This post was originally published on this site.
Aún no tenía todos los detalles, pero Adina Sash vio su oportunidad de lanzarse.
Sash, una judía ortodoxa conocida en las redes sociales como Flatbush Girl, recibió un mensaje tras otro en Instagram aquel día de marzo. Un hombre que se hacía llamar Nathan Gettisberg había aparecido en un popular pódcast para hablar sobre el divorcio judío. Varios oyentes lo habían reconocido y sabían que estaba usando un seudónimo.
Su nombre verdadero, le dijeron a Sash, era Raphi Stein, y estaba inmerso en una separación muy conflictiva. Creían que no le había concedido a su mujer un “get”, el divorcio religioso que muchos judíos ortodoxos consideran más importante que el civil.
Sash, de 38 años, es una defensora acérrima de las agunot (literalmente, “mujeres encadenadas”). Ahí estaba un hombre –según Sash, alguien que se negaba a conceder el get– charlando educadamente sobre el divorcio judío ante una de las audiencias más grandes que se puedan imaginar para esta comunidad.
“Fue sádico y presuntuoso”, recuerda haber pensado Sash.
Así que se puso manos a la obra. No intentó ponerse en contacto con la esposa de Stein, Adeena Kohn. Tampoco se dirigió a Stein. En su lugar, empezó a publicar críticas contra la red de pódcasts Living L’Chaim y a sondear a sus 100.000 seguidores en busca de pedir información sobre el caso.
“Ni siquiera sabía que se llamaba Adeena”, dijo Sash. “Solo lo supe un día después de hacerlo público”. Al poco tiempo, Sash recibió noticias de una amiga íntima de Kohn, que le explicó que la mujer quería mantener su privacidad.
Para Sash, eso no supuso ningún problema. Llevaba años organizando campañas en defensa de las agunot, y a veces incluso le pagaban por su trabajo. Pero en este caso, con toda la atención centrada ya en Stein y sin la participación de Kohn, Sash decidió recaudar fondos de forma colectiva para librar una batalla. (A través de un representante, Kohn declinó hacer comentarios para este artículo.)
Al principio, probó con sus tácticas habituales: publicaciones en redes sociales destinadas a avergonzar al acusado sobre la negativa a conceder el get. Pero después de que el presentador del pódcast se disculpara a mediados de abril por haber invitado a Stein, la gente empezó a dejar de prestar atención.
“Las visualizaciones empezaron a caer en picado”, dijo Sash.
Sabía que tenía que hacer algo impactante. En una convocatoria en Instagram, pidió a las mujeres judías que mostraran su “erva”, su desnudez, para señalar cómo se podía abusar del divorcio judío para controlar los cuerpos de las mujeres.
A principios de mayo, la “carne prohibida” empezó a aparecer en la página de Instagram de Sash. Había pechos y caderas; ombligos y nalgas; hombros y muslos; un codo e incluso un meñique, todos prohibidos por las leyes religiosas judías relativas a la modestia física.
Las imágenes, de unas 200 mujeres, pasaron a formar parte de su campaña en Instagram, “Gett Naked”. Las fotos se difundieron rápidamente desde la página de Instagram de Sash a través de los grupos de WhatsApp donde los judíos ortodoxos se reúnen y compartien chismes en línea, lo que desencadenó innumerables debates sobre si Sash y las mujeres –muchas de las cuales eran ultraortodoxas, según Sash– habían ido demasiado lejos.
“La atención no es lo mismo que la justicia”, escribió la educadora ortodoxa Talia Avrahami en The Times of Israel. “Una táctica no se vuelve ortodoxa simplemente porque la causa que la motiva sea digna de simpatía”.
Sash es una figura hipermoderna surgida de un mundo tradicional, que ha sabido convertir un antiguo concepto jurídico-religioso en una causa célebre en línea. Combina la intensidad apasionada de una activista con el conocimiento de la economía de la atención propio de una influencer. Y aplica esa combinación de estridencia y espectáculo digital a un mundo ultraortodoxo que utiliza la vergüenza como un poderoso instrumento de coerción, y en el que las mujeres tienen muy poco poder.
El clamor que genera Sash incomoda a mucha gente, sobre todo porque el mundo laico solo presta atención a los ultraortodoxos cuando algo sale mal. Y algunos miembros de la comunidad de Sash la critican por ser una especie de empresaria moral, que convierte un asunto doloroso para una comunidad cerrada en un espectáculo en línea para su propio beneficio.
“A veces, las situaciones realmente difíciles requieren medidas realmente audaces”, dijo Jennifer Lankin, directora ejecutiva de la Organización para la Resolución de las Agunot, una organización sin fines de lucro de Nueva York fundada en 2002, que también defiende a las agunot. “Pero el enfoque también importa”.
