Paul McCartney ya no necesita hacer música. Pero le encanta

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Con un nuevo disco que recupera sus raíces en Liverpool y los métodos analógicos de los Beatles, McCartney demuestra que la música nunca fue un trabajo: es una adicción.

Para Paul McCartney, componer canciones no es solo un trabajo, un oficio y un desahogo emocional. Es una compulsión y un anhelo.

“La gente pregunta: ‘¿Por qué sigues escribiendo canciones?’ Y es simplemente porque me encanta. Soy un adicto”, dijo en una entrevista en Boulevard Carroll, un laberinto de estudios de grabación y ensayo en el extremo oeste de Manhattan, donde McCartney, de 83 años, acababa de terminar una tarde de ensayo con su banda para el final de temporada de Saturday Night Live. “De un agujero negro sale leche y miel. Y la sensación es genial”.

Por más prolífico que haya sido –con los Beatles, Wings y sus álbumes en solitario– McCartney no sigue ninguna disciplina ni rutina para componer. “Simplemente estaré en algún sitio, y con un poco de tiempo libre, y ahí está mi guitarra, o estaré cerca de un piano. Y el impulso me llevará”, dijo. “Cada vez que doy con algo, es como: oh, guau. Es una sensación increíble. Ya saben, todo lo creativo es algo grandioso. Yo digo que le gana al trabajo”.

Incluso para un ensayo, McCartney iba impecablemente vestido. Lucía una chaqueta azul, una camisa negra con lunares rosados, pantalones negros, zapatos de suela blanca parecidos a pantuflas de kárate y calcetines con un diseño psicodélico de burbujas azules bajo una franja amarillo brillante.

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Unos días después, McCartney se presentaría en SNL, interpretando canciones antiguas y nuevas, entre ellas “Days We Left Behind” de su nuevo álbum, The Boys of Dungeon Lane. Luego, cinco días después, McCartney sería el invitado sorpresa final de “The Late Show with Stephen Colbert”, en el escenario del Teatro Ed Sullivan, donde los Beatles hicieron su debut en América del Norte en 1964. Como cierre musical para Colbert, cantó “Hello Goodbye“, de los Beatles.

En persona, McCartney lleva sus seis décadas de fama con una gracia extraordinaria. Es afable y sin pretensiones, orgulloso pero no arrogante y sigue asombrado y encantado con su vida como músico. “Hoy me pregunto cómo acabé siendo compositor”, reflexiona. “Porque, ya sabes, solo soy un chico que fue a la escuela, fue con el orientador vocacional que me dijo, ya sabes, ‘No tienes cualificaciones y, no hay… no veo un gran futuro para ti’.

“Así que tuve que aceptarlo y pensar: ‘Que te den, voy a hacer algo’. Y eso me hizo esforzarme más por tener éxito, porque se suponía que no iba a tener éxito. Así que escribir canciones fue una de las grandes cosas de mi crecimiento”.

La primera canción que escribió fue un tema con sabor a rockabilly, “I Lost My Little Girl”. McCartney recordó: “Alguien me dijo más tarde: ‘Esa canción hablaba de la pérdida de tu madre’. La escribí a los 14 o 15 años, y ella había muerto hacía poco”. Aunque los Beatles no grabaron la canción, McCartney la estrenaría más tarde, en los años 70, con Wings. “Esto es algo interesante de las canciones”, dijo. “Sin saberlo, uno se adentra en cosas de las que quizá sería difícil hablar”.

En The Boys of Dungeon Lane, muchas de las nuevas canciones de McCartney rememoran su infancia en Liverpool y los primeros días de los Beatles. En “Down South”, recuerda cómo conoció a John Lennon mientras hacían autostop hacia el sur, rumbo a Londres. Ringo Starr se une a McCartney para cantar y tocar la batería en “Home to Us“, sobre su poco glamurosa ciudad natal.

McCartney grabó el álbum con Andrew Watt, un productor ganador de un Grammy que ha grabado con los Rolling Stones, Miley Cyrus, Lady Gaga, Iggy Pop y Pearl Jam. “Es increíble ver trabajar a Paul”, dijo Watt en una entrevista telefónica. “Se habla de las 10.000 horas de práctica: él tiene un millón de horas creando y grabando discos. Su capacidad para entender los micrófonos, para arreglar, componer y tocar cada instrumento es simplemente increíble. Y se divierte tanto cuando toca. Va saltando por la sala, pasando de un instrumento a otro, bailando, riendo. Es una experiencia realmente gozosa trabajar con él”.

