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El daño que el presidente Donald Trump ha infligido a Estados Unidos, y al mundo, es tan enorme y amplio que resulta difícil de comprender.
Abarca desde instituciones públicas y privadas hasta las costumbres y tradiciones democráticas fundamentales, desde el sistema jurídico hasta las universidades, desde víctimas inocentes de fraude hasta las personas a las que se ha engañado haciéndoles creer que las vacunas hacen más daño que bien.
Una forma de comprender la magnitud de la insensibilidad de Trump es analizar un caso concreto. En mayo de 2025, Anjee Davis, directora ejecutiva de Fight Colorectal Cancer, un grupo de defensa de pacientes, declaró a CBS News:
Tenemos una paciente que está recibiendo tratamiento para cáncer colorrectal en estadio IV. Acababa de cumplir los requisitos para entrar en un ensayo clínico que iba a ser su última oportunidad para frenar la propagación del cáncer.
Su ensayo estaba a punto de empezar cuando, de la noche a la mañana, le retiraron la financiación de los NIH, y fue cancelado.
Davis respondió a mi pregunta sobre el caso por correo electrónico. “Esa paciente falleció sin recibir el ensayo clínico con el que contaba”, escribió.
“Lo que nunca sabremos”, añadió Davis, “es si ese ensayo podría haberle dado más tiempo para estar con sus hijos”.
En columnas anteriores he descrito fragmentos de la destructividad de Trump, pero la lista crece todos los días.
Las proyecciones indican que fallecerán millones de hombres, mujeres y niños como consecuencia de sus recortes presupuestarios, realizados sin la aprobación directa del Congreso. Un estudio publicado en The Lancet, la revista médica con sede en Londres, descubrió que los recortes del gobierno de Trump en la financiación de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por su sigla en inglés) “provocarían aproximadamente 1.776.539 muertes de todas las edades y 689.900 muertes de niños menores de 5 años” solo en 2025.
“Durante el resto del periodo”, continúa el estudio, “la desfinanciación completa de la USAID causaría unas 2.450.000 muertes anuales de todas las edades, lo que llevaría a un total de 14.051.750 muertes adicionales de todas las edades y 4.537.157 muertes adicionales de menores de 5 años para 2030”.
Están las víctimas de fraude que nunca recibirán la restitución ordenada por los tribunales porque Trump indultó a los culpables. En un informe de junio de 2025, los demócratas del Comité Judicial de la Cámara de Representantes descubrieron que “los indultos de Trump privan a las víctimas de la asombrosa cantidad de 1300 millones de dólares en indemnizaciones y multas, lo que permite que defraudadores, evasores fiscales y narcotraficantes se queden con ganancias mal habidas”.
La cosa no termina ahí. Estados Unidos puede darle las gracias al presidente por una desregulación medioambiental que podría enfermar y matar a personas por decenas o incluso cientos de miles.
Con Trump, todo sucede de forma tan rápida y desordenada que es fácil olvidar lo que ocurrió hace tan solo un año.
Una investigación de The Associated Press publicada en 2025 descubrió que la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por su sigla en inglés) de Trump pretendía eliminar o debilitar “al menos 30 normas importantes que pretenden proteger el aire y el agua y reducir las emisiones que causan el cambio climático”.
Si tiene éxito, la EPA destrozaría normas sobre contaminación que, según The Associated Press, se calcula que salvan “más de 30.000 vidas al año”.
Al mismo tiempo, el gobierno ha estado cancelando la financiación de investigaciones científicas y médicas que salvan vidas. En noviembre, JAMA Internal Medicine publicó una investigación titulada “Ensayos clínicos afectados por la cancelación de subvenciones de investigación en los Institutos Nacionales de Salud“.
Según JAMA, “en el primer semestre de 2025, los Institutos Nacionales de Salud (NIH, por su sigla en inglés) cancelaron subvenciones para 383 ensayos clínicos únicos, que afectaron a 74.311 personas”.
En un comentario adjunto, dos investigadores, Teva Brender y Cary Gross, escribieron sobre el estudio de JAMA:
Hay una consecuencia más directa y aleccionadora de la finalización prematura y científicamente injustificable de los ensayos: la violación de los principios éticos fundamentales de la investigación con participantes humanos.
