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La primera ministra italiana fue considerada en su día una de las aliadas europeas más cercanas del presidente Trump. Su amistad parece ahora estar en peligro.
Durante años, la primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, gozó de influencia como la líder de derecha que podía tender un puente entre Europa y el presidente Donald Trump.
Esta semana, sin embargo, parece haber decidido que Trump es un puente demasiado lejano.
Tras sufrir importantes reveses políticos por su asociación con Trump, quien es profundamente impopular en Italia y a quien se considera el causante del aumento de los precios de la gasolina, Meloni aprovechó la oportunidad para desvincularse de una relación que se había vuelto venenosa a nivel nacional e internacional. Después de que Trump lanzara el lunes una andanada contra el papa León XIV, Meloni salió en defensa del pontífice estadounidense diciendo: “Encuentro inaceptables los comentarios del presidente Trump sobre el Santo Padre”.
Trump, claramente despechado, arremetió contra Meloni, diciendo en una entrevista con un periódico italiano el martes que no había hablado con ella “en mucho tiempo”, que estaba enfadado por su falta de participación en la guerra de Irán y que estaba “escandalizado por ella”, añadiendo “pensé que era valiente, pero me equivoqué”. Respondió a su crítica espetándole que “la inaceptable es ella”. El miércoles, añadió en una entrevista televisiva que con Italia “no tenemos la misma relación”.
La disputa parecía ser el final, o al menos un punto bajo, de la que quizá sea la relación más especial de Trump en Europa.
También es otro momento notable en la carrera de Meloni, quien a lo largo de décadas ha pasado de adolescente activista neofascista a líder de un partido de extrema derecha, antes de emerger finalmente como una conservadora pragmática y la primera mujer a cargo del puesto político más alto en Italia.
Cuando Trump volvió al poder el año pasado, muchos miembros de la clase dirigente europea temieron que la arrastrara hacia los límites de la extrema derecha. En lugar de ello, sugieren los analistas, Trump en realidad podría haberla empujado más hacia la corriente dominante europea.
“En la relación con Trump, ella pensó originalmente que él podía ser un recurso, y quizá lo fue, porque podía aparecer como la persona que podía mediar entre el resto de Europa y Trump”, dijo Roberto D’Alimonte, profesor emérito de ciencias políticas de la Universidad de Florencia. “Pero poco a poco se ha convertido en un lastre. Creo que ella aprovechó lo que dijo sobre el papa para hacer una declaración firme y tomar distancia. No podía hacer otra cosa”.
Al principio, la conexión de Meloni con Trump tenía visos de ser una bonita amistad.
En 2018, cuando aún era una figura marginal en busca de oxígeno en el abarrotado espacio populista de Italia, Meloni invitó al ex principal asesor de Trump, Stephen K. Bannon, a ser el invitado de honor de su conferencia política, bautizada con el nombre de un héroe de La historia sin fin. Al año siguiente, se autodenominó con orgullo “la única italiana” invitada a hablar en la Conferencia de Acción Política Conservadora en Washington. Habló el mismo día que Trump, y desde su asiento entre el público uso las redes sociales para llenarlo de elogios por sus comentarios incluso mientras él los pronunciaba.
En 2022, dijo en una entrevista con The New York Times: “Trump hizo algunas cosas muy buenas cuando era presidente. Por ejemplo, en política exterior, no tuvimos problemas. No hubo guerras”.
Años después, cuando ambos estaban en la cima del poder, parecían congeniar.
“No te importa que te llamen guapa, ¿verdad?”, le dijo Trump a Meloni en una cumbre en Egipto el pasado octubre. “Lo eres”.
Pese a las muestras públicas de afecto, a lo largo de su segundo mandato, Trump ha presionado cada vez más a Meloni, junto con otros aliados europeos, para que aumente el gasto militar de Italia y acepte condiciones comerciales desfavorables.
