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Las investigaciones han demostrado que las políticas más restrictivas pueden mermar el potencial de los niños que nacen y crecen en un país como no ciudadanos.
Mariam Sobayo estuvo muy cerca de sentir que pertenecía a Irlanda.
Nació en Dublín el 10 de febrero de 2005, solo unas semanas después de que el país pusiera fin a su antigua práctica de conceder la ciudadanía a todos los niños nacidos en territorio irlandés. Sus padres emigraron a la República de Irlanda desde Nigeria en 2001, y es la menor de cinco hermanos. Dos de sus hermanas mayores nacieron en Irlanda en 2002 y 2004.
Dada la fecha, automáticamente se convirtieron en ciudadanas irlandesas. A Sobayo le costó años de papeleo y espera de respuestas para finalmente obtener la ciudadanía a los 18 años.
“Nací en Dublín, nunca salí de Dublín”, dijo sobre su infancia en la capital irlandesa, y describió sus calificaciones excepcionales en los estudios de lengua irlandesa en la escuela. “Es como decir: ‘Oh, aquí está esta nueva ciudadanía’. Y yo pienso: ‘Llevo aquí desde el primer día’”.
Sin pasaporte, no podía viajar fuera del país, ni siquiera cuando sus compañeros de clase hacían excursiones escolares. Cuando se aprobó su naturalización irlandesa, sintió una mezcla de alivio y rabia. “Siento como si cargara con un gran peso que se suponía que no me correspondía”, dijo Sobayo. Ahora es trabajadora social y se ocupa de niños que buscan protección internacional.
En las próximas semanas, la Corte Suprema de Estados Unidos emitirá su decisión en un caso histórico mediante el cual la Casa Blanca ha intentado poner fin a la norma legal de 157 años de antigüedad de la ciudadanía por derecho de nacimiento.
Cuando el presidente Donald Trump habla de este asunto, califica a Estados Unidos de “ESTÚPIDO” por conceder automáticamente la ciudadanía a los hijos de migrantes nacidos en Estados Unidos. Esta política destaca por su permisividad: aunque muchos países de Centro y Sudamérica tienen leyes similares, la mayoría de las naciones exigen que al menos uno de los progenitores sea ciudadano para que un niño pueda optar a la nacionalidad.
Pero las investigaciones han demostrado que las políticas más restrictivas pueden mermar el potencial de los niños que nacen y crecen en un país como no ciudadanos, y que flexibilizar la política puede mejorar las perspectivas de las generaciones nacidas con ese beneficio.
Por ejemplo, un estudio realizado por un equipo internacional de investigadores el año pasado descubrió que los hijos de migrantes en Estados Unidos superaban en rendimiento a los hijos de ciudadanos de edad similar, en comparación con los hijos de inmigrantes de segunda generación en otros países desarrollados. En las 12 naciones estudiadas, la ciudadanía por derecho de nacimiento estaba correlacionada con una mayor movilidad económica de los hijos de migrantes.
“De todas las economías desarrolladas del mundo, Estados Unidos es el que mejor integra a los migrantes, y cabe preguntarse por qué”, dijo Catalina Amuedo-Dorantes, catedrática de Economía de la Universidad de California en Merced. “Quizá ese acceso a la ciudadanía desde una edad temprana sea importante”.
Los ‘pecados de los padres’
Es difícil desentrañar el efecto de las distintas políticas de inmigración en los distintos países porque hay muchas variables y pocos experimentos naturales que permitan a los investigadores comparar un conjunto de personas con otro. El cambio de la República de Irlanda respecto a la ciudadanía por derecho de nacimiento proporciona un experimento de este tipo.
Durante gran parte de la historia de Irlanda, cualquier persona nacida allí tenía derecho a la ciudadanía. El Acuerdo del Viernes Santo, o Acuerdo de Belfast, de 1998, que forjó la paz en Irlanda del Norte, lo consagró en la Constitución irlandesa. Eso cambió en 2005, después de que el 79 por ciento de los votantes apoyaran un referendo para eliminar la enmienda constitucional sobre la ciudadanía por derecho de nacimiento.