Ante todo, es una traición a los principios fundamentales del consentimiento informado para la investigación, [y] los participantes que han estado expuestos a una intervención en el contexto de un ensayo pueden verse perjudicados por su retirada prematura o por un seguimiento y control inadecuados de los efectos adversos.
En el número de octubre de 2025 de la revista Nature Medicine, Marianne Guenot informó que, como consecuencia de las cancelaciones, “al menos 148 ensayos clínicos se han visto afectados, con más de 138.000 pacientes que debían inscribirse o que ya se han inscrito”. La palabra “afectados” se queda muy corta para describir la difícil situación de esos 138.000 pacientes.
En su firme desprecio por los estudios científicos, Trump y las personas que nombró han elevado a propósito los temores infundados hacia las vacunas, y con ello han garantizado más enfermedades infantiles y epidemias de infecciones.
Además de las políticas que conducen a enfermedades y muertes, Trump ha socavado la capacidad de Estados Unidos para competir con China en energía limpia. En septiembre, CarbonCredits.com, una plataforma de noticias sobre energía, publicó “La guerra energética de la IA: cómo las energías solar y nuclear de China eclipsan a EE. UU.“, donde se resumía el problema de forma muy acertada.
- “China va camino de los 1400 GW, mientras que EE. UU. solo alcanzará unos 350 GW”.
- “China tiene previsto añadir 212 gigavatios de energía solar y 51 GW de energía eólica, frente a menos de 100 GW combinados” en Estados Unidos.
- “Eólica marina: China ya tiene 42,7 gigavatios instalados, frente al proyecto Empire Wind de Estados Unidos (816 megavatios en la fase 1, con una posible ampliación a 2,1 gigavatios)”.
Trump no oculta su desdén por las energías renovables y el concepto de cambio climático. En un discurso pronunciado en septiembre ante la Asamblea General de la ONU, el presidente dijo que el cambio climático es “la mayor estafa jamás perpetrada contra el mundo”. Y añadió:
Todas estas predicciones realizadas por las Naciones Unidas y muchos otros, a menudo por motivos incorrectos, eran erróneas. Las hicieron personas estúpidas que han costado fortunas a sus países y no les han dado a esos mismos países ninguna posibilidad de éxito.
Las amenazas de Trump de retirarse de la OTAN, sus aranceles, por no hablar de sus interminables críticas y reproches a los líderes europeos, han alejado a aliados que han estado con nosotros durante más de siete décadas.
Durante los años bajo el mandato de Trump, las opiniones europeas sobre Estados Unidos han caído en picada.
El 8 de abril, Politico publicó los resultados de una encuesta bajo el titular “Más europeos ven a Estados Unidos como una amenaza que a China“. Según la encuesta:
Solo el 12 por ciento de los encuestados en marzo en Polonia, España, Bélgica, Francia, Alemania e Italia veían a Estados Unidos como un aliado cercano, mientras que el 36 por ciento lo veían como una amenaza. En cambio, China era vista como una amenaza por el 29 por ciento de los encuestados en los seis países.
Trump ha socavado la integridad de la presidencia, y ha convertido a la Casa Blanca en una empresa corrupta al indultar a donantes mientras las empresas de su familia reciben millones a través de compras de criptomonedas a empresas extranjeras y operadores de criptomonedas sujetos a la regulación estadounidense.
La agenda de Trump llega hasta el sector privado.
Trump y sus reguladores despejaron el camino para que sus aliados conservadores Larry Ellison y su hijo, David Ellison, adquirieran CBS, Paramount Pictures, MTV, Comedy Central y Nickelodeon, junto con el servicio de streaming Paramount+.
Si, como se espera, los reguladores de Trump aprueban que los Ellison adquieran Warner Bros. Discovery, el imperio mediático de esa familia crecerá aún más, pues incluiría a HBO Max, CNN y Warner Bros.
Le pedí a Donald Kettl, profesor emérito y exdecano de la Escuela de Políticas Públicas de la Universidad de Maryland y autor de The Right-Wing Idea Factory: From Traditionalism to Trumpism (que se publicará en mayo), que evaluara –sin considerar los méritos– la trascendencia que tendrá la presidencia de Trump.
