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Por décadas, la gente se ha reunido en torno al espejo de agua para reflexionar sobre la unidad. Pero tras el intento de Trump por arreglarlo, solo se aprecian las divisiones.
La mañana del miércoles en Washington comenzó con la típica mezcla de visitantes junto al estanque reflectante del Monumento a Lincoln: corredores, ciclistas, grupos escolares, turistas extranjeros y un grupo de bastoneras de Carbondale, Pensilvania, que bailaban. El monumento a Washington, esbelto y recto como las manecillas de las seis en punto, se reflejaba resplandeciente en el agua.
Pero eso no era lo que la gente estaba mirando, al menos no este día. Tras 104 años cautivando a los visitantes con los reflejos de algunos de los edificios más majestuosos de Estados Unidos, el atractivo del estanque reflectante es ahora el propio estanque.
Durante toda la mañana, los turistas se hicieron selfis con el agua. Un visitante irlandés grabó un breve video con su teléfono. La gente se asomaba desde sus bicicletas, debatiendo sobre los colores como críticos de arte que analizan un cuadro de Rothko. Nadie se atrevía a tocarla, por miedo a ser detenido.
El agua ya no tiene el color de un green de golf, pero de qué color era exactamente, qué podrían significar los distintos matices, si había grietas en el fondo de la cuenca, cuánto fue el costo de todo esto, estas eran las cosas en las que la gente se detenía a reflexionar.
“Supongo que tiene buen aspecto, pero se ven claramente las algas”, dijo Allie Eardley, de 40 años, quien había prometido a sus compañeros de trabajo que informaría sobre el estado de la piscina antes de tomar un vuelo al mediodía de regreso a su casa en Saint Louis. Añadió que le ofendía más la demolición del ala este por parte del presidente Donald Trump.
En las últimas semanas, el estanque reflectante ha hecho honor a su nombre (Reflecting Pool) ya que el presidente, una buena parte de la prensa de Washington y amplios sectores de las redes sociales han reflexionado sobre ella sin cesar. El drama comenzó en abril, cuando Trump anunció en las redes sociales que estaba “orgulloso de estar arreglando el otrora hermoso estanque reflectante” y que, una vez concluido, sería “¡mucho más hermoso que el día en que se construyó!”.
Se adjudicaron lucrativos contratos a amigos y donantes, se vació y volvió a llenar el estanque, y hacia el 10 de junio empezó a ponerse verde. Poco después, se desprendieron trozos del material de revestimiento del fondo y el estanque en sí adquirió un aspecto cada vez más turbio. Se encontraron patos muertos.
Trump achacó lo sucedido al vandalismo, “probablemente en la oscuridad de la noche”, aunque no ha presentado ninguna prueba al respecto. El Departamento del Interior, que gestiona el recinto, dijo que se ha detenido a una decena de personas, entre ellas un ex atleta olímpico estadounidense de 67 años que declaró haber sido acusado de un delito federal tras meter la mano en el agua para palpar uno de los trozos que se desprendían.
El miércoles por la mañana, la zona que rodeaba el cuerpo de agua estaba en calma. Había grupos de cuatro soldados de la Guardia Nacional de pie a la sombra aquí y allá, pero esa es una imagen bastante habitual estos días en Washington. Cada pocos metros a lo largo del borde del estanque había una máquina de “nanoburbujas” en funcionamiento, bombeando ozono a través de largos tubos que serpenteaban por el fondo del agua. Al fondo, los equipos montaban carpas y tribunas para la Gran Feria Estatal, cuya inauguración estaba prevista para el miércoles por la noche con un mitin de Trump.
Cuando se terminó de construir el estanque reflectante en diciembre de 1922, se concebía como un lugar de dignidad y tranquilidad, inspirado en el Gran Canal de Versalles y en espejo de agua situado frente al Taj Mahal. En muchos sentidos, el lugar ha estado a la altura de esa majestuosidad a la que aspiraba, un espacio donde la gente ha encontrado una unidad que se le había negado en otros sitios: ya fuera el concierto de 1939 de Marian Anderson, después de que se le prohibiera cantar en el Constitution Hall debido a su raza, o la Marcha por el Empleo y la Libertad de 1963, donde el reverendo Martin Luther King Jr. pronunció su discurso “Tengo un sueño”.
Pero las divisiones nacionales también han llegado hasta aquí. El 4 de julio de 1970, mientras miles de personas se reunían para escuchar al evangelista Billy Graham en el marco de la celebración del día para honrar a Estados Unidos, un grupo de yippies semidesnudos, que se habían congregado para una “fumada colectiva de marihuana”, desfiló por el estanque reflectante y coreó consignas contra la guerra. Ese enfrentamiento terminó con el uso de gas lacrimógeno y al menos 34 detenciones.
El momento actual, para algunos de los que contemplaban el agua el miércoles, resultaba igualmente discordante.
“En cierto modo, dábamos por sentado el estanque reflectante”, dijo Chris Sadun, de 51 años, que estaba de visita desde Kansas. “Al igual que dábamos por hecho que nuestros tribunales y el Congreso funcionaban correctamente”.
El hecho de que una institución estadounidense que la gente había dado por sentada durante tanto tiempo se hubiera convertido en un costoso fiasco, mancillada por acusaciones de corrupción y detenciones cuestionables, dijo, resultaba “emblemático de toda la experiencia presidencial con Trump”.
Dijo que publicaría una foto del estanque en un chat familiar, pero que no haría comentarios en el hilo sobre de qué color era, ya que no quería entrar en temas políticos. Para que conste, recordaba que el estanque tenía un tono azul más claro en el pasado.
Albert Anthony, un hombre de 41 años de Luisiana que se encontraba no muy lejos de allí, dijo que todo el episodio –las algas, la superficie descascarillada, el color verdoso– había sido inventado por los medios de comunicación. Bastaba con mirar el agua, ahora mismo. No era verde. “Noticias falsas”, dijo.
Afirmó que la piscina tenía mejor aspecto que nunca, “porque Trump es el mejor presidente que hemos tenido jamás”.
Entre uno y otro, sería difícil encontrar un mejor reflejo del estado de ánimo nacional.
Campbell Robertson reporta para el Times sobre Delaware, el Distrito de Columbia, Kentucky, Maryland, Ohio, Pensilvania y Virginia.

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