La votación se produjo durante un periodo en el que la economía irlandesa estaba en auge y la calidad de vida mejoraba, lo que convirtió al país en un destino de inmigración en lugar de un exportador de personas, como había sido durante siglos. La República de Irlanda también se enfrentó a cierta presión por parte de la aún joven Unión Europea, ya que era el único país miembro que ofrecía la ciudadanía por derecho de nacimiento, y los ciudadanos de todos los países de la UE tenían ahora derecho a vivir y trabajar en cualquier lugar del bloque.
Pero el debate público se centró sobre todo en las afirmaciones de que el “turismo de la natalidad” estaba saturando los hospitales de maternidad. En realidad, la mayoría de las madres no irlandesas que daban a luz eran nacionales europeas que ya tenían derecho a la residencia, y las tensiones en los hospitales se debían a la falta de fondos. Un estudio reveló que los migrantes que llegaron a Irlanda entre 1999 y 2004 tenían más estudios y menos hijos que quienes llegaron antes o después.
Tras el referendo, la ciudadanía para cualquier persona nacida en Irlanda a partir del 1 de enero de 2005 dependería de la nacionalidad de sus padres y de su historial de residencia.
Aunque la Constitución ya no protegía la ciudadanía automática por derecho de nacimiento, se introdujeron otras disposiciones generosas, explicó Samantha Arnold, directiva de la consultora de inmigración Fragomen.
Los niños nacidos en Irlanda con al menos uno de sus padres residiendo legalmente en la isla durante tres de los cuatro años anteriores a su nacimiento aún pueden optar a la ciudadanía. Los niños nacidos en Irlanda que no tengan derecho a la ciudadanía de otro país también pueden optar a ella, lo que evita que se conviertan en apátridas.
“Hay muchas cosas para intentar incluir a la gente, pero, por supuesto, hay quienes van a caer por las rendijas”, dijo Arnold, y añadió que quienes corren más riesgo de no tener acceso a la ciudadanía son los hijos de padres que no tenían permiso para vivir en el Estado.
Ebun Joseph, relator especial del Plan de Acción Nacional contra el Racismo de Irlanda, recientemente produjo un documental sobre los jóvenes nacidos en Irlanda de padres no irlandeses poco después del referéndum, que se encuentran en una situación de incertidumbre.
“Creó un enorme vacío político que afecta a los jóvenes, sobre todo en su educación y su salud mental”, dijo Joseph. “Los pecados de los padres recaen sobre los hijos. Si uno de los progenitores es delincuente, o por cualquier motivo no obtiene la ciudadanía, los hijos quedan excluidos de ella”.
Oluchi Okoli nació en Irlanda el 30 de enero de 2005. Aún espera su ciudadanía irlandesa después de completar los documentos de naturalización en 2022. Su madre emigró de Sudáfrica y vivía legalmente en el país cuando nació su hija, pero padecía una enfermedad crónica y dejó de actualizar sus papeles de residencia.
Cuando su madre murió en 2019, Okoli se dio cuenta de que el permiso de residencia de su madre estaba caducado y de que nunca había solicitado la nacionalidad para sus hijos.
Esto inició un largo proceso para demostrar que tenía derecho a la ciudadanía por naturalización a través de la residencia legal de su madre. En su tercer año de universidad, el proceso aún se prolonga.
“Supone un gran desgaste para la persona”, dijo Okoli. Cree que el referendo para poner fin a la ciudadanía por derecho de nacimiento estuvo impulsado por un sentimiento antiinmigrante, algo que, según dijo, todavía siente.
“Todavía me preguntan: ‘¿Cuándo llegaste aquí? Y no voy a dejar que me afecte tanto”, dijo. “Pero ¿por qué lucho para demostrar que he estado en este país toda mi vida?”.
Más ciudadanía, más integración
El cambio en la República de Irlanda es aún demasiado reciente para haber generado muchos datos sobre cómo les va a los jóvenes adultos nacidos después de 2005 en comparación con sus pares algo mayores. Pero hay más estudios sobre un cambio similar en Alemania, que se produjo en la dirección opuesta.
El 1 de enero de 2000, Alemania empezó a conceder la nacionalidad por nacimiento siempre que al menos uno de los padres hubiera residido legalmente en el país durante ocho años, periodo que posteriormente se redujo a cinco años. Esto abrió el camino a muchos hijos de migrantes, que en aquella época eran generalmente trabajadores invitados procedentes de Turquía y Europa del Este. En 2024, unos 47.500 bebés nacidos de padres extranjeros tenían derecho a la ciudadanía, mientras que 100.000 no, según la oficina estadística alemana.
