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Mi hija me dejó demasiado pronto, así que busco formas de tenerla siempre conmigo.
“Me voy a hacer un tatuaje”, le dije a mi hijo de cuatro años, Reid, mientras lo ayudaba a sentarse en su sillita de coche al recogerlo del preescolar el otoño pasado.
Se le iluminó la cara. “¿Te vas a tatuar mi nombre?”.
Le di un beso en la mejilla, cerré la puerta del coche e intenté ordenar mis pensamientos. Debería haber visto venir esta esa pregunta.
Solo tengo otro tatuaje en el antebrazo izquierdo. Dice “Evan Frances”, en una letra cursiva hermosa.
Cuando mi hija Evan tenía un año, estaba navegando en Instagram cuando vi una foto en blanco y negro del brazo superior de un hombre en la que aparecían cuatro nombres de mujer escritos con una letra muy fina. Guardé la imagen pensando que algún día la usaría como inspiración para mi propio tatuaje.
Desafortunadamente, el momento llegó.
Cuando cumplí 40 años, mi esposo Michael me llevó a hacerme mi primer tatuaje para conmemorar la vida de Evan, que había fallecido un año antes. Había nacido con una enfermedad mitocondrial rara. Nos dijeron que la esperanza de vida probablemente sería corta y entendimos que vivíamos con el tiempo contado.
Evan murió en 2022, diez días antes del Día de las Madres y apenas tres meses antes de cumplir cuatro años.
Reid tiene ahora solo unos cuantos meses más de los que tenía mi hija cuando falleció. No pasa un segundo sin que escuche a Evan en las canciones y en las campanas de viento o la vea en los libros, las catarinas y las lunas llenas. Pero sobre todo, siento su presencia cada vez que Reid dice o pregunta algo sorprendentemente conmovedor. Su maestra de preescolar nos contó hace poco que estaban aprendiendo sobre la polinización en clase cuando él levantó la mano y dijo que su hermana era como una abeja que ya no podía polinizar y que, por eso, murió.
No sé de dónde sacó eso. Solo tenía tres meses cuando falleció Evan, pero ha llegado a conocerla a través de nuestras rutinas y conversaciones. Cantamos las canciones de Evan, leemos sus libros y le damos las buenas noches.
Como parte de nuestro ritual nocturno, le lanzo un beso a una foto enmarcada de Evan que está sobre una repisa, junto a una urna de madera con sus cenizas. Beso los dos bordes de la urna que, para mí, representan las mejillas perfectas y jugosas de Evan. Encima yacen sus lentes de sol de ojo de gato, son de color rosa intenso con brillantina. Deslumbran casi tanto como sus ojos en la foto.
Vi de reojo a Reid por el retrovisor y pensé: “¿Qué debo decirle sobre mi nuevo tatuaje?”. Porque no tengo ninguna intención de hacerme uno con su nombre.
Cada uno tiene una filosofía diferente sobre los tatuajes y su significado. El hombre cuyo brazo había visto en Instagram años atrás resultó ser Matt Damon, que se había tatuado los nombres de sus cuatro hijas en la parte superior del brazo. Solo me di cuenta de esto cuando leí la diminuta leyenda de la imagen que había guardado años antes.
Nunca me habría hecho un tatuaje si no sintiera la necesidad de tener a Evan cerca. ¿Cómo se le explica eso a un niño de cuatro años? Reid me mantiene alerta con sus preguntas inesperadamente perspicaces, pero a menudo es un reto encontrar las palabras adecuadas.
“Pues mira, hijo”, dije finalmente, mirándolo de nuevo en el espejo, “tengo mucha suerte porque puedo verte todos los días y pasar mucho tiempo contigo. Pero no puedo hacer lo mismo con Evan. Por eso me tatué el nombre de Evan la última vez. Así es como puedo pasar tiempo con ella. ¿Tiene sentido?”.
“Sí”, dijo.
“Así que, en realidad, me voy a poner los lentes de sol de Evan en el otro brazo”, dije.
“¿Los rosas?”.
“Sí”.
Sonrió y luego comentó: “Theo y Monty no tomaron la siesta hoy en el colegio. Les dije que tienen que tomar la siesta. Pero no me han hecho caso”.
Crisis evitada. Al menos por el momento. Llevaba dos años pensando en hacerme un segundo tatuaje cuando recibí en mi bandeja de entrada una invitación para un evento de moda con un tatuador llamado Benny Shields. Soy redactora de estilo de vida, así que a menudo me invitan a eventos únicos.
Mi marido y yo buscamos la cuenta de Instagram de Benny y descubrimos que era el artista responsable de los diversos tatuajes de Jeremy Allen White, tanto personales como los de Carmy en “The Bear”. Me apunté.
Tres días después, ahí estaba yo –en una cafetería y bar de vinos recién inaugurada al este de Los Ángeles– tatuándome los lentes de sol característicos de Evan en el antebrazo derecho, justo al lado de su nombre.
