Opinión: Por qué lloran las personas mayores

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Las personas mayores lloramos mucho. Veo a un niño adorable por la calle, veo una noticia sobre un rescate heroico o me fijo en una peonía o en la luna llena, y se me llenan los ojos de lágrimas. Sea lo que sea lo que sienta, parece que solo puedo expresarlo así. Las personas lloran de alegría o de tristeza. Yo no hago ninguna de las dos cosas, al menos de forma consciente.

Me invade una sensación, como me pasó el otro día cuando estaba sentado solo en una elegante sala de la New York Society Library, esperando un evento en el que debía hablar. Era uno de esos días de calor sofocante de mediados de mayo, y el calor del exterior parecía acentuar el silencio sepulcral del interior. Sin razón alguna, empecé a cantar una canción de Carousel llamada “If I Loved You”. No me refiero a que murmurara la canción en voz baja, ni a que moviera los labios al ritmo de la letra, ni a que susurrara. Me refiero a que canté con claridad, casi a pleno pulmón, como si estuviera en el escenario en plena obra: “Si te quisiera, / las palabras no me saldrían con facilidad / daría vueltas en círculos / deseando decírtelo / pero, por miedo y timidez, / dejaría pasar mi oportunidad”.

Y, como era de esperar, se me saltaron las lágrimas, como me suele pasar últimamente.

Mi recital en la Society Library duró menos de un minuto. Mi evento estaba a punto de empezar, y salí de la sala pensando en lo que iba a decir. Toda la belleza frágil de la canción de Rodgers y Hammerstein se había desvanecido junto con mis lágrimas. Pero, por un instante, me sentí inmerso en el mundo de la letra, un mundo de posibilidades frustradas y remordimientos –no los míos, sino los de todo el mundo–, el mundo al que he llegado después de 85 años de vida. Y le estaba diciendo o cantando a ese mundo cómo te querría si te quisiera.

¿Por qué se me saltan las lágrimas tan a menudo? Creo que tiene que ver con el pasado, con todo lo que se ha ido acumulando dentro de mí a lo largo de todos estos años. Vi Carousel por primera vez cuando tenía 10 años y me asustó la violenta muerte de Billy Bigelow. La volví a ver cuando mi nieta Jessica actuó en una versión escolar de la obra y escuché “Soliloquy”, que incluye la frase recurrente “mi pequeña”, poco después de que falleciera nuestra hija Amy. Sin embargo, en los días más recientes puede que se me salten las lágrimas no por la obra en particular, sino más bien por todos los años que la obra ha permanecido en mí, y por todo lo que siento, que ya no está, pero que aún recuerdo.

El pasado es algo extraño, a la vez presente y ausente. En “Go and Catch a Falling Star”, de John Donne, este enumera una serie de cosas imposibles mientras se dirige a su lamento de sinvergüenza de que no existe ninguna mujer fiel. “Dime dónde están todos los años pasados”, escribe. Es como esa frase tan común: “¿Adónde se ha ido el tiempo?”, que se usa para indicar que un periodo de tiempo ha pasado demasiado rápido como para disfrutarlo plenamente. Aquí, Donne se toma la frase al pie de la letra. ¿Adónde va el tiempo? Es imposible saberlo.

Y qué rápido se convierte el presente en pasado. Amigos de toda la vida, que ayer estaban aquí, hoy ya no están.

Tantas cosas perdidas en una vida, la mía, la tuya. Tantas cosas que quedan por expresar con nostalgia. La idea central de “If I Loved You” es que, de hecho, te quiero, pero no puedo decirlo. No tengo ni las palabras ni el valor. En Emma, de Jane Austen, el estoico Knightley le dice a la entrometida protagonista: “Si te quisiera menos, quizá podría hablar más de ello”.

¿Es por eso por lo que se me saltan las lágrimas? ¿Porque estoy tan abrumado por la vida al acercarme a su fin que me quedo sin palabras y lo único que puedo hacer es llorar?

Abrumación. Esa parece ser la base del llanto. Lord Byron reflexiona sobre perder a su amada y luego recuperarla: “¿Cómo te saludaré? / Con silencio y lágrimas”. De hecho, las lágrimas son una forma de silencio. Voltaire las llamó “el lenguaje silencioso del duelo”. Son para todo lo que no podemos decir, una lágrima por cada palabra. Una lágrima resbala por tu rostro, brilla, luego se seca y desaparece. O te la enjugas, como si te avergonzaras de ella, como si quisieras deshacerte de ella. Nunca lo consigues, igual que no te deshaces del dolor que las endorfinas vinieron a curar.

Con la edad, lo inexpresable puede darse con más frecuencia porque uno se acerca a la inexpresividad definitiva de la muerte. No podemos conocer la muerte hasta que es demasiado tarde para contarlo. Y sabemos que es imposible entenderlo hasta que todo conocimiento se haya desvanecido en el pasado, ese pasado recordado y olvidado.

Lo que te pasó en la vida hace mucho tiempo, sea cual sea el carrusel en el que estuviste, te recuerda a ti mismo, y también a que exististe hace mucho. Así que se te saltan las lágrimas por todo lo que se ha ido, por todo ese pasado monumental, vasto y variado. Últimamente, tengo tanto pasado a mis espaldas y dentro de mí, que parece que se me sale por todas partes.

En mi intervención de aquel día, dije que una de las bellezas de la vejez está en apreciar lo que uno tiene, en lugar de estar siempre deseando algo nuevo. Esto es cierto. Pero todo lo que uno tiene también puede volverse en tu contra y golpearte cuando menos te lo esperas. Como aquella vez que me encontré completamente solo en una elegante sala de la New York Society Library y canté a pleno pulmón.

Roger Rosenblatt es autor de More Rules for Aging, Desayuno en familia, Kayak Morning, Cold Moon y la novela satírica Lapham Rising y otros libros.

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