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Me duele hablar mal de Madonna. Cuando intento mirar con ojo crítico a esta estrella de pop de 67 años, de pronto aparece mi yo de 10 años, como una soldado entregada dispuesta a recibir una bala para salvar a quien ama. “¿Cómo te atreves?”, dice esa pequeña versión de mí, con los ojos encendidos.
Yo tenía diez años cuando salieron el álbum y el sencillo homónimo Like a Virgin, en 1984. Aún no entendía del todo qué significaba la palabra “virgen” (el colegio católico de Canadá donde me educaron nunca le dio gran importancia a explicar las cosas, sobre todo a las niñas pequeñas) ni por qué mi amiga Sandy se metió en problemas por describir el video –en el que Madonna corretea por las calles de Venecia, Italia, mientras un león la sigue– en su exposición escolar de cuarto de primaria sobre Italia. A mí no me importaba; yo solo sabía que Madonna, con sus guantes de encaje y su actitud sin complejos, marcaba el camino. Hacia dónde, no tenía idea, pero quería seguirla. Ella lo era todo.
Esa pasión infantil es emblemática del papel que Madonna ha desempeñado en la vida de tanta gente. O mejor dicho, sus múltiples papeles. Durante mucho tiempo ha sido, al parecer, una guía hacia un sinfín de formas influyentes, progresistas y a veces provocadoras de estar en el mundo, siempre un paso por delante de la corriente dominante, incluso cuando aquello que hacía acababa convirtiéndose en esa misma corriente.
Ahora, con el lanzamiento de Confessions II (una secuela de su disco de 2005), su primer álbum completo en siete años, ella vuelve a estar en todas partes. Pero esta vez hay algo diferente. En lugar de que me parezca emocionante, he empezado a temer lo que ella ha llegado a representar.
Para quienes crecimos con ella, y para las generaciones que han llegado a la adultez desde entonces, Madonna introdujo, exhibió y rompió los tabúes más profundos de la cultura, especialmente en torno a la autonomía sexual de las mujeres, la religión y la identidad. Incluso la maternidad en solitario. Ella fue fundamental para que yo entendiera cómo ser una mujer sin complejos en el mundo. Convirtió toda esa sed sin pudor en empoderamiento. Y el hecho de que además tuviera un look tan emocionante ataviada con lencería, guantes de encaje, joyería con crucifijos y rosarios como collares era prueba de que la diversión y la autonomía no solo podían coexistir, sino que incluso podían ser lo mismo.
Durante décadas, Madonna dio voz e imagen a cosas para las que muchos ni siquiera sabíamos que necesitábamos palabras. Estaré eternamente agradecida por haber crecido viéndola en la pantalla, aunque eso implicara ver a escondidas el video de “Like a Prayer”, en el que Madonna besaba a un Jesús negro y que fue tan polémico que el papa Juan Pablo II lo condenó. O confundirme un poco cuando alcanzó el punto máximo de la polémica con el video de estética noir de “Justify My Love”, que insinuaba un trío sexual y sadomasoquismo.
En 1990, llevó (o se apropió de) la escena ballroom transgénero a la conciencia del público de Estados Unidos con la canción (y el video) “Vogue”. Dos años más tarde, publicó un enorme libro de gran formato titulado simplemente Sex, que, en retrospectiva, parece una predicción bastante acertada de la cultura de las fotos provocativas y de OnlyFans en la que vivimos ahora. En aquella época tenía que estar completamente envuelto para poder ser colocado en las estanterías de las librerías, a pesar de contar con un fotógrafo de renombre (Steven Meisel) y la participación de las celebridades y modelos más legendarias del momento. Seis años después, cambió el cuero por las pijamas de una pieza, cuando tuvo un hijo fuera del matrimonio (¡el descaro! ¡y con su entrenador!) y luego posó para el fotógrafo de moda Mario Testino en unas fotos instantáneamente icónicas de Madonna y el niño para Vanity Fair; prácticamente una segunda venida de sí misma. Tuvo novias. Besó a Britney Spears en el escenario de los MTV Video Music Awards.
