratamiento de salud mental y no ser encarcelada, mientras que sus tres hijos adultos, que tienen hijos de edad similar a los de Clancy, discrepan completamente.
“Para ellos es blanco y negro: (Clancy) mató a los niños y punto”, dijo.
“Yo crié a estos niños, ¿cómo podemos pensar de forma tan diferente sobre esto?”, se preguntó.
Jodi Fournier pasó más de dos semanas frente al juzgado para mostrar su apoyo a Clancy.
Fournier cree que Clancy fue perjudicada por el sistema de salud estadounidense y se sintió obligada, como mujer y madre, a presentarse en un caso que ha puesto de relieve las dificultades del posparto.
“Basta con una sola persona para cambiar la narrativa”, afirmó.
“Este es un problema global. No se trata solo de un pueblo pequeño de Massachusetts. Se trata de mujeres de todo el mundo”, agregó.
Clancy afirma que sufrió alucinaciones y delirios antes de estrangular a sus tres hijos —Cora, de cinco años, Dawson, de tres, y Callan, de ocho meses— y luego saltar desde la ventana de un segundo piso, quedando parapléjica.
Durante el juicio, el tribunal escuchó el testimonio de más de 10 peritos sobre la salud mental y posparto de Clancy.
Sin embargo, algunos de ellos parecían rebatir la alegación de la defensa de que la psicosis posparto —un trastorno poco frecuente que se produce tras el parto y se caracteriza por la manía y la depresión— eximía a Clancy de responsabilidad penal.
Jennifer Tufts, quien trató a Clancy durante más de una docena de sesiones a lo largo de cinco meses, testificó que ella no había mostrado signos de psicosis.
El psiquiatra Avram Mack testificó posteriormente que la Asociación Estadounidense de Psiquiatría no reconocía la psicosis posparto como una condición.
Los partidarios de Clancy, muchos de ellos vestidos de rosa, se congregaron a las afueras del juzgado a lo largo del juicio para darle su apoyo.
Estas declaraciones no hicieron sino afianzar las firmes opiniones de muchos, en ambos bandos.
Nicole Russell, madre de cuatro hijos y residente de Texas, que siguió el juicio de forma remota, destacó la presentación que hizo la fiscalía sobre la cantidad de atención médica y apoyo que Clancy había recibido (de médicos, su esposo, niñera y familia), calificándolo de “mucha más ayuda” de la que reciben la mayoría de las madres.
Se dice que los problemas de Clancy comenzaron tras el nacimiento de su hijo menor.
La mujer buscó ayuda repetidamente, acudiendo a la sala de urgencias de un hospital, a diferentes profesionales médicos e incluso llamando a una línea de ayuda para la prevención del suicidio.
Muchos observadores interpretaron eso como prueba de que Clancy había sido proactiva y había hecho todo lo posible por curarse, pero que el sistema le había fallado, lo que provocó la compasión de algunos.
También muchos de los estadounidenses que creen que Clancy debe rendir cuentas por los asesinatos se congregaron a las fueras del tribunal.
Melissa Merrill había recibido tratamiento en el mismo hospital que Clancy tras el nacimiento de su hijo.
“Me veo reflejada en ella, como una madre que tuvo pensamientos suicidas”, declaró a la BBC a las afueras del juzgado de Plymouth.
A lo largo de las semanas de emotivos testimonios, se pudo ver a Clancy, que usa silla de ruedas, llorando, agarrando la mano de su abogada y haciendo declaraciones angustiosas en el tribunal mientras se compartían detalles a veces desgarradores.
Tras uno de los días del juicio, Merrill se apresuró a acercarse al abogado defensor de Clancy fuera del tribunal y le entregó un sobre rosa con un mensaje de apoyo y esperanza para su cliente, pues creía que Clancy era una “mujer triste y derrotada”.
Pero otros padres, como Russell, una madre de Texas, arremetieron contra la “empatía tóxica”, insistiendo en que Clancy “no era una mártir ni un símbolo para las madres cansadas”.
“Lindsay Clancy no puede ser el ejemplo paradigmático de lo que significa la maternidad difícil, porque millones de madres dan a luz a hijos y soportan todo tipo de dificultades, y no les hacen daño a sus hijos”, argumentó Russell.
El debate en torno al juicio de Clancy tuvo una gran repercusión en las redes sociales, y a muchos usuarios les resultaba difícil encontrar una plataforma donde no se mencionara el caso, o donde no fuera objeto de innumerables teorías conspirativas.
La madre, la hermana y el exmarido de Clancy testificaron sobre el deterioro de su estado mental en el período previo a los asesinatos, pero su exmarido, Patrick Clancy, fue el blanco de fuertes ataques en internet, donde recibió acusaciones de encubrimiento y comentarios virulentos.
Se le acusó de ser el culpable de los asesinatos, a pesar de que su esposa nunca negó haber matado a sus hijos ni que ella fuera la única adulta en casa en ese momento. Esto lo catapultó al centro de atención, y los tabloides publicaron fotos de él viajando y con su nueva esposa.
Los abogados del exmarido emitieron un comunicado a CNN en agosto calificando los hechos de “indiscutibles”.
“Patrick Clancy ha sufrido una pérdida indescriptible e inimaginable”, declararon.
“Lamentablemente, la tragedia que ha vivido Patrick se ha visto agravada por declaraciones públicas manifiestamente falsas, difamatorias e injuriosas”, agregaron.
El juicio de Clancy ha ocupado la atención de los medios de comunicación durante semanas.
El caso también se convirtió en un punto álgido del debate sobre género, con opiniones a menudo divididas según líneas de género.
Vincenzo Vázquez, padre de tres hijos, que siguió el juicio desde Illinois, cree que el género tiene mucho que ver con el trato que recibió Clancy, y duda que el público mostrara la misma simpatía si un padre estuviera siendo juzgado por los mismos cargos.
“Sea cual sea la situación por la que esté pasando una persona, no creo que haya un momento apropiado, ni una excusa, ni una justificación para, ya saben, matar a los propios hijos, ni para matar a ningún niño”, aseveró.