Las investigaciones han revelado que los varones nacidos justo después de la fecha de inicio que podían optar a la nacionalidad se integraban mejor con sus compañeros. Tanto los niños como las niñas se matriculaban en preescolar en mayor proporción, progresaban más rápidamente en primaria y tenían más probabilidades de cursar estudios más rigurosos en secundaria. Cometieron un 70 por ciento menos de delitos que quienes no obtuvieron la nacionalidad al nacer, y sus padres tenían más probabilidades de hablar alemán e integrarse en su comunidad local.
Simone Schüller, investigadora del Instituto Alemán de la Juventud, dijo que el efecto de la ciudadanía era probablemente subconsciente: los jóvenes tal vez no comprendan del todo cómo determina sus vidas.
“Lo vemos en cómo se comportan, cómo toman decisiones, cómo eligen opciones educativas y si optan por comportarse de forma delictiva o no”, dijo Schüller. “No estoy segura de que los propios individuos sean plenamente conscientes de ello”.
No obstante, tener un progenitor con residencia legal durante cinco años sigue siendo un requisito difícil de cumplir. Según Magdalena Benavente, asesora jurídica del Consejo de Migración de Berlín que aconseja a familias con problemas migratorios, carecer de ciudadanía puede tener un impacto significativo en los niños que nacen en Alemania sin derecho a ella.
Por ejemplo, las autoridades migratorias suelen preguntar a los padres por la asistencia a la escuela y las notas de sus hijos como indicadores de lo bien que se ha integrado la familia en la sociedad alemana, cuando les toca renovar el permiso de residencia.
“Esto significa que los niños sienten muy pronto la presión de que pueden ser deportados en cualquier momento”, dijo Benavente, en alemán. “Este miedo los destroza por completo”.
Christina Felfe, economista de la Universidad de Constanza, dijo que, a pesar de las ventajas de la ciudadanía por derecho de nacimiento, esta no había borrado las disparidades con los niños cuyos padres son alemanes.
“Vemos grandes problemas cuando hay una gran proporción de migrantes y nativos, y en particular si son culturalmente distantes, tenemos una gran proporción de discriminación, de falta de confianza”, dijo. “Es una política que podría contribuir a la integración, pero no es suficiente”.
Hay muchas diferencias entre Europa y Estados Unidos, el cual ha sido un motor de asimilación durante toda su existencia.
Pero incluso dentro de Estados Unidos, el acceso a la ciudadanía tiende a aumentar las contribuciones de los migrantes a su nuevo país de origen. Las investigaciones han descubierto que los europeos recién llegados durante la era de la migración masiva, antes de 1924, tenían más éxito si obtenían la ciudadanía, y lo mismo ocurría con su progenie. Por el contrario, la falta de estatuto legal reduce los ingresos de los migrantes e incluso el peso al nacer de sus hijos.
Si se revocara la ciudadanía por derecho de nacimiento, los hijos de migrantes nacidos en suelo estadounidense podrían estar en peor situación que los de países con más vías de naturalización a lo largo del tiempo, como Irlanda y Alemania. En Estados Unidos, sin un miembro de la familia estadounidense, los jóvenes tendrían pocas opciones de obtener la condición legal.
“De lo que estamos hablando en Estados Unidos es de pasar de una situación en la que los jóvenes son ciudadanos a ser efectivamente indocumentados. Eso es extremo”, dijo Elizabeth Cascio, profesora de economía en Dartmouth. Las perspectivas de los niños sin estatus dependerían también de si tienen acceso a prestaciones públicas que el gobierno de Trump y los estados dirigidos por los republicanos han empezado a retirar. “Esa brecha se ha ampliado en los últimos años”, dijo Cascio.
Lydia DePillis reporta sobre la economía estadounidense. Es periodista desde 2009, y le puedes escribir a lydia.depillis@nytimes.com.
Megan Specia cubre el Reino Unido, Irlanda y la guerra en Ucrania para el Times. Radica en Londres.
Tatiana Firsova es traductora para el Times en Berlín y también colabora con investigaciones y reportajes.

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