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El hundimiento de un ferri estatal, que ocasionó el fallecimiento de unas 100 personas este mes, está profundizando las fracturas políticas en Guyana, un país rico en petróleo y uno de los principales aliados de Estados Unidos en Sudamérica.
La tragedia constituye el suceso más mortífero sucedido en Guyana desde el asesinato en masa y suicidio de Jonestown en 1978, que dejó más de 900 muertos. Muchos guyaneses se preguntan cómo pudo ocurrir este desastre en la que ahora es una de las economías de más rápido crecimiento del mundo.
Cuando el ferri naufragó, yo estaba en Guyana para reportar sobre algo completamente diferente: el auge petrolero del país. Pero adondequiera que iba, la tragedia dominaba las conversaciones, un reflejo de cómo el hundimiento había desatado tensiones en esta antigua colonia británica.
“Nuestros líderes pintan a Guyana como el próximo Dubái, pero esta debacle muestra lo absurda que es esa narrativa”, me dijo Cathy Hughes, exintegrante del Parlamento, en una vigilia nocturna convocada en Georgetown, la capital.
El ferri se volcó en la noche del 18 de julio, cuando iba sobrecargado con pasajeros y carga en un recorrido de rutina desde Georgetown hasta el remoto asentamiento minero de oro de Port Kaituma, en lo profundo del interior del país, cerca de Venezuela.
Los sobrevivientes conmocionaron al país con relatos de pesadilla y dijeron que se despertaron en medio de la noche cuando la embarcación comenzó a escorar. Se aferraron a cualquier escombro flotante que pudieron encontrar, y esperaron horas hasta que llegaron los equipos de rescate.
Algunos sobrevivientes describieron haber visto a niños que se los tragaba el mar, y varios de los 73 cuerpos recuperados hasta ahora son de menores. El ferri transportaba a unos 179 pasajeros, decenas más de lo debido, según los sobrevivientes y el manifiesto oficial, que enumeraba 133.
Alrededor de 30 pasajeros siguen desaparecidos. Altos funcionarios guyaneses, entre ellos el ministro de Obras Públicas, Juan Edghill, responsable de los servicios de transporte estatales, han afirmado que la embarcación estaba operando dentro de sus límites aprobados y que no se podía culpar a una falla mecánica.
Edghill no respondió de inmediato a una solicitud de más comentarios.
La pérdida de tantas vidas ha tenido un impacto enorme en Guyana, cuya población se estima en aproximadamente un millón de personas repartidas en una masa terrestre parecida al tamaño del Reino Unido, que tiene casi 70 millones de habitantes.
Roy Henry, de 21 años, dijo que perdió a su madre, Rona Mendoza, de 40 años, en la tragedia. Henry dijo que su hermano, Jason Henry, de 25 años, también estaba en el ferri pero sobrevivió al aferrarse a una hielera flotante durante horas.
“Solo estoy tratando de despejar mi mente y no pensar demasiado en ella”, dijo Henry, un ebanista, sobre su madre, que vendía comestibles en la región cercana a Port Kaituma, usando una expresión idiomática sobre tenerla en su mente. “Si me pongo a pensar mucho en ella, no podría comer”.
A medida que el dolor resonaba en toda Guyana, quedaba claro que la tragedia exponía las tensiones en torno a la rendición de cuentas del gobierno y la flagrante desigualdad en un país que el año pasado experimentó un crecimiento económico asombroso del 19,3 por ciento. La tasa superó por mucho a otras economías en auge de la región, como la de Paraguay, que creció un 6,6 por ciento el mismo año.
Este auge está transformando a Georgetown, un lugar que antes era tranquilo. Se alzan nuevos rascacielos. Migrantes de Cuba y Venezuela acuden en masa a la ciudad. Cuadrillas de trabajadores chinos construyen autopistas. Camionetas SUV de lujo atascan las calles.
El ferri era una opción preferida para muchos. La mayoría de los que iban a bordo no podía pagar un boleto de avión de 140 dólares a Port Kaituma, lo que les habría permitido evitar el viaje por mar de 24 horas. Los pasajeros estaban entre los muchos guyaneses que han sido excluidos de la prosperidad.
Todavía no está claro qué fue lo que ocasionó que el ferri se volcara. Fabricado en 1939, décadas antes de que Guyana obtuviera su independencia en 1966, estaba previsto que fuera inspeccionado para posibles reparaciones más adelante este año, dijeron las autoridades.
