La Casa Blanca insiste en que la guerra contra Irán terminó, aunque vuelen misiles

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El presidente Trump intenta dejar atrás la mayor crisis política de su presidencia. Pero proclamar el fin de la guerra no lo convierte en realidad.

Cuando el alto al fuego en la guerra con Irán entró en vigor hace un mes, el presidente Donald Trump fue bastante directo al decir que si los iraníes no ponían fin a su programa nuclear o no reabrían el estrecho de Ormuz, los bombarderos volverían a surcar el aire. “Si no hay acuerdo, se reanudan los combates”, afirmó, con lo que dejó muy claro que se trataba solo de una pausa.

Pero resulta que, según el secretario de Estado Marco Rubio, la guerra en realidad terminó en algún momento después de que se estableciera el alto al fuego, o eso dijo a los periodistas en una conferencia de prensa celebrada el martes en la Casa Blanca. “La Operación Furia Épica ha concluido”, dijo. “Hemos logrado el objetivo de esa operación”. El esfuerzo por reabrir el estrecho, dijo Rubio, es una operación puramente defensiva y humanitaria que solo resultaría en intercambios militares directos con los iraníes si los buques estadounidenses fueran atacados.

Más tarde, Trump anunció que suspendería incluso ese esfuerzo –que apenas llevaba un día en marcha y que solo había conseguido liberar unos pocos barcos– “durante un breve periodo de tiempo”, y citó lo que calificó como un “gran progreso” hacia un acuerdo con Irán. Sin embargo, mantuvo el bloqueo estadounidense, como parte de una estrategia de máxima presión económica.

Aun así, la suspensión por parte de Trump de los esfuerzos para sacar a los barcos del estrecho pareció contradecir la postura declarada del gobierno de que era intolerable que Irán bloqueara una vía marítima internacional y que solo Estados Unidos tenía capacidad para forzar su reapertura.

Para la Casa Blanca, la insistencia en que la guerra había terminado fue el último salto retórico en un intento por dejar atrás una guerra que ha creado la mayor crisis política de la presidencia de Trump. Pero la mera proclamación no la convierte en realidad. Los misiles seguían volando. Ambas partes insisten en que controlan el tráfico en la vía marítima.

Y a pesar de la declaración de Rubio de que los objetivos de la guerra se han cumplido, es evidente que no es así. En 38 días de intensas operaciones de combate, Estados Unidos alcanzó, según el recuento del Pentágono, unos 13.000 blancos. Pero destruir blancos no era la única meta. El propio Trump describió sus objetivos en las primeras horas del 28 de febrero, cuando le dijo al país, en un video que había grabado previamente, que tenía cinco objetivos principales.

El primero, por supuesto, era garantizar que Irán “nunca pueda tener un arma nuclear”. Pero añadió que Estados Unidos tenía que destruir los misiles balísticos de Irán y sus lanzaderas, hundir su armada, poner fin a su apoyo a grupos terroristas como Hizbulá y Hamás y, por último, crear las condiciones para que el pueblo iraní derrocara a su gobierno.

“Ha llegado la hora de su libertad”, dijo entonces.

Está claro que la Armada iraní ha desaparecido, como suele señalar Trump. Pero eso es lo único que ha tachado de la lista. Hasta ahora, el arsenal nuclear iraní no se ha tocado y no hay acuerdo, al menos todavía, para enviarlo fuera del país o diluirlo de modo que no pueda utilizarse fácilmente para fabricar armas. Aunque las estimaciones de los servicios de inteligencia difieren, las evaluaciones de Estados Unidos sugieren que más de la mitad de los misiles y lanzadores iraníes sobrevivieron. Es demasiado pronto para opinar sobre el apoyo a los grupos subsidiarios de Irán, que quedaron destrozados por los ataques israelíes.

Y Trump ha abandonado las conversaciones sobre un cambio en la dirección del país y, en un momento dado, ha insinuado que nunca lo pidió. En otros momentos ha sostenido que el cambio de régimen ya se ha producido al citar la aparición de un nuevo líder supremo y otros funcionarios, en sustitución de quienes fueron asesinados. Para la mayoría de los expertos en Irán –y para muchos miembros de las agencias de inteligencia estadounidenses–, se trata de un cambio de personal.

No obstante, tanto Trump como Rubio tienen muchas razones para declarar que Furia Épica terminó en alguna fecha indefinida del pasado reciente. El Congreso se mostraba cada vez más inquieto por la Ley de Poderes de Guerra, que exige un voto de aprobación del Congreso después de la participación de tropas estadounidenses en combate durante más de 60 días. Su base política se ha fracturado en torno a la cuestión de si Trump ha incumplido su promesa de sacar a Estados Unidos de guerras prolongadas. Además, Trump retrasó su viaje a China en una ocasión para asegurarse de que la guerra hubiera terminado, de que Estados Unidos hubiera salido victorioso y de que el estrecho estuviera abierto antes de aterrizar en Pekín. Dicho viaje está programado ahora para el próximo miércoles.

