El fuego de la estupidez no tiene contención

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Estamos en 2026 y, en ocasiones, parece como si estuviéramos paseando tranquilamente por el Museo de las Ideas Nefastas.

Basta con mirar lo que ocurre en Estados Unidos. Los aranceles aumentan los precios y frenan el crecimiento económico, mientras el gobierno federal adopta tanto la corrupción de la Edad Dorada como una versión del sistema de botín.

Un inquietante número de jóvenes de derecha está fascinado con el fascismo. Un extraordinario 34 por ciento de los jóvenes en general expresa una opinión favorable del comunismo, y los jóvenes estadounidenses son mucho más propensos que sus padres o abuelos a decir que la violencia política “a veces está bien“.

Y sobre la cultura estadounidense se cierne, como una nube oscura, el aumento del antisemitismo tanto en la izquierda como en la derecha. Una vez más, circulan por la cultura calumnias antiguas.

O consideremos lo que está ocurriendo en el extranjero. Alemania busca el rearme para hacer frente a la amenaza rusa. Japón lo busca para disuadir a China. La guerra arrasa en Europa y en Medio Oriente. Las amenazas de expansión territorial acechan al mundo. Rusia intenta apoderarse de Ucrania. China sigue codiciando a Taiwán. Y el gobierno de Donald Trump, por increíble que parezca, ha puesto sus ojos expansionistas en Groenlandia.

Cuando uno da un paso atrás y lo piensa, estas tendencias resultan desconcertantes. Quiero decir, puedo entender la tentación de volver a algunas de las ideas desacreditadas del pasado reciente, supongo, pero ¿reavivar tantas, y todas a la vez? ¿Y hacerlo tan poco tiempo después de que esas ideas infaustas devastaran el mundo?

¿Qué está pasando?

La respuesta reside, en parte, en la interacción entre dos máximas políticas tan repetidas que se han convertido en clichés. Sin embargo, cuando más presentes deberían estar, parecen haber perdido su efecto.

La primera –y probablemente puedan recitarla conmigo– es de George Santayana, de 1905: “Quienes no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Podemos discutir sobre los paralelismos históricos precisos, pero los ecos del pasado están por todas partes.

La segunda es de Winston Churchill, de 1947: “Se ha dicho que la democracia es la peor forma de gobierno, a excepción de todas las demás que se han probado”.

No es casualidad que el autoritarismo vuelva a resultar atractivo para la gente en un momento en el que suceden dos circunstancias a la vez. Las democracias liberales tienen dificultades para satisfacer las necesidades de una parte sustancial de sus ciudadanos, y generaciones enteras han alcanzado la mayoría de edad sin ningún recuerdo de los horrores totalitarios del siglo XX.

En otras palabras, millones y millones de personas padecen la democracia como “la peor forma de gobierno” sin la comprensión equilibrada necesaria –que los ciudadanos de mediados del siglo XX habían adquirido mediante la observación directa– de “a excepción de todas las demás que se han probado”.

Así que incluso el fascismo y el comunismo –para algunas personas, al menos– ya no son avatares de la atrocidad, sino alternativas dinámicas a un presente esclerótico. En su frustración, demasiadas personas se sienten atraídas por las ventajas teóricas del autoritarismo, y no tienen la experiencia ni la educación necesarias para comprender sus defectos reales e inevitables.

No comprenden el vínculo entre sus ideologías transgresoras y de moda y los océanos de sangre que el fascismo y el comunismo derramaron por todo el planeta.

En este contexto ahistórico, incluso la violencia política puede parecer justificada –quizás incluso un poco audaz y romántica– a menos que uno haya vivido, por ejemplo, los disturbios que arrasaron las ciudades estadounidenses en la década de 1960, un cataclismo mucho más violento, mortífero y prolongado que cualquier cosa ocurrida en Estados Unidos en 2020.

Los compromisos y las restricciones de la diplomacia, que a menudo implican dar concesiones dolorosas a regímenes terribles, pueden parecer una misión de necios, a menos que uno haya presenciado los horrores indescriptibles de las guerras mundiales.

Me resisto a trazar paralelismos exactos entre los acontecimientos actuales y los del pasado. ¿Deberíamos comparar las ambiciones de Vladimir Putin en Ucrania con la división de Checoslovaquia por Hitler en 1938? ¿O con la guerra de invierno de Stalin contra Finlandia al comienzo de la Segunda Guerra Mundial? ¿O quizás se parece más a la inestabilidad de las guerras de los Balcanes de 1912 y 1913?

En cuanto al auge del antisemitismo, ¿nos estamos acercando a un peligroso espectro que va desde el caso Dreyfus hasta la Noche de los cristales rotos?

Pero debatir las analogías precisas puede ocultar la verdad subyacente: estamos retrocediendo hacia los grandes crímenes y errores del pasado. Sabemos lo que ocurre cuando las grandes potencias militarmente agresivas buscan más territorio. Sabemos lo que ocurre cuando una cultura se entrega a –y promueve– teorías conspirativas sobre los judíos. Sabemos que incluso las formas más utópicas de autoritarismo degeneran en regímenes de una opresión aplastante y una corrupción profunda. Algunos son siempre más iguales que otros.

