Lo que aprendí sobre el duelo mientras patinaba en Costco

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Los Ángeles es la cuna del skateboarding moderno, una ciudad tan repleta de lugares para hacerlo que cada vez que salgo de casa para hacer un mandado o ir a una reunión examino el paisaje en busca de barandales y patios de colegio que reconozco de videos viejos. Pero cuatro años después de mudarme a la ciudad, aún no he patinado en ninguno de los lugares más emblemáticos: nunca he tocado los bordillos de la plaza Jkwon, nunca he hecho un ollie por los saltos de arena de Santa Mónica, nunca he rodado por el Juzgado de Los Ángeles Oeste.

En lugar de eso, algunas mañanas a la semana me levanto temprano y me dirijo al estacionamiento de un Costco.

Me atraen un par de bordillos paralelos diseñados para juntar carritos de compra. Los compradores que llegan a adquirir pollo rostizado y torres de papel higiénico no lo saben, pero los bordillos son mundialmente famosos.

Su imagen se ha reproducido en calcomanías, camisetas y gráficos de skateboarding. Peregrinos vuelan desde todo Estados Unidos y Europa para patinar ahí, a veces tomando dimensiones para poder moldear réplicas en casa. En enero, cuando Nike lanzó una edición limitada de zapatillas de skate bajo la marca Kirkland de Costco, fue un guiño para los entendidos.

Cuando les hablo de los bordillos a mis amigos normales, a menudo me preguntan si hay alguna característica unificadora que haga que todos los estacionamientos de Costco sean geniales para hacer skateboarding, o si los bordillos de este Costco en particular son de algún modo superespeciales. La respuesta a ambas preguntas es: en realidad, no.

Los bordillos de mi Costco son de doble cara, es decir, tienen asfalto nivelado a ambos lados, lo que te permite realizar trucos de salto que son imposibles en aceras y jardineras. Pero sobre todo, el lugar es conocido porque la gente de Los Ángeles empezó a frecuentarlo. Cuando los videos se difundieron en las redes sociales, apareció más gente, y comenzó el ciclo de la fama del skate, hasta que un día los “bordillos de Costco” fueron reconocibles para los patinadores de todo el mundo.

Debo señalar que tengo 48 años, lo que me sitúa en torno a la edad media de los asiduos que hacen skateboarding en el Costco por las mañanas. De vez en cuando conozco a alguien de entre 20 y 35 años, pero el ambiente general es más de centro de jubilados que de “lo más radical del skate“.

Lo que me encanta del Costco es que es la expresión perfecta de cómo los patinadores pueden convertir incluso la forma más sosa de la arquitectura estadounidense –el estacionamiento de las grandes tiendas– en un animado espacio comunitario. En una época en la que la gente está sola y desconectada, un grupo de cuarentones y cincuentones se reúnen en torno a un terreno de bajo riesgo, reconectándose con viejos amigos y bromeando sobre trucos que ya no pueden hacer.

Una mañana en agosto pasado, llegué al estacionamiento alrededor de las 7:30 y encontré a Jason Filipow, un asiduo de Costco de 55 años, limpiando piedritas con un soplador eléctrico. Filipow estaba allí con David Chaiken, de 59 años. La última vez que se habían visto fue casi 40 años antes, cuando ambos fueron detenidos mientras patinaban en una piscina municipal vacía de Carolina del Sur. Chaiken vive ahora en Texas y estaba en Los Ángeles para visitar a su hijo de 30 años. Habían organizado una sesión de reencuentro en el Costco a través de Instagram. Si no fuera por el skateboarding, probablemente nunca se habrían vuelto a cruzar.

Chaiken tiene el pelo canoso, vértebras fusionadas, un manguito rotador reparado y dos placas metálicas en el brazo izquierdo. La mañana en que lo conocí llevaba una única codera en el lado izquierdo, el más golpeado; en el brazo derecho llevaba tatuada una taza de café debajo de las palabras “Mug Life”. Mientras Chaiken rodaba calentándose, Filipow frotaba cera en los bordillos, los rociaba con sellador, alisaba las gotas con un trapo, saltaba a la cuerda durante dos minutos y ponía a Eric B. & Rakim en una bocina portátil.

Los lugares populares son donde se escribe la historia del skate. El Del Mar Skate Ranch, al norte de San Diego, fue donde un joven Tony Hawk aprendió a volar a principios de la década de 1980; una década más tarde, la plaza Embarcadero de San Francisco estableció el modelo para el skateboarding “callejero” centrado en lo urbano que es ahora la voz principal de este deporte. El Costco al que voy –cuya ubicación exacta en el condado de Los Ángeles no voy a revelar porque nadie que patine allí quiere arruinarlo– refleja cómo el skateboarding ahora se extiende hasta la edad madura. Es un lugar en el que la pérdida se hace patente y el mero hecho de presentarse ya es una victoria.

