Opinión: ¿Cuánto tiempo puede seguir así Marco Rubio?

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Nueve días antes de la Navidad de 1987, agentes federales antidrogas irrumpieron en una modesta propiedad de 4000 metros cuadrados en el oeste de Miami. Su objetivo era un narcotraficante llamado Orlando Cicilia, a quien detuvieron y acusaron de vender y distribuir millones de dólares de cocaína colombiana. La redada contra Cicilia y sus asociados terminaría convirtiéndose en uno de los mayores golpes contra el narcotráfico en la historia de Florida. Visto en retrospectiva, el caso resulta notable por otro motivo: Cicilia era cuñado de Marco Rubio.

Algunas de las experiencias más vívidas de la juventud de Rubio sucedieron en la casa donde Cicilia fue arrestado. Según las memorias de Rubio, su “recuerdo más entrañable de la infancia” fue una fiesta de Nochebuena en la que Cicilia asó un cerdo en un pozo cubierto con hojas de palma en el patio de la vivienda. Más adelante, cuando Rubio quería comprar abonos para los partidos de los Miami Dolphins, ganó dinero bañando a los perros de su hermana y de su cuñado en ese mismo patio. Incluso vivió brevemente en la casa mientras sus padres se mudaban al otro lado del país.

Rubio ha llegado muy lejos en las cuatro décadas que han pasado desde entonces, ascendiendo al rol de combatiente mundial de los cárteles de la droga y ejecutor de la agenda “Estados Unidos primero” como secretario de Estado del presidente Donald Trump. Después de la operación militar en la que el dictador Nicolás Maduro fue capturado y trasladado a Estados Unidos para enfrentar cargos de narcotráfico en enero, Trump designó a Rubio para “manejar” Venezuela. A lo largo de los años, Rubio ha hablado poco sobre el arresto de su cuñado, más allá de señalar la conmoción y el dolor que causó a su familia.

El contraste entre la relación que Rubio tuvo en su infancia con un hombre que más tarde sería condenado por narcotráfico y su actual papel como funcionario que recorre el mundo podría parecer una de esas peculiaridades biográficas arbitrarias más propias de la ficción que de la vida real. Sin embargo, para entender a Rubio siempre ha sido necesario conciliar historias aparentemente contradictorias. Como legislador de Florida, convivió con trabajadores migrantes y respaldó descuentos en las matrículas universitarias para hijos de migrantes indocumentados. Más tarde, cuando se postuló al Senado de Estados Unidos, adoptó una postura dura en materia migratoria. Luego volvió a transformarse, en el Congreso, en un promotor bipartidista de la reforma migratoria.

En la actual alianza de Rubio con Trump las contradicciones no han hecho más que aumentar, y no solo en el tema de la migración. Rubio pasó de ser un apasionado defensor de la ayuda exterior estadounidense a convertirse en uno de los impulsores del desmantelamiento de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Pasó de ser un acérrimo adversario de la política exterior del presidente en su primer mandato a respaldar ataques legalmente controversiales contra presuntas embarcaciones de narcotraficantes y a aplaudir el enfoque hegemónico del presidente hacia el hemisferio occidental. Tras haber arremetido contra el acuerdo impulsado por Barack Obama en 2015 para aliviar las sanciones a Irán a cambio de límites a su programa nuclear, Rubio figura ahora entre los partidarios más fervientes de un acuerdo similar con el que Trump espera poner fin a la guerra en ese país.

Los malabarismos de Rubio lo han convertido en un aliado cada vez más exitoso del presidente y, al mismo tiempo, en una figura cada vez más desconcertante para quienes pensaban que sería una voz moderadora, menos identificada con el movimiento MAGA, en la era Trump 2.0. Sin embargo, esa capacidad de reinventarse no es algo nuevo; es una de las características que lo definen. Un análisis minucioso revela una verdad constante: Marco Rubio siempre ha encontrado la manera de encajar.

En su ascenso en Venezuela, y a través de su manejo de los fracasos de la guerra con Irán, ha logrado profundizar su relación con Trump y cimentar su pertenencia al movimiento político que creó el presidente. No ha tenido ningún problema con aparecer en televisión para defender la guerra de Trump en Irán, cuando otros, incluido su principal rival para convertirse en el sucesor natural de Trump, el vicepresidente JD Vance, ocupan papeles públicos más prominentes en las negociaciones para poner fin al conflicto. Como cuando jugaba fútbol americano en la preparatoria, Rubio parece encantado de estar en el equipo aunque no sea el jugador estrella.