En esta medición, situó a Trump entre los cinco presidentes estadounidenses más trascendentales, junto a George Washington, Abraham Lincoln, Franklin Roosevelt y Lyndon Johnson, aunque señaló que “las consecuencias de Trump han sido esfuerzos agresivos para desmontar las ideas de los otros cuatro presidentes”.
Kettl enumeró algunos de los mismos legados permanentes o semipermanentes de Trump que ya he descrito, pero añadió algunos más:
Ha provocado una profunda división en el país: entre los estados, entre los migrantes y muchos otros, entre clases y entre la élite intelectual y el resto del país.
Ha reducido drásticamente el tamaño de la burocracia federal y ha hecho que los empleos federales sean mucho menos atractivos. Pasará mucho tiempo hasta que los estudiantes universitarios confíen sus carreras al gobierno federal.
Ha socavado fundamentalmente la idea de un proceso presupuestario anual y el concepto de un presupuesto federal equilibrado. Estas ideas se tambaleaban antes de su presidencia, pero el gobierno de Trump renunció a cualquier pretensión de buscar el equilibrio o un plan de gasto anual.
Michael Bailey, politólogo de Georgetown, comenzó su evaluación de la relevancia de Trump al señalar con agudeza que lo clasificaría como “sin duda, el peor presidente de la historia de Estados Unidos. La corrupción y el daño a las instituciones y a la reputación de Estados Unidos a largo plazo están muy por encima de cualquier cosa que hayamos visto antes”, incluidos Andrew Johnson, James Buchanan y Rutherford Hayes.
En cuanto a su relevancia, continuó Bailey, Trump ha sido “altamente relevante de un modo abrumadoramente negativo. Dejará un legado negativo duradero”.
Bailey enumeró tres de estos legados: “La erosión de la confianza en Estados Unidos por parte de los aliados europeos y asiáticos, la erosión del dominio estadounidense de la educación superior y los enormes déficits presupuestarios (no solo debidos a Trump, pero sí exacerbados por él)”.
Kate Shaw, académica de derecho constitucional en la Universidad de Pensilvania, citó “la violación por parte de Trump de numerosas leyes aprobadas por el Congreso”:
No es que las decisiones concretas de violar las leyes no puedan deshacerse o anularse; en muchos casos, quizá incluso la mayoría, se pueden. Pero la combinación de las numerosas y flagrantes violaciones de las leyes por parte del presidente y el hecho de que el Congreso no las haya impugnado ha creado una estructura permisiva para que futuros presidentes hagan caso omiso de las leyes cada vez que les resulten inconvenientes.
Gary Jacobson, profesor emérito de ciencias políticas de la Universidad de California-San Diego, amplió el argumento contra Trump:
Ha causado graves daños a muchos aspectos del gobierno y la política estadounidenses que serán difíciles y costosos y, en algunos casos, imposibles de deshacer.
El despido masivo de funcionarios dedicados y experimentados ha hecho que el gobierno sea más tonto y más débil y hará más difícil atraer a sustitutos con talento, incluso si el próximo gobierno quiere hacerlo de manera más inteligente y eficaz.
El daño causado a la investigación científica y médica, al medioambiente, a las relaciones con aliados y socios comerciales, a la preparación ante catástrofes, a la seguridad de los consumidores, a la enseñanza superior, al liderazgo militar, a los derechos civiles, etcétera, tardará años en repararse, incluso en los casos en que sea posible.
Ya está claro, continuó Jacobson, que “Trump es uno de los presidentes con más relevancia de la historia de Estados Unidos, y no en el buen sentido”.
En un correo electrónico, Barbara Walter, profesora de asuntos internacionales en la Escuela de Política y Estrategia Global de la Universidad de California-San Diego, respondió a mis preguntas:
Para señalar una cosa que debe figurar en tu lista permanente y que probablemente no aparezca en los lugares obvios: las normas.
La democracia estadounidense se mantuvo fuerte durante tanto tiempo porque tanto sus partidos políticos como sus presidentes respetaban un conjunto de normas no escritas.