Según las autoridades, hace poco se adquirió un nuevo ferri de India para remplazarlo, pero los funcionarios estaban esperando a que se completaran las mejoras del puerto para ponerlo en servicio.
El gobierno de Guyana ha respondido de manera agresiva a las críticas sobre su manejo del naufragio.
El presidente Irfaan Ali, quien ganó cómodamente la reelección el año pasado para un nuevo mandato de cinco años, ha realizado repetidos viajes a la zona del siniestro para hablar con los familiares que perdieron a sus seres queridos. También prometió investigar qué causó el hundimiento de la embarcación.
Altos funcionarios han rechazado las afirmaciones que dicen que los esfuerzos de rescate fueron demasiado lentos, o que la negligencia o la corrupción pudieron haber desempeñado un papel al permitir que el viejo ferri transportara a más pasajeros de los que debería.
“Esta no es la imagen de un gobierno sorprendido sin preparación”, decía el periódico estatal Guyana Chronicle en un editorial en el que criticaba duramente a quienes publicaron imágenes de los fallecidos. “Este es un momento que exige unidad, competencia y moderación”.
Sin embargo, las reacciones a la tragedia muestran las marcadas divisiones políticas de Guyana.
Azruddin Mohamed, el líder de la oposición de Guyana, organizó sus propios esfuerzos de rescate en las aguas donde volcó el ferri, y compartió en redes sociales un video en el que se veían cuerpos flotando en el mar mientras criticaba duramente la respuesta del gobierno.
Pocos en Guyana ven la motivación de Mohamed como puramente altruista. Como heredero de una de las familias más ricas de Guyana, en 2024 fue objeto de sanciones por parte de Estados Unidos por esquemas de contrabando de oro y sobornos.
Mientras Mohamed buscaba sobrevivientes, las autoridades llevaban a cabo un allanamiento en su casa. El operativo se hizo en conexión con una indagatoria sobre el asesinato al estilo ejecución de un comerciante de oro afuera de un popular club nocturno de Georgetown en 2021.
Algunos guyaneses dieron a entender que esto podría terminar fortaleciendo a Mohamed. Él ha negado estar implicado en el asesinato y ha calificado la investigación –al igual que hizo con las sanciones de Estados Unidos– como una maniobra de desprestigio con motivaciones políticas destinada a apartarlo de la política.
Pero el gobierno no se detuvo ahí.
Las autoridades también arrestaron a Sherod Duncan, un miembro de la oposición en el Parlamento, después de que viajó al sitio del naufragio y lanzó un dron para captar imágenes aéreas de las embarcaciones de rescate y la reunión de las familias en el paseo marítimo.
El gobierno, en lo que describió como un esfuerzo para unir a un país dividido, también organizó un servicio de oración interreligioso una noche a lo largo del malecón de Georgetown con vista al Atlántico.
En un escenario equipado con sistemas de sonido de última generación, un maestro de ceremonias dio la bienvenida cortésmente a los ahí reunidos, antes de que líderes religiosos cristianos, musulmanes e hindúes hicieran oraciones por las víctimas del ferri.
Vestidos con impecables guayaberas blancas, dignatarios políticos alineados con el gobierno se sentaron solemnemente debajo de una lona cuidadosamente montada para la ocasión, rodeados por multitudes de personal de seguridad.
Pero este evento tampoco pudo escapar a la conflictiva política de Guyana. Cerca de la carpa, manifestantes sostenían en silencio pancartas en las que exigían rendición de cuentas y el despido del ministro de Obras Públicas.
“Los líderes de este país simplemente no saben percibir el ambiente”, dijo Sherlina Nageer, una manifestante de 49 años. “No necesitamos que celebren eventos lujosos para que parezca que están haciendo algo. Necesitamos que rindan cuentas por su propia negligencia”.
Después de que me fui del servicio de oración, otros guyaneses a los que había entrevistado comenzaron a enviarme reportes de que Nageer y otros manifestantes habían sido arrestados por la policía y estaban siendo acusados de reunión ilícita.
Se desató un clamor generalizado; la policía los liberó y retiró los cargos. Pero para ese entonces, ya estaba estallando un nuevo ciclo de recriminaciones.
Denis Chabrol colaboró con reportería.
Simon Romero es corresponsal del Times para México, América Central y el Caribe. Reside en Ciudad de México.
Denis Chabrol colaboró con reportería.

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