Eso no quiere decir que Rubio no vaya a tener sus oportunidades de gloria. Con frecuencia, Trump lo menciona como el hombre que pondrá a Cuba en línea con el objetivo del presidente de dominar la región. Mientras la guerra de Irán avanza lentamente hacia un final no concluyente, ese objetivo hemisférico vuelve a captar la atención de Trump. El 20 de mayo, el Departamento de Justicia imputó al expresidente del país, Raúl Castro, y un bloqueo petrolero impuesto por Trump ha provocado una crisis económica en la isla. Por su parte, Rubio ha ofrecido al país 100 millones de dólares en ayuda a través de la Iglesia católica o de organizaciones benéficas independientes.

En algún momento, parece que la acumulación de contradicciones del señor Rubio tendrá que alcanzarlo. Sin embargo, en las dos décadas en las que lo he observado, incluyendo el tiempo que pasé escribiendo una biografía publicada en 2015, las paradojas de Rubio no han sido una desventaja. Si acaso, han sido una ventaja, al menos desde una perspectiva política. Pocos saben leer mejor a los estadounidenses. Lo que significa que los estadounidenses tienen un interés real en las sucesivas metamorfosis de Rubio, no solo porque actualmente es tanto secretario de Estado como asesor de seguridad nacional, sino porque claramente aún alberga ambiciones de convertirse en presidente.

Nacido en Miami en 1971, Rubio pasó horas junto a su querido abuelo, Pedro Víctor García, escuchando las historias familiares. En muchos sentidos, eran historias habituales de una familia de inmigrantes recién llegada a Estados Unidos. García había llegado a Estados Unidos en 1956 procedente de Cuba en busca de una mejor vida. En 1962, tras una larga estancia en el extranjero, un juez de inmigración estadounidense dictaminó que García había renunciado a su condición de residente legal. Según una grabación del procedimiento, el juez ordenó la deportación de García. Sin embargo, la orden se dictó poco antes de que la crisis de los misiles de Cuba sumiera en el caos las relaciones entre ambos países y, al final, García se quedó en Estados Unidos para siempre.

En los años siguientes, el sueño americano no fue fácil para la familia Rubio. Su padre, que había llegado a Estados Unidos en 1956, antes del inicio de la Revolución cubana, tuvo dificultades para ganarse la vida mientras atendía un bar y administraba un edificio de departamentos cerca del aeropuerto de Miami. En la religión encontraron comunidad. Los Rubio pertenecían a una iglesia católica de barrio en Coral Gate, al oeste de la Pequeña Habana. Al joven Rubio le encantaba disfrazarse de cura después de misa. “De niño tenía la costumbre de recrear escenas de experiencias que me habían causado una impresión”, escribió Rubio en sus memorias.

En 1979, cuando tenía 8 años, la familia salió de Miami ―que en ese entonces era una ciudad sacudida por la violencia de los cárteles de la droga― y se mudó a Las Vegas, donde una tía suya tendría una gran influencia en su vida. Ella era mormona. También los chicos de al lado. Él también quería ser mormón. Para entretenerse a sí mismo y a su familia, hacía playback con las canciones de las estrellas de televisión mormonas Donny y Marie Osmond. Poco después, él y su madre se bautizaron en la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. La conversión duró poco: en 1984, la familia regresó a Florida y, cuando Rubio estaba en el bachillerato, su familia retomó el catolicismo.

Se sumergieron en la intensa y omnipresente atmósfera anticastrista de los exiliados cubanos de Miami, algo que se convertiría en una característica perdurable de la identidad política de Rubio. Desde que era un veinteañero miembro de una comisión municipal de los suburbios de Miami hasta convertirse en el primer presidente cubanoestadounidense de la Cámara de Representantes de Florida, Rubio fue impulsado en parte por el poder de una historia que contaba sobre su familia. Les decía a los cubanoestadounidenses que asistían a sus discursos que él era uno de ellos: un hijo de exiliados cuyos padres fueron obligados a abandonar Cuba por Fidel Castro.

Era una historia que resultó ser inexacta. Mientras investigaba mi biografía de Rubio, encontré documentos que demostraban que sus padres y su hermano mayor habían llegado a Estados Unidos antes del inicio de la Revolución cubana, casi tres años antes de que Castro tomara el poder, más o menos al mismo tiempo que el abuelo de Rubio. De hecho, su abuelo había regresado a Cuba después del ascenso de Castro y había aceptado un empleo de baja categoría en el sistema de transporte del gobierno.

Cuando escribí un artículo sobre esta discrepancia para The Washington Post, donde yo era periodista en ese momento, Rubio dijo que se había basado en la historia oral de su familia y que eso era lo que le habían contado sus padres. Negó haber contado a propósito una historia incorrecta para conseguir un beneficio político. Dijo que sus padres debían ser considerados exiliados porque habían querido volver a Cuba, pero no pudieron. Era un argumento justo, aunque no aclaraba del todo la historia que había estado contando.

