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Cuando el poeta kurdo declaró por primera vez su amor, la mujer en el centro de sus sentimientos no lo tomó en serio. “¿Cómo iba a hacerlo?”, le preguntó su amada, Ipek Ozel. “Yo era la única mujer que había visto en décadas”.
En el momento en que le confesó su cariño, en 2019, el poeta, Ilhan Sami Çomak, cumplía cadena perpetua en una prisión turca de máxima seguridad. Ozel era una voluntaria que, en medio de una vida de glamour y fiestas, visitaba a los reclusos para ofrecerles ayuda y compañerismo.
Su historia de amor, que ha sorprendido incluso a sus amigos más cercanos, también es un relato de un conflicto amargo y brutal que duró décadas.
Çomak nació en 1973 en un minúsculo pueblo cerca de Bingöl, al este de Turquía, hijo de agricultores humildes que practicaban el alevismo, una corriente musulmana heterodoxa.
“Perfecta”, dijo de su infancia rural. “Adorar un árbol, una flor o un río. Eso era Dios para mí como niño aleví”.
No se dio cuenta de que las creencias de su familia o su etnia kurda lo convertían en una minoría. Ni siquiera se dio cuenta de que vivía en un país de habla turca hasta la escuela primaria. El “turco” –la lengua que más tarde le daría consuelo en la cárcel– “me lo inculcaron los maestros”, dijo.
Sus padres lo animaron a estudiar, y en 1992 se trasladó a Estambul para ir a la universidad. A mediados de la década de 1990, la insurgencia separatista del Partido de los Trabajadores Kurdos (PKK) estaba en su apogeo, y los estudiantes kurdos eran detenidos en masa.
La policía de Estambul detuvo a Çomak en 1994, y lo acusó de provocar incendios forestales y de pertenecer al proscrito PKK, designado organización terrorista por Turquía, Estados Unidos y la Unión Europea. Dijo que fue torturado durante 19 días, firmó una confesión forzada y fue condenado a muerte.
Çomak, de 53 años, niega todos los cargos. “Tres incendios en diferentes lugares lejanos en un solo día”, dijo, “debo de ser Superman”.
Tiene un parecido a Clark Kent. Alto, con gafas y en forma, se sienta erguido mientras responde cortésmente a lo que le preguntan y Ozel, de 55 años, traduce.
En la cárcel, tuvo que buscar una forma de pasar el tiempo, y pronto se dio cuenta de que muchos de sus compañeros lo hacían leyendo.
Él también adquirió el hábito, y no solo leyó, sino que devoró, todo, desde Marx a Mayakovsky, de Baudelaire a Borges.
“Cuando quedó claro que no saldría pronto de la cárcel, empecé a buscar algo que pudiera dar sentido a mi vida ahí dentro, y volteé hacia la poesía”, dijo.
Pero no fue fácil encontrar su voz. “Gran parte de la poesía se basa en la memoria”, dijo, “y yo tenía sobre todo recuerdos de la infancia. Era demasiado joven. No tenía muchas experiencias”.
Su gran avance se produjo cuando se dio cuenta de que, incluso dentro de sus limitadas circunstancias, seguía rodeado de temas infinitos. “Cualquier cosa se convertía en motivo para un poema”, dijo. “Música, una película, una bella novela, una fotografía de Catherine Deneuve”.
Descubrió que podía “invitar a la vida y a mis pasiones con mi pluma”, y fue como si se abriera un grifo, del que brotaron poemas, la mayoría en turco.
Cuando Turquía abolió la pena capital en 2004, la condena de Çomak fue conmutada por cadena perpetua. Sus abogados llevaron su caso ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que declaró en 2007 que no se le había sometido a un juicio justo, y pidió uno nuevo.
Margaret Owen, abogada británica de derechos humanos que se ha hecho amiga de la pareja, recuerda que le sorprendió el tema y el tono de los poemas de un hombre que tenía motivos para estar resentido. “Ni un solo poema es político o iracundo”, se maravilló.
Cuando Çomak publicó Hymns Composed by Cats en 2013, envió a Ozel un ejemplar, aunque no se conocían.
Ozel acababa de empezar a visitar la prisión de Esmirna, en la costa del Egeo, donde estaba recluido Çomak. Aunque no tenía formación jurídica, viajaba desde Estambul una vez al mes para prestar la ayuda que podía, y ofrecía asistencia práctica en los casos –un papel conocido como “amigo McKenzie“– a tres estudiantes kurdos que cumplían condena con Çomak.
“Hablaban de ella con gran emoción”, dijo Çomak de los estudiantes.
Después de recibir su ejemplar, Ozel, impresionada por la ternura de los poemas, envió una nota de agradecimiento, lo que dio inicio a su correspondencia.
“Escribíamos sobre todo”, dijo. “Era más coqueto que yo”.
Algunas de sus cartas –de 20 a 30 páginas de extensión– venían con plumas que caían de los pájaros que tenía como mascota en su celda. “Decía que me haría alas de ángel con ellas”, dijo Ozel.