“¿Te importa si te pregunto qué representan esos lentes de sol?”, preguntó Benny, mientras se instalaba cerca de una vitrina de pan dulce fresco.
Después de que se lo explicara, dijo: “Tenemos que hacerlo muy bien, sabiendo lo mucho que significa”.
Cuando le mostré una foto de Evan, abrió mucho los ojos. “La he visto antes”, dijo. “Creo que quizá tu marido y yo nos seguimos en Instagram”.
Se me llenó el corazón. Así de memorable es mi pequeña.
Así, Benny comenzó el proceso: me afeitó el brazo, colocó y ajustó la plantilla. Luego vino el primer pinchazo.
“¿Qué tal se siente?”, preguntó.
Intenté no hacer una mueca de dolor. “Bueno, he dado a luz dos veces. ¿Qué tan malo puede ser esto?”.
Pero la verdad es que ese es mi barómetro para la mayoría de las cosas últimamente. A eso se le? suma el proceso de fecundación in vitro al que me sometí para tener a mi hijo y el hecho de que a mi hija la pincharan y la manipularan los médicos con regularidad por necesidad médica.
Evan pasó por mucho más de lo que muchos adultos pasan en toda su vida. Así que, en el gran recuento de las cosas, ¿qué es una aguja sino un recordatorio de que podemos sobrevivir a las cosas difíciles?
Durante la siguiente hora, Benny se tomó su tiempo, deteniéndose a estudiar cada trazo. Mientras tanto, hablamos de la vida y del hecho de que nadie sale ileso.
El acto de recrear los lentes característicos de Evan fue más que una cita para un tatuaje; fue una sesión de terapia. Con cada pinchazo de la aguja, no podía evitar pensar que los tatuajes son realmente una metáfora de aprender a sentir el dolor y a soportarlo.
A medida que pasaban los minutos y las pinchadas continuaban, acabé por insensibilizarme ante la sensación. El ardor permaneció de principio a fin, pero así como con los traumas emocionales, mi cuerpo aprendió a abrazarse, a anticipar el dolor y a seguir adelante.
Ahora, cada vez que miro mi precioso y alegre tatuaje, me acuerdo de eso y de mi hermosa niña tan alegre, que llena de felicidad a cualquiera que tenga la suerte de ver una foto suya en Instagram. Por eso me sorprendió y agradecí que una amiga más actual –que nunca conoció a Evan– admirara mi tatuaje.
“¿Te duele mirarlo?”, me preguntó.
Agradecí la oportunidad de explicárselo. “Me encanta pensar en Evan”, dije, “y busco cualquier excusa para decir su nombre”.
La belleza de un tatuaje va más allá de lo que se ve a simple vista. Es tanto un recuerdo significativo como un posible tema de conversación. Hablar de Evan mantiene vivo su espíritu, y contemplar sus gigantes lentes de sol grabados me hace recordar todo lo que Eva me enseñó sobre cambiar de perspectiva y ver la vida a través de un lente diferente.
Tenía todas las razones para llorar, pero sonreía entre momentos difíciles. Así que, cuando miro el tatuaje, pienso en su rostro angelical con sus alegres lentes de sol, y sonrío, sabiendo que no sería la madre que soy hoy si no hubiera luchado tanto por ella.
Cuando fui a recoger a Reid al colegio más tarde ese mismo día, le enseñé mi nuevo tatuaje. “¿Qué te parece?”, le pregunté.
“Es demasiado grande”, dijo Reid. “Papá podría habértelo hecho más pequeño”, añadió, probablemente pensando en los tatuajes temporales tan lindos de Paw Patrol y Bluey que suele llevarse en las bolsas de regalos de las fiestas de cumpleaños.
Más tarde esa noche, Reid se metió en mi cama. Como Michael estaba fuera de la ciudad, pensé: “¿Por qué no?”. Estos momentos preciosos son fugaces, algo que sé muy bien.
Reid se acomodó en mi almohada y puso una cara seria, de modo que quedamos nariz con nariz. “¿Mamá?”, dijo. “Tengo una pregunta”.
Normalmente, en estos momentos suele preguntar algo aleatorio, como: “¿Sabías que a mi amigo JoJo ya no le gustan los plátanos?”.
Ya medio dormida, dije: “¿Sí, Reid?”.
“¿Me llevarás a ver al señor que te hizo el tatuaje?”.
“Hijo, apenas eres un niño”, dije. “No puedes hacerte un tatuaje. Puedes tener tatuajes temporales. Si sigues queriendo uno cuando cumplas 18, entonces sí, te llevaré”.
“Sí, cuando sea mayor, quiero que me lleves con el señor que te hizo el tatuaje”.
“Vale, hijo, claro”, dije. “Cuando estés más grande”.
“Quiero el nombre de Evan”, dijo. “Y sus lentes de sol”.
“¿De verdad?
“Sí, porque yo tampoco pude pasar suficiente tiempo con Evan”.

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