Chad Smith, el baterista de los Red Hot Chili Peppers que se incorporó tarde a la presentación de SNL, se mostró igualmente efusivo. “No tengo suficientes adjetivos para expresar lo increíble que fue”, dijo Smith en una entrevista telefónica. “No paraba de decir: ‘Solo hay que divertirse’. Ya saben, no tiene que seguir tocando si no quiere, y no tiene que grabar discos. Es muy inspirador ver esa energía. Le encanta de verdad”.

Para McCartney, colaborar con Watt le abrió recuerdos. “Cuando trabajas con un productor más joven, me anima a desentrañar todas mis historias”, dijo McCartney. “Principalmente los Beatles, porque eso fue lo primero cuando éramos niños. Y ese tipo de recuerdos, creo que para la mayoría de la gente, son los más preciados”.

The Boys of Dungeon Lane también se regodea en el eterno espíritu lúdico musical de McCartney. Su tema de apertura, “As You Lie There”, explota desde una acogedora reminiscencia hasta el grito de Little Richard que caracteriza a McCartney. “Never Know” se vuelve psicodélica, con voces de sílabas sin sentido en contrapunto y un majestuoso crescendo final. “Salesman Saint”, una canción sobre cómo los padres de McCartney sobrevivieron la Segunda Guerra Mundial en Liverpool “con risas y una canción”, transita por métricas cambiantes y de repente florece en los metales oscilantes de una big band.

Últimamente los recuerdos de McCartney han vuelto a materializarse. El Salón de la Fama del Rock & Roll de Cleveland acaba de inaugurar una exposición dedicada a Wings, el exitoso grupo de McCartney de la década de 1970. McCartney aportó algunos trajes y objetos, pero no su bajo Höfner con forma de violín. “No puedo darles mi bajo, porque lo estoy usando hoy”, dijo.

En Londres, el edificio de la antigua sede de Apple, en el número 3 de Savile Row, reabrirá sus puertas como museo. Los fans podrán visitar el estudio del sótano reconstruido donde los Beatles grabaron “Let It Be” y la azotea donde la banda dio su última breve actuación.

“Museo implica polvo”, dijo McCartney. “No creo que vaya a ser así. Creo que va a estar muy animado”.

Dungeon Lane, que se menciona en “Days We Left Behind”, es una carretera de Liverpool que conduce a la orilla del río Mersey, donde McCartney disfrutaba observando aves. También era donde merodeaban los delincuentes del barrio, que en una oportunidad le robaron el reloj.

“Cuando escribes algo, se convierte en una metáfora de más de lo que estás poniendo en papel”, dijo, y citó la letra de la canción. “‘Algunos sentirán el dolor, pero algunos estaban destinados a más’. Algunos estaban destinados a más’ somos nosotros, los que logramos salir”.

Sin embargo, continuó: “Conozco a montones de chicos de Dungeon Lane que no lo lograron. Ya saben, muchos de mis amigos son los que no tuvieron grandes carreras exitosas”.

La canción también menciona el número 20 de Forthlin Road en Liverpool, la casa –hoy propiedad del National Trust británico– donde McCartney y Lennon empezaron a escribir juntos. “Casi siempre nos sentábamos juntos con dos guitarras acústicas y nos lanzábamos ideas el uno en el otro”, dijo McCartney. “Mirando atrás, no podría haber encontrado un mejor compañero”.

Y añadió: “John tenía un filo mucho más duro, que me gustaba mucho. Cuando trabajábamos juntos, era muy inspirador, muy útil tener ese tipo de filo. Y creo que posiblemente para él era bueno tener algo menos duro, algo quizá un poco más romántico. Es mi forma de ser, ¿sabes? Soy ese tipo de persona. Me gustan ciertas cosas que algunas personas podrían ver y decir: ‘Dios mío, qué cursi’”.

Pero a veces también se ha sentido incomprendido. “Es curioso cómo te encasillan”, dijo. “Que te llamen el guapo de los Beatles era casi el peor insulto que podían hacerme. De verdad no me gustaba. Era como decir: ‘No, no, no, soy más que eso’. Pero también es cierto que si escribo una canción, me gusta que tenga ese tipo de elemento amoroso. Pero para compensarlo, a menudo encuentro que se cuela algo un poco más realista. Me gusta la mezcla de las dos cosas”.