El hombre admitió sentirse “muy triste y un poco disgustado al ver cuánta gente está apoyando” a la acusada.
“Creo que la gente debería estar manifestándose para exigir justicia para los niños. Son tres niños preciosos que tenían un futuro por delante”, explicó.
La decisión de declarar nulo el juicio tras siete días de deliberaciones estancadas del jurado ha dejado en la incertidumbre el caso y el futuro de Clancy.
Una audiencia a finales de mes podría determinar si la fiscalía seguirá adelante con un segundo juicio o intentará llegar a un acuerdo con la defensa.
Por ahora, los debates en otros lugares sin duda continuarán.
Si sufres angustia o desesperación y necesitas apoyo, puedes hablar con un profesional de la salud o con una organización que ofrezca ayuda. En Befrienders Worldwide puedes encontrar información sobre la ayuda disponible en muchos países.
Este artículo fue escrito originalmente en inglés y usamos una herramienta de inteligencia artificial para traducirlo. Un periodista de la BBC revisó el texto antes de su publicación. Más información sobre cómo usamos IA.
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Durante más de 80 años, nadie supo qué le sucedió a un prisionero de guerra soviético que escapó de los nazis en las Islas del Canal y pasó el resto de la Segunda Guerra Mundial escondido de los ocupantes alemanes con una familia local.
Conocido solo por su nombre de pila, Bokejon, o simplemente Tom, fue uno de los aproximadamente 2.000 prisioneros y trabajadores forzosos soviéticos llevados a la isla de Jersey para construir fortificaciones nazis.
Jersey es la mayor de las Islas del Canal, situada entre Francia e Inglaterra, y es una dependencia de la Corona Británica con gobierno autónomo.
Tras la liberación, Tom y los demás prisioneros de guerra supervivientes fueron enviados de vuelta a la URSS y, aunque prometió mantenerse en contacto, una vez que regresó no se supo nada más de él.
Eso fue hasta un equipo de la BBC localizó a sus descendientes en Asia Central, lejos de Jersey, en el extremo oriente de Uzbekistán.
Fue en 1943 cuando Tom escapó de uno de los campos de trabajos forzados que los nazis tenían en Jersey. Exhausto, hambriento y desesperado, llamó a la puerta de los granjeros locales John y Phyllis Le Breton. Conscientes del riesgo, lo acogieron y le salvaron la vida.
Las condiciones en los campos eran muy duras.
“Extraíamos piedra de la cantera desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde. Nuestra comida consistía en sopa al mediodía y una ración muy escasa de pan con mantequilla a la hora del té. No desayunábamos”, escribió Tom más tarde en su diario.
“Por la menor cosa, nos golpeaban brutalmente… y si no podíamos trabajar, nos dejaban sin comer y nos volvían a golpear; jamás nos creían si estábamos enfermos”.
Durante más de dos años, los Le Breton lo escondieron.
El peligro era real. Otra residente de Jersey, Louisa Gould, fue deportada al campo de concentración de Ravensbrück y asesinada en una cámara de gas por dar refugio a un fugitivo soviético llamado Fyodor Burriy. Sus vecinos la denunciaron a las autoridades alemanas.
Un soldado de la ocupación alemana permanece de pie en la costa de Jersey en el verano de 1940.
John y Phyllis Le Breton confiaban tanto en su soldado fugitivo que le permitían leerles cuentos a sus hijos y jugar con ellos, incluida su hija Dulcie.
“Nuestro querido tío Tom, lo queríamos muchísimo. Es mi principal recuerdo de la guerra, y su foto todavía está junto a mi cama”, dijo Dulcie, que cumplirá 90 años en junio.
“Pero aún me pregunto qué le sucedió después de la guerra”.
Tras la liberación de las Islas del Canal en mayo de 1945, Tom -al igual que otros prisioneros de guerra soviéticos supervivientes- fue enviado de vuelta a la URSS. Mientras lo trasladaban de regreso a casa a través de Europa, llegaron a Jersey hasta tres cartas pero luego se instauró el silencio.
Siempre bajo sospecha
Los ex prisioneros de guerra que regresaban a la Unión Soviética solían ser sometidos a controles e interrogatorios en los llamados campos de filtrado del NKVD, la policía secreta. Las autoridades soviéticas a menudo interpretaban su captura como una señal de posible deslealtad o colaboración con el enemigo.
A algunos se les permitió finalmente reintegrarse a la vida normal. Sin embargo, muchos fueron tachados de poco fiables, enfrentaron obstáculos para encontrar trabajo y ascender y vivieron bajo una constante sospecha.
Algunos fueron condenados y enviados a campos de trabajo dentro de la URSS. Incluso después de la muerte del dictador soviético Josef Stalin en 1953, el estigma asociado a los ex prisioneros de guerra no desapareció de la noche a la mañana.
John y Phyllis Le Breton conocían el riesgo real que suponía mantener oculto al prisionero de guerra fugado.
Tom firmaba sus cartas a los Le Breton como “Bokijon Akram”, pero ni ellos ni los historiadores de Jersey conocían su nombre completo ni su procedencia exacta.
Entonces, un equipo de la BBC en ruso se unió a la búsqueda.
Aunque llevamos años trabajando con archivos soviéticos y de la Segunda Guerra Mundial, este caso supuso un reto particular.
Tom firmaba en inglés, y no estaba claro cómo se habría escrito en ruso, el idioma utilizado en los documentos oficiales de la URSS en aquel momento.
Consultamos decenas de registros y cientos de variantes ortográficas, reduciendo gradualmente la búsqueda con los detalles que había anotado en su diario.
Según esas anotaciones, parecía que tenía unos 30 años cuando fue movilizado en 1941, que había luchado y había sido capturado en el territorio de la actual Ucrania, y que podría tener orígenes en Asia Central.
La búsqueda se redujo entonces a una posible coincidencia: Bokejon Akramov, nacido en 1910 y movilizado desde Namangán, en lo que hoy es Uzbekistán.
Prisioneros de guerra soviéticos y trabajadores esclavizados en uno de los campos de las Islas del Canal.
