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Cada mes que pasa de su presidencia, Donald Trump se comporta más como el maleante en jefe de Estados Unidos que como su comandante en jefe.
¿En qué sentido? Permítanme explicarlo. Hoy somos un país en guerra, con decenas de miles de soldados desplegados cerca de Irán. Generalmente, cuando nuestra nación ha estado en guerra, la principal prioridad interna del comandante en jefe es mantener al país unido. Porque no hay nada más desmoralizador para los soldados estadounidenses que luchan en el extranjero que mirar atrás y ver a nuestro país desgarrarse desde adentro. Y no hay nada que anime más a un enemigo a resistir en espera de mejores condiciones para poner fin a una guerra contra Estados Unidos que ver a Estados Unidos en guerra consigo mismo.
¿Y cómo ha respondido Trump a ese deber unificador del comandante en jefe? No ha movido un dedo para que los demócratas apoyen la guerra. En lugar de eso, ha priorizado actuar como un maleante en jefe. En el mismo momento en que Trump pide a nuestros hombres y mujeres de uniforme que hagan el máximo sacrificio, él ha realizado un intento descarado de atracar el Tesoro de Estados Unidos para beneficio propio, de su familia y de sus aliados políticos, lo que podría incluir a quienes atacaron el Capitolio de Estados Unidos el 6 de enero de 2021. Es tan indignante que ni siquiera algunos de sus más fieles aduladores del Partido Republicano pudieron aceptarlo.
Trump conspiró con su propio Departamento de Justicia, liderado por quien solía ser su abogado personal, para usar dinero de los contribuyentes y crear un fondo discrecional político de 1776 mil millones de dólares, supuestamente para compensar a aquellos simpatizantes de Trump que han “sufrido la instrumentalización y la persecución de la ley” a manos de su predecesor. En realidad, como señaló el comité editorial de este periódico, eso “recompensará a los leales dispuestos a desafiar la ley y cometer actos violentos en nombre del presidente”.
Afortunadamente, una jueza federal suspendió temporalmente el plan, que nadie describió mejor que el exlíder de la mayoría republicana en el Senado, Mitch McConnell: “¿Así que el máximo responsable de las fuerzas del orden del país pide un fondo discrecional para pagarle a quienes agreden a la policía? Totalmente estúpido, moralmente incorrecto llámalo como quieras”. Ante toda esa oposición, Trump ha dado señales de estar dispuesto a dar marcha atrás con su terrible plan, pero eso solo lo creeré cuando vea que esta maniobra de corrupción y beneficio personal ya está muerta y enterrada.
Si Trump tuviera una pizca de integridad, en vez de maquinar la reserva de 1776 millones de dólares con el posible fin de compensar a estos falsos defensores de la frontera de la libertad –leales que saquearon el Congreso–, ordenaría al Congreso que destinara esa cantidad exacta para apoyar a los verdaderos defensores actuales de la frontera de la libertad: el ejército ucraniano. Este no solo está resistiendo el intento de Vladimir Putin de aplastar la democracia de Ucrania, sino que también está debilitando la capacidad de Rusia para amenazar a otros países libres de Europa. Dios bendiga a los combatientes de Ucrania.
Pero, por desgracia, parece que Trump solo quiere conseguir dinero para quienes intentaron derrocar nuestra Constitución en casa, no para quienes quieren emular nuestra democracia constitucional en el extranjero.
Además, el Departamento de Justicia dirigido por Trump incluyó discretamente, como suplemento del fondo discrecional, un documento de una página firmado por el fiscal general en funciones, Todd Blanche, que decía que el gobierno quedaría “PROHIBIDO PARA SIEMPRE y PRECLUIDO de procesar o proseguir” las reclamaciones fiscales pendientes contra Trump, los miembros de su familia o sus empresas. Aún no está claro qué ocurrirá con esa medida.
El presidente Trump tiene otro apodo que alude a sus problemas éticos: “operador bursátil en jefe”, como propuso recientemente The Associated Press. ¿Por qué? Porque “los presidentes recientes se han abstenido de operar con acciones de empresas cuyos destinos podrían impulsar o hundir de un plumazo, pero Donald Trump rompió ese precedente en el primer trimestre de este año con más de 3600 órdenes de compra y venta”, escribió AP, “muchas de ellas relacionadas con empresas cuyos beneficios se han visto directamente afectados por sus decisiones como jefe del gobierno”.
Eso equivale a un promedio de 50 operaciones al día en acciones que incluían proveedores del ejército estadounidense afectados por la guerra en Irán. “Si fuera secretario de Defensa, estaría cometiendo un delito”, dijo a la AP Richard Painter, principal asesor de ética de la Casa Blanca durante el gobierno de George W. Bush. “Técnicamente puede hacerlo, pero es un abuso de confianza fundamental”.
Trump no solo ha cortado prácticamente toda la ayuda financiera de Estados Unidos a Ucrania; también está reduciendo la presencia de tropas estadounidenses en países de la OTAN justo en un momento en el que Putin, al percibir que está perdiendo la guerra, intensifica sus amenazas contra ellos.
