Tras la desaparición de sus dos hijos, su búsqueda la convirtió en la voz de las madres mexicanas

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Cuando llegó al campo en el norte de México donde ha estado buscando los restos de su hijo, Cecilia Flores besó una gran pancarta con el rostro del joven estampado. En ella se leía en letras grandes: “Tu madre está en la lucha porque te ama”.

Flores lideraba un equipo de otras madres, arqueólogos y criminólogos que, bajo un sol implacable una mañana de abril, buscaban a personas desaparecidas. Una excavadora cavaba zanjas de 55 metros de largo y 1,2 metros de profundidad.

El hijo de Flores, Alejandro, desapareció en 2015, cuando tenía 21 años. Lleva cuatro años buscando en esta zona de forma intermitente tras recibir un aviso anónimo de que los restos de su hijo se encontraban en este campo del estado mexicano de Sinaloa, donde se han desenterrado otros cadáveres.

“Si encuentro a mi hijo, voy a construir un altar aquí”, dijo Flores.

Esta es la agonía constante de las “madres buscadoras”, como se les conoce en México. Pocas son más conocidas que Flores, de 53 años, fundadora de las Madres Buscadoras de Sonora, en ese estado del noroeste de México.

Muchas madres pasan años sin encontrar a sus seres queridos, y algunas nunca lo consiguen. Flores, madre de seis, tiene dos hijos que desaparecieron.

Pero a finales de marzo, los fiscales del estado de Sonora la llamaron para decirle que posiblemente habían localizado a otro de sus hijos, Marco Antonio, que desapareció en 2019 cuando tenía 32 años. A lo largo de los años, sus esperanzas habían aumentado y luego se habían desvanecido cinco veces. Se apresuró al lugar de la búsqueda y ayudó en la excavación.

En un video desgarrador, que acumuló casi un millón de visitas en internet, Flores sostenía en el desierto un fémur que las pruebas de ADN confirmaron más tarde que era de su hijo. Las autoridades dijeron que los fragmentos óseos, la ropa y los casquillos se encontraron en la propiedad de un hombre fallecido que, según presumen, participó en la desaparición de Marco Antonio.

Los restos de Marco Antonio fueron hallados a solo 90 metros de donde Flores y sus hijas habían buscado tres años antes, gracias a una pista proporcionada por un hombre que la llamó desde la cárcel. Pero habían dejado de buscar cuando confundieron el ruido de las motocicletas de una granja cercana con miembros de un cártel que se acercaban para amenazarlas, una cruda realidad a la que se ha enfrentado en repetidas ocasiones anteriormente.

Las mujeres que buscan a desaparecidos ya han sido asesinadas en México en varias ocasiones, incluyendo el pasado fin de semana.

“No era el tiempo para encontrarlo”, dijo.

Durante casi una década, Flores ha sido uno de los rostros principales de una crisis en México, donde más de 133.000 personas han desaparecido. Casi todas en las últimas dos décadas, muchas a manos de grupos criminales o de funcionarios cómplices.

Esta sombra se cierne sobre el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, quien ha prometido en repetidas ocasiones justicia para todos los desaparecidos y ha supervisado algunos cambios alentadores, pero se encuentra bajo una presión cada vez mayor para hacer más.

Aunque las estadísticas del gobierno muestran que los homicidios han descendido aproximadamente un 40 por ciento bajo el mandato de Sheinbaum, que asumió el cargo en octubre de 2024, el número de personas desaparecidas se ha más que duplicado desde 2016, y ha aumentado de forma constante a lo largo de los años.

Sheinbaum se enfrentó el mes pasado a un grupo de expertos de las Naciones Unidas por su contundente informe, en el que se concluía que las desapariciones en México eran generalizadas y sistémicas, y que a menudo contaban con la complicidad de las autoridades.

“Quieren aparentar que no pasa nada, que esta minimizando todo, cuando no es verdad”, dijo Flores sobre el gobierno mexicano mientras se encontraba frente a una estatua de San Judas, el santo patrón católico de las causas imposibles. “Cada día hay desaparecidos”.

A pesar de vivir en medio de una amenaza constante, Flores no tiene miedo de decir lo que piensa.

Recientemente, publicó un video en las redes sociales en el que pedía a Joaquín Guzmán Loera, conocido como el “Chapo”, el infame líder del Cártel de Sinaloa que se encuentra en una prisión estadounidense, que le diera pistas para localizar a su hijo. Incluyó su dirección. Dijo que creía que Guzmán era una “persona buena que ayudó a mucha gente, a muchos pobres” pero que ahora debía ayudar a las madres.

Pero los métodos de Flores no siempre han sido bien recibidos por todos.

