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Cinco días después de que a Kim Dong Hee, de 4 años, le extirparan las amígdalas, empezó a vomitar sangre. Se desmayó antes de que llegara una ambulancia.
Mientras lo llevaban de prisa al hospital donde le habían hecho la amigdalectomía, cerca de Busan, la segunda ciudad más grande de Corea del Sur, los médicos les dijeron a los paramédicos que la sala de urgencias estaba llena. La sala de urgencias más cercana estaba a más de 16 km. A su madre, Kim So Hee, el viaje le pareció una eternidad. “Mi visión se volvió blanca y me quedé con la mente vacía”, dijo.
Cuando un médico vio a Dong Hee, unos 30 minutos después de la llamada inicial, sus vías respiratorias estaban obstruidas por la sangre y había sufrido graves lesiones cerebrales por falta de oxígeno. Permaneció en estado vegetativo y murió cinco meses después.
A pesar de ser uno de los países más ricos de Asia, Corea del Sur tiene un sistema de urgencias que se tambalea. Una escasez crónica de médicos de urgencias, menos protección legal para los médicos que en otras naciones ricas, y una peculiaridad del sistema de respuesta a urgencias –los paramédicos deben esperar el permiso del hospital antes de trasladar a un paciente a urgencias– han provocado retrasos que pueden ser mortales.
Estos rechazos hospitalarios –denominados “ping pong de ambulancias“, “dar largas en urgencias” o “carrusel” de urgencias por los medios de comunicación locales– se han agudizado en los últimos años, según muestran los datos del gobierno. El presidente Lee Jae Myung ha calificado los fallos de sistémicos.
“Los pacientes mueren en la calle, incapaces de encontrar una sala de urgencias durante horas y horas”, dijo en una reunión del gabinete en diciembre y ordenó a su ministerio de Salud que arreglara el sistema.
No será fácil.
El tiempo promedio que tardan los pacientes con traumatismos graves en ser aceptados por un servicio de urgencias se ha duplicado desde 2019 –año en que le extirparon las amígdalas a Dong Hee–, hasta alcanzar los 16 minutos y 30 segundos, según los datos publicados por el diputado Yang Bu-nam, quien forma parte de un comité que supervisa la Agencia Nacional de Bomberos.
El año pasado, según los datos, hubo más de mil casos en los que las ambulancias tuvieron que llamar a más de 20 hospitales antes de encontrar camas para sus pacientes.
En octubre, una mujer de unos 60 años fue atropellada en un paso de peatones por un camión de carga en la ciudad de Changwon. Una ambulancia llegó rápidamente al lugar, pero los médicos –quienes llamaron a 30 hospitales– no pudieron encontrar una sala de urgencias dispuesta a aceptarla y murió un par de horas después del accidente, según Yang.
Corea del Sur tiene asistencia universal en salud y su sistema médico se considera superior al promedio de las naciones ricas. Pero tiene menos médicos per cápita que la mayoría de las naciones desarrolladas, y muchos médicos prefieren especializarse en campos que pagan más que la atención de urgencias, como la dermatología y la cirugía plástica.
Además, los pacientes que acuden a los servicios de urgencias de los hospitales por afecciones de “baja gravedad” pueden provocar una saturación, “causando retrasos en el tratamiento de los pacientes de alto riesgo”, según Chris James, economista jefe de sanidad de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos.
El sistema de envío de ayuda del 119 del país imita el sistema de respuesta rápida de Estados Unidos, en el que los paramédicos suelen tener autoridad para determinar cuál es el mejor hospital para las necesidades de un paciente. Pero en Corea del Sur, primero deben obtener permiso de los hospitales para llegar a ellos, y estos pueden rechazar a los pacientes por motivos como la escasez de personal o el exceso de pacientes.
Esto, según los paramédicos, los obliga a luchar por conseguir la admisión de un paciente en la carrera contra “la hora dorada”, o periodo en el que un paciente crítico debe recibir atención antes de sufrir daños permanentes o incluso la muerte.
Cuando esto ocurre, “sientes que empiezas a encogerte a medida que aumenta el estrés”, dijo Kim Sung-hyun, quien ha sido paramédico durante más de una década.
“Si dejamos esta situación como está, los pacientes seguirán muriendo”, dijo Yang en una entrevista en su despacho de Seúl.