Walter añadió que, aunque los controles formales “eran esenciales, el aceite que engrasaría las ruedas de la democracia serían las normas”. Trump “ha demostrado que es posible violarlas y sobrevivir políticamente. Ha derribado el muro invisible que mantenía bajo control los peores impulsos de la vida política, y una vez derribado, surge un mundo nuevo y desagradable”.
Yphtach Lelkes, profesor de la Escuela de Comunicación Annenberg de Pensilvania, comparte las preocupaciones de Walter, y escribió por correo electrónico:
No estoy tan seguro de qué políticas o instituciones concretas pertenecen a cada lista como lo estoy del efecto más amplio que esto tendrá sobre las normas. Mi impresión es que aquí es donde se proyectará la sombra más larga de Trump.
Las normas tardan mucho tiempo en desarrollarse porque se basan en hábitos de moderación y en la expectativa de que las infracciones serán castigadas. Pero pueden desaparecer rápidamente cuando queda claro que el castigo no va a llegar.
En consecuencia, escribió Lelkes, “el legado más importante de Trump puede ser la lección que ha enseñado a los políticos y no una política concreta: las normas pueden romperse, repetida y abiertamente, sin pagar necesariamente un gran precio”.
Aunque las violaciones de las normas por parte de Trump representan un grave ataque a la democracia estadounidense, estoy menos convencido que Walter o Lelkes de que el daño sea duradero.
En 2028, el candidato presidencial demócrata y los candidatos demócratas al Congreso se postularán todos repudiando a Trump, e incluso si un presidente demócrata se ve tentado a recurrir a ejercicios de poder arbitrarios, similares a los de Trump, los miembros demócratas de la Cámara de Representantes y del Senado se verán sometidos a una fuerte presión para ponerle freno.
Incluso los republicanos del Congreso, que se han mostrado débiles ante Trump, se levantarían furiosos si un presidente demócrata siguiera el ejemplo de Trump.
Sin embargo, eso no significa que todo vaya a salir bien. El problema creado por las violaciones de las normas no es tanto que se acepten de forma permanente, sino más bien que llevará tiempo –años y años– restablecer la confianza en el gobierno que Trump dilapidó.
Donald Moynihan, profesor de política pública en la Escuela Ford de la Universidad de Míchigan, abordó precisamente este punto en un correo electrónico:
Es posible que Trump sea un ejecutivo que ha ampliado su poder, pero el efecto es debilitar al gobierno estadounidense en cualquier situación en la que se pida a la gente que confíe en la credibilidad a largo plazo de los compromisos del gobierno estadounidense. Esto se aplica a las empresas privadas, a los empleados del gobierno y a los aliados internacionales.
Como Trump ha creado un entorno en el que las empresas privadas, las universidades o la sociedad civil pueden verse amenazadas por el presidente, estas organizaciones pueden asumir que las normas tradicionales de aplicación igualitaria de la ley, el debido proceso y el trato justo que antes daban por sentadas ya no se sostienen.
Por ejemplo, si el presidente dice “mi orden ejecutiva me permite despedir a funcionarios por el motivo que me plazca”, ¿qué importancia tiene que otro presidente la revoque, porque a largo plazo los funcionarios potenciales ya saben que no tienen estabilidad laboral?
La Corte Suprema ha sido cómplice del debilitamiento de la confianza, argumentó Moynihan:
Al permitir que Trump reclame estos poderes, la Corte Suprema está debilitando la capacidad de un futuro presidente o del Congreso para reparar el daño que está haciendo hoy. Si la Corte se inclina por la teoría del poder ejecutivo unitario, debilita la capacidad del Congreso para impedir que el presidente haga cosas malas.
Mediante la erosión de la credibilidad gubernamental y el poder blando de Estados Unidos, concluyó Moynihan, “Trump puede ser tanto un presidente enormemente relevante como profundamente perjudicial”.
Todo eso apunta a otro legado indeleble: la mancha que el historial ha dejado en Estados Unidos.
Los votantes de este país eligieron dos veces a un presidente sin ética y sin empatía, y con un narcisismo interminable.
Thomas B. Edsall colabora con la sección de Opinión del Times desde 2011. Sus ensayos sobre tendencias estratégicas y demográficas en la política estadounidense aparecen todos los martes. Anteriormente, cubrió la política para The Washington Post.