Mirna Nereida Medina Quiñonez, quien fundó un grupo de madres en busca de sus hijos en el norte de Sinaloa en 2014 tras la desaparición de su propio hijo, acogió a Flores bajo su protección cuando Alejandro desapareció. Aunque dijo que Flores era valiente, no estaba de acuerdo con su estilo de llamar mucho la atención porque la búsqueda es peligrosa.

“Ella no nos representa”, dijo. “Tengo 12 años buscando y nosotros encontramos, pero lo hacemos con un perfil muy bajo porque nos cuidamos. Estamos amenazadas”.

Flores también ha recibido críticas por abogar por una tregua con los grupos criminales para que las madres puedan buscar a sus seres queridos con seguridad.

“Yo me convertí en una investigadora de todo por la obsesión que tengo de encontrar a mi hijo”, dijo. “Pero no es porque a mi me interesa ver en donde hay una casa de seguridad o un tiradero de droga o donde están vendiendo huachicol”.

El hallazgo de los restos de Marco Antonio le proporcionó a Flores un cierre efímero. Dijo que no podrá descansar hasta encontrar a su hijo menor, Alejandro. Flores dijo que Marco Antonio vendía drogas para autoridades locales corruptas cuando desapareció. Pero Alejandro, dijo, se encontraba en el lugar equivocado en el momento equivocado en su ciudad natal, Juan José Ríos, cuando un grupo criminal se lo llevó.

Una de las razones por las que Flores dice que solo duerme cuatro horas por noche: pensamientos de venganza.

“Yo me llevo pensando en que la autoridad tiene que castigar a los culpables”, dijo. “Ellos tienen que pagar lo que le hicieron a mi hijo. El pensar en venganza es muy malo porque es algo que no te permite vivir, que no te permite descansar, que no estás tranquila”.

Tras sepultar a Marco Antonio, Flores se mudó del estado de Sonora de vuelta al de Sinaloa, a la humilde casa de dos habitaciones de su madre, para dedicarse a encontrar a Alejandro. Ya había intentado buscarlo antes, pero dijo que dejó de hacerlo cuando miembros del cártel local se presentaron dos veces en casa de su madre preguntando por ella.

“Yo vivo con mucho miedo que le pase algo a ella”, dijo entre lágrimas la madre de Flores, Marcela Armenta, de 70 años.

Flores ha tenido escolta policial las 24 horas del día durante los últimos años; sin embargo, dijo que sigue preocupada por las autoridades corruptas de México.

“El problema no es que me lleven”, dijo Flores. “El problema es que lo hagan delante de mi familia. Yo no quiero que mi madre sea una madre buscadora”.

Aun así, Flores no oculta en absoluto su misión. Publica su número de teléfono en las redes sociales. Transmite en directo desde sus cuentas de Facebook mientras está en las búsquedas, a menudo en zonas peligrosas o remotas. Hace poco narró cómo otras madres y su hermano utilizaban una mezcla de harina y agua para pegar volantes de personas desaparecidas en postes de pequeños pueblos. Se aseguró de que los pegaran frente a un bar al aire libre frecuentado por los “malos”.

Aprovecha su gran número de seguidores en las redes sociales para ganarse la vida y recaudar fondos para financiar sus grupos de búsqueda, con la venta de joyas, maquillaje y otros artículos.

Durante su estancia en la localidad de Corerepe, el grupo de Flores llamó la atención, en parte debido a su escolta de la policía estatal. Hombres en motos, posiblemente vigías de los cárteles, pasaban con frecuencia.

En varios lugares, Flores dijo que ella y otras madres habían colocado volantes de personas desaparecidas, solo para descubrir más tarde que ya no estaban. Dijo que era como empujar una roca cuesta arriba.

“Estamos luchando contra la apatía, burocracia y revictimización por parte de mujeres y hombres que que no les parece lo que estamos haciendo porque para ellos es perder tiempo y estamos buscando delincuentes que no merecen estar vivos”, dijo.

Para María Isabel Zavala Monrreal, de 53 años, cuyo hijo de 22 años desapareció en Juan José Ríos en 2013, Flores es una fuente de fuerza e inspiración que le hace creer que algún día también podrá encontrar los restos de su hijo. Dijo que su marido nunca la ha ayudado en la búsqueda, en parte porque quiere dejar el pasado atrás.

“Cada vez que voy a venir es un pleito”, dijo entre lágrimas. “Nunca voy a dejar de buscar”.

Reunirse para las búsquedas es una especie de sesión de terapia para las madres.

Mientras la excavadora rugía cerca, en el campo de Sinaloa, Flores, Zavala Monrreal y otras madres se sentaban a compadecerse a la sombra.

En una de las zanjas, Flores encontró un trozo de tela verde hecha jirones. Sacó su teléfono para mostrar una foto de Alejandro con una camiseta verde el día que desapareció.

“Quizás es él”, dijo.

James Wagner cubre noticias y cultura en América Latina para el Times. Radica en Ciudad de México.

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