Yang está presionando para que se introduzca una enmienda legal que otorgue a los paramédicos autoridad para designar hospitales para los pacientes de urgencias. Por otra parte, el Ministerio de Salud puso en marcha el mes pasado un programa piloto en dos provincias y una ciudad que designa hospitales específicos como destinos prioritarios para los pacientes de urgencias.
Algunos médicos de urgencias se han opuesto a estos planes. “Obligarnos a aceptar pacientes puede reducir el número de rechazos sobre el papel, pero no garantiza que reciban la atención que realmente necesitan”, dijo Kim Changyu, médico residente de urgencias de un hospital de Seúl.
A los médicos de urgencias también les preocupa la responsabilidad legal. Los médicos de Corea del Sur se enfrentan a cargos penales por negligencia médica en porcentajes significativamente más altos que en otros países ricos, según los estudios.
“El miedo a los litigios o a perder la licencia es lo que nos obliga a rechazar a los pacientes”, dijo Kim. “Nosotros también somos humanos”.
Otros médicos, como Changwoo Han, catedrático de medicina preventiva de la Universidad Nacional de Chungnam, están a favor del programa piloto porque agilizaría el traslado de pacientes urgentes y pondría a paramédicos y hospitales en la misma página.
Muchas de las preocupaciones de los médicos surgieron durante una huelga de médicos en formación que duró 18 meses y terminó en septiembre de 2025.
Aunque el núcleo de aquella disputa giraba en torno a una propuesta del gobierno de aumentar el número de estudiantes de medicina, las quejas de los médicos incluían entornos de trabajo difíciles, salarios bajos en departamentos como urgencias y falta de protección legal para los médicos que trabajan con pacientes críticos.
El gobierno de Lee ha adoptado un tono más conciliador con la comunidad médica y ha aceptado reducir los planes de admisión en las facultades de medicina.
La mayoría de los pacientes de urgencias en Corea del Sur no llaman a una ambulancia, sino que acuden por sus propios medios y sin cita previa, según cifras del gobierno. Es un testimonio de la calidad de la atención que reciben, pero a menudo se rechaza incluso a esos pacientes.
En el verano de 2024, Andrea Kwon, quien trabaja en mercadotecnia en Seúl, tuvo fiebre y dolor de garganta durante semanas. Luego, su piel se volvió amarillenta, su estómago empezó a hincharse y el mero olor de la comida le provocaba náuseas. Tras visitar varias clínicas de su vecindario, le diagnosticaron cálculos hepáticos y le aconsejaron acudir a urgencias.
Kwon, quien dijo estar en sus años 20, acudió a una de ellas solo para que le dijeran que se fuera a casa porque no había especialistas en hígado. La derivaron a otro hospital, donde le dieron noticias similares.
En ese momento, se encontraba tan mal que no podía andar bien. “Estaba aterrorizada. Me sentía completamente indefensa”, dijo. Finalmente, Kwon consiguió una cita con un especialista en un hospital, quien le diagnosticó el virus de Epstein-Barr, una infección que a veces puede afectar al hígado.
Mientras el gobierno y los médicos discuten la política pública, los pacientes y sus familias afirman que se están poniendo vidas en peligro. Algunos han recurrido a los tribunales con la esperanza de que se haga justicia a los seres queridos que creen que murieron a causa de los rechazos en los servicios de urgencias.
En diciembre de 2019, Kim, la madre de Dong Hee, presentó una denuncia penal contra los médicos y el hospital que se negaron a aceptar a su hijo.
El año pasado, un tribunal dictaminó que los médicos no eran culpables de negligencia profesional. Pero dijo que algunos eran culpables de violar la ley médica y que uno había afirmado falsamente que la sala de urgencias estaba ocupada con otro paciente.
“El veredicto es verdaderamente desastroso. Los profesionales de la medicina saben mejor que nadie que el resultado de rechazar a un paciente puede ser la muerte”, dijo Kim, que piensa apelar el veredicto. “Todo está al revés”.
Kim vive ahora con sus padres y su hijo menor en Busan. Su marido, el padre de Dong Hee, murió tras una batalla de un año contra la leucemia en 2022. “Dong Hee era un niño brillante, valiente y precioso”, dijo. “Era la esperanza que mantenía a su padre luchando por su vida”.
Jin Yu Young es reportera e investigadora del Times, y cubre Corea del Sur y las últimas noticias mundiales desde Seúl.