Luego dio otro giro, llevando la cábala (¡y los brazos de yoga!) al público de MTV con Ray of Light.
Todo lo que hacía parecía nuevo y agradablemente provocativo.
Y entonces las cosas empezaron a cambiar.
Su instinto de autopromoción se desbocó. Pegó digitalmente las portadas de sus propios discos sobre los cuadros del video que Beyoncé y Jay-Z rodaron en el Louvre, con la pareja contemplando su obra, y tituló la imagen Aprendiendo de la maestra, y añadió “lol”. (Aunque parecía que bromeaba, la reacción fue contundente y, con razón, brutal. Después Madonna modificó la publicación original).
Cada vez más, empezó a parecerse menos a sí misma. Menos Marilyn Monroe y más Betty Boop. Caricaturesca.
Hace poco apareció junto a Sabrina Carpenter, de 27 años, durante una presentación en Coachella, usando casi el mismo traje que había lucido 20 años atrás en su primera aparición en el festival; uno que hacía juego con el de la otra cantante, una mujer de la edad de su hija.
Madonna, que durante tanto tiempo traspasó los límites de lo que las mujeres podían y debían ser capaces de hacer, se ha convertido en el símbolo más poderoso de nuestro terror al envejecimiento. Todo en su aspecto indica que ha capitulado ante unos cánones de belleza muy exigentes que insisten en que el valor de las mujeres reside solo en su capacidad para aparentar juventud.
De este modo, quizá por primera vez, se ha convertido en una más del montón. En los últimos años la cirugía estética se ha vuelto algo tan generalizado que los rostros sin retocar, tanto en el ojo público como, cada vez más, fuera de él, son prácticamente una rareza. En TikTok, las treintañeras se felicitan por no haberse operado. Las menores de 40 hablan con franqueza de sus experiencias con los estiramientos faciales y de cuello.
¿Es siquiera justo criticar a Madonna por esto? Tal vez no, pero eso no cambia el hecho de que lo que yo quería era que ella fuera un ejemplo de cómo ser una mujer que se mantiene firme en su autonomía y poder sexual, incluso mientras deja que su cuerpo enfrente con valentía las realidades de la edad. Porque si Madonna no puede resistirse a las fuerzas que exigen que las mujeres sigan aparentando juventud, ¿qué posibilidades tenemos las demás? Después de una infancia tan marcada por su audacia, y años de haber sido alentada a expresarme sin complejos, confieso que sentí una especie de traición al ver que, al parecer, ella por fin había sucumbido a las expectativas de la sociedad.
Pero por muy incómodo que me resulte reconocerlo, me pregunto si Madonna no nos estará simplemente obligando, una vez más, a enfrentar algunas verdades difíciles. Que, en el fondo, quizá no seamos tan atrevidas ni intrépidas como nos gustaría creer. Que ninguna de nosotras quiere envejecer, ni perder nuestra belleza ni el poder que conlleva. Que, al final, todas somos criaturas vanidosas desesperadas por aferrarnos, por cualquier medio posible, a un vestigio de juventud.
La transgresión es cosa del pasado; lo de hoy es el relleno. En lugar de ser única y aspirar a la libertad, ¿está ella –estamos todos– atrapados?
En realidad, no podemos criticar a Madonna por aferrarse –de forma teatral, desafiante y cada vez más inverosímil– no solo a una ilusión retocada de su versión más joven, sino también a una época en la que todo parecía más emocionante y el futuro era algo que se esperaba con ilusión. Tal vez deberíamos reconocer que, al negarse a permitir que su cuerpo revele la verdad del paso del tiempo, ella sigue proyectando un rayo de luz, por así decirlo, en los mismos espacios en los que todos vivimos.
Glynnis MacNicol es autora de la autobiografía I’m Mostly Here to Enjoy Myself y presentadora del pódcast Wilder: a Reckoning With Laura Ingalls Wilder.
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