Opinión: El fiasco de Trump con Irán podría salvar a EE. UU. de la próxima guerra

This post was originally published on this site.

Con Irán, Donald Trump ha logrado de nuevo lo imposible. Al atacar a Irán en febrero, se adentró donde sus predecesores nunca se atrevieron: se alió con Israel en un intento por derrocar o neutralizar al régimen de Teherán. Como no consiguió ninguna de las dos cosas, parece haber aceptado peores condiciones de las que podría haber obtenido por la vía diplomática. Su guerra también fue un lastre político y cuando comenzó obtuvo menos apoyo público que cualquier otro gran conflicto en la historia moderna de Estados Unidos.

Ahora, los llamados “halcones”, los que tienen un enfoque más agresivo sobre el conflicto y que se entusiasmaron con la operación Furia Épica, están molestos con Trump por haber terminado el enfrentamiento. Los pacifistas no le perdonarán haberlo iniciado. Todo el mundo ha salido peor parado y nadie está contento: un final apropiado y extraordinario para una guerra trumpiana.

En líneas generales, sin embargo, el desenlace resulta familiar, casi rutinario. Fiel a su estilo, Estados Unidos lanzó una guerra de cambio de régimen en Medio Oriente. Se centró en un adversario al que miembros de ambos partidos llevan mucho tiempo considerando una amenaza casi existencial. Y de nuevo, solo que esta vez más rápido, el esfuerzo terminó en fracaso. La pregunta ahora es si se ha roto el ciclo de intervenciones estadounidenses ineficaces o si simplemente ha dado otro giro. Si los desastres consecutivos de las guerras anteriores no impidieron que esta ocurriera, ¿por qué el fracaso evidente de esta impediría una próxima?

Es muy posible que no; el riesgo de un nuevo conflicto se cierne sobre nosotros. Pero en aspectos importantes, esta guerra no se parece a ninguna otra, empezando por la persona que la inició. Trump era la mayor esperanza de los partidarios de la línea dura. Lo intentó con todas sus fuerzas contra Teherán y se quedó corto.

La guerra innecesaria, injustificada e ilegal que siguió convulsionó la región, conmocionó la economía mundial y exasperó a la opinión pública estadounidense. Y, sin embargo, podría dejar como legado un regalo inesperado: una aversión duradera al conflicto militar con Irán y la oportunidad de sustituir décadas de políticas fallidas por una diplomacia seria.

El primer factor es el propio Trump. Barack Obama, que intentó entablar un diálogo con Irán desde el inicio de su presidencia, se enfrentó a una oposición constante por parte de los republicanos y de muchos demócratas, lo que socavó su acuerdo nuclear. Trump lo hizo pedazos tres años después, y ahora se ha convertido en el instigador y el más ruidoso defensor de una guerra brutal, el padre de su fracaso y, así se espera, quien traiga la paz. Piensa en Nixon yendo a China… si Nixon hubiera bombardeado a China primero.

Ningún presidente ha tenido jamás más margen de maniobra para llegar a un acuerdo con la República Islámica, si así lo decidiera. El acuerdo del gobierno de Trump ha sido objeto de burlas, pero no ha sido realmente cuestionado por la izquierda, que quiere que termine el conflicto. Los halcones antiiraníes de Washington gritan, pero habiendo alejado a los demócratas desde hace tiempo, corren el riesgo de quedarse sin hogar político si rompen por completo con Trump. Tampoco pueden distanciarse fácilmente del presidente. Lo aplaudieron por destruir el acuerdo nuclear de Obama y se emocionaron con su giro hacia la guerra hace apenas unos meses. A estas alturas, solo pueden esperar que Trump fracase en alcanzar un acuerdo nuclear más amplio, para poder presionarlo a regresar a la guerra con objetivos aún más ambiciosos.