En 2024, impartí una clase universitaria con un título llamativo: “Por qué la política estadounidense se volvió loca”. A riesgo de resumir un semestre en una frase, la involución transcurrió en tres etapas: de la victoria a la separación y de la separación a la radicalización.

Cuando terminó la Guerra Fría, Estados Unidos, por primera vez desde las guerras contra la Alemania nazi y el Japón imperial, no enfrentaba desafíos externos a su prosperidad y poder. Éramos, en palabras del exministro francés de Asuntos Exteriores Hubert Védrine, la “hiperpotencia”.

Comencé con El fin de la Historia, para tomar prestado un término del incomprendido libro de Francis Fukuyama, pero empecé con su advertencia visionaria cerca del final:

Si los hombres no pueden luchar en nombre de una causa justa porque esa causa justa triunfó en una generación anterior, entonces lucharán contra la causa justa. Lucharán por el puro gusto de luchar; dicho de otro modo, lucharán por aburrimiento, porque no pueden imaginarse viviendo en un mundo sin grandes luchas políticas y sin sacrificios. Y si la mayor parte del mundo en el que viven se caracteriza por una democracia liberal pacífica y próspera, entonces lucharán contra esa paz y prosperidad, y contra la democracia.

Eso es exactamente lo que estamos haciendo. Estamos luchando unos contra otros. Algunos de nosotros estamos luchando contra la propia democracia. Estados Unidos es el único país, de entre 25 comparables, en el que una mayoría de personas cree que sus conciudadanos son moralmente malos. No debería sorprender, por tanto, que el partidismo negativo –cuando se apoya a un partido principalmente por el desprecio hacia sus adversarios– sea un factor central de la política estadounidense.

Esto nos separa. Cada vez más ciudadanos estadounidenses viven en estados dominados por un solo partido o en condados de victorias aplastantes, donde uno u otro bando gana las elecciones presidenciales por 50 puntos porcentuales o más.

¿Y qué ocurre cuando se reúnen personas de ideas afines? La ley de la polarización grupal, aplicada por primera vez a la toma de decisiones políticas por el profesor de derecho y autor Cass Sunstein en 1999, nos enseña que cuando personas de ideas afines deliberan, se vuelven más extremas.

Se crea una monocultura, y los republicanos se vuelven más republicanos. Y los demócratas más demócratas. Y a medida que los dos bandos se alejan más, tanto geográfica como ideológicamente, perdemos incluso la capacidad de entender las vidas y los pensamientos de los otros.

Sin embargo, si volviera a impartir la clase, añadiría una cuarta etapa: la amnesia. El problema no es solo que nos lancemos a la yugular unos de otros; es que, en respuesta, estamos recurriendo a las peores ideas alternativas de la historia reciente.

No es casualidad que esto ocurra en un momento en el que una generación de líderes mundiales no tiene experiencia con las guerras mundiales y en el que millones de jóvenes no tienen experiencia con el fascismo real y el comunismo real.

Cuando se acaba la experiencia, tiene que empezar la educación. No puedes simplemente saber lo que fue el Holocausto; también tienes que entender el Holodomor. La expresión “los cañones de agosto” debería significar algo, y cuando se ve a todas las grandes potencias pisar el acelerador militar –sin que nadie frene– eso debería despertar la más urgente preocupación.

Pocas cosas demuestran que lo viejo vuelve a ser nuevo más que la creciente marea de antisemitismo. ¿Cuántas veces hay que desmentir antiguas mentiras? ¿Debe ocurrir en cada generación, durante miles de años?

Así que ahora nos enfrentamos a una prueba. ¿Podemos educarnos para alejarnos del desastre? ¿Queda suficiente conocimiento para penetrar no solo en las mentes, sino también en los corazones de los que están profundamente descontentos?

Hace unas semanas, un fragmento de la extraordinaria serie de HBO Banda de hermanos se hizo viral en internet. Era del episodio en el que los chicos de la compañía Easy descubren un campo de concentración. El impacto es visceral. Es imposible que una persona decente lo vea sin jurarse a sí misma: “Nunca más”.

También me viene a la mente una escena horrible en el inicio del drama de ciencia ficción de Netflix El problema de los 3 cuerpos, que muestra una sesión de humillación pública durante la Revolución Cultural china. Una vez más, el impacto es visceral. La brutalidad es difícil de ver.

La televisión no es suficiente. Los libros no son suficientes. Las historias de padres y madres, abuelas y abuelos, no son suficientes. Hará falta todo –ver, leer, escuchar– para hacernos recordar.

Tenemos que saber que el mundo tal como es, con todas sus ineficiencias e injusticias, es mejor que el mundo que fue. Rezo para que podamos aprender esa lección antes de que la amarga experiencia nos enseñe una vez más que esta democracia imperfecta y este frustrante orden liberal mundial son infinitamente mejores que la violencia y la opresión –la hambruna y la deliberada masacre de millones de hombres, mujeres y niños– del pasado no tan lejano.

David French es columnista de Opinión y escribe sobre derecho, cultura, religión y conflictos armados. Es veterano de la operación Libertad para Irak y exabogado constitucional. Su libro más reciente es Divided We Fall: America’s Secession Threat and How to Restore Our Nation. Puedes seguirlo en Threads (@davidfrenchjag).

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