Opinión: Meta se muere. Ya era hora

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Hay un momento en que las empresas de internet empiezan a apestar a muerte. Para AOL, eso ocurrió en 2003, cuando quedó claro que sus usuarios estaban abandonando su engorroso servicio de internet por marcación para optar por una banda ancha mucho más rápida. Para Yahoo, fue en 2015, cuando su última oleada de adquisiciones fracasó y se vendió a Verizon.

Para Meta, ese momento es ahora. Creo que la empresa –una de las organizaciones de medios de comunicación más poderosas del mundo y uno de los miembros más valiosos del S&P 500– se encuentra al comienzo de un largo y lento declive que provocará olas en nuestra economía y nuestra sociedad.

Puede que se llame Meta, pero el mayor activo de la empresa sigue siendo Facebook. Creada en un dormitorio de Harvard, la red social en línea original ha dominado nuestro mundo durante dos décadas. Sus tres mil millones de usuarios siguen superando a cualquier país. Sus plataformas pueden influir en elecciones, alimentar una insurrección o desencadenar un genocidio.

Pero si se mira con atención, se pueden ver grietas en su armadura. Las ganancias de Meta empiezan a mostrar la tensión de años de una creciente desafección de los consumidores y un gasto imprudente. Los últimos resultados, publicados el 29 de abril, revelan un descenso en el número de usuarios, por primera vez desde que empezó a publicar estas cifras. Y la caída de las acciones confirma lo que todos sabíamos desde hace tiempo: se trata de una empresa que entra en su era zombi.

La muerte es diferente en internet. Empresas sin vida como AOL y Yahoo técnicamente siguen con nosotros. Se pueden visitar sus sitios web. Tienen clientes. Incluso pueden ser rentables, ya que reducen personal y monetizan sus últimos restos de tráfico. Pero son, como dicen los jóvenes, el máximo de la pena ajena. Muchos adolescentes jamás tendrían una cuenta de AOL, una dirección de correo electrónico de Yahoo o un perfil de Facebook.

Cuando la marca de una empresa envejece, sus fundadores se marchan. El entusiasmo se evapora. Las acciones se reducen a una fracción de su antigua gloria a medida que la base de usuarios se reduce a los que capta una antigua cuenta de correo electrónico o un grupo de amigos. A menudo llegan nuevos propietarios, generalmente contables centrados en reducir costos y maximizar ganancias. Es entonces cuando los sitios web se rebajan al modo basura, y envían correos no deseados con interminables “ventas finales” y cargan las páginas con anuncios tan asquerosos y perturbadores que deberían estar restringidos por edad.

Por supuesto, Meta está muy lejos de tocar fondo. El gigante de internet –que se beneficia de ser propietario de WhatsApp, la mayor aplicación de mensajería del mundo, y de Instagram, la popular red social para compartir fotos– ingresó 200.000 millones de dólares en publicidad el año pasado. Esto supuso un asombroso 20 por ciento del mercado publicitario mundial. El fundador de Meta, Mark Zuckerberg, sigue firmemente al timón gracias a una inusual estructura de propiedad que le impide ser despedido.

Gracias a ello, todos podremos ver cómo Zuckerberg lleva la empresa a la ruina. De 2021 a 2026, invirtió 80.000 millones de dólares en el Metaverso con la firme convicción de que todos querríamos ponernos un casco con visores y auriculares y pasar el rato en un mundo virtual poblado por avatares sin piernas. Incluso después de cerrar ese proyecto, la empresa sigue perdiendo miles de millones al trimestre en proyectos como la venta de lentes “inteligentes” de 500 dólares, que no solo son impopulares, sino que además dan la sensación de que te van a filmar sin tu consentimiento.

Mientras sus aventuras con avatares no llegaban a ninguna parte, los ingresos de Meta seguían disparándose a medida que más dinero de publicidad se trasladaba a internet durante la pandemia. Entonces, en 2022, el revolucionario chatbot ChatGPT irrumpió en escena y Zuckerberg se lanzó a la carrera de la IA con la chequera abierta. Pontificando sobre la democratización de la IA, invirtió unos 100.000 millones de dólares en construir un modelo de IA que cualquiera pudiera ejecutar en su propia máquina. Pero el año pasado, cuando ese modelo resultó ser demasiado lento, impreciso y difícil de manejar para la mayoría de la gente, Zuckerberg abandonó el proyecto e invirtió otros 14.000 millones de dólares en un nuevo equipo que se pusiera a la altura de los demás modelos de IA. Ahora, Meta ha dicho que gastará otros 115.000 millones de dólares (como mínimo) durante el próximo año en su nuevo proyecto, que hasta ahora ha obtenido peores resultados que la competencia.