Encontramos un registro que indicaba que décadas después le habían otorgado la Orden de la Guerra Patriótica. Fundamentalmente, dicho registro incluía su domicilio.
En ese momento, un equipo de la BBC Uzbek se unió a la búsqueda y viajó a Namangán para comprobar la dirección, con la esperanza de que alguien allí recordara a Bokejon o lo reconociera por las fotografías conservadas por la familia Le Breton.
“¿Cómo es que tienen fotos de mi abuelo? ¿De dónde las sacaron?”, preguntó un hombre que abrió la puerta a la BBC.
Se llamaba Shamsutdin Akhunbaev y era nieto de Bokejon Akramov.
Jardinero en una fábrica
Al escuchar la historia detrás de las fotografías de la guerra, Akhunbaev se emocionó hasta las lágrimas.
Según la familia, Bokejon rara vez hablaba de sus experiencias en la Segunda Guerra Mundial.
Pero algo siempre les había intrigado. A pesar de ser claramente inteligente y capaz, le negaron repetidamente trabajos especializados o delicados. Durante muchos años, trabajó como jardinero en una fábrica en Namangán.
Ahora parece posible que su cautiverio durante la guerra también haya ensombrecido su vida laboral.
Bokejon Akramov falleció en 1996, tras una vida larga y feliz, según su familia. Su hija también falleció posteriormente.
La BBC ayudó a organizar una videollamada entre su familia en Uzbekistán y Dulcie Le Breton, quien aún vive en Jersey.
“Querida Dulcie, le agradecemos a tu familia su valentía y bondad”, le dijo Shamsutdin Akramov. “Nuestro abuelo sobrevivió a la guerra y nos dio la vida solo gracias a ti. Estamos muy felices de haberte encontrado. Te invitamos a Uzbekistán y siempre te recibiremos con los brazos abiertos en nuestra casa”.
“Mis padres hicieron lo que hicieron simplemente porque era lo correcto”, respondió Dulcie Le Breton. “Y no fueron los únicos en Jersey que ayudaron a los soldados soviéticos. Hubo docenas de historias similares, y me gustaría mucho que la gente las conociera y las recordara todas”.
Tras conocer la historia, las autoridades de Uzbekistán decidieron otorgar póstumamente a John y Phyllis Le Breton la Orden de la Amistad, una de las más altas condecoraciones estatales, por su “valentía y compasión”.
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Hace seis años, Marta Jiménez Serrano se levantó una mañana de sábado de invierno en la casa donde vivía con su pareja. Horas después, se desplomó en el suelo del baño.
Ni ella ni él sabían que estaban muriendo. Una caldera sin los controles adecuados del departamento que alquilaban llevaba tiempo liberando monóxido de carbono dentro de la vivienda y, poco a poco, los estaba intoxicando en silencio.
Pasaron varios años hasta que Jiménez Serrano pudo “colocar el trauma en su lugar” y encontrar las palabras para contar aquella experiencia. Con el tiempo, entendió que ese encuentro cercano a la muerte le había cambiado su forma de mirar la vida.
“En el fondo, el libro habla del duelo por aquella niña que no sabía que iba a morir”, dice la escritora española, de 35 años, nacida en Madrid.
“Durante un tiempo vivimos sin ser realmente conscientes de nuestra propia muerte, y ese es un tiempo feliz del que, de alguna manera, hay que despedirse”, agrega.
Tras su primera novela “Los nombres propios” (Sexto Piso, 2021) Jiménez Serrano se convirtió en una de las nuevas y más talentosas voces de la literatura en español.
En su último libro, “Oxígeno” (Alfaguara, 2025), la autora parte de una experiencia traumática para explorar la incertidumbre que define a su generación, desde las nuevas formas de entender el amor y la familia hasta los problemas materiales más elementales como es el acceso a la vivienda.
Marta Jiménez Serrano habló con BBC Mundo en el marco del Hay Festival, que se celebra del 4 al 6 de septiembre en Querétaro, México.
“Oxígeno” es un relato íntimo sobre una experiencia cercana a la muerte. Después de casi seis años de aquel episodio, ¿qué cambió en tu manera de mirar la vida?
Me obligó a hacerme preguntas propias de la crisis de la mediana edad, como por qué se mueren nuestros padres o por qué enfermamos, pero en mi caso todas se concentraron en un mismo momento.
También me llevó a reflexionar de una manera más profunda sobre la muerte, lo que me hizo valorar más la vida y, paradójicamente, tomármela con menos prisa.
A veces damos por hecho que los placeres y los disgustos nos vienen dados, o que algo que la sociedad considera un placer necesariamente tiene que serlo para nosotros. Ahora pienso más en lo que realmente quiero y necesito. Está bien preguntarse qué es lo que de verdad nos hace sentir a gusto.
Así que sí, aquella experiencia me llevó a hacerme todas esas preguntas.
Antes de aquel episodio te definías como hipocondríaca. ¿Crees que atravesar una experiencia así te ayudó a mirar los problemas en perspectiva?
Sí, totalmente, aunque creo que hubo dos tiempos. No me gusta ir a la segunda etapa sin recordar primero que hubo un momento en el que los miedos se dispararon, algo bastante común después de una experiencia cercana a la muerte.
Tuve que trabajar esos miedos en terapia, entender de dónde venían, hasta que llegó un momento en que empecé a sentirme mejor. Diría que ahora estoy incluso mejor que antes del accidente y creo que todo pasa por la aceptación.
En el fondo, el libro habla del duelo por aquella niña que no sabía que iba a morir. Durante un tiempo vivimos sin ser realmente conscientes de nuestra propia muerte, y ese es un tiempo feliz del que, de alguna manera, hay que despedirse.
Aceptar que uno va a morir, que no sabe cómo ni cuándo ocurrirá y que no puede hacer nada para impedirlo terminó por quitarme el miedo a la muerte.
De algún modo, llegas a un punto en el que primero piensas: “No hay nadie al volante”. Y entras en pánico. Pero después entiendes que tampoco te corresponde conducir. Entonces simplemente miras por la ventana y disfrutas del viaje mientras dure.
