Opinión: Tengo 53 años. Dejen de decirme que soy invisible

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Para empezar, quiero dejar claro que no estoy desapareciendo. Tampoco siento que esté perdiendo relevancia, que haya quedado fuera del juego, ni que me estén borrando. Por favor, no confundan lo que escribo aquí con el último acto de resistencia de alguien que agita el puño y se niega a irse discretamente.

Solo soy una mujer de 53 años, probablemente en la menopausia, con dos hijas adolescentes, que sigue con su vida: trabajo, crío a mis hijas, paso el rato con amigos y familia, a veces estoy agobiada, a veces disfruto de los frutos de la experiencia, a veces me siento fatal, a menudo me siento bien, y sin desvanecerme en absoluto en un charco de nada. Incluso siento, con bastante frecuencia, que estoy en mi mejor momento.

¿Por qué, entonces, en tantos programas de televisión, películas y podcasts que se promocionan para mí, siento, más que nunca, que me encuentro constantemente con la idea de que, una vez que una mujer llega a la mediana edad, se vuelve invisible?

Quizás te hayas topado con algo similar. Se trata de dos mujeres en Platonic, interpretadas por Rose Byrne y Carla Gallo, que hablan de cómo “nadie nos mira. Somos invisibles. Somos mujeres de mediana edad”. Es el personaje de Rachel Weisz en Vladimir de Netflix, una serie sobre una profesora obsesionada con su colega más joven, que afirma: “como mujer mayor –en serio, ¿qué hay más vergonzoso?–, habré perdido la capacidad de cautivar”.

En la comedia canadiense Small Achievable Goals, las protagonistas Jennifer Whalen y Meredith MacNeill –quizá dos de las actrices cómicas más conocidas de Canadá y ambas integrantes fundadoras de la popular compañía de comedia Baroness von Sketch— se lamentan de su invisibilidad. “No existe ningún ‘¿Estás ahí, Dios? Soy yo, la menopausia’”, dice el personaje de Whalen. “¿Y saben por qué?” Sería un libro cortito, dice: “Sus huesos se convierten en polvo, se vuelve invisible y luego muere”.

¿Pero honestamente? Ha llegado al punto en que cada vez que me topo con ese sentimiento, me provoca un pequeño baile interno de alegría. Porque que te digan constantemente que eres invisible no es más que una prueba de que cada vez eres más visible.

De verdad creo que nunca ha habido un momento más vibrante para ser una mujer de 50 y tantos. Por lo general, gozas de una salud mucho mejor que las generaciones anteriores a esta edad, y puedes esperar vivir hasta los ochenta. El sexo suele ser mejor, en parte gracias a la reevaluación de la eficacia de la terapia hormonal sustitutiva para las mujeres. Una mujer de mediana edad hoy tiene más probabilidades que sus predecesoras de tener estudios universitarios, ingresos y bienes propios, y la libertad legal y social para abandonar un matrimonio infeliz si así lo desea. Se puede decir con seguridad que el significado de la mediana edad ha cambiado desde los tiempos en que las cincuentonas de Los años dorados representaban, al menos culturalmente, la idea de que la mediana edad es el comienzo del gran declive de la vida.

Incluso la famosa crisis de la mediana edad parece estar en declive: durante años, los economistas describieron la felicidad como una curva en forma de U que tocaba fondo a finales de los 40, por lo que éramos más infelices en la mediana edad antes de volver a encontrar la felicidad en los últimos años de la vida. Sin embargo, más recientemente, esa curva parece aplanarse, con el bienestar en la mediana edad en ascenso, de modo que el arco de la felicidad –al menos en teoría– luce notablemente diferente.

No es que la mediana edad se haya vuelto más fácil para las mujeres. De hecho, podría ser incluso más pesada que nunca. Es muy probable que las mujeres de mediana edad hayan tenido a sus hijos más tarde que las generaciones anteriores: las madres primerizas de hoy son unos seis años mayores que las madres primerizas de 1970. También trabajan en tasas muy superiores a las de las mujeres hace 50 años. (En 1975, solo el 47 por ciento de las madres estadounidenses formaban parte de la fuerza laboral; hoy en día, la cifra supera el 70 por ciento). Sus padres viven cada vez más tiempo, hasta una edad en la que sus necesidades de cuidados se intensifican. Cuando se habla de la generación “sándwich”, atrapada entre el cuidado de los padres y el de los hijos, las mujeres de mediana edad están justo en el centro de ese sándwich.

Para mí, nada de esto se parece en absoluto a la invisibilidad. Si acaso, es justo lo contrario: presencia. Pero Hollywood no produciría películas ni series de televisión sobre mujeres que se sienten ansiosas por volverse invisibles a menos que hubiera un público para ese sentimiento. ¿Pero de dónde viene eso? Una reciente campaña de L’Oréal París afirmó que el 70 por ciento de las mujeres creen que se vuelven invisibles con la edad.

