Opinión: Melinda French Gates: mujeres, merecemos algo mejor

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A principios del siglo XX, el parto en Estados Unidos tenía un aspecto muy distinto de lo que se ve hoy en día en la mayoría de las salas de partos.

En muchos partos hospitalarios se practicaba la “anestesia crepuscular”, un cóctel de fármacos que dejaba a la mujer inconsciente durante el alumbramiento. Si comenzaba a agitarse, como solía ocurrir, podían atarla a la cama. No tenía seres queridos en la habitación que abogaran por ella, ni voz en el proceso. Solo fármacos, desorientación y, al final, un bebé que no recordaba haber traído al mundo.

Casi todos sentimos un escalofrío al pensar en aquella época. Es difícil imaginar cómo llegamos a aceptar una práctica así como lo normal.

A veces me pregunto si mis nietas tendrán una reacción similar cuando recuerden la forma en que nuestro sistema de salud aborda hoy la atención a la menopausia.

Igual que las mujeres que fueron noqueadas para sus partos, las mujeres que atraviesan la menopausia tienen una probabilidad alarmantemente alta de recibir una atención médica completamente deficiente. He aquí una escena que se repite con frecuencia en todo el país: una mujer entra en la consulta de su médico con una serie de síntomas cada vez más debilitantes –sueño destruido, articulaciones adoloridas, corazón acelerado, pérdida de memoria– y sale sin diagnóstico, sin tratamiento y sin plan.

Quizá la conozcas. Quizá hayas pasado por lo mismo. Casi una de cada tres mujeres estadounidenses de más de 40 años experimenta síntomas graves de la menopausia, y esos síntomas pueden ser lo bastante severos como para alterar la vida cotidiana. Para muchas mujeres, la menopausia significa oleadas de depresión que nunca antes habían experimentado o un terrible insomnio. Los cambios hormonales subyacentes que provocan estos síntomas aumentan el riesgo de la mujer de padecer enfermedades cardiovasculares, osteoporosis y ciertos tipos de cáncer.

A menudo, estos síntomas aparecen cuando una mujer está en la cima de su carrera, criando a sus hijos y cuidando a sus padres ancianos. Hay toda una constelación de personas que dependen de ella. La Clínica Mayo calcula que los síntomas relacionados con la menopausia cuestan cada año a Estados Unidos 26.000 millones de dólares en gastos médicos y tiempo de trabajo perdido.

Aun así, solo una de cada cuatro mujeres con menopausia en Estados Unidos recibe tratamiento para sus síntomas. Demasiadas mujeres tienen que enfrentarse a otra noche de insomnio –las articulaciones aún adoloridas, el corazón aún acelerado, la memoria desvaneciéndose–, mientras sus intentos de obtener ayuda del sistema médico no dan ningún resultado.

Cuando noté por primera vez las señales de que empezaba la menopausia, me tocó plantear el tema a mi médico y buscar opciones para controlar mis síntomas. Aunque tengo acceso a una atención de salud excelente y he pasado los últimos 25 años como defensora de la salud de la mujer, había muchas cosas que simplemente desconocía. Aprendí que algunos síntomas pueden tener consecuencias duraderas si no se tratan: el insomnio puede aumentar el riesgo de perder la función cognitiva o desarrollar diabetes tipo 2, y los cambios hormonales pueden provocar enfermedades cardiacas. No es exagerado decir que la atención que recibe una mujer en este momento puede cambiar la trayectoria de su vida.

Me siento afortunada de vivir en una época en la que las mujeres alzan la voz sobre lo que la generación de nuestras madres vivió en silencio, pero la solidaridad no sustituye al cambio sistémico. Por eso estoy ampliando mi trabajo en el ámbito de la salud de la mujer para incluir una financiación adicional significativa para la atención durante la mediana edad y la menopausia. Estas inversiones elevarán mi financiación total para la salud femenina en los últimos dos años a más de 600 millones de dólares.