¿El miedo a la muerte crees que nos protege o nos limita?
Es una buena pregunta. Seguramente, un poco de ambas. El miedo a la muerte es lo que nos hacía salir corriendo cuando aparecía un tigre y lo que nos ha permitido llegar hasta aquí.
El miedo puede ser una emoción muy útil, pero hay que saber calibrarlo, educarlo y reconocer cuándo conviene escucharlo.
También creo que la conciencia de la finitud es algo personal, porque como especie llevamos aquí miles de años. En ese sentido, esa limitación que impone la conciencia de la propia muerte puede aliviarse a través de un cierto sentido de comunidad.
Creo que pensar a la muerte únicamente como una limitación es individualista, si entendemos que la vida continúa después de nosotros. No nuestra vida, sino la vida de los otros. Así creo que podemos relacionarnos con ella de una manera más amable.
“El susto no es morirse: el susto es que te dé igual”, escribes. ¿Qué significa que la muerte pueda llegar a dejar de darnos miedo?
Sí, cuando estaba intoxicada y me estaba muriendo, lo más impresionante fue que no sentía angustia ni miedo. Tampoco tenía del todo claro lo que estaba pasando.
Lo que me dio miedo después, al mirar atrás, fue darme cuenta de que me habría quedado allí. No tenía ningún impulso de resistencia ni de huida. Estaba completamente entregada a esa partida.
Eso es muy impresionante, sobre todo, cuando vuelves a tomar conciencia y a aferrarte a la vida.
Has convertido una experiencia traumática en un libro. ¿Qué puede aportar la escritura a la hora de procesar un trauma?
La escritura puede ayudar a colocar el trauma en su lugar. También a acompañar ese proceso.
De todos modos, siempre digo que hice mucha terapia. La terapia no son las sesiones de terapia, sino también lo que pasa entre una sesión y otra. Y entre una y otra sesión, yo escribí un libro.
A mí la escritura me ayuda a relacionarme conmigo misma, a relacionarme con la introspección y a entender el mundo que me rodea. Entonces, en un evento traumático, creo que es una herramienta útil.
También creo que toda literatura surge de un evento traumático o de un conflicto. Si estuviéramos súper felices y conformes, no nos ponemos a escribir, nos pedimos una cerveza y ya. Toda escritura nace de un conflicto.
Entre 5.000 y 10.000 personas se intoxican con monóxido de carbono cada año en España.
¿Escribir sobre esta experiencia te sirvió para cerrar algo?
Sí, a mí la escritura me ayuda a cerrar. Siempre que termino un libro siento que cierro ese tema en mi cabeza, aunque sea por un tiempo, aunque después vuelva a él desde otro lugar.
Hubo muchos momentos en los que pensé que no iba a terminarlo, porque no lograba ordenar lo que había vivido. Hasta que entendí lo que me había pasado. Entonces me eché a llorar y pude terminarlo.
En la docencia se suele decir que uno entiende realmente algo cuando es capaz de explicárselo a los demás. Con un libro ocurre algo parecido. Creo que poder contárselo a los demás demuestra que, de alguna manera, lo has ordenado y comprendido.
El trauma suele dejar una memoria fragmentada, llena de lagunas. ¿Cómo conviertes esa memoria incompleta en una historia?
Ese ha sido uno de los retos del libro.
La literatura es, por naturaleza, una forma de ordenar la experiencia. El lenguaje es secuencial: una palabra va detrás de otra. Y, de algún modo, quería transmitir esa fragmentación de la memoria, ese desorden del duelo y esa lógica propia del tiempo traumático.
“Que sepa el lector que toda ilusión de sentido es una fantasía”, escribo en mi libro. Y lo hago porque creo que cuando uno cuenta algo caótico o devastador, siempre tiene la sensación de estar narrándolo de una forma más ordenada y coherente de lo que ha sido.
Es cierto que combinas fragmentos y saltos hacia atrás y hacia adelante en el tiempo.
Sí, uno de los retos era intentar transmitir ese desorden. De ahí la fragmentación, los saltos hacia atrás y hacia adelante en el tiempo. De ahí también la incorporación de voces ajenas o incluso de extractos de periódicos.
En definitiva, intentaba transmitir, en la medida de lo posible, una vivencia desordenada. Y eso es difícil a la hora de hacer en un libro, porque la escritura te pide precisamente lo contrario: ordenar la experiencia para poder contarla.
El episodio en el que se centra tu novela ocurrió dentro de la vivienda donde vivías, un lugar supuestamente seguro.
Sí, esta experiencia cercana a la muerte la viví en mi propia casa, un sábado por la mañana. Entonces, de repente, sentí que no existía ningún lugar verdaderamente seguro y que uno podía morir en cualquier momento y en cualquier sitio.
También apuntas a la crisis de la vivienda en España, dado que ocurre en un departamento alquilado al que le faltaban ciertos controles. ¿Cómo crees que la dificultad para acceder a una vivienda marca a tu generación?
Nos afecta muchísimo. Yo creo que lo que intenté en el libro es justamente vincular esa necesidad material con sus consecuencias emocionales e íntimas.
Todos conocemos las cifras y los datos, pero el problema es que no poder contar con un hogar en el que descansar afecta nuestra idea de futuro, condiciona la posibilidad de formar una familia e incluso erosiona nuestro sentido de la estabilidad.
Hay una pregunta de fondo que atraviesa todo esto: ¿dónde puedo echar raíces?, ¿dónde puedo poner el pie y quedarme? Y creo que esa incertidumbre está teniendo muchísimas consecuencias en nuestra generación.
Dices que es difícil llamar hogar a un lugar donde ni siquiera puedes colgar un cuadro y lo comparas con nuestras abuelas que podían llegar a vivir toda la vida en la misma casa. ¿Cómo piensas ese contraste?
Marco ese contraste entre nuestra vida y la de nuestras abuelas porque también pienso que ellas pudieron sentirse asfixiadas por no salir nunca de su pueblo. Tampoco se trata de idealizar aquella realidad.