La pregunta que plantea Adina Sash es, pues, antiquísima: ¿cuándo el fin justifica los medios?
Sash se crió en Flatbush, en una comunidad ortodoxa, donde recibió mensajes contradictorios sobre hasta qué punto debía ser respetuosa con la tradición. Sus padres tenían, cada uno, un pie firmemente plantado en el mundo laico: su madre es psicóloga clínica en el Brooklyn College y estudia a los judíos que abandonan el ultraortodoxismo, y su padre enseña al personal ultraortodoxo de B&H Photo cómo adaptarse a un entorno laboral moderno.
La mandaron a un colegio para niñas ultraortodoxas, donde se esperaba que aprendiera a ser, como ella misma dice, “refinada, recatada, sumisa y domesticada”. Al mismo tiempo, los padres de Sash le dijeron que ignorara las cosas del colegio que no le gustaran, y Sash tenía una vena rebelde.
“Soy muy poco sumisa”, dijo.
Internet hizo imposible mantener a Sash alejada del mundo exterior. A los 10 años, descubrió un foro en línea dedicado a la serie de ciencia ficción Animorphs y entabló amistad con gente no judía de todo el país.
En 2005, poco después de graduarse de la secundaria, Sash se casó con su esposo, Chaim, porque “en realidad solo quería tener sexo”, dijo.
Estudió en el Brooklyn College y obtuvo una maestría en literatura medieval antes de empezar a trabajar como vendedora en una boutique nupcial de lujo para mujeres ortodoxas. Era un entorno exigente que la obligaba a aprender a vender con insistencia a clientas con expectativas a veces extremas o contradictorias. Se destacó, pero no le gustaba lo que eso representaba: una aceptación irreflexiva de lo que Sash llamaba “la superficialidad femenina”.
En 2015, renunció y empezó a crear contenido cómico para las redes sociales, centrándose en temas relacionados con las mujeres. Protestó contra la prohibición en los medios ortodoxos de mostrar los rostros de las mujeres y contra las normas que impedían a las mujeres cantar delante de los hombres. En 2021, una amiga le habló a Sash de una aguna llamada Chava Sharabani.
Por aquel entonces, Sash apenas conocía el concepto de la negación del get, y al principio se sentía un poco indecisa a la hora de adoptarlo como causa feminista. Tampoco estaba segura de hasta qué punto el problema estaba realmente extendido.
De hecho, no es un problema fácil de cuantificar. La Organización para la Resolución de las Agunot trabaja en unos 75 casos activos de negación prolongada del get en cualquier momento dado, y afirma haber obtenido el get para unas 550 personas. En los últimos años, la llegada de los acuerdos prenupciales religiosos ha aliviado el problema, pero la amenaza de la negación del get se cierne sobre cualquier matrimonio tradicional que carezca de ese tipo de acuerdo.
Mientras Sash reflexionaba sobre su propia relación, llegó a la dolorosa conclusión de que ella también estaba a merced de los caprichos del rabinato y de su esposo.
“Es casi como si empezaras a sentirte prisionera en tu propio matrimonio, aunque estés felizmente casada”, dijo.
Así que empezó a publicar sobre Sharabani. Enseguida se dio cuenta de que había dado con un tema del que la gente estaba mucho más dispuesta a hablar que de cualquiera de sus campañas anteriores.
“Nunca antes había visto unos niveles tan altos de interacción”, dijo. “Y me quedé alucinada, tanto desde el punto de vista de la psicología del marketing como en lo que respecta a los derechos de las mujeres”.
Sash se volcó de lleno en la defensa de esta causa, y su esposo la ayudó a redactar algunos de sus primeros guiones.
Chaim Sash, ejecutivo de marketing, dijo que algunas de las campañas de su mujer lo habían hecho sentir incómodo, pero que, en general, el trabajo de su esposa lo inspira.
“No soy ese tipo de hombre controlador”, dijo. “Estoy muy contento de que pueda expresarse y hacer lo que le gusta. Incluso cuando me siento incómodo”.
El momento decisivo para Sash llegó en marzo de 2024, cuando convenció a un grupo de mujeres ortodoxas para que se declararan en “huelga de mikvé” –es decir, que se abstuvieran de tomar el baño sagrado que se exige tras el final del ciclo menstrual y antes de las relaciones sexuales– hasta que una mujer llamada Malky Berkowitz recibiera su get. Una especie de Lisístrata moderna, la huelga atrajo la atención de los medios nacionales, así como la reprimenda de Hershel Schacter, un destacado rabino ortodoxo y profesor de la Universidad Yeshiva, que la calificó de “una receta para el desastre”.