Puede que lo consigan, claro. Trump no podría ser más impredecible; convertir su ambiguo “memorando de entendimiento” con Irán en un acuerdo detallado supone un reto abrumador; y, incumpliendo su propio acuerdo, amenazó casi de inmediato –y lo ha seguido haciendo desde entonces– con reanudar los bombardeos si el comportamiento de Irán le desagrada. Aun así, para Trump, el uso de una fuerza desmesurada contra Irán ya no es una opción tentadora con la que pueda fantasear, sino una experiencia traumática de la que tuvo que retirarse. La guerra que imaginó le entregó una gloria rápida. La guerra que se encontró nació impopular y está muriendo huérfana.

Si incluso una tregua tenue y hostil se mantiene durante el resto del mandato de Trump, entonces sus sucesores también conocerán el precio de la guerra. Habrán visto que Estados Unidos agotó rápidamente enormes cantidades de munición de alta gama, necesaria en Europa y Asia, sin lograr eliminar los misiles y drones de Irán. Que Irán tomó rápidamente el control del estrecho de Ormuz, infligiendo costos inequívocos a los estadounidenses comunes, mientras Estados Unidos carecía de opciones militares para forzar la apertura del estrecho. Que, después de que cayeran todas las bombas, el futuro del programa nuclear de Teherán solo pudiera abordarse mediante negociaciones, con un régimen que emergió envalentonado, reivindicado y victorioso. Los futuros presidentes recordarán, en resumen, que la guerra fue contraproducente según sus propios términos y se hizo a expensas de cualquier otra prioridad exterior e interna.

También es menos probable que se dejen engañar por quienes celebraron esta desventura. Durante años, los críticos del acuerdo nuclear de Obama afirmaron que lo único que querían era un “mejor acuerdo”, logrado mediante presión pero no violencia. Hoy quedan al descubierto, después de haberse alineado tras un gran ataque lanzado por un presidente orgullosamente improvisador en ausencia de cualquier amenaza inminente, y que produjo un acuerdo que no pueden defender. De aquí en adelante, sus promesas de una coerción sin costo sonarán a lo que en realidad son: un tambor de guerra.

Este conflicto también ha tensionado el orden regional que llevó a Estados Unidos e Irán al borde del abismo en muchas ocasiones anteriores. Durante décadas, Washington se ha enredado deliberadamente en arreglos de seguridad que dividen de forma tajante a Oriente Medio entre amigos y enemigos. El primer pilar es la relación especial de Estados Unidos con Israel. Los agravios de Washington con Teherán son profundos, pero la vehemencia de su hostilidad hacia Irán –y su disposición a recurrir a la fuerza– se debe en gran parte a su compromiso singular con Israel, que ve el arsenal de misiles y drones de la República Islámica, sus representantes regionales y sus ambiciones nucleares como amenazas directas y existenciales.

Ahora, sin embargo, la alianza de Estados Unidos con Israel atraviesa una tensión sin precedentes. El arco de la guerra es revelador. Lo que comenzó como la campaña militar más estrecha e integrada entre Estados Unidos e Israel en la historia terminó con un líder estadounidense reprendiendo públicamente a su contraparte israelí en los términos más duros, criticando su belicosidad “despiadada” en el Líbano y acusándolo de poner en riesgo un acuerdo con Irán.

A esto se suma un cambio radical en la opinión pública estadounidense: el 60 por ciento de los adultos en Estados Unidos tiene una visión negativa de Israel, frente al 42 por ciento en 2022, en buena medida porque perciben una brecha cada vez mayor entre el comportamiento israelí y los intereses estadounidenses. Muchos creen que el primer ministro Benjamín Netanyahu engatusó a Trump para llevarlo a la guerra con promesas de una victoria rápida y fácil, y luego se involucró en repetidas escaladas para bloquear cualquier salida. Netanyahu también ha jugado su carta, y es probable que sus peticiones para reanudar las hostilidades encuentren una mayor resistencia en Estados Unidos.