Así que vale la pena preguntarse: ¿Invisibles cómo? ¿Y para quién?

Hace poco leí el maravilloso libro de La mujer invisible: Descubre cómo los datos configuran un mundo por y para los hombres, que detalla cómo, en todo –desde los ensayos clínicos hasta el diseño industrial–, la norma masculina aún es el estatus quo. Pero también estoy segura de que el diseño de los teléfonos celulares y el infradiagnóstico de los ataques cardíacos en mujeres no son a lo que se refiere una empresa de cosméticos como L’Oréal, ni una serie como Platónico.

No, toda esta habladuría sobre la invisibilidad se refiere a una sola cosa: el paso de la juventud. Una mujer de mediana edad en 2026 puede ser muchas cosas –exitosa, deseable, indispensable–, pero definitivamente no es joven, ni se le sigue percibiendo como tal. Entonces se aplica un cliché gastado, impregnado de la mirada masculina: si la juventud ya no es visible, entonces la mujer debe ser invisible.

Esta fijación con la juventud es insensible y obsoleta. Kamala Harris se postuló para presidenta en 2024 cuando estaba por cumplir 60 años, y toda la energía de su campaña era la de alguien desbordante de optimismo. (Ayudaba que estuviera compitiendo para suceder a un hombre de 81 años y que su rival en la campaña tuviera 78). Las mujeres ocupan casi el 30 por ciento de los cargos ejecutivos de alto nivel, frente al 17 por ciento de hace apenas una década, y la edad promedio de estas ejecutivas es de aproximadamente 55 años.

Estas cifras aún pueden y deben mejorar, pero apuntan tanto a un aumento de la influencia como de la visibilidad de las mujeres de más edad. Entonces, ¿de qué estamos hablando? ¿De menos piropos?

Para que podamos escuchar a las mujeres de mediana edad decir que son invisibles, ellas tienen que ser completamente visibles. Small Achievable Goals puede hacer chistes sobre mujeres de cierta edad que sienten que no existen precisamente porque esta serie ha abierto nuevos caminos y existe — un tipo de serie que antes apenas existía– . El personaje de Weisz en Vladimir puede decirlo en parte porque está en una serie que dirige su foco directamente sobre una mujer de mediana edad.

Si una mujer de 50 años alza la voz y proclama ser “invisible” y no hay nadie que la vea, la escuche o le importe, la afirmación es acertada. Pero si tiene espacios donde expresarlo, u otras mujeres visibles a su alrededor que puedan decirlo por ella, la “invisibilidad” se convierte en una afirmación que no cuadra.

Hay precedentes de mujeres que identifican el fenómeno de la invisibilidad en la mediana edad incluso mientras lo desafían. En La vejez, publicado en 1970, Simone de Beauvoir escribió que las mujeres mayores eran excluidas del orden erótico; aunque ella misma, entre los 50 y los 60 años, estaba inmersa en una serie de aventuras amorosas con todo tipo de amantes.

Susan Sontag tenía 39 años cuando articuló el concepto con admirable precisión en su ensayo de 1972 “El doble estándar del envejecimiento”, donde escribía que se percibía que los hombres maduraban mientras las mujeres se marchitaban. Sin embargo, a sus 50 años, Sontag era una de las mujeres más fotografiadas de Nueva York y transitaba la vida literaria con un magnetismo erótico e intelectual legendario.

Nadie puede decir que Sontag sea otra cosa que un caso excepcional, pero la historia ha acabado por reflejar la forma en que vivió su mediana edad. Así que ahora hay que crear una categoría para este tipo de mujer de mediana edad: una que no se desvanece por ya no ser joven, sino que, al contrario, está en su mejor momento precisamente porque está coronada de años. Esta mujer es independiente, capaz, deseante y deseable, feliz con sus años y con la mirada puesta en las décadas y décadas que aún tiene por delante.

Hace poco hice una encuesta entre varias de mis amigas de mediana edad y les pregunté: “Si pudieras tomarte una poción y volver a tener 22 años hoy mismo, ¿lo harías?”.

Algunas dudaron, pero tras pensarlo un poco, ninguna dijo que sí.

Todas están desbordadas con el trabajo, la familia y las responsabilidades. Pero también asumen el glorioso caos de sus 50, mantienen todo a flote y cosechan la subestimada satisfacción que da la sensación de dominio. Estas mujeres solo podrían ser verdaderamente invisibles para ciertas personas: aquellas que se pierden la historia porque siguen demasiado ocupadas buscando la juventud de una chica.

Silcoff es crítica cultural y trabaja en un libro sobre la vida sexual de la Generación X.

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