Su don melódico puede ocultar sus momentos más oscuros. Cuando le pregunté por sus canciones menos conocidas, citó “Daytime Nightime Suffering” y “Arrow Through Me“, dos canciones de Wings de la década de 1970 que no solo están llenas de giros musicales, sino que también albergan pensamientos perturbadores.

McCartney revisitó sus antiguos métodos de estudio mientras grababa el nuevo álbum. Durante una reorganización corporativa de EMI, el sello discográfico de toda la vida de los Beatles, sus contadores decidieron vender el equipamiento del estudio de Abbey Road. McCartney compró muchos de los instrumentos, entre ellos el Mellotron que usó en “Strawberry Fields”, el piano espineta que tocó en “Because” y una grabadora de cinta Studer de cuatro pistas que podría ser la utilizada para grabar Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, aunque McCartney no ha podido documentar si es exactamente la misma máquina.

Sigue utilizando ese equipamiento de época. Una nueva canción, “We Two” –un tema entrañable sobre el amor, la compañía y el apoyo y respeto mutuos– fue grabada íntegramente en cinta con la Studer. La tecnología informática actual ofrece un número infinito de pistas que pueden retocarse en cualquier momento. Pero al grabar Sgt. Pepper, los Beatles tuvieron que mezclar varios instrumentos en una pista inmutable, una y otra vez. “Realmente utilizamos el proceso que utilizó en los Beatles, como al cien por ciento”, dijo Watt, hasta el punto de una edición final cortando la cinta con una cuchilla de afeitar.

“We Two” termina con el sonido de una cinta rebobinándose, un sonido desaparecido en la era digital. “Lo pusimos porque nadie escucha eso ya”, dijo McCartney. “Antes se escuchaba en todos los discos que grababas”.

Cuando McCartney empezó a componer con Lennon, no tenían forma de grabar canciones en curso. Pero razonaron: “Si no puedes recordarla, ¿cómo esperas que la gente la recuerde?”. dijo McCartney. “Así que esa se convirtió en nuestra regla”.

Ahora, por supuesto, puede capturar ideas musicales en un teléfono móvil. Sacó su iPhone y se desplazó por todas las grabaciones, decenas de páginas de posibilidades. “‘L.A. Melody’, ¿qué era esto?”, dijo, mientras unos majestuosos acordes de piano salían del diminuto altavoz.

Reprodujo otra: un bucle de Mellotron tambaleante con acordes de guitarra cargados de reverberación y el comienzo de una letra. Era una de las que él llamaba sus “canciones verdes”, que algún día podrían poblar un álbum.

“Cuando estábamos haciendo el álbum, separamos las cosas en tres categorías”, dijo. “Una eran las canciones rojas, que eran las que íbamos a utilizar, y esas son más o menos las que formaron parte del álbum. Luego están las canciones azules, que son las que podrían haberse incluido en el álbum, pero se dejaron de lado. Y luego están las verdes, que son las experimentales. Tengo total libertad, y esas canciones acaban gustándome de verdad”.

A McCartney ya no le preocupa hacer éxitos. “Al intentar ser creativo, está bien si a mucha gente le gusta”, dijo. “Pero no es lo único que importa. No es ni de lejos tan importante para mí como lo es para algunas personas. Me gusta la libertad. Y si la libertad lleva a un éxito, genial. Si la libertad lleva solo a que yo lo disfrute, probablemente aún mejor”.

Lo que le importa ahora es simplemente hacer música. “La música es un mundo mágico”, dijo McCartney. “Científicamente, no es más que un conjunto de frecuencias. ¿Cómo pueden esas frecuencias afectar tu corazón? Lo entiendo si tiene letra, a veces uno piensa: ah, sí. Pero si es solo una melodía, ¿cómo puede hacerte llorar? Eso es magia. Me encanta”.

Al terminar la entrevista, McCartney se quedó parado en el umbral, observando cómo dos empleados del estudio se apresuraban en direcciones opuestas. Sonrió. “Hello goodbye”, dijo.

Jon Pareles, corresponsal cultural del Times, fue crítico jefe de música pop durante 37 años. Estudió música, tocó en grupos de rock, jazz y música clásica y fue locutor de radio universitaria. Anteriormente fue editor en Rolling Stone y The Village Voice.

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