Aun así, contar con una base mínima de estabilidad es fundamental para construir un futuro, una intimidad y una rutina. El precio de la vivienda ha aumentado enormemente en comparación con los salarios, algo que no ha ocurrido en la misma medida con otros aspectos de la vida.
Entiendo que se trata de un problema transversal que afecta a España, pero también a otros países de Europa y a buena parte de América Latina.
Hemos terminado metiendo la vivienda en el mismo saco que cualquier otra propiedad o bien de consumo. Pero no hay que perder de vista que, además de ser una propiedad privada, también responde a una necesidad básica y cumple una función social.
Al final, todo el mundo debería poder contar con un techo bajo el que vivir.
Jiménez Serrano reflexiona sobre el desafío del acceso a la vivienda en España.
El problema de la vivienda parece reflejar una de las tensiones centrales de nuestra generación. ¿Crees que disfrutamos de más libertad, pero también de una mayor sensación de incertidumbre?
Sí, totalmente. En el caso de la vivienda, la diferencia está en si uno se muda porque quiere o porque no le queda más remedio.
Me parece peligroso idealizar la vida de nuestras abuelas, porque muchas veces no era que no quisieran mudarse, sino que no podían. Tampoco podían salir de sus pequeños entornos rurales ni acceder a estudios que hoy damos por sentados.
Pero, claro, esta situación también nos llena de incertidumbre.
Lo ideal sería poder mudarse por elección y no por obligación. Sin embargo, la precariedad de muchos contratos hace que vivamos con el temor constante de que el casero nos eche de casa o de que surja algún problema que escape por completo a nuestro control.
¿Cómo crees que la crisis de la vivienda afecta el modo de pensar una familia?
Creo que mucha gente no tiene hijos porque no puede y mucha otra tiene menos de los que le gustaría, o solo uno, porque no cabe en casa, porque no puede permitirse una vivienda más grande o porque una parte enorme de sus ingresos se va en pagar el alquiler o la hipoteca, dejando menos margen para otras necesidades básicas.
Antes una familia podía acceder a una vivienda con un solo sueldo, ahora ni siquiera dos son suficientes. Eso hace que dependamos de dos ingresos para sostener un hogar y también dificulta que una de las personas pueda dejar de trabajar durante los primeros años de crianza.
Muchas veces, sencillamente, no es una opción.
Si tuvieras que sintetizar el espíritu de tu libro en una idea, ¿dirías que tiene que ver con ese momento en que un lugar seguro deja de serlo?
Sí, totalmente. Creo que el libro habla de esa toma de conciencia de la fragilidad, incluso de aquello que dábamos por sentado. Y también de cómo me relaciono con esa certeza.
Una vez que me doy cuenta de que todo puede terminar de un día para otro, la pregunta pasa a ser: ¿cómo coloco eso en mi vida y cómo convivo con ello?
Y esto se conecta con lo que decía antes: primero llega el miedo y después, poco a poco, la aceptación.
Llega un momento en que dejas de resistirte y piensas: “Bueno, esto es lo que hay”. Entonces lo único que queda es disfrutar de la fiesta mientras las luces sigan encendidas.
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La Unión Africana ganó una batalla mundial al conseguir que la ONU apruebe una resolución para cambiar el mapa del planeta.
La Asamblea General de la ONU votó el viernes a favor de sustituir el mapamundi tradicional por uno que refleje con mayor precisión el tamaño de África, que habitualmente se muestra como de menor importancia en la cartografía.
La organización que reúne a todos los países africanos se sumó hace un año a una campaña para que se deje de utilizar la proyección de Mercator para los mapamundis.
La campaña, denominada Correct The Map (“Corrijan el mapa”), busca evitar que los gobiernos, las organizaciones, las escuelas y las empresas representen en sus mapas al continente africano más pequeño de lo que realmente es.
“Podría parecer que es solo un mapa, pero realmente no lo es”, le dijo entonces la vicepresidenta de la Comisión de la Unión Africana, Selma Malika Haddadi, a la agencia Reuters.
La proyección de Mercator, inventada en el siglo XVI por el cartógrafo europeo Gerardus Mercator, muestra más grandes los territorios más cercanos a los polos, como Norteamérica y Europa, con respecto a aquellos que se ubican cerca de la línea del ecuador, como África y Sudamérica.
Esta fue la solución que Mercator encontró a un problema matemático: representar en una superficie plana un planeta esférico.
La campaña Correct The Map promueve adoptar una proyección que se conoce como Equal Earth, que refleja con mayor precisión el tamaño de los continentes.
Los mapamundis que siguen la proyección de Mercator son los que usan por defecto aplicaciones como Google Maps, y son posiblemente los que más han configurado nuestra imagen mental del planeta.
“Durante más de 450 años, hemos basado nuestra comprensión de África y del mundo en un mapa que es erróneo”, se lee en el sitio web de Correct The Map.
El movimiento defiende que la distorsión en el tamaño de los continentes en el mapa se trata de un problema de “poder y percepción”.
La directora ejecutiva de Africa No Filter, una de las organizaciones detrás de la campaña, calificó la proyección de Mercator como “la mayor campaña de desinformación”.
Un problema matemático
Resulta matemáticamente imposible proyectar de manera exacta una superficie curva como la de la Tierra sobre una plana, como un papel o una pantalla.
Por eso, todos los planos de la superficie terrestre están necesariamente distorsionados. Dependiendo de la técnica que se utilice para crearlos, el tamaño, la forma y la ubicación de los continentes cambia.
Los cartógrafos desde hace siglos son conscientes de ese problema y lo solucionan según el uso que le quieran dar al mapa.
Mercator hizo su famosa proyección, que se convirtió en la más popular de la historia, pensando en una necesidad específica: la navegación.
Y consiguió que, usando su mapamundi, un navegante supiera en qué dirección debía ir según la brújula para llegar de un punto a otro.
El problema que tiene la proyección de Mercator es que exagera el tamaño de los países a medida que estos se alejan de la línea del ecuador.
Esto ocurre porque es una proyección cilíndrica, que presenta los meridianos como líneas paralelas equidistantes.
Los meridianos en realidad son líneas que se encuentran en los polos; es decir, la distancia entre ellas va disminuyendo a medida que se alejan del ecuador.