Pronto, Rubio enfrentaría desafíos más desagradables relacionados con la historia de su familia. Cuando era candidato a la vicepresidencia por el Partido Republicano en 2012, comenzó a circular la teoría de que no era “ciudadano por nacimiento”. El argumento sostenía que sus padres, aunque estaban legalmente en Estados Unidos, no eran ciudadanos estadounidenses cuando él nació y que, por lo tanto, él no podría convertirse en presidente algún día.

Fue un ataque infundado: Rubio nació en Estados Unidos, por lo que ha sido ciudadano toda su vida. Pero, en 2016, mientras hacía campaña para la presidencia, la historia resurgió en un juicio. Como informó Adam Liptak, de The New York Times, el año pasado, Rubio se sintió obligado a presentar documentos en los que hacía una defensa contundente de la ciudadanía por derecho de nacimiento.

Como uno de los primeros actos de su segundo mandato, Trump emitió una orden ejecutiva que ampliaba considerablemente las categorías de personas nacidas en Estados Unidos que no serían elegibles para la ciudadanía por derecho de nacimiento. La orden se ha visto paralizada por impugnaciones judiciales, y durante los argumentos ante la Corte Suprema en abril, el caso de Trump parecía encaminarse a la derrota. Sea cual sea el resultado, Rubio y su familia no se verían afectados. Rubio ha apoyado la medida de Trump.

Pese a todas las contradicciones, Rubio ha consolidado su pertenencia al movimiento MAGA de Trump. Ha pasado de un firme apoyo a Ucrania a una inclinación a hacer concesiones al líder ruso Vladimir Putin. Ha abandonado su apoyo de larga data a la labor de la USAID y ahora está presidiendo su desmantelamiento.

Algunos de los cambios de Rubio tienen un componente especialmente personal. Su postura dura sobre el castigo de los narcotraficantes contrasta con la indulgencia que mostró una vez con su cuñado, quien fue traficante de drogas, según documentos que descubrí con Scott Higham, mi colega de The Washington Post. Cuando era el coordinador de la mayoría de la Cámara de Representantes de Florida, Rubio utilizó su papelería oficial para recomendar a la División de Bienes Raíces de Florida que se concediera una licencia inmobiliaria a Cicilia, quien acababa de salir de la cárcel. La carta de recomendación no mencionaba su relación personal con él. (En su momento, Rubio rechazó las insinuaciones de que hubiera hecho algo poco ético).

Rubio es uno de los pocos políticos que se han enfrentado con Trump y han sobrevivido… hasta ahora. Trump no será presidente para siempre, y la relación de Rubio con el mandatario, y con el movimiento que creó, es algo que el secretario de Estado nunca podrá ocultar. Juntos han emprendido la construcción de un orden mundial que será difícil, si no imposible, de deshacer: un Estados Unidos intervencionista y unilateral que toma lo que quiere. De Venezuela a Irán, y ahora Cuba, Rubio va con Trump en su disruptiva travesía. ¿Y si todo sale mal?

Me imagino a Rubio resurgiendo ágilmente de sus cenizas, como hizo cuando Trump lo humilló en su estado natal de Florida al derrotarlo por un gran margen en las primarias presidenciales de 2016. No me cabe duda de que Rubio está, al mismo tiempo, disfrutando y sintiéndose conflictuado mientras vuelve a probarse, una vez más, una nueva identidad: un papel de trumpista y MAGA que quizá algún día tenga que abandonar. Las ya famosas fotografías de él en el sofá del Despacho Oval viendo cómo Trump reprendía al ucraniano Volodímir Zelenski se han convertido en memes por una buena razón, al capturar tanto su gesto de tipo duro como su incomodidad al hundirse entre los cojines.

Sin embargo, dice mucho de las habilidades de Rubio el hecho de que en el pequeño grupo de sobrevivientes camaleónicos cercanos a Trump el secretario de Estado esté emergiendo como uno de los principales contendientes en la carrera para sucederlo. Esta nueva versión de Rubio es más enojada y más sombría que el político a menudo optimista que se convirtió en el encantador y precoz favorito del Partido Republicano en la década de 2010. Su tono se ha vuelto estridente; sus palabras, más mordaces. Por ahora, al menos, está enviando un mensaje claro al mundo MAGA: que es uno de los suyos, y que sería un heredero adecuado.

Manuel Roig-Franzia es autor de El ascenso de Marco Rubio y exjefe de la oficina del Washington Post en Miami y América Latina.

Fuente de las fotografías para la ilustración: SAUL LOEB/Getty Images.

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