Pero en septiembre, Berkowitz recibió su get. Hoy en día, Sash calcula que ha sido la principal defensora de unas 50 agunot y ha participado en campañas en favor de otras 50.
“Sin Adina, estaría perdida”, dijo Molly Bires, una mujer de Chicago que contrató a Sash en 2024 para que la ayudara a obtener el get de su marido. “Probablemente todavía no tendría el get”.
Cuando se grabó el pódcast, Stein y Kohn llevaban años separados. Según los registros judiciales, en el verano de 2020, Adeena Kohn fue internada en el hospital para recibir tratamiento por psicosis posparto. Cuando le dieron el alta, quiso pasar un tiempo con su madre, y Kohn, Stein y sus tres hijos pequeños viajaron desde su casa en Montreal hasta Monsey, Nueva York.
Tras varios meses, Stein –que creía que la estancia en Monsey sería temporal– empezó a insistir en volver a Montreal, y Kohn se negó. La relación de la pareja se deterioró, y empezaron a pelearse por los pasaportes de sus hijos, según los documentos judiciales. En octubre de 2021, Kohn presentó una demanda de divorcio.
Se desató una disputa por la custodia y el proceso se volvió muy hostil. Stein demandó a Kohn ante un tribunal federal para que los niños volvieran a Canadá bajo el Convenio de La Haya sobre los Aspectos Civiles de la Sustracción Internacional de Menores. (El juez falló en contra de Stein basándose en que los niños estaban, a efectos prácticos, establecidos en Monsey, aunque se mostró “bastante comprensivo con la situación de Stein”). Kohn recurrió a un destacado tribunal rabínico para que citara a Stein a comparecer y llegar a un acuerdo sobre el get. Stein se negó, alegando que no aceptaría un divorcio judío hasta que se resolviera el caso civil, y encontró a un rabino en Monsey que fallara en contra del tribunal rabínico. La pareja se encontraba en un punto muerto.
Así seguía la situación una noche sofocante de mayo, cuando Sash llegó a un enclave ultraortodoxo de Monsey para protestar contra el rabino local que, según dijo, estaba protegiendo a Stein de las consecuencias de negarse a conceder el get.
“Esta red es lo que le da fuerzas y le hace sentirse intocable, como si lo que hace no tuviera consecuencias”, dijo.
Mientras Sash descargaba su coche, decenas de niños ultraortodoxos se reunieron al otro lado de la calle para mirar boquiabiertos, con las prendas de oración asomando por debajo de sus camisetas polos.
Frente a la casa del rabino estaba estacionado un camión que Sash había pagado gracias a su campaña de microfinanciación “Free Adeena”, equipado con grandes pantallas LED y altavoces. En él se mostraba la imagen de un faraón egipcio. “Raphi Stein”, decía. “¡Deja marchar a Adeena!”. La policía de Ramapo, a la que Sash había avisado, esperaba cerca.
Cuando empezó a llover, Sash, con un vestido hasta la rodilla decorado con pequeños unicornios de colores, marchaba de un lado a otro por la calle, gritando. Su cabello natural, que deja parcialmente al descubierto bajo la peluca, se había encrespado con la humedad. Hombres y mujeres se asomaban desde las ventanas del segundo piso de sus casas, observándola en silencio mientras ella caminaba de un lado a otro por la acera.
“¡Estamos defendiendo a una víctima de abuso religioso! ¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza!”
Llegaron más manifestantes, al igual que un grupo de adolescentes ortodoxos en bicimotos que estaban allí con la esperanza –suscitada por la campaña “Gett Naked”– de la posibilidad de ver mujeres desnudas.
Se armó un gran alboroto. Se oían bocinazos de un autobús escolar bloqueado por el camión con pantalla LED, y bocinazos de una caravana de todoterrenos que parecían intentar bloquear el camión. Todo esto se mezclaba con las consignas de los manifestantes y un estribillo pregrabado que salía de un boombox que habían traído los adolescentes: “¡Liberen el pezón!”. Y entonces, por encima de todo, se alzó una voz masculina grave desde los altavoces del camión.
“¡Cinco años de lágrimas, cinco años esperando una oportunidad, ya basta!”, retumbó la voz grabada, antes de pasar al yiddish. “¡Achtung, Achtung!”
El activismo de Sash no es barato. Aunque dice que trabaja con una tarifa variable, sus precios públicos incluyen 750 dólares por una consulta inicial y 7500 dólares por contratarla como asesora legal. (ORA, por el contrario, no cobra honorarios).