La distorsión que caracteriza a la proyección de Mercator hace que, por ejemplo, se vean de tamaño similar Groenlandia y África, cuando en realidad el continente africano es unas 14 veces más grande.
Brasil, por su parte, es cinco veces más grande que Alaska, aunque en el mapa parezcan de dimensiones parecidas.
“Un mundo justo comienza con un mapa justo”
La resolución votada de forma afirmativa por la Asamblea General de la ONU fue patrocinada por Togo y respaldada por la UA.
Obtuvo el apoyo de 164 naciones, el voto negativo de Estados Unidos y la abstención de seis países: Estonia, Georgia, Lituania, Moldavia, Serbia y Ucrania.
La resolución de la ONU no obliga a ningún país a adoptar el nuevo mapa.
Previo a la votación de este viernes, el ministro de Asuntos Exteriores de Togo, Robert Dussey, le dijo a Reuters que “un mundo justo comienza con un mapa justo”.
“Un mapa nunca es neutral. Moldea las percepciones e influye en cómo se entiende el lugar de los pueblos y los continentes en el mundo”, dijo anteriormente en una sesión informativa de la ONU.
Dussey contaba con el respaldo del ministro de Asuntos Exteriores de Francia, Jean-Noël Barrot, quien afirmó que la Cancillería dejaría de utilizar el mapa de Mercator.
“Cambiar el mapa obviamente no cambia el mundo. Pero corregir una representación que lo distorsiona ya es un acto de verdad”, dijo.
*Este artículo fue publicado originalmente el 18 de agosto de 2025 y actualizado el 4 de septiembre de 2026 con la resolución de la ONU respecto al mapa.
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Pedro Salazar lleva décadas estudiando la relación entre el derecho, la democracia y el poder.
Pero en los últimos años, el abogado, filósofo político y profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), ha volcado su atención hacia la inteligencia artificial (IA) y su impacto en esos campos.
Autor de La democracia constitucional (2006), Crítica de la mano dura (2012) y Derecho y poder (2013), Salazar sostiene en su obra más reciente, Totalitarismo total (Taurus, 2026), que la inteligencia artificial está acelerando una concentración de poder sin precedentes en manos de unos pocos.
Asegura que, a diferencia de otras revoluciones tecnológicas, la inteligencia artificial no solo está transformando la economía y los modelos productivos, sino también la cultura y la opinión pública, e incluso tiene la capacidad de difuminar la realidad.
El abogado mexicano sostiene que este proceso está desdibujando las fronteras entre el poder económico, político e ideológico, y advierte que la convergencia de estas tres esferas plantea un gran desafío para las democracias liberales.
Asimismo, Totalitarismo total aborda la competencia tecnológica entre EE.UU. y China, los intentos regulatorios de Europa, y la creciente normalización de prácticas que, a su juicio, reflejan una preocupante deriva autoritaria.
Pedro Salazar habló con BBC Mundo en el marco del Hay Festival de Querétaro, que se celebra del 4 al 6 de septiembre.
Pedro Salazar, autor de Totalitarismo Total.
Usted abre su libro con los ataques de EE.UU. contra embarcaciones en el Caribe ejecutados con inteligencia artificial. Dada la repetición de estos operativos, la falta de transparencia y las dudas legales, ¿son casos aislados o se están convirtiendo en una forma normalizada de ejercer el poder?
Creo que fueron apenas el anuncio de algo que ha venido intensificándose desde entonces.
El uso de la inteligencia artificial para ejercer la violencia desde el poder se está multiplicando.
Lo vimos nuevamente en Venezuela con la intervención norteamericana para la detención y extracción del presidente [Nicolás] Maduro, que se realizó utilizando herramientas de inteligencia artificial de Anthropic. Eso incluso generó tensiones entre la empresa y el gobierno de EE.UU.
No son casos aislados. En los meses posteriores también hemos visto un mayor uso de estas herramientas en conflictos bélicos, especialmente en Medio Oriente, por países como Israel y EE.UU.
¿Estamos viendo entonces una normalización de estas prácticas?
Lamentablemente, creo que estamos viendo una normalización de estas prácticas. Recientemente un dron operado completamente por inteligencia artificial mató a tres personas en Ucrania.
La decisión y la ejecución fueron realizadas por un dron con inteligencia artificial.
Aquello que antes parecía ciencia ficción, como en Terminator, hoy empieza a convertirse en una realidad que debería preocuparnos profundamente.
¿En quién recae la responsabilidad de estos ataques cuando interviene inteligencia artificial? ¿En los gobiernos, los operadores, las empresas?
En cuanto a la responsabilidad, en el contexto bélico esta recae en el Estado que utiliza estas herramientas como armas letales. Es decir, en el gobierno que las autoriza.
El problema es que se trata de una responsabilidad muy amplia en la que se diluyen los responsables concretos.
A medida que los sistemas de inteligencia artificial adquieren mayor autonomía, la línea entre desarrolladores, diseñadores, operadores y decisiones tecnológicas se vuelve cada vez más difusa. Es un problema jurídico enorme.
Aun así, cuando hablamos de posibles crímenes de guerra, la responsabilidad última corresponde a las autoridades del Estado que ordenan y ejecutan estas acciones.
¿En qué se diferencia el “totalitarismo total” del totalitarismo del siglo XX?
Yo utilicé deliberadamente el pleonasmo “totalitarismo total” porque considero que la concentración de poder hoy es mayor que la del siglo XX.
Durante ese período, en los sistemas totalitarios ya había una concentración entre poder político, poder económico y poder ideológico, e incluso había toda una estrategia de propaganda ideológica por parte de sus Estados.
Pero hoy se ha multiplicado de manera exponencial. Los Estados tienen mayor capacidad de control de espionaje, de trazabilidad sobre la vida de sus gobernados. Tienen una capacidad enorme de interferir en sus vidas privadas.
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La capacidad actual de manipular las ideas de las personas mediante IA es algo que nunca habíamos imaginado en el pasado”.