Después de que Filipow completara su ritual de preparación, le pregunté si, como yo, sentía que el skateboarding tenía más sentido ahora que está más cerca del final que del principio.

“Claro”, dijo. “Es esa sensación de que todavía es posible”.

Entusiasmo por el bordillo

Los bordillos son lo más cercano que tiene el skateboarding a un campo de entrenamiento universal. Son lo primero por lo que haces un ollie, la primera superficie lisa por la que te deslizas, el primer ángulo recto que pisas con tus ejes. Pregunta a casi cualquier skater dónde empezó, y la mayoría de las veces la respuesta es el bordillo delante de un colegio local, o detrás de algún restaurante Jack in the Box, o una sucursal del Departamento de Vehículos Motorizados, donde la pintura roja resbaladiza que indica “no estacionarse” es el equivalente skater a estar bañado en oro.

Para mí fue un bordillo blanco detrás de un pequeño complejo de oficinas en Napa, California, donde fui a la preparatoria. Mis amigos apodaron al lugar “Crisis Solar” porque estaba iluminado por un poste de luz altísimo cuyo resplandor difuso nos recordaba al sol inestable de una mala película de ciencia ficción del mismo nombre.

El líder de nuestro grupo, Víctor Ramos, era unos años mayor que nosotros y era el dueño de la tienda de skate donde pasábamos el rato. Entendía el trato: él dirigía el club, pero tenía que ser el adulto designado. En una época en la que todos parecían ser niños sin supervisión, Víctor dejaba que los chicos fueran chicos mientras nos apartaba de las drogas duras, la violencia y otras categorías de lo verdaderamente malo. Era el joven de 21 años que podía reírse de los adolescentes fumadores sin parecer un regañón, tanto una fuente de autoridad como alguien con quien podías relajarte en un bordillo.

En California y en gran parte del resto del país, los bordillos suelen tener una base en ángulo que los ingenieros llaman “el talud”. El talud crea una pequeña rampa cuya finalidad es devolver las ruedas desviadas de vuelta a la calzada. También hace que los bordillos sean un gran obstáculo para el skateboarding: cuando se golpea con las ruedas de la patineta, el talud lanza al patinador a lo alto del bordillo y produce un fuerte golpe justo antes de que los ejes se impacten contra el concreto. Los skaters llaman a esto un “slappy“.

Los slappies fueron popularizados a principios de la década de 1980 por patinadores que empezaron a golpear los bordillos con los mismos movimientos que utilizaban para deslizarse por los bordes de las piscinas. Para cuando yo me metí de lleno en este deporte, a principios de la década de 1990, se consideraban un truco retrógrado. Se suponía que los jóvenes debían hacer ollie, levantando las cuatro ruedas del suelo, y aterrizar encima del bordillo, no embestir contra ellos como hacían los tipos de 30 años.

Los bordillos siguieron siendo un elemento central del skateboarding, pero como un elemento básico en el que descubrías nuevos trucos en el camino a bancas, bordes y barandales, dependiendo de qué tan arriesgado eras. Pasé los últimos años de la década de 1990 y la de 2000 persiguiendo ese camino antes de retroceder. A medida que mi tiempo libre y mi salto vertical disminuían, volví a los bordillos y me vi obligado a aprender slappies de adulto.

Una tabla rosa neón con una calavera

Resulta que no estaba solo. Hacia la mitad de mi treintena, las empresas de skate empezaron a sacar a la venta un montón de tablas con gráficos de principios de la década de 1980 y 1990. Las redes sociales se llenaron de cuentas dedicadas a los bordillos y a la nostalgia del skate, mientras que empresas como Tired Skateboards empezaron a dirigirse explícitamente a patinadores del tipo de los que usan plantillas ortopédicas y elásticos para los dedos de los pies.

Según mi iPhone, hice mi primer slappy el 14 de diciembre de 2013 a las 2:44 p. m. Lo sé porque Victor lo grabó en la estación de North Berkeley del Transporte Rápido del Área de la Bahía (BART, por su sigla en inglés) poco después de que me mudara al norte de California tras una década en Nueva York. Tenía 36 años y recuerdo que me entrenó para hacer el truco. Ahora desearía tener las bromas fuera de cámara en lugar de la edición de ocho segundos que me envió por mensaje de texto después de que logré hacer uno.

