This post was originally published on this site.
Banderas rusas rojas, blancas y azules ondean al viento por los amplios bulevares de Moscú. Los parques y paseos rebosan de flores recién plantadas. Cintas de San Jorge de rayas naranjas y negras, símbolos del valor militar ruso, adornan casi todos los escaparates.
Desde la época soviética, las “Fiestas de Mayo” –el periodo comprendido entre el 1 de mayo, Día Internacional de los Trabajadores, y el 9 de mayo, cuando Rusia celebra el papel soviético en la derrota de los nazis en la Segunda Guerra Mundial– han anunciado la llegada de la primavera.
Pero este año, el ambiente no es festivo.
Los precios y los impuestos suben a medida que la economía se esfuerza por soportar el costo de la guerra en Ucrania. Una nueva oleada de medidas represivas en tiempos de guerra ha dado lugar a restricciones de internet antes impensables, incluida otra ronda de apagones en Moscú y San Petersburgo esta semana. Las negociaciones para poner fin a la guerra se han estancado justo cuando las encuestas muestran un número récord de rusos cansados de la guerra que desean la paz.
Esta temporada de desfiles, la guerra está llegando a Moscú, la capital. Los parques se engalanan no solo con flores, sino también con detectores de metales. El desfile del 9 de mayo en la Plaza Roja –uno de los mayores acontecimientos del año, que se celebra en el corazón del poder del Kremlin– se ha restringido debido a la posibilidad de ataques de drones ucranianos. Ese riesgo se confirmó el lunes, cuando un dron se estrelló contra un edificio residencial de lujo en Moscú. El viernes por la noche, Ucrania lanzó 26 drones hacia Moscú, dijo el alcalde de la ciudad, Sergei S. Sobyanin. Todos fueron derribados, añadió. Sus afirmaciones no pudieron verificarse de forma independiente.
Mostrando una debilidad inusual, el gobierno ruso pidió sin éxito a Ucrania un alto al fuego el día del desfile y reconoció “medidas de seguridad adicionales” para proteger al presidente Vladimir Putin. El Kremlin ha prohibido la entrada a casi todos los periodistas, alegando “amenazas terroristas de Kiev”.
Lejos de la capital, Ucrania ha atacado varias veces instalaciones petrolíferas rusas, incluso en Perm, a unos 1500 kilómetros de la frontera, y en la ciudad de Tuapsé, en el mar Negro, donde un ataque causó un desastre ecológico. A primera hora del viernes, drones ucranianos atacaron una refinería de petróleo en Yaroslavl, a unos 241 kilómetros al noreste de Moscú, lo que ilustra el creciente alcance del arsenal ucraniano.
Una mujer llamada Svetlana, que vive en Tuapsé, describió el creciente cansancio por la guerra en Ucrania, que ya dura más de cuatro años, más tiempo que la participación soviética en lo que los rusos llaman la Gran Guerra Patria.
Dijo que los residentes empezaban a darse cuenta de que la guerra solo provocaba “caos y consecuencias negativas para la gente”. Svetlana, que pidió que no se revelara su apellido para evitar posibles repercusiones, describió “un estúpido círculo vicioso” en el que los impuestos suben, el dinero extra se utiliza para bloquear internet y entonces a la gente le resulta más difícil hacer el trabajo con el que se pagan los impuestos.
La festividad del 9 de mayo, el Día de la Victoria, es la más importante del calendario ruso. El Kremlin ha convertido el triunfo soviético en la Segunda Guerra Mundial en una religión civil para los rusos. Se calcula que 27 millones de soviéticos –soldados y civiles– murieron en la guerra, el mayor costo humano entre los países que participaron. La heroica victoria que dio a la Unión Soviética el estatus de potencia mundial es una fuerza unificadora en Rusia.
También es un contraste evidente con el actual atolladero de Ucrania.
Rusia lleva años con ganancias de poco territorio allí a pesar de las enormes bajas. Al menos 213.000 soldados rusos han muerto, según el medio de comunicación independiente Mediazona, que contabiliza los informes públicos de muertes. Los investigadores occidentales han estimado que el verdadero recuento supera con creces los 300.000.
El Kremlin ha creado la ilusión de una guerra lejana para alejarla de la mente de los rusos. Pero a medida que la guerra tensa la economía y se utiliza como pretexto para imponer restricciones en internet, un embajador occidental en Moscú me dijo que había percibido un cambio en la disposición de los rusos a soportarlo todo.
“Hay una ansiedad colectiva”, dijo el embajador, porque “nadie puede ver cómo acaba esto”. El embajador habló bajo condición de anonimato porque no estaba autorizado a hablar públicamente del asunto.
Según el Centro Levada, encuestador independiente, en abril el 47 por ciento de los rusos expresaron ansiedad sobre sus vidas, 11 puntos porcentuales más que hace un año.
El descontento por la economía y las restricciones de internet es visible en los índices de aprobación pública de Putin, que llevan semanas en picada y se encuentran ahora en sus niveles más bajos desde que comenzó la guerra. Pero más allá de quejarse con los encuestadores, los rusos tienen pocas formas de transmitir su descontento, ya que el Kremlin considera cada vez más cualquier crítica pública como una amenaza para el Estado.
Las autoridades bloquearon los intentos de realizar protestas en varias ciudades por los cortes de internet y la restricción de aplicaciones populares como Telegram. En muchas regiones no se permitieron las concentraciones del primero de mayo organizadas tradicionalmente por el Partido Comunista. Incluso se bloqueó una concentración para protestar por los retrasos en la construcción de edificios escolares en un pueblo del oeste de Rusia.
