This post was originally published on this site.
La segunda vez que visité a Nancy Wexler en su apartamento de Manhattan, tenía un regalo para mí. Era un ejemplar de sus memorias recién publicadas, My Life, My Science: Pursuing a Cure for Huntington’s Disease (Mi vida, mi ciencia: en busca de una cura para la enfermedad de Huntington).
Estaba estampada con un sello de su firma, ya que ella no puede firmar por sí misma. Tampoco pudo levantarse de su sillón reclinable de cuerina marrón para saludarme, ya que es incapaz de levantarse sin ayuda. Hablar le cuesta mucho esfuerzo. A lo sumo, puede articular unas pocas palabras o frases muy entrecortadas o, con gran dificultad, una frase breve.
En aquella tarde soleada y ventosa, Nancy y su hermana, Alice Wexler, estaban sentadas una al lado de la otra en sus sillones reclinables, de espaldas a las ventanas que ofrecían unas vistas impresionantes del río Hudson, que estaba muy por debajo. Alice vive en California, pero visita a Nancy cada dos meses.
A sus 80 años, Nancy Wexler padece la enfermedad de Huntington, un temido padecimiento cerebral que destruye la capacidad de una persona para controlar sus movimientos. No hay tratamiento. No hay cura.
La enfermedad es hereditaria: el abuelo de Nancy, tres tíos y su madre la padecían. Alice, sin embargo, no: si uno de los padres tiene la enfermedad de Huntington, cada hijo tiene un 50 por ciento de probabilidades de desarrollarla. Su madre intentó suicidarse, un camino que han elegido otras personas con la enfermedad, pero finalmente murió a causa de la enfermedad de Huntington.
Nancy no es una paciente cualquiera de la enfermedad de Huntington. Durante décadas, dirigió un proyecto de investigación en una zona remota de Venezuela que descubrió el gen responsable de la enfermedad de Huntington. Ese trabajo dio lugar a un análisis de sangre que permite a las personas en riesgo saber si están destinadas a padecer la enfermedad. En reconocimiento a este trabajo, Nancy ha recibido numerosos elogios y premios, entre ellos un premio Lasker, uno de los más prestigiosos en el ámbito científico. Dedicó su vida a comprender cómo es estar en riesgo de padecer la enfermedad de Huntington y cómo es tenerla.
Lo que no sabía, sin embargo, era que ella misma la padecería. Tras ayudar a dirigir las investigaciones cruciales que permitieron que las personas en riesgo sepan si contraerían esta terrible enfermedad, Nancy decidió no hacerse la prueba.
Ahora que la enfermedad ha avanzado mucho más allá del punto en el que ella puede seguir contribuyendo a la lucha contra la enfermedad de Huntington, es natural preguntarse: ¿Cómo habrían sido diferentes su vida y sus investigaciones si hubiera tomado la otra decisión? Si tu destino está sellado, ¿es mejor o peor saberlo?
La enfermedad de Huntington fue descrita por primera vez en un artículo publicado en 1872 por un médico estadounidense, George Huntington. Se estima que afecta a unas 41.000 personas en Estados Unidos. Los síntomas comienzan lentamente, con algo de torpeza al moverse o un andar tambaleante; a menudo se piensa que los pacientes están borrachos cuando van dando tumbos por la calle. Con el paso de los años, los pacientes se ven acosados por movimientos involuntarios constantes.
Huntington describió el sufrimiento con implacable detalle: “Si el paciente intenta sacar la lengua, lo hace con gran dificultad e incertidumbre”, escribió. “Las manos no dejan de girar: primero con las palmas hacia arriba y luego con el dorso. Se encogen los hombros, y los pies y las piernas se mantienen en perpetuo movimiento; los dedos de los pies se giran hacia dentro y luego hacia fuera; se cruza un pie sobre el otro y luego se retira de repente y, en resumen, se adoptan todas las posturas y expresiones imaginables, y los movimientos son tan variados e irregulares que sería imposible describirlos por completo”.
Los pacientes y sus familiares, añadió Huntington, hablaban de la enfermedad “con una especie de horror”.
La experiencia de Nancy con ese horror comenzó en 1968. Después de graduarse en el Radcliffe College, se encontraba en Europa con una beca Fulbright cuando la llamaron a casa para comunicarle que su madre padecía la enfermedad.
Había crecido rodeada de lujos en Pacific Palisades, California; su padre, Milton Wexler, era psicoanalista de las estrellas de Hollywood. Su madre, Leonore, tenía un máster en zoología por la Universidad de Columbia y un título de profesora, pero no trabajaba. Sin embargo, guardaba un secreto que ocultaba a sus hijos e incluso a su marido: el padre de Leonore había padecido la enfermedad de Huntington.
