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Según todas las fuentes, Taylor Swift y Travis Kelce se han casado. Tras un año de rumores, especulaciones y apuestas en los mercados de predicción sobre dónde celebraría la pareja el evento, no lo hicieron ni en la mansión junto al mar de Swift en Rhode Island, ni en su complejo de TriBeCa. Al final, han decidido casarse en el trabajo: en el recinto deportivo y de entretenimiento donde Swift actuó por primera vez a los 13 años.
El enlace Swift-Kelce en el Madison Square Garden ha sido descrito como la versión estadounidense de una boda de la realeza. Al coincidir con el 250 aniversario de nuestro rompimiento con el Imperio Británico, merece la pena preguntarse qué significa eso.
La idea de una “realeza americana” rechaza la existencia de una línea hereditaria de figuras simbólicas, pero toma prestada la noción de que una persona, gracias a su belleza, romance, talento y esfuerzo, puede llegar a regentar a una multitud que la adora. Nuestra versión se desarrolla como una experiencia simulada inmersiva protagonizada por avatares de famosos. Las bodas reales pueden unir linajes o fusionar imperios, pero siempre actualizan y reafirman una identidad nacional. Esta boda real entre la estrella del pop y el futbolista, es un evento que trasciende fronteras y anuncia un poder cultural hegemónico.
Sin duda, también se trata de una fiesta privada, la celebración del amor entre dos seres humanos. Este evento desdibuja la distinción entre lo público y lo personal, lo exclusivo y lo ubicuo. Aunque se llevó a cabo en el corazón de Midtown Manhattan, el sitio mismo donde convergen tres redes de ferrocarril, el festejo quedó protegido al interior de los muros fortificados de la arena.
Swift ha actuado numerosas veces en el Garden, pero en años recientes sus conciertos se han llevado a cabo en el estadio MetLife en la cercana Nueva Jersey, un recinto que alberga el cuádruple de espectadores. Es, tal vez, una de las pocas personas en el planeta Tierra para quien este lugar puede representar una sede íntima y Kelce es otra de esas personas. Es demasiado pequeño incluso para un campo de fútbol americano, el escenario clave en el que llevaron a cabo la performance de su relación para el público, que observábamos a Swift mirar a Kelce desde el interior de una suite VIP de cristal.
Al igual que la música de Swift se ha vuelto ineludible –suena en el aeropuerto, en el Starbucks, en el Starbucks del aeropuerto–, parece inevitable que prestemos atención a su boda. Como si estuviera predestinado. Los medios retransmitieron en directo el tedioso espectáculo de montacargas metiendo cajas en el edificio. Los coches negros avanzaron lentamente hacia el lugar, con jugadores de fútbol americano, mejores amigos del instituto y Mariska Hargitay a bordo. Los turistas se acercaron al recinto, los críticos se quejaron en X y el alcalde Mamdani aprovechó el interés para recordar a los neoyorquinos que se mantengan frescos en casa durante la ola de calor, estén o no en el Garden. Adam Sandler ofició la boda.
Se pudo dar mil vueltas a los detalles o soñar con ellos, pero no se ignoraron. Cada primicia de TMZ, cada foto de los paparazzi, cada rumor filtrado se convirtió en un avance del próximo álbum, que inevitablemente irá desvelando las capas del ciclo de la prensa sensacionalista que acaba de terminar.
Cuando un miembro de la realeza británica se casa, al público se le incluye en la ceremonia y se le invita a formarse en el trayecto que va hacia el Palacio de Buckingham o a sintonizar la emisión en directo con los interlocutores periodísticos. Si el pueblo estadounidense va a ser testigo de cualquier parte de esto será posiblemente porque Swift y Kelce ya lo han empaquetado y monetizado, ya sea a través de música, cine, pódcasts, artículos promocionales o experiencias de conciertos.
Y eso sería lo adecuado, ya que a nuestros pseudorreyes no se les elige por su cuna, sino por sus ingresos. Los británicos son de cuna noble, y los nuestros se han hecho a sí mismos, con énfasis en el “yo”. Mientras que la monarquía siempre recurre a la tradición y a las insignias reales, Swift ha conseguido crear un universo que solo gira en torno a ella misma. Incluso sus idiosincracias más banales –su número de la suerte es el 13– se han colado en la cultura, aunque no tengan ningún sentido fuera del contexto de su propia persona. Su sueño americano se repite una y otra vez, ya sea cuando vuelve a grabar sus álbumes originales en una imitación de sí misma nota a nota u organiza la gira “Eras Tour”, que batió récords y recreó su vida y su carrera noche tras noche.
