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Estimado presidente Díaz-Canel:
Tal vez usted sepa quién soy. Hace unos años publiqué un libro sobre la historia de Cuba y Estados Unidos, basado en décadas de investigación en la isla. Cuando ganó un premio, el libro fue reseñado en su periódico oficial, Granma, que dijo que era bueno en lo relativo al siglo XIX, pero que mi interpretación de la revolución de Fidel Castro resultaba cuestionable.
Muchos cubanos de Miami estuvieron de acuerdo con eso. Yo nací en la isla en 1962 y emigré con mi madre al año siguiente. Ella dejó atrás a mi hermano de 9 años, creyendo que nos reuniríamos en unos cuantos meses; tal vez un año o dos como máximo. No nos alcanzó sino hasta 1980, durante el éxodo del Mariel. Mi padre también dejó un hijo en Cuba. Es una historia común entre cubanos.
Ya de anciano, viviendo en Miami Beach, mi padre, que solo había cursado hasta sexto de primaria, descubrió que le encantaba escribir. Escribió poemas y textos autobiográficos. Redactó proclamas políticas, con la mayoría de las cuales yo no estaba de acuerdo. También le escribió cartas a Fidel.
En la primera, fechada el 19 de abril de 1993, se preguntaba qué podía significar una carta de un humilde cubano que había abandonado la isla más de 30 años antes para su famoso y poderoso destinatario. Inmediatamente respondió a la pregunta por sí mismo: “Creo que nada”. Ni siquiera estaba seguro de que Fidel la fuera a leer.
Sin embargo, él escribía, y en misiva tras misiva, repetía: “Ha llegado la hora, Dr. Castro”.
¿La hora de qué?
En cada ocasión lo expresaba de forma diferente: la hora de acabar con el engaño, la hora de dejarle el destino de Cuba a los jóvenes cubanos, la hora de abandonar el comunismo o, como escribió en 2005, la hora de “llevar a la historia, ese gesto de grandeza que lo convertirá en el más atrevido político de todos los tiempos”. Apelaba a la vanidad de Fidel. En todas las cartas, el mensaje de mi padre era claro: había llegado la hora de un cambio.
Siguiendo la tradición de mi padre, ahora yo le escribo a usted. Me doy cuenta de que usted tal vez no quiera un cambio; después de todo, su eslogan cuando le entregaron la presidencia en 2019 era “Somos continuidad”. Pero a menos que esté totalmente aislado, debe saber que la continuidad no es lo que quiere la mayoría de los cubanos.
Seguramente ha visto los indicadores: se calcula que entre el 40 y el 89 por ciento de los cubanos viven en la pobreza. Un paquete de dos kilos de pollo puede costarle a una jubilada dos o tres veces su pensión mensual. Usted tiene electricidad, pero sabe que los apagones son implacables y la gente pasa 10, 16, 22 horas, y a veces días, sin ella. Los hospitales tienen problemas para mantener las incubadoras o las máquinas de diálisis funcionando; incluso los ventiladores viejos, en su batalla perpetuamente perdida contra el calor. Su ministro de Salud ha dicho que el 70 por ciento de los medicamentos básicos no están disponibles. Afuera, crecen las montañas como murallas alzándose alrededor de una fortaleza en ruinas.
Para usted, señor, la continuidad quizá sea un eslogan político. Para muchos cubanos, es como una sentencia de muerte.
Sí, lo sé. El embargo. Eso hace que todo sea todo mucho más difícil. No puede comerciar con Estados Unidos, el país que según la geografía debería ser su socio comercial natural. Los turistas estadounidenses no pueden ir a sus playas. Peor aún, la legislación estadounidense castiga a terceros países, empresas extranjeras e incluso barcos que hacen negocios con Cuba. Su designación por Estados Unidos como Estado patrocinador del terrorismo hace casi imposibles las transacciones financieras internacionales. Últimamente, las sanciones han sido más crueles que nunca.
No obstante, hay muchas cosas que el embargo no puede explicar. El embargo no obligó al gobierno a paralizar las reformas económicas prometidas en 2011. Tampoco determinó la forma de la desastrosa reestructuración monetaria que disparó la inflación a tres dígitos en enero de 2021. Tampoco basta para responder por qué ha incrementado tan drásticamente la inversión gubernamental en turismo, aun cuando la mayoría de las habitaciones de hotel están vacías y gran parte de las tierras agrícolas se encuentran ociosas.
El embargo no explica la vigilancia y el acoso a los que somete a personas como Alina López Hernández, una historiadora que celebra vigilias silenciosas una vez al mes en el Parque de la Libertad de la capital provincial de Matanzas, a menudo portando un cartel en blanco para simbolizar la ausencia de libertades básicas. No explica por qué artistas como Luis Manuel Otero Alcántara y Maykel Osorbo languidecen en prisión por su arte, su voz, su ejemplo.
Usted condena el embargo todo el tiempo, culpándolo de todo lo que está mal en Cuba. Pero la queja no puede sustituir a la política. Dígame, o mejor aún, dígale al pueblo cubano, ¿cuál es su plan para lidiar con el hecho de que exista el embargo? ¿Cuál es su plan para intentar negociar su flexibilización?
No tome esta carta como una defensa de la política estadounidense hacia Cuba, y mucho menos como un llamado a la intervención militar, algo que no apoyo. Mi padre, además de escribirle a Fidel, también escribió cartas a varios presidentes de Estados Unidos. Mi equivalente diría algo sencillo: Cuba no te pertenece.
Eso, al menos, es algo en lo que podemos estar de acuerdo. De hecho, cuando oigo al presidente Trump decir que va a apoderarse de Cuba, que francamente puede hacer lo que quiera con ella, me indigno. Me recuerda a James Buchanan, quien, como secretario de Estado del presidente James K. Polk, escribió en 1849: “Cuba ya es nuestra. Lo siento en la punta de los dedos”. No puedo evitar pensar en las advertencias de José Martí sobre Estados Unidos, sobre cómo estaba listo para abalanzarse, tomar Cuba y luego extender su alcance por Latinoamérica.
Mis alumnos leen la enmienda Platt, esa humillante ley que concedió a Estados Unidos el derecho de intervención en Cuba. Les hablo de Juan Gualberto Gómez, el periodista y político nacido de padres esclavizados que advirtió que conceder a Estados Unidos ese derecho era como entregarle “la llave de nuestra casa”.
Señor presidente, cuando dice que la soberanía no es negociable, la historiadora de Cuba que soy lo entiende. Pero también sé que usted y su gobierno han devaluado el término, tanto que muchos jóvenes solo lo perciben como una más de sus palabrerías. Ha blandido el término como un arma para evitar enfrentarse a asuntos más difíciles. Ha actuado como si fuera su logro exclusivo, cuando nunca lo ha sido. El gobierno sustituyó la dependencia de Estados Unidos por la dependencia de la Unión Soviética y, más tarde, de Venezuela.
Ahora, sin un patrocinador externo, Cuba se desmorona, y la soberanía empieza a parecer una abstracción. No se puede comer soberanía. Y para sobrevivir, la gente debe comer. Para vivir, deben hacer más.
¿Qué hará usted para ayudar a que eso suceda? ¿Qué hará para enmendar las cosas con el Cubano de a pie?
Si no está dispuesto a buscar respuestas reales, si no ofrece más que una continuidad ruinosa sin futuro, entonces, como habría dicho mi padre, ha llegado la hora.
Como mínimo, ha llegado la hora de tener un verdadero diálogo nacional.
Ada Ferrer es profesora de historia en la Universidad de Princeton y autora de Cuba: An American History.
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