No habíamos hablado en 15 años, pero a la semana de mi regreso estábamos de vuelta filmando trucos. Solo que ahora éramos un par de yupis, una identidad predestinada para mí, pero un giro significativo para él.

Víctor procedía de una familia de trabajadores agrícolas que emigró de México a Estados Unidos cuando era niño. La escasez definía su experiencia de un modo que no había definido la mía. La historia de su primera patineta, por ejemplo, fue un relato sinuoso de trueque vecinal que le consiguió una tabla rosa neón con una calavera. La mía es la de mi padre llevándome a una tienda de skate en mi cumpleaños y comprándome una tabla nueva después de que la señalé en un estante.

Cuando volvimos a conectar, Victor trabajaba como diseñador gráfico en una empresa emergente de rápido crecimiento en un rascacielos del barrio de South of Market. Había vendido la tienda de Napa, se había mudado a San Francisco y se había pagado la universidad trabajando en restaurantes. Ahora ambos éramos profesionales responsables, pero los fines de semana patinábamos juntos, a menudo en el estacionamiento de la estación del BART de Rockridge, uno de los mejores lugares de bordillos del área de la bahía de San Francisco. Cuando la covid cerró sus oficinas en 2020, el número de usuarios del BART se desplomó y una proliferación de bordillos recién encerados invadió el estacionamiento de la estación.

Al igual que el pan de masa madre y los entrenamientos de Pelotón, el skateboarding ayudó a personas de todo Estados Unidos a sobrellevar el zumbido de la vida de confinamiento. Las empresas de skate reportaron ventas que se duplicaron y triplicaron, mientras que las revistas especializadas documentaban una explosión de parques de skateboarding improvisados que surgieron en espacios que de pronto habían quedado vacíos. Una característica interesante de este repunte de la actividad fue la gran contribución de grupos que normalmente no se asocian con el skateboarding: mujeres jóvenes y hombres de mediana edad.

Una crisis de mediana edad superventas

Dominar un truco en la patineta requiere concentración y, por un momento, te distrae de cualquier otra cosa que esté ocurriendo.

Cuando empezó la pandemia, Ira Ingram acababa de cumplir 40 años. Ingram es un habitual de la escena del Costco, conocido por el apodo Curb Killer (Asesino de bordillos). Creció andando en patineta en el condado de Orange y pasó la adolescencia y sus veintes tirándose por escaleras y barandales, para luego redescubrir los bordillos cuando estaba cerca de los 40. Calvo, gordo (su propia descripción) y a punto de divorciarse, decidió pasar el confinamiento haciendo un video corto, que los skaters llaman una “parte”.

La parte, llamada MID LIFE CRISIS (CRISIS DE MEDIANA EDAD), es una recopilación de trucos de bordillo interrumpidos por tomas descartadas del espectáculo de un hombre de 113 kilos estrellándose contra el concreto. La mitad fue filmada en Costco, y en una entrevista adjunta Ingram habla sobre cómo el skateboarding lo ayudó a atravesar uno de los momentos más oscuros de su vida. El deporte es su terapia; es su vínculo con amigos y la música. “Todo lo bueno en mi vida, puedes trazar una línea hasta el skateboarding“, dice en el video.

MID LIFE CRISIS salió en agosto de 2021, más o menos al mismo tiempo que Heroin Skateboards empezó a vender una patineta “Curb Killer” con el nombre de Ingram en la parte superior. La tabla tiene una forma de huevo ancha que era popular a principios de la década de 1990. En la parte inferior hay unos gráficos de terror caricaturescos de un huevo con una máscara de hockey sujetando un machete ensangrentado que utiliza para mutilar un par de bordillos que, obviamente, son los de Costco.

La Curb Killer se agotó en días y ayudó a transformar Heroin de una marca de nicho a una empresa de skate líder en ventas. Cinco años después, Heroin está vendiendo la Curb Killer 9. Ingram me pidió dejar en claro que, aunque es bueno en los bordillos, no es “un patinador profesional de verdad”. Ese es, de hecho, su atractivo. Patina como un tipo normal divirtiéndose, y eso te recuerda a estar con los amigos.

‘Algunas noticias’

El viernes 31 de julio de 2020, conduje de Oakland a Napa para patinar en una pequeña rampa al aire libre en el patio trasero de un amigo. Víctor me había estado enviando mensajes de texto sobre unos misteriosos problemas estomacales, pero se decidió a salir y patinar con nosotros.

Estacioné mi camioneta Volkswagen con dos asientos infantiles junto al Mini Cooper de Víctor. Mientras sacábamos las patinetas de nuestros respectivos maleteros, me contó algo extraordinario. La empresa emergente para la que trabajaba se había vendido por mil millones de dólares. Le pregunté sin rodeos cuánto dinero había ganado.