Del mismo modo en que los estadounidenses están empezando a darse cuenta de que Trump se está convirtiendo en un depredador de nuestro sistema –tratando de manipular el sistema judicial para generar dinero destinado a los atacantes del 6 de enero y obtener inmunidad frente a las investigaciones en curso sobre impuestos para él y su familia–, nuestros aliados están llegando a la conclusión de que, en la era de Trump, Estados Unidos se está convirtiendo en un depredador peligroso para ellos.
De hecho, algo está ocurriendo con los aliados tradicionales de Estados Unidos; algo que nunca pensé que vería en esta vida ni en la siguiente. En la era posterior a la Segunda Guerra Mundial, nosotros y nuestros aliados adoptamos juntos la doctrina de la “disuasión” contra la Unión Soviética, y más tarde contra Rusia, para impedir cualquier intento del Kremlin de expandir por la fuerza su influencia en el mundo libre o de someter a sus vecinos.
Ya no es así.
Nuestros aliados han visto a Trump amenazar con convertir a Canadá en el estado número 51 y con arrebatar Groenlandia a Dinamarca. Lo han visto iniciar una guerra con Irán sin consultar a la OTAN y luego exigir que la OTAN ayude a rescatarnos de lo que se ha convertido en un desastre. Lo han visto recortar la ayuda financiera de Estados Unidos a Ucrania, poner al agresor ruso al mismo nivel moral que ese país y, para rematar, imponer aranceles imprudentes y mal planteados a todos nuestros aliados.
Como resultado de todo eso, algo sin precedentes está ocurriendo: “Disuadir a los Estados Unidos de Trump se está convirtiendo en una prioridad estratégica de nuestros aliados, tanto como lo fue disuadir a Rusia”, me dijo Nader Mousavizadeh, director ejecutivo de Macro Advisory Partners, una firma de consultoría geopolítica, y antiguo asesor principal de Kofi Annan, el secretario general de la ONU.
¿Y cómo no iba a ser así? Cuando uno ve cómo Trump ha castigado a Canadá con aranceles, es difícil no concluir que la peor posición para un país durante el segundo gobierno de Trump “es ser el aliado más cercano de Estados Unidos y haber integrado su economía, sus sistemas energéticos y su aparato militar con los de Estados Unidos”, dijo Mousavizadeh. Todo el mundo puede ver ahora, añadió, que Trump “convertirá en arma el hecho de que cualquier país dependa de Estados Unidos y usará eso para extraer todo lo que pueda en la definición más estrecha, táctica y transaccional del poder estadounidense”.
No es de extrañar que, después de que Trump intensificara su retórica sobre apoderarse de Groenlandia, los miembros europeos de la OTAN –Alemania, Suecia, Francia, Noruega, Países Bajos, Finlandia y Reino Unido– anunciaran planes para enviar pequeños contingentes militares a Groenlandia para reforzar a los daneses.
Daniel Fried, exembajador de Estados Unidos en Polonia, señaló en un ensayo para el Atlantic Council que, aunque estos aliados de la OTAN intentaron plantear su medida como algo necesario para reforzar la seguridad ártica, también “han utilizado la palabra ‘disuasión’. Que los europeos hablen de Estados Unidos en esos términos, aunque sea implícitamente, es un punto bajo, pero es necesario”.
No olvidemos que, al principio, Trump obligó a Ucrania a darle a Estados Unidos acceso a minerales críticos a cambio de la ayuda estadounidense contra un ejército ruso que intentaba tomar el control del país. Esta es la verdadera “Doctrina Trump”: si te opones a Estados Unidos te impondré aranceles; si dependes de Estados Unidos te extorsionaré.
La única respuesta racional para nuestros aliados es intentar “disuadir y diversificar”, concluyó Mousavizadeh. Y si Trump sigue así durante sus cuatro años completos, añadió, “ningún dirigente de la OTAN podrá volver a aceptar responsablemente el grado de dependencia de la tecnología, los sistemas de defensa o los sistemas financieros estadounidenses” que los países de la OTAN dieron por sentado durante mucho tiempo.
Estuve en Portugal esta semana y me impactó el grado en que los ejecutivos empresariales europeos hablan de haber perdido la fe en las instituciones estadounidenses y en Estados Unidos como garante de las normas jurídicas mundiales, algo que siempre han dado por sentado. Es desorientador para ellos, literalmente, como si fuesen excursionistas que han perdido la brújula.
En resumen, tener un presidente que se comporta como un maleante en jefe –no como un comandante en jefe– nos está costando caro dentro y fuera del país. Esta perversión de la presidencia estadounidense está socavando la estructura de alianzas que ganó dos guerras mundiales y la Guerra Fría y generó una de las épocas de paz y prosperidad más largas de la historia. Cada día que toleramos este comportamiento ponemos en peligro el futuro de nuestros hijos.
Thomas L. Friedman es columnista de Opinión sobre asuntos internacionales. Se unió al periódico en 1981 y ha ganado tres premios Pulitzer. Es autor de siete libros, entre From Beirut to Jerusalem, el cual ganó el Premio Nacional del Libro. @tomfriedman
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