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Fue toda una reunión.
En abril, muchas de las luminarias progresistas del mundo, como el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, y el presidente de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa, acudieron a Barcelona. En apariencia, estaban allí para mostrar su apoyo a la democracia y al multilateralismo frente a la amenaza que representa la extrema derecha. Pero sería comprensible pensar que el verdadero propósito de su visita era rendir homenaje al presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez. El líder de centroizquierda con más tiempo en el poder en Occidente últimamente es más conocido por otra cosa: encabezar la oposición mundial al presidente Donald Trump.
En contraste con el enfoque de “no provoques a la bestia” que han tomado la mayoría de los líderes extranjeros, Sánchez ha desafiado audazmente al presidente estadounidense: condenó la captura de Nicolás Maduro por parte de Trump y negó a Estados Unidos el uso de bases militares en España para la guerra en Irán. Estas posturas fueron precedidas por una serie de enfrentamientos con Washington. El año pasado, Sánchez fue el único líder de la OTAN que se opuso a la exigencia de Trump de un gran aumento del gasto militar, se enfrentó a la amenaza de aranceles y tomó la iniciativa de reconocer la existencia de un Estado palestino y calificar la guerra en Gaza de genocidio.
Para los detractores de Sánchez, este giro como némesis de Trump es la manifestación más reciente del “sanchismo“, una política populista y sin principios diseñada para conservar el poder a cualquier costo. Pero este apelativo peyorativo no da en el blanco. A lo largo de ocho años en el poder, Sánchez ha conseguido hacer de España el último bastión socialdemócrata en Europa, sobreviviendo–e incluso prosperando– en un entorno brutal para los políticos progresistas. Ha logrado esta hazaña al combinar ambición, idealismo y pragmatismo, junto con la oposición a Trump. Para los líderes de izquierda de casi cualquier tendencia, proporciona un modelo a seguir.
De una manera parecida a Trump, Sánchez llegó al poder como un disruptor impaciente. En 2017, recuperó el control del Partido Socialista Obrero Español, mediante un recorrido por toda España a bordo de su Peugeot 407 para difundir su mensaje antisistema y conectar con las bases del partido. Al año siguiente, orquestó la destitución del presidente del gobierno Mariano Rajoy –cuyo Partido Popular, de orientación conservadora, estaba inmerso en escándalos de corrupción– mediante una moción de censura en el Congreso de los Diputados. Después de lograr la caída de un gobierno por primera vez en la historia de España posterior al franquismo, Sánchez se convirtió en el líder del país.
Una vez en el poder, Sánchez hizo gala de una audacia notable. En 2023, después de convocar unas elecciones anticipadas, llegó a un controvertido acuerdo con los separatistas catalanes. A cambio de su apoyo, Sánchez ofreció una amnistía para toda persona vinculada al referendo ilegal sobre la independencia de Cataluña celebrado en 2017, incluidos quienes no mostraban remordimientos. Muchos miembros de la judicatura se opusieron al acuerdo, lo que provocó una crisis entre los conservadores y desencadenó enormes protestas públicas. Pero la apuesta valió la pena. Sánchez se mantuvo en el poder y, después de que se consagrara la amnistía, el apoyo a la independencia de Cataluña disminuyó significativamente.
Esta toma de riesgos ha estado al servicio de una agenda idealista que Sánchez denomina progresismo que funciona. Entre 2018 y 2025, aumentó el salario mínimo un 61 por ciento, además de introducir reformas laborales para reducir el desempleo, frenar los contratos de corta duración, dificultar el despido de trabajadores y proteger a las mujeres y a las personas de la comunidad LGBTQ de la discriminación laboral. Estas políticas, combinadas con mayores impuestos a los ricos y generosas ayudas a los trabajadores durante la pandemia, fueron el preludio de un relanzamiento triunfal de la economía española. En 2024, The Economist anunciaba que España era la “economía rica con mejores resultados del mundo”.
Sánchez también ha intentado exigir responsabilidades por el pasado dictatorial de España. En 2019, consiguió que se retiraran los restos del general Francisco Franco del Valle de los Caídos, el monumento público más grande de España, cuya construcción fue ordenada por el dictador para conmemorar su victoria en la guerra civil española. Y en 2022, contra la dura oposición de los conservadores, promulgó la Ley de Memoria Democrática. En particular, esta ley histórica obligó al gobierno a localizar, exhumar y volver a enterrar unas 2000 fosas comunes que contenían los restos de hasta 150.000 víctimas de la Guerra Civil y la dictadura franquista.
Sin embargo, nadie debe confundir a Sánchez con un ideólogo. Su pragmatismo es inconfundible, especialmente en lo que se refiere a la economía. El llamado “milagro ibérico“, anclado en un sector turístico en auge, la exportación de servicios de alto valor, la fabricación de automóviles y las energías renovables, se ha visto acompañado por el cortejo de Sánchez a la inversión china. Otro pilar del milagro es una política de inmigración que, si bien es generosa –este año ha entrado en vigor una ley que regulariza la situación de 500.000 migrantes indocumentados–, da prioridad a los latinoamericanos que puedan asimilarse a España y a quienes estén dispuestos a ocupar puestos de trabajo que los españoles no desean.
Sin duda, reproducir el éxito de Sánchez en otros países no será fácil. Por un lado, la aversión de España a la extrema derecha –arraigada en su experiencia relativamente reciente con la dictadura– ha puesto límites al atractivo de la derecha radical, a diferencia de lo que ocurre en otros lugares de Europa. Además, la presencia de fuerzas de importancia considerable a la izquierda de Sánchez le ha permitido tomar prestadas sus ideas sin perder su estatus de político responsable: puede adherirse a la izquierda o desprenderse de ella, según dicten las circunstancias. Su habilidad para superar estratégicamente a los oponentes de la derecha y esquivar los escándalos sería aún más difícil de igualar.
Sánchez ha anunciado su intención de presentarse a la reelección el año que viene. Su oposición a Trump seguramente ocupará un lugar destacado. Según encuestas recientes, la opinión pública española es la más antibelicista de Europa: un 51 por ciento de los españoles opinan que Estados Unidos supone una “amenaza” para Europa. Sánchez ya ha recibido un gran impulso en sus encuestas y en sus índices de aprobación por su enfoque mordaz hacia Trump. Pero sea cual sea el resultado el año que viene, ya ha consolidado su posición como uno de los líderes españoles más importantes de la era posfranquista.
La relevancia global de Sánchez es más sorprendente. A partir de la creencia de que los líderes de centroizquierda han gobernado durante demasiado tiempo como versiones deslucidas de sus homólogos de derecha, ha trazado una clara distinción entre ellos. En el proceso, Sánchez ha establecido una filosofía de gobierno alternativa al trumpismo, que además funciona. No es de extrañar que líderes afines, que navegan por un mundo tumultuoso, hayan venido a rendirle homenaje y a ver por sí mismos cómo pueden aprender de España.
Omar G. Encarnación es profesor de política en el Bard College y autor, más recientemente, de Framing Equality: the Politics of Gay Marriage Wars.
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