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El sábado, el papa León XIV tiene previsto visitar la localidad de Sant’Angelo Lodigiano, en el norte de Italia, donde rendirá homenaje a una santa muy querida para él: la madre Francisca Cabrini, quien nació allí en 1850 y falleció en 1917 en Chicago, la ciudad natal del papa. Cuando la Iglesia católica canonizó a Cabrini 29 años después –un proceso rápido para un trámite minucioso que puede prolongarse durante siglos–, se convirtió en la primera santa estadounidense.
La visita de León parecería ser una ocasión ideal para celebrar el catolicismo en Estados Unidos, pero eso sería pasar por alto lo esencial. León y Cabrini están unidos por algo mucho más profundo que su común ciudadanía estadounidense: una sensibilidad global compartida, forjada por sus propios viajes a través de fronteras, culturas y continentes, que inspiró un compromiso con las personas que construyen nuevas vidas en tierras lejanas.
La peregrinación del papa hacia Cabrini, al igual que su elección a la silla de Pedro, es una invitación a los estadounidenses a verse a sí mismos como ciudadanos del mundo, mientras su gobierno parece estar replegándose hacia el aislamiento político, cultural y económico.
Está muy bien que los estadounidenses celebren la elección de un papa de su propio país. (¡Al fin y al cabo, las ciudades y pueblos italianos han tenido esa oportunidad 217 veces!) Pero sería aún mejor que los estadounidenses adoptaran las lecciones que León y Cabrini aprendieron de su propia experiencia: que las personas, los problemas, los bienes y las ideas fluyen libremente a través de las fronteras políticas y que, en consecuencia, los retos del mundo –el cambio climático, las crisis de salud pública, las guerras y la inestabilidad económica– no pueden entenderse, y mucho menos resolverse, simplemente a nivel local o nacional.
La principal de estas cuestiones es la migración, uno de los retos más urgentes del mundo. Durante su estancia en Sant’Angelo Lodigiano, León sin duda llamará la atención sobre este asunto al destacar la labor que Cabrini dedicó toda su vida a los migrantes durante una época anterior de desplazamientos masivos. Su mensaje suscitará inevitablemente comparaciones con la campaña antiinmigrante del presidente Donald Trump, de la que León se ha mostrado crítico.
Como fundadora de las Hermanas Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús, Cabrini realizó decenas de travesías oceánicas entre 1889 y 1912, fundando 67 escuelas, orfanatos y hospitales en tres continentes. En un principio, las hermanas se propusieron atender a los migrantes procedentes de Italia, pero en poco tiempo su labor pasó a abarcar a los recién llegados de todos los orígenes.
En su homilía durante la misa de canonización de 1946, el papa Pío XII elogió a la nueva santa por tender “una mano amiga, un refugio acogedor, consuelo y ayuda” a las personas desarraigadas de sus países de origen. Pío XII sugirió que la visión internacional de Cabrini la convertía en una artífice de la paz y la reconciliación en un mundo desgarrado por los conflictos.
Ese mensaje quedó silenciado en Estados Unidos. En su lugar, la canonización de Cabrini se celebró como un triunfo nacional. Sus defensores resaltaron su identidad estadounidense, atribuyéndole un amor especial por Estados Unidos e insistiendo en que se había naturalizado por el deseo de aliarse con su grandeza. (En realidad, es muy probable que la pragmática Cabrini hubiera seguido el consejo de su abogado).
La Iglesia presentó a Cabrini como un modelo de mujer que trascendía las fronteras nacionales. Sin embargo, junto con sus conciudadanos, los católicos estadounidenses la proclamaron patrona no oficial del excepcionalismo estadounidense.
Al igual que Cabrini, el papa León ha vivido durante largos períodos en Italia, Estados Unidos y Sudamérica. También, al igual que ella, viajó mucho y se convirtió en ciudadano adoptivo de un país en el que había prestado servicio durante mucho tiempo; en su caso, se trataba de Perú. Quizá el punto en común más llamativo entre el primer papa estadounidense y la primera santa estadounidense sea también el más instructivo: su ciudadanía estadounidense significa, o significó, mucho más para otros ciudadanos estadounidenses que para el resto del mundo o, de hecho, para cualquiera de ellos.
Parecía que la ciudadanía estadounidense de León apenas había llamado la atención de los cardenales que votaron por él. A lo largo de sus años en Perú, de sus viajes como superior de la orden agustina y de su labor en el departamento del Vaticano encargado de supervisar a los obispos y su selección, cultivó una perspectiva global que ayudó a romper el tabú tácito que existía en el Vaticano respecto a un papa estadounidense. Por mucho que León animara con fervor a los White Sox o disfrutara de la pizza de Chicago, hacía tiempo que había dejado de ver el mundo principalmente a través de una lente estadounidense.
Eso podría explicar por qué no habló en inglés durante su primera aparición como papa, o por qué ha optado deliberadamente por viajar a Lampedusa –la isla italiana a la que han llegado tantos migrantes– el 4 de julio, en lugar de sumarse al espectáculo patriótico que rodea las celebraciones del 250.º aniversario de Estados Unidos. Sospecho que el sentimiento que Cabrini dijo que la impulsó a alejarse de Sant’Angelo Lodigiano resuena en León: “El mundo es demasiado pequeño”, escribió en 1887, “para limitarnos a un solo punto; quiero abrazarlo por completo y llegar a todas sus partes”.
Hace ochenta años, eufóricos por la victoria en la Segunda Guerra Mundial, los estadounidenses podían ignorar alegremente la descripción que el papa Pío hizo de Cabrini como una santa global. Hoy, desde una posición mucho más precaria en el mundo, pasan por alto el ejemplo de este papa global por su cuenta y riesgo. La lección más profunda que nos deja el primer pontífice estadounidense podría ser que nuestro mundo interdependiente se ha vuelto, en palabras de Cabrini, “demasiado pequeño” para las fantasías ya superadas del excepcionalismo estadounidense.
Kathleen Sprows Cummings dirige la Iniciativa de Investigación Católica Global en la Universidad de Notre Dame.
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