Además, existe una alianza con la industria tecnológica, especialmente en los dos grandes polos de desarrollo de inteligencia artificial: China y Estados Unidos.
Eso permite, además, contar con cantidades ingentes de recursos económicos, concentrados en muy pocas manos.
Al mismo tiempo —y este es quizá el elemento más importante de mi tesis—, utilizan herramientas, en este caso de inteligencia artificial, que tienen una enorme capacidad para condicionar y orientar los patrones de comportamiento y la cultura de las sociedades.
Es decir, la capacidad actual de manipular las ideas de las personas mediante IA es algo que nunca habíamos imaginado en el pasado y, por supuesto, no tiene nada que ver con las estrategias propagandísticas de los Estados totalitarios de entonces.
En ese sentido, me parece que la lógica totalitaria —que, además, Hannah Arendt describe muy bien en sus textos— consiste en acumular, ampliar y conservar el poder, incluso a costa de las libertades y en contra de los derechos de las personas.
Usted habla de China y de Estados Unidos, y de las alianzas entre la industria tecnológica y el poder político en ambos países. ¿Hasta qué punto son comparables esas situaciones?
Pensemos en ello como dos polos. El Estado chino, uno de los dos grandes desarrolladores de inteligencia artificial, que está en franca y abierta competencia con el otro, EE.UU.
La lógica del Estado chino es la de controlar la vida de las personas, y hoy esa lógica se sostiene en la tecnología como un instrumento central. China, además, no pretende ni busca aparentar ser un Estado constitucional y democrático.
El otro polo fue, a lo largo del siglo XX —especialmente en su segunda mitad—, el modelo de Estado democrático que representó EE.UU. Un país que, con todas sus falencias e hipocresías, se presentaba y se ostentaba como un Estado en el que las libertades, los derechos y los límites al poder eran precisamente lo que lo distinguía del resto del mundo.
Fue, además, el modelo que muchos países comenzaron a seguir.
Hoy, sin embargo, ya no es eso. Aunque algunas instituciones resisten —y hay que reconocerlo, como en el caso del poder judicial—, el gobierno de EE.UU. ha adoptado un discurso y una retórica en la que los contrapesos al poder ejecutivo parecen estorbos y las libertades individuales pasan a un segundo plano.
Salazar advierte que es preocupante que en el mundo actual se esté concentrando tanto poder en manos de unos pocos.
Hoy es un país en el que puede existir una organización como ICE, que actúa como un brazo coercitivo del Estado y que, de manera sistemática, comete abusos y violaciones de derechos humanos contra las personas más vulnerables, especialmente migrantes.
La tendencia apunta a una competencia entre estos dos polos por dominar la inteligencia artificial que, lamentablemente, como advirtió Vladimir Putin, se está convirtiendo en una disputa por ver quién termina dominando el mundo.
En esta carrera parece que Europa está quedando regazada, ¿qué implica eso?
En Europa, desde hace algunos años, existe un importante esfuerzo regulatorio en materia tecnológica. Me refiero, en particular, a las iniciativas impulsadas por la Unión Europea, en las que España desempeñó un papel destacado.
Al intentar implementar la regulación, surgieron grandes dificultades prácticas y se hizo evidente que la velocidad de la innovación tecnológica superaba la capacidad de regulación con los instrumentos existentes.
Esto llevó a una revisión de la legislación. Europa ha quedado atrasada y con un marco regulatorio muy estrecho.
¿A que se debe el rezago de América Latina?
América Latina tiene una realidad distinta. En general, ningún Estado ha hecho un esfuerzo significativo de desarrollo propio en inteligencia artificial.
Quizá el caso más avanzado, o al menos con debates más interesantes, es Brasil, donde incluso existen marcos regulatorios más desarrollados, aunque también polémicos.
En el resto de los países, la discusión es más bien marginal. Argentina ha planteado que quiere aprovechar la industria tecnológica como motor de desarrollo económico, según ha señalado su presidente, pero en la práctica todavía no se observa un avance claro en esa dirección.
En México, hay una serie de iniciativas muy diversas. Hay leyes, sentencias judiciales, propuestas de actos administrativos, pero no parecen estar orientadas de forma coherente ni al desarrollo tecnológico ni a la innovación. Tampoco hay demasiada claridad sobre qué se quiere regular exactamente.
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Que una mayoría controle el Parlamento o cuente con respaldo electoral no garantiza que sus decisiones sean democráticas”
Usted en su libro también habla de democracia. ¿Cree que el mundo actual en el que vivimos mediado por algoritmos es compatible con la democracia liberal o la está transformando?
En realidad, estamos viviendo una transformación de nuestra civilización que desafía profundamente la democracia tradicional, desde el punto de vista institucional.
Uno puede mantener firmes los principios que caracterizan a una democracia —la libertad, la libertad de expresión, el acceso a la información, la deliberación pública— y seguir considerándolos bienes fundamentales que deben garantizarse.
El problema es que hoy garantizarlos es mucho más difícil, entre otras cosas porque la realidad algorítmica va moldeando la conversación pública, distorsionando los discursos y los parámetros de acuerdo sobre la veracidad de los hechos.
Los algoritmos tienen además una capacidad muy poderosa para confirmar los prejuicios de las personas, con lo cual se reduce la disposición a escuchar argumentos distintos.
Y en ese sentido se inhibe la deliberación, que es una condición necesaria para una democracia liberal digna de ese nombre.
Cada vez más personas ponen en duda quién tiene realmente el peso decisivo en las alianzas alianza entre los gobiernos y las grandes empresas tecnológicas. ¿Qué piensa usted?
En el caso de China no hay duda de que es la planificación y la lógica del Estado chino —no necesariamente solo del gobierno, sino del Estado en sentido amplio— la que se impone y termina condicionando las decisiones de una industria tecnológica también muy poderosa y con muchísimos recursos, pero claramente subsumida a la lógica del poder estatal.
En el caso de EE.UU., el juego es más abierto. Ha habido momentos de tensión entre las distintas administraciones: la primera de Trump, la de Biden y ahora la segunda de Trump.
Aunque en esta segunda administración de Trump, la alianza ha sido mucho más explícita y más pública.