Aunque estaba comprometida con su trabajo voluntario con los presos y participaba desde hacía tiempo en la defensa de los derechos humanos, Ozel también tenía una vida activa en el ámbito profesional y social en Estambul. Hija de ingenieros laicos, fue a la universidad en Londres, trabajaba en publicidad, bailaba tango y viajaba por todo el mundo.
La primera vez que se conocieron en persona fue en 2016, en un tribunal de Estambul, donde se celebraba una audiencia sobre su nuevo juicio.
Mientras los guardias lo escoltaban al tribunal, Çomak lanzó un beso al aire.
Ella escribió en su siguiente carta: “No sabía si iba dirigido a mí, pero lo tomé”.
“Me alegra que no se perdiera”, respondió él.
El tribunal decidió que su juicio había sido justo, y posteriormente fue trasladado a la prisión de Silivri, otro centro de máxima seguridad, a las afueras de Estambul.
Le preguntó a Ozel si quería ser su amiga McKenzie, y ella dijo que sí. Ahora podían hablar a través de un cristal sucio durante 45 minutos cada semana. “Me levantaba a las 5 para estar allí a las 9:30”, dijo Ozel.
También tenía una misión: “Le dije que no quería que fuera otro poeta kurdo encarcelado. Quería que fuera un poeta reconocido. Sus poemas son tan bellos, tan inocentes. No son los poemas de un terrorista”.
Ozel sabía que ese objetivo sería difícil, pero estaba dispuesta a conseguirlo. “Dame un reto y mírame”, dijo.
Convenció a PEN Noruega para que lanzara una campaña pidiendo la liberación de Çomak. Ochenta y ocho poetas de todo el mundo le enviaron cada uno un poema. Çomak respondió a cada uno de ellos con un poema de su autoría.
Pero la campaña no consiguió liberarlo; en su lugar, Çomak tendría que esperar hasta que pudiera optar a la libertad condicional tras cumplir 30 años de su cadena perpetua.
Finalmente fue liberado en noviembre de 2024, tras publicar desde su celda 11 volúmenes de poesía, una obra de teatro y una autobiografía.
Una de las primeras lecciones que aprendió Çomak en la cárcel fue no esperar nunca nada. “Así no hay decepción”, dijo. Pero eso no significa que no soñara, en su poesía, con la libertad que finalmente encontró, como muestra este fragmento de “Cosas que no están aquí”:
La vida, separada del sol.
Aquí no hay dirección.
Pero hay una salida.
Siempre, una salida.
Ozel estaba esperando ante las puertas de la prisión. Se abrazaron –“como amigos”, dijo ella– y él se fue con su familia.
Pero nunca dudó de que se había enamorado de Ozel, y quien leyera el poema que escribió para ella, “Vine a ti, vida“, probablemente también lo sabía.
Sin embargo, no quería herir a sus padres, quienes esperaban que se quedara cerca de ellos y les diera nietos.
A Ozel, la posibilidad de perder a Çomak la entristecía, pero tenía sus propias necesidades y expectativas. “Una cosa es ser su amiga McKenzie y otra ser su novia”, dijo. “Las familias kurdas son muy unidas y tradicionales, y yo no lo soy”.
Después de su abrazo en la cárcel, tardarían un mes y muchas llamadas telefónicas diarias en volver a verse. Cuando Çomak supo que ella volaría a una boda en Adana, Turquía, pidió a su primo que le comprara un boleto –no sabía cómo– en el mismo vuelo.
“Había decidido que quería vivir mi propia vida, y eso significaba estar con ella”, dijo.
Tras su romántica sorpresa en aquel vuelo, se convirtieron en pareja y ahora viven en un departamento en Estambul.
La libertad les ha mantenido ocupados viajando por Europa, y Ozel organiza lecturas de poesía repletas de gente.
“Ilhan es el mejor poeta de nuestra generación”, dijo Burhan Sönmez, presidente de PEN Internacional y novelista kurdo. Este renombre se debe en gran medida a los esfuerzos de Ozel. “Si no fuera por Ipek, nadie habría oído hablar de él”, añadió Sönmez.
Con antecedentes tan diferentes, su asociación ha sido una curva de aprendizaje mutuo.
“Mi gran vida bohemia terminó cuando conocí a los estudiantes encarcelados y, a través de ellos, a Ilhan”, dijo Ozel, cuya lucha contra el cáncer ha supuesto otra prueba para la pareja.
Aun así, la nueva vida ha sido rica en recompensas.
En víspera del Año Nuevo, Ozel publicó una foto de la pareja en Berlín. “He pasado quizá uno de los años más felices de mi vida”, escribió.
Çomak expresó sus sentimientos sobre su libertad en un poema reciente, “¿A qué me parecería?”:
La encontré al fin, la escalera que sube hacia la libertad y el cielo
A la luz de la luna, la vida se hizo más bella.

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