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Los venezolanos empezaron a enterrar a algunas de las más de 1700 víctimas de los sismos de la semana pasada, y comparten historias de pérdidas inimaginables.
Una joven reina de concursos de belleza cuyo sueño de convertirse en Miss Venezuela se truncó a los 26 años.
Una madre cuyo cuerpo fue hallado entre los escombros, cubriendo los de sus dos hijos, de 6 y 12 años.
Un hombre que había sido deportado a Venezuela desde Estados Unidos apenas unas horas antes de que se produjeran los terremotos.
Las más de 1700 vidas perdidas en los terremotos más mortíferos de Venezuela en más de un siglo empezaron a hacerse visibles durante el fin de semana, cuando las familias, aún desorientadas y angustiadas, comenzaron a enterrar a sus seres queridos.
Cientos de familiares y amigos hicieron el domingo una peregrinación a un extenso cementerio situado en la ladera de una montaña con vistas a Caracas, la capital, para dar el último adiós a madres y padres, hijos y abuelos: venezolanos de todas las edades y condiciones sociales unidos por la tragedia.
La tierra recién removida salpicaba las vastas hileras de lápidas. Las cuatro capillas del cementerio estaban abarrotadas de dolientes que entraban y salían sin parar para dar cabida a decenas de servicios fúnebres.
El hedor a muerte llenaba el aire, un recordatorio de cuánto tiempo habían permanecido atrapados los cuerpos de muchas de las víctimas entre las ruinas.
“No sé si llorar, no sé si gritar, si ayudar, si apoyar, porque no hay palabras que puedan calmar este dolor”, dijo Honny González, una profesora que daba clase a los dos niños, Samuel y Diego, que murieron junto a su madre, Licelot Gomera de Álvarez, de 41 años.
El padre de los niños, Eder Álvarez, había salido a dar una vuelta en bicicleta cuando los dos terremotos sacudieron la ciudad uno tras otro el miércoles por la tarde. Álvarez, de 41 años, dijo que pedaleó tan rápido como pudo de vuelta a su casa en Caracas, solo para encontrarse con que el edificio de cinco plantas donde vivía la familia había quedado reducido a un enorme montón de escombros.
Al principio, los policías “no me dejaban pasar”, dijo Álvarez en una entrevista en el funeral. “Yo les decía, con angustia, que me dejaran entrar porque mi familia estaba allí y los quería rescatar”.
Al final lo dejaron entrar y, junto con otros vecinos y voluntarios, rebuscó entre los escombros utilizando solo sus manos con la esperanza de encontrar con vida a su mujer y a sus dos hijos. En lugar de eso, encontró sus cuerpos, acurrucados juntos.
El domingo, sus tres ataúdes fueron enterrados, uno encima del otro.
Vecinos, profesores y compañeros de clase de los dos niños se abrazaron en silencio durante el funeral, y en un momento dado rodearon con sus brazos uno de los ataúdes.
Los padres de Gomera y sus dos hermanos se secaban las lágrimas mientras la recordaban como una contadora consumada que complementaba sus ingresos con un pequeño negocio de manualidades, pero, sobre todo, como una madre entregada que irradiaba alegría.
“Mi hermana era una mujer alegre”, dijo su hermana, Rabely Gomera. “Se dedicó a su familia y mis sobrinos, muy queridos, eran el reflejo de lo que ella era: lindos, respetuosos, niños de bien, bondadosos”.
Cerca de allí, otros dolientes se despedían de Fátima Durán, de 26 años, una diseñadora gráfica alta y de cabello negro que había ganado varios concursos de belleza locales, una obsesión cultural en Venezuela, donde estos certámenes se viven como si fueran grandes eventos deportivos.
Su corona de cristales azules descansaba sobre la urna que contenía sus cenizas, rodeada de libros de moda, fotos suyas y ramos de rosas rosas, su flor favorita. Antiguas reinas de concursos de belleza, tanto jóvenes como mayores, se reunieron y lucían rosas rosas en sus solapas y alrededor de sus cuellos.
“Era una niña ejemplar, de buen corazón, noble”, dijo su madre, Carolina García, quien también había participado en concursos de belleza.
Durán falleció mientras visitaba a su novio en La Guaira, la ciudad que sufrió los peores daños. Su novio y el padre de este también murieron, dijo García.
García sollozaba mientras mostraba en su celular la última ubicación registrada de Durán.
“Un día agarró mi teléfono y configuró las ubicaciones”, dijo García. “Me dijo: ‘Si un día te pasa algo, yo te encuentro, y si un día me pasa algo a mí, tú me encuentras’”.
“Y yo la encontré… Así fue como la encontré y me la traje”, dijo.
Para los familiares de Gustavo Adolfo Guevara Figueroa, un joven de 22 años que había sido deportado tras pasar cinco años viviendo en Miami, un regreso a casa tan esperado se convirtió en una tragedia insoportable.
Guevara Figueroa había aterrizado en un vuelo de deportación en el principal aeropuerto de Venezuela el miércoles por la mañana junto con una decena de otros deportados. Su familia dijo que trasladaron al grupo a un hotel en La Guaira que se estaba utilizando temporalmente para alojar a algunos recién llegados.
Los terremotos se produjeron más tarde ese mismo día, y causaron la muerte de él y, posiblemente, de otros venezolanos recién deportados que se alojaban en el hotel, dijo su familia.
“Yo me siento devastada, completamente devastada porque éramos como hermanos”, dijo su prima, María Guevara, de 27 años. “Fue un desastre total porque los del gobierno nos negaban los números, la ubicación”.
Sin poder localizar a su primo, Guevara y su familia recorrieron los hospitales durante tres días agotadores, y vieron miles de cuerpos antes de encontrar por fin el de Guevara Figueroa, según dijo Guevara, apenas reconocible, en la morgue de un hospital de La Guaira.
“Yo estuve en muchos hospitales”, dijo, y añadió: “El olor era insoportable”.
Luis Ferré-Sadurní es periodista del Times en Bogotá, Colombia.

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