Es una alianza en la que ambas partes juegan a ganar lo que quieren ganar.
La industria tecnológica, en una lógica de competencia entre actores —porque también compiten entre sí—, busca capacidades para desarrollar tecnología sin demasiados límites, sin controles o sanciones por parte del gobierno.
Pero hay una tensión estructural que probablemente se haga más visible con el tiempo en la democracia estadounidense.
Porque, a diferencia de los magnates tecnológicos, los presidentes tienen un tiempo limitado en el cargo, mientras que los dueños de las grandes empresas tecnológicas pueden proyectar su poder en un horizonte mucho más largo.
Salazar afirma que durantela segunda administración del presidente Donald Trump, la alianza entre el poder político y los grandes grupos tecnológicos ha sido “mucho más explícita y más pública”.
Algunos analistas sostienen que también estamos perdiendo la capacidad de reconocer el autoritarismo. ¿Está de acuerdo?
Sí. Puede sonar fuerte decirlo, pero me parece que nos hemos ido acostumbrando a vivir en una lógica en la que el poder se sitúa por encima de los derechos.
Y esa cultura de aceptar que nuestros derechos pueden quedar subordinados a la voluntad del poder es profundamente autoritaria.
Lo preocupante es que muchas de esas prácticas terminan normalizándose. Desde luego, existen protestas, denuncias y medios de comunicación que las señalan.
Sin embargo, hay casos que deberían generar una reflexión más profunda.
Pienso, por ejemplo, en el papel que desempeña ICE en EE.UU. Se trata de una institución que ha sido objeto de numerosas críticas por abusos, uso excesivo de la fuerza y falta de rendición de cuentas.
Cuando una sociedad acepta que determinadas personas pueden ser privadas de libertad o sometidas a abusos sin las debidas garantías, se pone en juego la cultura democrática y nuestra capacidad para reconocer los límites que el poder nunca debería cruzar.
¿Qué riesgos ve usted en América Latina frente a este fenómeno? ¿La debilidad institucional hace a la región más vulnerable?
Creo que sí. América Latina presenta vulnerabilidades particulares debido a la fragilidad de muchas de sus instituciones democráticas.
También hemos normalizado, en demasiados casos, la existencia de regímenes claramente autoritarios.
Los casos de la Nicaragua de Daniel Ortega y de El Salvador bajo el liderazgo de Nayib Bukele son emblemáticos.
En ambos, la concentración de poder, el debilitamiento de los controles institucionales y el uso expansivo de las capacidades coercitivas del Estado han sido ampliamente documentados y, sin embargo, suelen ser tolerados o incluso respaldados por amplios sectores de la ciudadanía.
Más allá de las diferencias ideológicas entre gobiernos de izquierda o de derecha, que no es la discusión central, lo cierto es que en varios países de América Latina observamos una misma tendencia: la expansión de prácticas, narrativas y políticas cada vez más orientadas hacia la vigilancia, el control y el fortalecimiento de las capacidades policiales del Estado.
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En distintas partes del mundo, y también en América Latina, observamos una creciente tolerancia hacia prácticas que concentran poder y debilitan los contrapesos institucionales”
En ese sentido, sí me parece que estamos atravesando tiempos marcados por una nueva ola de tendencias autoritarias a escala global.
En el libro usted habla del concepto de “pleonocracia”, ¿en qué momento una democracia corre el riesgo de convertirse en una pleonocracia?
El concepto pertenece al filósofo italiano Michelangelo Bovero. Él retoma la posibilidad de que las mayorías políticas también se vuelvan tiránicas.
Que una mayoría controle el Parlamento o cuente con respaldo electoral no garantiza que sus decisiones sean democráticas.
Las mayorías pueden vulnerar derechos fundamentales, y por eso los derechos humanos pueden entenderse también como límites frente al poder de las mayorías.
Esa es la razón por la que las democracias constitucionales necesitan contrapesos, límites legales e instituciones independientes capaces de contener el ejercicio del poder.
Lo que añade Bovero es que, en algunos países, los propios actores políticos han aprendido a alterar las reglas del juego para fabricar mayorías artificiales. Es decir, mayorías que no reflejan necesariamente la pluralidad de la sociedad, pero que logran apropiarse de las instituciones representativas.
Una vez instaladas en el poder, esas mayorías suelen invocar la voluntad popular para justificar decisiones que reducen derechos, debilitan controles institucionales o afectan a las minorías.
Para finalizar, la inclusión de un capítulo sobre el amor quizá puede parecer inesperada en un libro sobre poder, tecnología y autoritarismo…
Sí, y sin embargo creo que es uno de los capítulos más importantes del libro.
Estoy convencido de que las relaciones afectivas, emocionales y amorosas entre las personas han sido históricamente uno de los principales antídotos frente a la concentración del poder y frente a las lógicas totalitarias.
En ese capítulo rindo homenaje a George Orwell.
En 1984, Orwell comprendió algo fundamental: lo que resulta verdaderamente incompatible con el totalitarismo no es solo la libertad política, sino también la existencia de vínculos humanos auténticos.
El amor, entendido como solidaridad, cuidado mutuo y compromiso entre las personas, crea espacios de libertad que el poder tiene dificultades para controlar.
Lo preocupante es que muchas de las tecnologías contemporáneas están contribuyendo, de manera creciente, a sustituir esos vínculos humanos por relaciones mediadas por sistemas artificiales.
Hay personas que comienzan a establecer lazos afectivos significativos con chatbots y asistentes digitales.
A mi juicio, eso plantea un problema profundo. No porque las máquinas puedan sentir, sino precisamente porque no pueden hacerlo. La máquina no ama, no cuida y no comparte nuestra condición humana.
Sin embargo, puede generar en nosotros la sensación de cercanía, comprensión o afecto.
Al mismo tiempo, esas interacciones producen enormes cantidades de información personal que terminan alimentando modelos de negocio basados en la recopilación y monetización de datos.
De ese modo, una relación que parece emocionalmente significativa se convierte también en una fuente de valor económico para las empresas que desarrollan la tecnología.
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