Víctor parecía avergonzado por la repentina abundancia. Dijo que estaría “bastante bien”. Nunca supe el valor exacto de “bastante bien”, pero era más como comprarse una casa sin problemas que una vida de jets privados. Aun así, era una suma de las que cambian la vida, y la buena voluntad que sentí por Víctor era tan infinita y pura, tan libre de celos o envidia de estatus, que quise dar las gracias a quienquiera que comprara su empresa por permitirme experimentar algo así.

Seis días después, Víctor envió un mensaje de grupo para poner al día a sus amigos sobre “algunas noticias”. Sus dolores de estómago habían empeorado tanto que había ido al hospital. Los médicos encontraron un tumor.

“Entonces, cáncer de colon”, escribió.

Ya había tenido una operación. Se estaba recuperando mientras esperaba los informes de patología, pero aquella mañana se había levantado a caminar, lo que le sentó bien. “Como una buena sesión”, escribió.

Durante la sucesión de quimioterapias, operaciones y más quimioterapias, Víctor pasó de rodar sobre una patineta a colocar una silla de jardín frente a un bordillo para poder animar la sesión y filmar trucos. Ninguno de los tratamientos funcionó, y cualquier esperanza que tuviéramos al principio se vio frustrada por su delgadez. En mayo de 2022, Victor condujo hasta un parque de skate de Napa y dejó su patineta bajo un toldo junto a la rampa. Oficialmente, se había retirado.

“Espero que algún niño la encuentre y la destroce”, le escribió a un amigo. “Pero es raro dejarla ir”.

Al mes siguiente me mudé a Los Ángeles y me uní a un nuevo grupo en el Costco. Mientras Victor se desvanecía, las palabras “te quiero” empezaron a aparecer en nuestros mensajes, sustituyendo a las frases vulgares y jocosas que solíamos gritarnos cuando alguien se mostraba demasiado tímido en su patineta.

Aquel otoño, cuando conduje hacia el norte para verlo por última vez, unos amigos me advirtieron que tal vez no estuviera lo bastante bien para recibir visitas. Me aconsejaron que la mejor oportunidad para despedirme era quedarme cerca de la casa de su infancia, donde estaba en cuidados paliativos. Así que me aposté en un bordillo y le envié un mensaje a Víctor diciéndole que estaba cerca y que podía pasar, si podía tolerarlo. Unos slappies después, me contestó el mensaje, y conduje hasta allí para charlar sobre skateboarding durante una hora. Cuando llegó la hora de irnos, nos abrazamos, nos apretamos más fuerte y, por primera vez en 30 años de amistad, lloramos abrazados.

El último truco

Hace poco estuve patinando en el Costco con Ira Ingram. Ahora tiene 46 años y paga el alquiler haciendo películas y publicando la revista Art Bar con su nueva esposa.

Había sido una mañana épica: Jérémie Daclin, un exprofesional del skate de Lyon, Francia, estaba allí, como parte de unas vacaciones de slappies que Daclin se toma todos los años en California. Había salido el sol y el estacionamiento estaba inusualmente vacío, por lo que había menos coches que esquivar. La sesión se prolongó hasta bien entrada la mañana.

Nuestro amigo Chris Fairbanks, un comediante de 51 años, empezó a probar un salto no comply sobre una jardinera. Imagínatelo como un salto largo en una patineta, solo que más difícil de lo que parece. Ingram estaba junto a su furgoneta (placa: CURBS) quejándose de los precios del gasóleo cuando vio que Fairbanks estaba cada vez más cerca de lograr el truco, así que se acercó y empezó a grabar.

Durante los minutos siguientes cayeron en una rutina que todo patinador conoce, en la que el tipo que intenta el truco dice que lo logrará en el siguiente intento, y luego fracasa; el amigo que graba dice que solo puede grabar uno más, y luego se queda para otro más. Cada uno seguía animando al otro afirmando que se les acababa el tiempo para conseguirlo. Luego ocurrió, y Fairbanks se fue rodando entre aplausos.

Cuando le pregunté más tarde, Fairbanks dijo que lo primero que pensó fue que podría ser la última vez que hiciera ese truco. Le sustituyeron la cadera en 2018 y necesita operarse la otra. En algún momento, dijo, volverá a casa después del skateboarding y se dará cuenta de que ha sido su última sesión. Pero no hoy.

Conor Dougherty cubre la vivienda y el desarrollo urbano, con especial atención al aumento de los costos de las propiedades. Reside en Los Ángeles.

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