La manera en que Trump se expresa también ha cambiado, aunque ni siquiera él ha llegado a declarar que la operación ha terminado. Parece que no puede evitar describir la situación actual como una guerra, aunque haya empezado a dar marcha atrás. “Nuestro país está en auge ahora, a pesar de que estamos en una… yo la llamo miniguerra”, dijo el lunes en un evento para pequeñas empresas en la Casa Blanca.

En otros discursos, ha intercalado la palabra “guerra” con otras descripciones más benignas: atacar Irán fue una “excursión”, dijo. En otro momento lo describió como un “desvío”, haciéndolo sonar más bien como un viaje de fin de semana por Medio Oriente con algo de tráfico.

Aunque todo parezca un juego de palabras políticamente conveniente, cualquier declaración real de que la batalla ha terminado representa un cambio fundamental de estrategia, incluso para una guerra en la que la Casa Blanca parecía improvisar cada día su siguiente movimiento. Durante las últimas nueve semanas, el poder militar estadounidense, y la perspectiva de que este pudiera reanudarse, fue la palanca que Trump celebró como el pilar fundamental de las negociaciones. Nada motivaría más las mentes iraníes, sugirió, que la perspectiva de una destrucción mayor.

De hecho, cuando las negociaciones sobre el futuro del programa nuclear fracasaron a finales de febrero, el bombardeo estadounidense se diseñó para obligar a Irán a hacer concesiones.

Pero la campaña de bombardeos, aunque mortífera y destructiva, no alteró las posiciones fundamentales de Irán, al menos de momento. Y el éxito del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica para cerrar el estrecho –lo que bloqueó petroleros y cargueros y provocó un frenesí en los mercados del petróleo y los fertilizantes– cambió la dinámica. La frustración de Trump era evidente: amenazó con ataques aún más duros –y contra centrales eléctricas– si Irán se negaba a ceder y arremetió con improperios en las redes sociales.

Los iraníes hicieron caso omiso y unos días después Trump advirtió: “Toda una civilización morirá esta noche, para no volver más”. Entonces llegó el alto al fuego.

Pero la moderación iraní se vino abajo después de que Trump anunciara el domingo una nueva operación para guiar a los barcos a través del estrecho, por una ruta que había sido declarada libre de minas. Las fuerzas iraníes dispararon contra dos barcos al día siguiente, pero los misiles fueron interceptados por las fuerzas estadounidenses. El general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto, dijo el martes que, desde que entró en vigor el alto al fuego, Irán había atacado a las fuerzas estadounidenses más de 10 veces, pero que los ataques estaban “todos por debajo del umbral para reiniciar operaciones de combate importantes en este momento”.

Caine añadió que definir ese umbral era “una decisión política”, lo que significa que era decisión de Trump. Y cuando se presionó a Trump unas horas más tarde para que explicara dónde había fijado ese umbral, este le dijo a los periodistas: “Ya lo sabrán, porque yo se lo haré saber”.

“Saben qué hacer”, dijo de los iraníes. “Saben lo que no deben hacer”.

El secretario de Defensa, Pete Hegseth, dijo el martes por la mañana que el nuevo esfuerzo militar para guiar a los buques mercantes a través del estrecho de Ormuz debía entenderse como una empresa completamente separada y un esfuerzo defensivo temporal.

“No buscamos pelea”, dijo Hegseth, quien hace solo unas semanas celebraba la potencia de fuego estadounidense contra Irán e instaba a la “máxima letalidad”. Pero señaló que los buques de guerra estadounidenses derribaron misiles de crucero y drones que Irán disparó contra los barcos y buques comerciales, y que los helicópteros de combate Apache del ejército también hundieron seis lanchas rápidas militares iraníes que amenazaban a los buques.

(Rubio comparó los barcos con los Boston Whalers, unas lanchas rápidas pequeñas y populares. Dijo que las que fueron alcanzadas “están en el fondo del mar, junto con el resto de la Armada iraní”).

Ahora el gobierno ha pasado de declarar que los ataques militares cambiarían a los dirigentes iraníes a insistir en que lo que realmente funcionará son los recortes económicos. Rubio dijo que Estados Unidos ahora cortaba los ingresos que mantienen unida “lo que queda de su frágil economía”.

Y llamó piratas a los iraníes. “No puede darse una situación en la que los estrechos estén cerrados a todo el mundo, pero ellos se beneficien de la piratería: eso no puede ocurrir”, dijo. Solo Estados Unidos, afirmó, tiene poder para abrir el estrecho de Ormuz “como un favor al mundo”.

“Francamente, somos los únicos que podemos”, dijo. “Si vivimos en un mundo en el que se le permite a un Estado canalla como este régimen iraní reclamar como nueva normalidad el control de una vía marítima internacional”, añadió, “no pasará mucho tiempo antes de que veas que eso ocurre en múltiples vías marítimas de todo el mundo”.

David E. Sanger cubre el gobierno de Donald Trump y una amplia gama de temas relacionados con la seguridad nacional. Ha sido periodista del Times durante más de cuatro décadas y ha escrito cuatro libros sobre política exterior y retos de seguridad nacional.

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