¿De dónde procede este dinero? Meta ha estado utilizando cada vez más la deuda para financiar sus gastos, y ha acumulado 59.000 millones de dólares en deuda a largo plazo en su balance general a finales de 2025, el doble del total del año anterior. Y eso sin considerar la contabilidad “agresiva” que ha utilizado para mantener fuera de sus registros el costo de un centro de datos de 27.000 millones de dólares en Luisiana. “El crecimiento del gasto parece cada vez más insostenible”, escribía esta semana Asa Fitch, columnista de “Heard on the Street” en The Wall Street Journal.

Ahora, mientras la empresa se precipita de una desventura asombrosamente cara a otra, su negocio principal, que es una gallina de los huevos de oro, comienza a agotarse. En el último trimestre, la cifra de usuarios activos diarios en todas sus propiedades descendió por primera vez de 3580 millones a 3560 millones.

Cuando un negocio anticuado empieza a hacer agua, la solución más rápida, fácil y destructiva es tomar medidas que generen más dinero ahora, pero que pueden costar caro más adelante. Y eso es exactamente lo que Meta ha empezado a hacer. En los tres primeros meses de este año, la empresa empezó a introducir más anuncios en sus plataformas y a cobrar más a los anunciantes. Estas decisiones pueden haber permitido a la empresa aumentar sus ingresos por usuario en un significativo 27 por ciento en el primer trimestre de 2026, pero también es probable que alejen aún más a los usuarios (y molesten a los anunciantes).

Al mismo tiempo, jueces y jurados comienzan a penalizar a Meta por los perjuicios sociales de sus productos. En marzo, la empresa (junto con YouTube) perdió un juicio en el que se alegaba que sus diseños adictivos provocaron ansiedad, depresión y problemas de imagen corporal en una adolescente. Hay más de 100.000 demandas similares que reclaman decenas de miles de millones de dólares.

Hay una sombría satisfacción en ver cómo a esta organización cae en su propia trampa. Esta es la empresa que obtuvo ganancias del tráfico de mentiras, que ajustó sus algoritmos para fomentar el odio y la división, que robó nuestros datos y los utilizó contra nosotros, que creó la cultura de los memes tóxicos que ahora son fundamentales en nuestro degradado discurso público. La caída de Facebook podría ser incluso un signo de un giro alentador en nuestra conversación nacional: TikTok trafica más con contenidos inspiradores –los vídeos de fiestas de graduación son la tendencia actual– que con las narrativas divisivas que Facebook fomentó.

Pero a falta de una regulación significativa, la historia nos demuestra que las empresas de internet pueden seguir causando mucho daño cuando están en declive.

Mientras se veía superada por Google en casi todos los frentes, Yahoo no invirtió en ciberseguridad y fue víctima de la que aún es la mayor filtración de datos de todos los tiempos. En 2014, piratas informáticos rusos accedieron a 500 millones de cuentas de Yahoo y atacaron a disidentes y periodistas rusos mientras robaban números de tarjetas de regalo y de crédito.

Es probable que las propiedades de Meta, que ya están plagadas de fraudes y estafas, empeoren aún más, dado que la empresa ha ido recortando su plantilla en áreas clave enfocadas en la seguridad de la IA y la identificación de contenidos peligrosos e ilegales. Eso significa que es probable que sus aplicaciones se contaminen aún más con todo tipo de contenido, desde videos falsos, o deepfakes, de IA hasta material de abuso sexual infantil.

Y Meta sigue siendo Meta. Incluso después de perder ese caso emblemático sobre sus esfuerzos por enganchar a los usuarios a sus plataformas, la directora financiera de Meta, Susan Li, alardeó recientemente ante Wall Street de que la empresa utiliza la IA para aumentar la cantidad de tiempo que los usuarios pasan viendo videos e interactuando con el contenido. Afortunadamente, dado el historial reciente de la empresa, es muy probable que al menos algunas de estas terribles ideas acaben en el mismo cementerio en el que están enterrados otros costosos fracasos de Meta.

Puede que Meta esté muriendo, pero tengamos por seguro que no entrará dócilmente en esa noche quieta. Puede que esto sea bueno. Cuantos más usuarios abandonen y más corroídas estén las aplicaciones de Meta, más rápido podremos desconectarnos y cerrar para siempre este capítulo de la revolución de las redes sociales.

Julia Angwin, redactora colaboradora de Opinión y fundadora de Proof News, escribe sobre políticas de la tecnología. Es autora del libro de próxima publicación On Courage: How to Be a Dissident in an Age of Fear (Sobre la valentía: cómo ser disidente en la era del miedo).

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