En un momento en que los derechos de la mujer están siendo atacados y demasiadas mujeres mueren durante el embarazo y el parto, sigo profundamente comprometida con mi larga labor en materia de salud reproductiva y materna. La financiación que anuncié el jueves incluye también apoyo adicional para estas cuestiones. Tenemos que luchar por la salud de las mujeres en múltiples frentes a la vez.

La forma en que nuestra sociedad aborda la menopausia y la perimenopausia refleja los profundos defectos de un sistema de salud que durante mucho tiempo ha tratado a las mujeres como algo secundario. Consideremos el asombroso hecho de que, según una encuesta, menos de un tercio de los programas de residencia de obstetricia y ginecología estadounidenses ofrecen algún tipo de currículo sobre la menopausia. Así es: los médicos que se especializan en nuestros cuerpos no siempre están preparados para acompañarnos en un proceso biológico que todas enfrentaremos.

Más allá de la falta de formación, existen lagunas en el tratamiento y el conocimiento. La proporción de mujeres posmenopáusicas de Estados Unidos que utilizan terapia hormonal, la solución más eficaz para tratar los síntomas de la menopausia en la actualidad, se ha desplomado a menos del 5 por ciento.

Aunque sabemos que la menopausia tiene implicaciones para la salud ósea, cardiaca y cerebral, lo que no sabemos es cómo proteger a las mujeres de estos riesgos.

Necesitamos una revolución de la menopausia en este país. Una mejor formación es un punto de partida obvio. Al incluir la atención a la menopausia en la formación básica y continua de los profesionales médicos, podemos equipar a más de ellos para que ayuden a sus pacientes. Las facultades de medicina y las residencias deben incluir la atención a la menopausia en sus currículos, y los organismos de acreditación y las juntas de concesión de licencias deben convertirla en una parte obligatoria de la formación, no solo para los ginecólogos-obstetras, sino para cualquiera que atienda a mujeres de mediana edad.

También necesitamos la acción de los legisladores, sobre todo a nivel estatal. Quienes impulsan estos cambios deben presionar a los legisladores para que establezcan nuevos requisitos educativos, amplíen la cobertura de los seguros y de Medicaid para los tratamientos de la menopausia y garanticen que las mujeres en la menopausia tengan protecciones en el lugar de trabajo del mismo modo que las tienen en el embarazo –como la posibilidad de tomarse días libres para buscar atención médica–, de modo que puedan seguir haciendo su trabajo sin sacrificar su salud.

Las campañas de educación pública pueden desempeñar un papel esencial a la hora de entablar nuevas conversaciones sobre la menopausia y abordar las barreras estructurales que conducen a disparidades en quien recibe asistencia. En Estados Unidos, las mujeres blancas posmenopáusicas tienen más del doble de probabilidades que las mujeres negras e hispanas de utilizar un tratamiento de terapia hormonal.

Por último, necesitamos más investigación para conocer mejor la gama de cambios hormonales y de otro tipo que se producen con la menopausia y sus implicaciones para el bienestar de las mujeres, y para acelerar nuevos avances y tratamientos. Por cada dólar que el mundo gasta en investigación y desarrollo médico, solo cinco centavos se destinan a la salud de la mujer. Tenemos que cambiar nuestras suposiciones sobre qué cuerpos merecen ser comprendidos.

Vemos algunos destellos de progreso real. Los profesionales de la salud han recibido orientaciones actualizadas sobre la terapia hormonal, lo que podría revertir años de confusión sobre cuándo puede utilizarse de forma segura. Cada vez más empresas ofrecen prestaciones relacionadas con la menopausia, y cada vez más estados promulgan leyes que exigen protecciones en el lugar de trabajo o cobertura del seguro.

Por todo ello, debemos dar las gracias a las mujeres que han alzado la voz sobre sus experiencias y exigido mejoras. Así como una generación anterior afrontó los partos crepusculares, ellas han puesto en marcha un movimiento que impactará la vida de millones de personas.

Melinda French Gates es filántropa, empresaria y defensora mundial de las mujeres y las niñas. Fundó y dirige Pivotal, un grupo de organizaciones que trabajan para acelerar el ritmo del progreso social de las mujeres y los jóvenes.

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