Una de las razones por las que Sash dice que necesita cobrar es porque la demandan con mucha frecuencia. En abril, Raphi Stein, que se representaba a sí mismo, demandó a Sash ante la Corte Suprema del Estado en el condado de Rockland, acusándola de difamarlo, de revelar sus datos personales y de hacer que perdiera su trabajo.
Otra gran diferencia entre el trabajo de Sash y el de los grupos de defensa tradicionales, como ORA, es que a veces se ocupa de casos de negación del divorcio sin que la propia aguna participe directamente. Para los defensores tradicionales, este es el mayor de los tabúes de Sash.
En el caso de Adeena Kohn, la cosa es un poco ambigua. Sash es esquiva respecto a sus contactos con Kohn: “No estoy en contacto con ella, y si lo estuviera, no te lo diría”, dijo. Pero la demanda de Stein sostiene que Kohn y su familia proporcionaron a Sash “la base factual de su campaña”, incluyendo información personal y fotografías.
Aunque Sash es estratégica, también admite que toma algunas decisiones de forma impulsiva. La idea de la campaña “Gett Naked”, por ejemplo, se le ocurrió a Sash en febrero, dijo, cuando empezó a hacerse fotos atrevidas para enviárselas a su marido –una forma de darle un poco de chispa a un matrimonio de 20 años–.
Entonces, una mañana, Sash ató cabos, así de simple: la forma de conseguir que más gente prestara atención al caso de Kohn eran cientos de fotos provocativas.
“Fue simplemente un destello de inspiración, y desde que se me ocurrió hasta que lo publiqué fue algo muy impulsivo y cuestión de minutos”, dijo.
Por los mensajes que acompañaban a las fotos, estaba claro que Sash había desatado un torrente de emociones reprimidas. Había antiguas agunot, esposas de rabinos que estaban furiosas con sus esposos por ignorar el problema, y amenazas de desenmascarar a hombres ultraortodoxos al salir de clubes de striptease. En cierto modo, las mujeres parecían estar enojadas no solo con los que se niegan a otorgar el get, sino con toda la organización basada en el género del judaísmo ortodoxo en sí, en la que hombres y mujeres se sientan separados durante la oración
De vuelta en Monsey, el cielo se había oscurecido y la lluvia caía con más fuerza. Los adolescentes ortodoxos se habían acercado para enfrentarse a algunos de los manifestantes, discutiendo sobre las motivaciones de Sash, si toda la campaña solo se hacía para llamar la atención, si Adeena Kohn también tenía la culpa, al fin y al cabo, toda historia tiene dos versiones.
Entre consignas, Sash repartió sus carteles a algunos de los adolescentes que la miraban con lascivia. Si estaban allí por razones poco nobles, al menos podía hacer que en sus historias de Instagram pareciera que apoyaban su causa. (Al momento de escribir este artículo, la cuenta de Instagram de Sash está inactiva, lo que, según ella, se debe a las denuncias masivas de su contenido por parte de opositores de la comunidad ultraortodoxa).
Cerca de allí, un joven con kipá y una camiseta verde en la que aparecía George Washington con armadura militar moderna y un rifle en la mano, junto a un eslogan misógino sobre la Revolución Americana, estaba discutiendo con un grupo de mujeres. Decenas de espectadores lo estaban grabando. Exasperada, una manifestante sacó a relucir una “opción nuclear” de carácter sexual: tal vez las mujeres judías, oprimidas por la denegación del get, se casarían con hombres no judíos, sugirió. Al fin y al cabo, sus hijos serían judíos, según la ley religiosa.
“¿Por qué no habría de protegerme?”, dijo.
El espectáculo resultaba impactante y un poco peligroso, como si Sash hubiera puesto en marcha fuerzas que ya no podía controlar.
Entonces, a principios de junio, se supo que el divorcio civil entre Adeena Kohn y Raphi Stein estaba a punto de resolverse. Y que Stein le había otorgado el get a Kohn.
En un correo electrónico, Stein insistió en que la campaña de Flatbush Girl en su contra no tuvo nada que ver con el acuerdo.
“Al contrario de lo que ella dice de ayudar a las agunot, sus actividades contribuyeron a reforzar mi posición en la negociación”, dijo. Iba a seguir persiguiendo a Sash en los tribunales.
Pero poco después de recibir el get, Sash recibió un mensaje por Instagram de Ahuva Kohn, la hermana de Adeena.
“Tus métodos fueron poco ortodoxos, por decir lo menos, pero demostraste tu punto porque le conseguiste su get”, escribió. “Gracias por rescatar a mi hermana”.
Joseph Bernstein es reportero del Times que escribe artículos de fondo para la sección de Styles.

Leave a Reply