Ella mostró signos de resistencia. El pasado abril, mientras Trump amenazaba con aumentar los aranceles, dijo: “creo que la elección de Estados Unidos es una elección equivocada”, incluso mientras advertía contra los aranceles de represalia de Europa.
Entonces las cosas empezaron a ponerse tensas. En enero, cuando Trump empezó a entretener cada vez más la idea de tomar Groenlandia, Meloni dijo: “No creo en la idea de que Estados Unidos lance una acción militar sobre Groenlandia, con la que no estaría de acuerdo”. Días después, cuando Trump se retractó de sus amenazas, ella habló como alguien que lo entendía, afirmando que “no estaba sorprendida, para ser sincera”.
Pero cuando Trump decidió atacar Irán, no avisó a Meloni. Para su humillación, su ministro de Defensa estaba de vacaciones en Dubai, Emiratos Árabes Unidos, en ese momento, y tuvo que ser evacuado en un avión militar.
La guerra también provocó un aumento en los precios del gas y la electricidad en Italia. Meloni, una populista con un agudo sentido de las cuestiones de bolsillo, comprendió el peligro político, especialmente cuando los italianos se preparaban para votar en un referendo sobre un cambio judicial crucial que ella apoyaba.
A medida que las encuestas mostraban que Italia no apoyaba la guerra y que no le gustaba Trump, Meloni empezó a expresarse al respecto.
“Estoy preocupada, obviamente, porque sería estúpido creer que lo que ocurre incluso lejos de nuestras fronteras no nos involucra”, dijo el 2 de marzo, y añadió: “Estados Unidos e Israel decidieron atacar sin la participación de sus socios europeos”.
Días después, dejó claro que “no estamos en guerra y no queremos ir a la guerra”. Envió a Guido Crosetto, el ministro de Defensa que había sido abandonado en Dubai, para que fuera aún más contundente, diciendo que el ataque de Estados Unidos e Israel “se produjo ciertamente al margen de las normas del derecho internacional”. Luego añadió en un discurso ante el Parlamento que, dado que Estados Unidos tenía problemas de comunicación, no podía respaldar necesariamente la valoración estadounidense de que la intransigencia iraní había frustrado las negociaciones sobre un acuerdo.
Meloni también ha intentado distanciarse de Israel, hasta ahora un aliado clave. Esta semana, anunció que Italia no renovaría automáticamente su acuerdo de defensa con Israel “en vista de la situación actual”.
A pesar de todos sus esfuerzos por distanciarse de la guerra de Trump, de todos modos perdió estrepitosamente el referendo sobre el poder judicial, luego de que la votación se percibiera como un plebiscito sobre su propia popularidad. En un esfuerzo por ajustar cuentas con quienes creía que le habían hecho daño, despidió a un ministro y a ayudantes a los que consideraba responsables de la derrota.
Pero los analistas dijeron que la ruptura con Trump era lo que más importaría a los votantes italianos. Y el ataque de Trump al papa le dio una oportunidad.
Ahora, según los expertos, Meloni tendrá que decidir si quiere seguir por su cuenta o buscar alianzas más estrechas con el establishment europeo al que criticó duramente durante su ascenso al poder.
Después de que un importante aliado europeo, el primer ministro húngaro Viktor Orbán, perdiera el poder el domingo, Meloni necesita nuevos amigos, sobre todo mientras se prepara para las elecciones en Italia previstas para el año que viene.
“Tendrá que acercarse a Europa”, dijo D’Alimonte. “Ahora está aislada”.
Por su parte, Trump se quejó de que no era la líder que creía conocer. “Es mucho más diferente”, dijo, “de lo que pensaba”.
Josephine de La Bruyère colaboró con reportería desde Roma.
Jason Horowitz es el jefe del buró en Madrid del Times; cubre España, Portugal y cómo vive la gente en Europa.
Josephine de La Bruyère colaboró con reportería desde Roma.

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