A medida que la economía se estanca, sobrecargada por el gasto excesivo en la guerra, los altos tipos de interés y las sanciones occidentales, incluso los rusos relacionados con la clase dirigente hacen sonar las alarmas.
“Creo sinceramente que tenemos problemas”, dijo Robert Nigmatulin, economista de la Academia Rusa de Ciencias, en un foro económico celebrado en Moscú el mes pasado.
El nivel de vida de la Unión Soviética, dijo, era inferior al de Europa. “Aun así, construíamos el país; construíamos el espacio, la energía nuclear; íbamos por delante y, por supuesto, nos sacrificamos por ello”, dijo Nigmatulin. “Ahora lo hemos perdido todo y seguimos siendo los más pobres. Incluso en las regiones más pobres de China, los ingresos son superiores a los de nuestras regiones más pobres”.
Enumeró los sombríos indicadores de Rusia: precios al consumo que han subido un 77 por ciento desde 2015, impuestos más altos que ejercen demasiada presión sobre las pequeñas y medianas empresas, y bajas tasas de natalidad que auguran graves problemas demográficos. Algunos economistas de renombre restaron importancia a sus funestas predicciones, pero, aun así, mucha gente común sufre las consecuencias.
Irina, quien trabaja en consultoría empresarial y también pidió que no se revelara su apellido, dijo tener “la sensación de una tormenta inminente”.
“Veo que la economía en su conjunto se reestructura y se vuelve cada vez más difícil”, dijo. Sus clientes han despedido a empleados, añadió, y la inflación anuló un aumento salarial que ella había recibido.
La inmensa incertidumbre en Rusia se ve agravada por la reducción del espacio para la libertad de expresión, ya que los rusos navegan por las líneas constantemente cambiantes de lo que está permitido.
Las redadas en Eksmo-AST, una de las mayores editoriales de Rusia, demuestran la creciente frialdad. Recientemente, la policía detuvo a sus principales directivos durante varios días, supuestamente por un libro de contenido LGBTQ, que está prohibido. El libro había sido publicado por una filial de Eksmo que cerró en enero.
La empresa fue atacada incluso después de intentar aplacar al Kremlin al publicar libros patrióticos y probélicos. El propietario de Eksmo, Oleg Novikov, declaró al medio de noticias local RBK que la situación actual del sector editorial ruso es un “campo de minas”, dados los “vagos criterios” sobre lo que está prohibido.
Cuando se conoció la noticia de las redadas en Eksmo, yo estaba almorzando con Aleksei A. Venediktov, quien dirigía la última emisora de radio independiente de la capital, Eco de Moscú, hasta que se vio obligada a cerrar tras el inicio de la guerra en 2022.
Venediktov fue amigo de Dmitri S. Peskov, portavoz del Kremlin, y de Margarita Simonyan, editora del medio de comunicación estatal RT. Ahora, Venediktov se enfrenta a una acusación administrativa de “participación en las actividades de una organización indeseable”.
No se han facilitado detalles de la acusación ni a él ni a su abogado. El Ministerio de Justicia ruso mantiene una lista de organizaciones que han sido consideradas “indeseables” y a las que se ha prohibido operar en Rusia. Venediktov consultó la lista, en la que figuran más de 350 organizaciones, entre ellas el medio de comunicación independiente Meduza, la organización ecologista Greenpeace, la Universidad de Yale y la Fundación Elton John contra el SIDA.
“No he colaborado con ninguno de estos grupos”, dijo.
No todos los rusos están descontentos con el estado de las cosas. Algunos ven a Rusia de forma más positiva al fijarse en los fracasos de otros países.
Konstantin V. Malofeev, magnate archiconservador de los medios de comunicación, me dijo que Estados Unidos había “cometido un error gigantesco” al entrar en guerra con Irán y había quedado expuesto como un “tigre de papel”.
En una conversación en su despacho de la céntrica calle Garden Ring de Moscú, se refirió a la influencia que el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, había tenido en la decisión del presidente Trump de atacar a Irán. Puso en duda que Trump estuviera al mando y afirmó que la ineficacia percibida del presidente estadounidense debilitaba las posibilidades de Washington de poner fin a la guerra.
“Cuanto menos lo veamos al mando, menos probable será que actúe como negociador, árbitro o mediador entre nosotros y Ucrania”, dijo sobre Trump. Además del fracaso de la diplomacia, la creciente robotización del campo de batalla, dijo Malofeev, significa que la guerra podría durar aún más.
En una reunión celebrada el 1 de mayo en Moscú ante una estatua de Karl Marx, organizada por el Partido Comunista, hablé con dos hombres que dijeron que Rusia era “más libre y más justa” que Estados Unidos o Europa.
“El internet está limitado no solo en Rusia”, dijo uno de los hombres, Andrei Pavlovsky, de 50 años, que trabaja en finanzas internacionales. “China, Emiratos Árabes Unidos e incluso el Reino Unido también filtran el tráfico de internet. Nadie habla de esto, pero cualquier situación en Rusia emociona inmediatamente al mundo entero por alguna razón”.
Pero, le pregunté, ¿qué se siente cuando te quitan la libertad de internet?
“La libertad no es anarquía”, dijo Pavlovsky. “La libertad es control”.
Alina Lobzina y Andrew E. Kramer colaboraron con reportería
Valerie Hopkins cubre la guerra en Ucrania y la manera en que el conflicto está cambiando a Rusia, Ucrania, Europa y Estados Unidos. Está radicada en Moscú.
Alina Lobzina y Andrew E. Kramer colaboraron con reportería

Leave a Reply