Entre más personal se pone, más inmersiva se siente la experiencia de la celebridad. Lo cual no quiere decir que todo el mundo la adore. En una época de gran polarización, Swift se ha convertido en un símbolo de los debates sobre género y raza, persona y producto, amor y dinero. Tiene el poder de infundir orgullo o vergüenza, éxtasis o frustración. Es nuestra representante en el mundo de la fantasía, te guste o no. Nuestra chica de a pie.
En su música, Swift lleva mucho tiempo imaginándose a sí misma entre la realeza y la nobleza. Canta sobre coronas, trofeos, joyas, tronos, palacios, damiselas, espadas, puertas, caballos, castillos y reinos. Los añade a su vision board junto a imágenes de una cultura estadounidense desenfrenada: la secundaria, los pantalones vaqueros, las gorras de béisbol, los Range Rover y las máquinas expendedoras.
En “Love Story”, aquel primer éxito en el que se imaginó a sí misma en una fantasía al estilo de “Romeo y Julieta” (una que no termina en un suicidio doble, sino con un compromiso de boda), le dice a su pretendiente que se meta en el papel, cantando: “Tú serás el príncipe y yo seré la princesa”. Pero solo unas cuantas canciones más adelante, en “White Horse”, se lamenta: “No soy una princesa, esto no es un cuento de hadas, no soy la chica a la que vas a enamorar y subir cargando por la escalera”. Swift desmonta su fantasía tan pronto como la construye, devolviéndose a sí misma, una de las mujeres más ricas de Estados Unidos por mérito propio, para siempre a la condición de humilde soñadora.
Luego está Kelce, su consorte. Después de componer un montón de canciones sobre sus relaciones con otros artistas comerciales (entre ellos Joe Jonas, Taylor Lautner, John Mayer, Jake Gyllenhaal, Harry Styles, Tom Hiddleston, Joe Alwyn y Matty Healy), Swift ha decidido casarse con un arquetipo estadounidense más contundente: el campeón del Super Bowl. Desde “Fifteen”, esa balada magistral que compuso cuando aún era una adolescente, ha cantado, con cierta ambivalencia, sobre andar de novia con el chico del equipo de fútbol americano. Su relación forja una alianza entre el grupo de chicas y el de chicos de la cultura pop, lo que enriquece a todas las partes.
Después de que Kelce le pidió matrimonio a Swift, el precio de venta de las camisetas de él pareció dar saltos de júbilo. En el anuncio de su compromiso en Instagram ella escribió: “Tu maestra de inglés y tu maestro de educación física se van a casar”. Incluso cuando alcanza uno de los hitos de la adultez, Swift se regodea en el mundo adolescente, un mundo donde las reglas sociales son simplificadas, todos reciben una calificación y las fantasías de la infancia apenas empiezan a deteriorarse.
La palabra clave en el pie de foto de Instagram fue “tu”, que da a entender que ella y Kelce nos pertenecen. Es todo un espectáculo parasocial; da un poco la sensación de que nuestras Barbies se han casado. Con esta boda, vimos a la estrella del pop adentrarse en uno de sus recursos líricos más recurrentes.
La constante referencia a las bodas en su obra no refleja una obsesión personal por casarse, sino un uso inteligente de una idea con temas universalmente reconocibles: el romance, la ceremonia, el espectáculo y el aumento de la tensión. En “Fifteen”, se decía a sí misma: “En tu vida harás cosas más importantes que salir con el chico del equipo de fútbol”. Ahora ha conseguido que salir con el chico del equipo de fútbol se convierta en algo más importante que la propia relación. Esa teoría descabellada de los fans, difundida por la prensa del corazón el año pasado, de que casarse con Kelce podría acabar con la carrera musical de Swift era ridícula. Casarse con él solo aumenta su riqueza y su ambición.
La celebración en el Madison Square Garden ha suscitado algunas quejas entre los espectadores de todo el país. Algunos lo ven como una afrenta a la santidad del matrimonio; algunos, como la capitulación definitiva de la vida privada ante las garras de la creación de contenido, otros como un derroche grotesco. Pero esto es Estados Unidos, donde incluso una boda normal y corriente –sobre todo para la generación de milénials a la que lidera Swift– se acepta, a veces a regañadientes, como una expresión mercantilizada del ser. Si ella es la reina de algo, es de eso.
Amanda Hess es redactora del Times.
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