El rechazo estadounidense hacia Israel podría apaciguarse. Si Netanyahu pierde las elecciones parlamentarias que se celebrarán dentro de unos meses, muchos en Washington darán un suspiro de alivio y esperarán que la relación bilateral vuelva a la normalidad. Un futuro gobierno israelí, más pragmático que su predecesor, pero no menos alarmado por el comportamiento de Irán y igualmente decidido a contrarrestarlo, podría diseñar sus propios planes de acción militar y esperar rehabilitar su influencia en Estados Unidos. Pero después de la guerra en Gaza, después de Irán, luego de que la crítica al apoyo estadounidense a Israel se haya transformado en un tema de base que resuena desde la izquierda hasta la derecha, la tarea será ardua.

El segundo pilar del orden regional de Estados Unidos es su presencia militar en el Golfo Pérsico: una red de bases destinadas a proyectar el poder estadounidense y proteger a los estados árabes, pero que Teherán consideraba a la vez una amenaza genuina y un objetivo codiciado. El resultado ha sido un sistema que se refuerza a sí mismo, en el que las alianzas destinadas a disuadir el conflicto lo agravaron y en el que Estados Unidos, que pretendía ser guardián de la paz, se convirtió en un beligerante central de la guerra.

La guerra con Irán ha deteriorado de manera física ese sistema. Según informes, Teherán dañó al menos 20 instalaciones militares estadounidenses en toda la región, al utilizar sistemas de defensa antimisiles, aeronaves y otra infraestructura. Washington debe afrontar el hecho de que su red de bases generó vulnerabilidad, no seguridad, tanto para sí mismo como para sus aliados. Los estados del Golfo aprendieron una lección más dura: que, en su hora de necesidad, Estados Unidos priorizó sus propios intereses y los de Israel, dejándolos expuestos a represalias iraníes por una guerra que no querían y en cuya configuración apenas habían participado.

Por lo tanto, quizá más trascendental que el daño material sea el golpe asestado a la justificación del papel regional de Estados Unidos. Las monarquías del Golfo no romperán sus lazos de seguridad con Washington, pero ambas partes tienen motivos para preguntarse si la enorme presencia militar estadounidense en Medio Oriente forma parte del problema que se supone debía resolver, y si no estarían mejor construyendo un equilibrio regional que no dependa tanto de las promesas de protección estadounidense.

El alejamiento de Estados Unidos de la guerra es incipiente y frágil. Persiste la tendencia a ver a Irán como la causa raíz de todo lo que aflige a Oriente Medio y a exagerar la amenaza que representa, a habilitar y financiar las soluciones agresivas de Israel, y a equiparar los intereses estadounidenses con su presencia militar en el Golfo. Mientras persistan estas condiciones, Trump o sus sucesores podrían volver a recurrir a la fuerza militar.

Quienes se oponen a la guerra de ayer con Irán tienen interés en evitar la de mañana, en romper el enredo de Estados Unidos en conflictos que lamenta cada vez más rápido y con mayor intensidad a medida que se repiten. Esta misión no es en absoluto imposible. La derrota militar –que es lo que Estados Unidos acaba de sufrir– ha obligado en repetidas ocasiones a los estadounidenses a reevaluar la gravedad de una amenaza que no pudieron eliminar.

Hace cinco décadas, Estados Unidos dejó Vietnam en manos de los comunistas y descubrió que las fichas de dominó no caían. Hace cinco años, se retiró de Afganistán y aprendió a distinguir a los talibanes victoriosos de Al Qaeda y el ISIS. Enfrentar el verdadero costo de la guerra llevó a los estadounidenses a preguntarse si la amenaza había sido exagerada desde el principio.

Irán, claramente, no debería ser uno de los principales problemas de Estados Unidos. Algún día, de una forma u otra, dejará de serlo. La pregunta es cuándo, y a qué precio tan terrible.

Robert Malley fue enviado especial para Irán entre 2021 y 2023. Es presidente emérito y director del programa para Medio Oriente del International Crisis Group, además de profesor en la Escuela Jackson de la Universidad de Yale. Stephen Wertheim es investigador principal del programa American Statecraft del Carnegie Endowment for International Peace y profesor visitante en la Facultad de Derecho de Yale. Es autor de Mañana, el mundo: el nacimiento de la supremacía global de Estados Unidos.

Imágenes de Wirestock y tiero/Getty Images

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *