Donde los multimillonarios veranean, trabajadores migrantes enfrentan fríos mortales

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Las citas de la traducción de este reportaje, originalmente dadas en español, fueron traducidas del inglés al español.

En invierno, la gente de los Hamptons sabe cómo proteger lo que más valora. Los setos decorativos que rodean las casas de varios millones de dólares se envuelven con cuidado en arpillera. Se desenrollan rollos de tela, se cortan y se tensan bien. Luego se cosen a mano con agujas especiales, que se venden en las tiendas locales.

Esto se debe a que el frío puede ser mortal para algunas de estas plantas: cuando el agua que contienen se congela, se expande y rompe las paredes celulares.

En un terreno en pendiente a menos de 20 kilómetros de donde los ricos pagan para envolver sus arbustos, en un día tan frío que hasta un arroyo que atraviesa el bosque se congelaba, uno de los hombres que cosía la arpillera alrededor de los setos desapareció un jueves de febrero.

La última vez que lo vieron, Francisco Camey, de 61 años, se despertó en “su” lado –el izquierdo– del recinto que él y su hermano, Gilberto, de 51, habían creado bajo una lona blanca, atando cuerdas entre altos pinos en el bosque. Francisco salió a eso de las 9:30 a. m.

Esa noche, la temperatura bajó a -6 grados Celsius, y las ráfagas que venían de la bahía de Peconic hacían que la sensación térmica fuera de -17 grados Celsius. Francisco no volvió al refugio. Todavía estaba oscuro cuando Gilberto se despertó sobresaltado al sentir una brisa helada, como si alguien hubiera apartado la lona de plástico para entrar en la tienda. “¿Eres tú?”, gritó Gilberto, pero nadie respondió.

Al día siguiente, Gilberto siguió las huellas de su hermano.

El sendero de Riverhead, Nueva York, cruza el arroyo y luego se adentra en un bosque de pinos altísimos y robles esqueléticos. Hay que saber dónde mirar para ver a los demás habitantes, muchos de ellos trabajadores indocumentados de Guatemala.

Los zapatos deportivos de Gilberto se hundían en la nieve mientras avanzaba con dificultad por el sendero, con la sudadera con capucha bien ajustada para protegerse del frío. Salió a la curva de la autopista y siguió la carretera de dos carriles hasta la entrada de un parque. Pasada la fuente, junto a un campo de béisbol infantil, Gilberto vio algo azul.

Su hermano había muerto boca arriba en un montículo de nieve, con el pelo blanco hundido en la nieve, y solo tenía una sudadera azul de la marca Champion como protección. Tenía las manos apretadas contra el pecho, como si intentara aferrarse al último atisbo de calor.

“Pensé que yo también iba a morir”, dijo Gilberto a través de un intérprete.

Muchos de los trabajadores migrantes que cuidan del paisaje a lo largo de esta cadena de pueblos costeros, donde se encuentran algunas de las propiedades inmobiliarias más caras del mundo, no pueden permitirse vivir allí. Los más afortunados alquilan un cuarto –una habitación dentro de una casa abarrotada con otros trabajadores– por entre 800 y 1000 dólares al mes. En invierno, cuando escasea el trabajo de jardinería, incluso eso se vuelve inalcanzable para varias decenas de trabajadores, según cuentan los responsables de los albergues y el personal de asistencia social.

“Me partió el corazón darme cuenta de que en los Hamptons se cubren las plantas para el invierno, mientras que a la gente la dejan fuera, en el frío, sin nada”, dijo Marit Molin, trabajadora social clínica titulada y fundadora de Hamptons Community Outreach. “Como la mayoría de la gente, piensas que los Hamptons son un lugar lujoso”.

Los campamentos de los trabajadores se han convertido en el hogar de una fuerza laboral que es, al mismo tiempo, esencial e ignorada. Hay láminas de plástico colgadas en los bosques de Bridgehampton, a un paso de la finca ecuestre de 12 hectáreas de Madonna; en Southampton, donde Calvin Klein construyó una fortaleza de cristal y hormigón; y en East Hampton, donde Jerry Seinfeld tiene una finca de 4 hectáreas.

La difícil situación de los trabajadores no es nueva. En 2022, un conserje que trabajaba para algunos de los clientes más ricos de los Hamptons concedió una entrevista en la que describía cómo había pasado dos años viviendo en una tienda de 2 por 2 metros en el bosque. En 2024, un trabajador guatemalteco que vivía en el bosque murió atropellado en una autopista mientras caminaba hacia una parada de autobús, lo que provocó un torrente de preocupación.

Pero quienes defienden a los trabajadores dicen que la situación ha cambiado en el último año. Antes las tiendas de campaña estaban agrupadas, pero ahora los trabajadores se han dispersado por miedo a las redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas.

“La gente tiene más miedo y tiende a no pedir ayuda”, dijo Molin.

No hay ningún albergue permanente para personas sin hogar en los Hamptons, pero una organización llamada Maureen’s Haven ofrece refugio durante los meses de invierno en una red rotativa de iglesias. Francisco era una cara conocida por allí. Su oficina está a solo 2 kilómetros de donde encontraron su cuerpo.

“Medía 1,65, era un tipo bajito”, recordó un trabajador del refugio. “Le llamábamos ‘el pequeño Francisco’. Era un tipo encantador”.

‘Setos de alta costura’

A finales del siglo XIX, los manuales de jardinería creados para los propietarios de fincas en la zona rural de Nueva York recomendaban envolver los árboles frutales con arpillera gruesa al acercarse el invierno. Muchos años después, esta práctica tuvo detractores. Una columna de jardinería de 1978 advertía que nadie quería ver una pared de arpillera durante meses y meses.

Hoy en día, los setos de los Hamptons no solo están cubiertos, sino que van “tapizados”. “Es como ver a Dior confeccionar un vestido de gala”, declaraba un editorial de The East Hampton Star.

“El oligarca A de Lily Pond Lane lo hace, y luego el oligarca B, un poco más abajo en la misma calle, dijo: ‘Eso queda fantástico’”, dijo Todd Forrest, jefe de horticultura del Jardín Botánico de Nueva York. Al igual que otros horticultores, cree que la mayoría de las plantas que se cubren en realidad no lo necesitan.

Con el paso de los años, la demanda de jardineros en los Hamptons atrajo a inmigrantes de países con raíces agrarias. Los hermanos Camey, que estaban entre los 13 hijos de un aparcero de San Raymundo, un pueblo de las sierras centrales de Guatemala, llegaron a principios de la década de 2000. Francisco tenía 8 años cuando seguía a su padre al campo a plantar maíz; más tarde se lastimaba las manos quitando las hojas y luego transportaba las mazorcas en una cesta a la espalda, dijo su hermana Marta Camey, que habló por WhatsApp bajo el techo de chapa ondulada de su complejo familiar.

“Como cultivaban tierras que pertenecían a otras personas, cuando llegaba la cosecha, se dividía por la mitad: la mitad para el dueño y la otra mitad para nosotros”, dijo. “Por eso se marcharon: para ayudarnos a salir adelante, para sacarnos de ahí”.

El primer hermano en marcharse fue Manuel, en 2001; le siguieron Gilberto y Francisco, en 2003 y 2004, y por último Rafael, según cuentan Gilberto y Rafael. Tras pagar a unos traficantes para que les ayudaran a cruzar a Estados Unidos, se unieron a una oleada sin precedentes de inmigrantes latinos hacia los Hamptons, donde la población latina en las dos localidades más grandes se multiplicó por ocho entre 1980 y 2000. Esa población casi se triplicó en las décadas siguientes, según datos del censo recopilados a través del Sistema Nacional de Información Geográfica Histórica de la Universidad de Minnesota, así como de informes demográficos.

Hoy en día, los latinos representan más de una cuarta parte de la población de East Hampton y una quinta parte de la de Southampton.

Ahora hay tantos guatemaltecos –más de 20.000, según los datos del censo — que el país abrió un consulado en Riverhead en 2021, no muy lejos del bosque donde acabaron los hermanos.

Los hermanos Camey encontraron alojamiento en cuartos que costaban tan solo 150 dólares al mes. Se unieron a la vigilia diaria frente al 7-Eleven de Southampton, donde los camiones de jardinería empiezan a llegar a las 5 a. m.

Pero la reacción negativa ya se había desatado: en 2004, un año después de que llegara Francisco, el 7-Eleven de Southampton había colocado carteles que decían “Prohibido quedarse aquí” en español e inglés, según las fotos tomadas por el sociólogo Corey Dolgon y publicadas en su libro de historia, The End of the Hamptons: Scenes from the Class Struggle in America’s Paradise. En 2006, una propuesta para construir una sala de contratación en Southampton, donde los trabajadores pudieran esperar a que los recogieran bajo techo, quedó archivada debido a la fuerte resistencia. Gente con una pancarta que decía “Paren la invasión” se plantó frente a un edificio donde la Liga de Mujeres Votantes había organizado un foro para debatir la propuesta, según informó The Southampton Press.

Había denuncias sobre los sótanos abarrotados y las casas divididas por paredes de madera contrachapada donde vivían juntos los migrantes.

“La gente que acudió al Ayuntamiento insiste en que no hay ninguna intención racista”, declaró Theresa Quigley, supervisora adjunta de la ciudad de East Hampton, a The New York Times en 2012. Añadió: “Dicen que hablan de hacinamiento, pero en realidad se refieren a los latinos”.

Al principio, los sueldos de los hermanos Camey eran lo bastante altos como para saldar la deuda que tenían con los traficantes. Los jornaleros ganaban en promedio unos 10 dólares la hora –1400 dólares en un buen mes, 500 en uno malo–, según las estadísticas de The Southampton Press. Eso significaba que, incluso en un mal mes, aún podían pagar su cuarto. Manuel pudo volver a Guatemala a ver a su familia y, según dijo, pagó por segunda vez a un traficante para regresar. Manuel aprendió inglés coloquial y consiguió un trabajo preparando comida en un restaurante, lo que le dio la seguridad de contar con trabajo durante todo el año.

Francisco trabajaba tantos turnos como podía para pagar sus gastos y enviarle a su madre 700 quetzales al mes, unos 90 dólares. Durante años, la economía del cuarto le funcionó bien.

Pero la brecha entre quienes viven detrás de los setos y quienes los cuidan siguió ampliándose: poco después de su llegada, el precio medio de venta de una vivienda en los Hamptons se disparó por encima del millón de dólares. Ahora, algunos propietarios llegan a gastar hasta un millón de dólares al año en el cuidado de sus setos y jardines. Hace más o menos una década, cuando la poda de setos en los Hamptons se convirtió en un sector de lujo en sí mismo, Francisco se fue a vivir al bosque, dijo su familia.

El costo de un cuarto se había disparado hasta los 1000 dólares al mes, y cuando el trabajo se agotó tras la primera nevada, no tenía suficiente dinero para llegar hasta la primavera, dijo uno de sus hermanos. También bebía: cerveza, la más barata que encontraba. Era una forma de mitigar el aislamiento y, durante el invierno, de aliviar un poco el frío, dijo uno de sus hermanos.

Marta, la hermana de Francisco, dijo que él había empeorado tras la muerte de su madre en 2013.

“Una vez me llamó y no se atrevía a hablar”, dijo. “Estaba llorando. Y quizá entonces, por la tristeza, decidió entregarse a la bebida”.

Hace seis años, Gilberto se vio obligado a reunirse con Francisco en el bosque. “Los números ya no daban”, explicó.

Para entonces, Francisco ya había perdido el contacto con Manuel, Rafael y Marta. Intentaron ponerse en contacto con él varias veces, pero se escondía de ellos, posiblemente porque se avergonzaba de su problema con la bebida, dijo Gilberto. Gilberto empezó a cuidar de Francisco, compartiendo con él lo que ganaba con sus trabajos de jardinería, comprando comida para los dos y preparando huevos y frijoles a la parrilla fuera de su tienda de campaña.

La mañana en que Francisco se fue y no volvió, le dijo a Gilberto que iba a comprar cerveza. Semanas después de su muerte, las latas vacías de Natty Daddy de 740 mililitros seguían tiradas alrededor de su tienda, como anillos alrededor de un planeta.

El forense del condado de Suffolk dictaminó que Francisco murió de “alcoholismo crónico”, basándose en su historial de abuso de alcohol y en una concentración de alcohol en sangre del 0,23 por ciento, casi tres veces el límite legal para conducir. El informe no menciona si la exposición al frío influyó en su muerte, y los responsables de la oficina del forense se negaron a ser entrevistados, remitiendo las consultas al vocero del condado de Suffolk, Michael Martino, quien no respondió a las preguntas enviadas por el Times.

Pero tras revisar los informes a petición del Times, tres destacados patólogos forenses llegaron a una conclusión diferente.

“Es cierto que tenía una concentración de alcohol de 0,23, pero en mi opinión, si hubiera estado en un lugar cerrado o en el albergue, no habría muerto”, dijo uno de los patólogos forenses más conocidos del país, Michael Baden, exjefe de medicina forense de la ciudad de Nueva York y exjefe de patología forense de la Policía del Estado de Nueva York. “La causa de la muerte es la hipotermia tras desmayarse en la nieve mientras estaba ebrio, pero no estaba ebrio hasta el punto de que resultara mortal”, dijo.

Los expertos que revisaron los resultados señalaron la ausencia de cirrosis hepática o alguna otra enfermedad que señalara al alcoholismo como causa principal, así como las circunstancias en las que se encontró a Francisco: tumbado en la nieve sin pantalones, un fenómeno conocido como “desvestimiento paradójico”.

Baden dijo que, durante su etapa como médico forense jefe en la ciudad de Nueva York, había diagnosticado al menos 100 casos similares al de Francisco: una persona está borracha o bajo los efectos de las drogas, pierde el equilibrio o se desmaya, y cae en la nieve. En cuanto la temperatura corporal empieza a bajar en picado, se pone en marcha uno de los trucos más crueles del frío: el termostato del cuerpo se estropea. En lugar de llevar la sangre al centro del cuerpo para proteger los órganos, esta se dirige hacia las extremidades. La persona que se está muriendo de frío tiene una sensación repentina e intensa de ardor. En sus últimos momentos, se quita la ropa.

Roger Byard, un destacado experto en hipotermia y profesor emérito de patología de la Universidad de Adelaida, Australia, está de acuerdo: “No puedo ignorar la nieve”, escribió en un correo electrónico. “Está claro que las circunstancias apuntan a la hipotermia”.

Invisible

Poco después de mudarse a los Hamptons en 2015, Molin observó unos niños sentados en las camionetas de jardinería estacionadas a lo largo de su calle, viendo películas mientras sus padres cortaban el césped. Molin, que ahora tiene 48 años, puso en marcha un campamento de verano gratuito para los hijos de los trabajadores. Y cuando una ola de frío ártico trajo temperaturas bajo cero en 2023, se enteró de que en Southampton había un grupo de tiendas de campaña donde vivían siete hombres de Guatemala y México.

“Me quedé profundamente conmocionada: allí de pie en el bosque, con el frío, escuchándolos entrar en pánico por el tiempo que se avecinaba”, dijo, describiendo cómo decidió en ese mismo momento conseguirles habitaciones de motel. Hoy en día se adentra regularmente en el bosque para llevarles calcetines y Gatorade, y las donaciones que recauda sirven para pagar habitaciones de hotel durante las ventiscas, saldo para el celular, comida y el alquiler atrasado de quienes se han quedado sin poder pagarlo.

Molin sigue siendo uno de los pocos salvavidas directos para los hombres del bosque. Maureen’s Haven, la organización sin fines de lucro que colabora con iglesias para dar cobijo a personas sin hogar, fue demandada el año pasado por el municipio de Riverhead por infringir la normativa urbanística y ahora busca una nueva ubicación mientras continúa el litigio. A principios de este año, un trabajador guatemalteco llegó a la oficina, apoyándose en otro hombre, arrastrando los pies tan dañados por la congelación que los médicos tuvieron que amputarle partes de ambos, dijo un empleado del refugio que pidió permanecer en el anonimato debido a la demanda.

Más tarde, el centro de acogida pagó un billete de ida a Guatemala de 300 dólares, una repatriación voluntaria coordinada con el Consulado de Guatemala.

Esa ha sido la función principal del consulado, dijo uno de sus responsables, Sergio Rendón. “Cuando tienen problemas, les ayudamos a repatriarse”, dijo a través de un intérprete.

Dos semanas después de la muerte de Francisco, Gilberto y Manuel acompañaron a Molin hasta la colina donde habían encontrado el cuerpo de su hermano.

Gilberto le enseñó la foto que había tomado con su celular, en la que se veía a Francisco desnudo de cintura para abajo porque se había sacado los jeans y tirado un zapato. Antes de que llegara la policía, Gilberto había intentado vestirlo.

Molin recaudó el dinero para el funeral y envió una camioneta a la curva de la carretera cerca de donde se recuperó el cuerpo de Francisco para recoger a otros trabajadores que vivían en tiendas de campaña. En una tarde fría de marzo, el grupo se dirigió a un hotel, donde los hombres de Guatemala, México y Honduras se turnaron para ducharse y cortarse el pelo.

Se pusieron los pantalones negros y las camisetas que Molin les había dejado preparados en la cama del hotel antes de dirigirse a la iglesia.

Fuera de foco

El funeral de Francisco se celebró en una iglesia espaciosa de Riverhead, un lugar de encuentro para los migrantes guatemaltecos.

La única fotografía que sus hermanos pudieron encontrar estaba desenfocada. Aparece sentado sobre una lona comiéndose un tamal, con la hierba dorada de la playa que crece cerca de los Hamptons como fondo. La imagen la enmarcaron y la colocaron en la cabecera de la iglesia, sobre una mesita cubierta con un mantel bordado con ángeles azules.

En los bancos, los hermanos se sentaron según su situación económica. A un lado del pasillo, Gilberto se sentó en un banco vacío. Manuel y Rafael se sentaron uno al lado del otro en el otro lado. Al haber conseguido un alojamiento fijo en cuartos, parecían muchísimo más jóvenes que Gilberto, aunque los hermanos tienen edades muy parecidas. Los tres hermanos culpaban a Francisco de sus vicios y veían su huida al bosque como un fracaso tanto personal como económico.

Mientras el sacerdote, con su sotana blanca, rociaba el ataúd con agua bendita, Gilberto se secó los ojos con el dobladillo de su camiseta. Cuando sacaron el ataúd al exterior, se dio la vuelta y se tapó la cara con las manos.

Un pequeño grupo de dolientes se dirigió a una tienda de comida guatemalteca cercana, donde llenaron sus platos de plástico con pepián de pollo. En la pared había anuncios en español de habitaciones en alquiler: “Un cuarto disponible para una o dos personas”, decía uno. “Preferiblemente hombres sin vicios”, decía.

Los hermanos volvieron a sentarse en mesas diferentes. Al marcharse, Manuel, de 48 años –que sigue trabajando a tiempo completo en un restaurante–, le dio 100 dólares a Gilberto. “Búscate un cuarto”, dijo en voz baja. “Por favor, deja de beber”.

En abril, Gilberto se mudó a un cuarto de 900 dólares al mes, con la ayuda de Manuel y Molin. Era la primera vez en años que salía del bosque, pero sigue teniendo problemas para dormir. Dondequiera que mire, dijo, ve a su hermano.

Susan C. Beachy, Kitty Bennett y Sheelagh McNeill colaboraron con investigación.

Rukmini Callimachi es una reportera que cubre bienes raíces y vivienda para el Times.

Susan C. Beachy, Kitty Bennett y Sheelagh McNeill colaboraron con investigación.

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