Leonore no lo mencionó ni siquiera cuando sus tres hermanos –los tíos de Nancy– empezaron a mostrar los signos reveladores: torpeza, marcha vacilante, movimientos bruscos y espasmódicos.
Cuando ya era innegable que su esposa estaba cayendo en la enfermedad, Milton llamó a las dos hermanas a casa y las sentó en su dormitorio. La probabilidad del 50 por ciento ahora también se cernía sobre ellas dos. Les dio un consejo que nunca olvidaron: No desperdicien su vida.
Alice decidió ignorar la enfermedad de Huntington y su propio riesgo. “No quería tener nada que ver con eso”, me dijo. Se convirtió en historiadora.
Nancy tuvo una reacción diferente. Haría de la enfermedad de Huntington el centro de su vida, sacando un doctorado en psicología clínica por la Universidad de Míchigan. El tema de su tesis: las experiencias de las personas con la enfermedad de Huntington y de quienes corren el riesgo de padecerla. Consideró esa elección como una forma de afrontar su situación. Escribió que era una versión de lo que la Asociación Americana de Psiquiatría denomina “teoría de la implosión”, es decir, “una técnica utilizada en la terapia conductual en la que se inunda al paciente con experiencias que se consideran relevantes para su miedo”.
“Podía hablar de la enfermedad de Huntington sin parecer egoísta ni quejumbrosa”, explicó. “Podía hablar de cómo se sentían las personas en el contexto de ayudarlas”.
El padre de Nancy fundó una delegación del Comité para Combatir la Enfermedad de Huntington (CCHD, por su sigla en inglés), que más tarde se convirtió en la Fundación para la Enfermedad de Huntington. Su objetivo explícito era encontrar el gen de la enfermedad de Huntington y buscar una cura. Nancy fundó una delegación en Míchigan y también colaboró con su padre en California.
Su primer trabajo, a los 29 años, fue en la New School for Social Research de Nueva York, donde continuó sus estudios sobre las personas que padecían la enfermedad de Huntington y aquellas en riesgo. Pero nunca les contó a sus colegas académicos sobre su propio riesgo. El trabajo, escribió más tarde, “me enseñó cómo una enfermedad genética como la EH puede influir en la forma en que la gente te ve y reacciona ante ti”.
Añadió: “También aprendí el alto costo emocional que supone mantenerlo en secreto”.
En sus frecuentes viajes a California, Nancy también ayudaba a su padre a dirigir la Fundación de la Enfermedad de Huntington. Las reuniones del grupo no podían estar más lejos de las sobrias reuniones científicas que son el pan de cada día de la vida académica. No había charlas tradicionales ni diapositivas. En su lugar, Nancy y su padre invitaban a científicos creativos –quienes quizá nunca antes hubieran pensado en la enfermedad de Huntington– a intercambiar ideas sobre cómo encontrar el gen, garabateando lo que se les ocurría en una pizarra. Las reuniones siempre contaban con la presencia de un paciente de Huntington, o de un familiar de un paciente, para que los científicos pudieran comprender lo que estaba en juego.
De vuelta en Nueva York, como parte de su trabajo en Ciencias Sociales, Nancy organizaba reuniones con familias afectadas por la enfermedad de Huntington y personas que trabajaban con ellas, como trabajadores sociales, neurólogos, representantes de seguros, policías, profesores, enfermeros y otros funcionarios públicos.
Lo que escuchó le resultaba demasiado familiar. Según escribió, ella misma había vivido casi todo lo que las familias le habían contado: “el estigma y el silencio que rodean a la enfermedad de Huntington; la ignorancia de la mayoría de los médicos sobre la enfermedad, incluido su patrón hereditario; la negación por parte de los familiares que sabían de la enfermedad pero se resistían a hablar de ella; el miedo y la ansiedad que sufrían quienes estaban en riesgo y esperaban años a ver si aparecían los síntomas; la ansiedad de que, si se desarrollaba una prueba predictiva, esta pudiera revelar una futura aparición pero no hacer nada para anticiparse a ella o prevenirla; las divisiones dentro de las familias sobre cómo responder a la enfermedad; la sensación de pertenecer a un linaje mancillado; la vergüenza y la incomodidad respecto a los familiares con síntomas; la tremenda carga económica que supone el cuidado; y la sensación de que no había ningún sitio al que acudir en busca de ayuda”.
Como parte de sus investigaciones, Nancy preguntaba a quienes tenían antecedentes de Huntington en sus familias si se harían la prueba genética en caso de que se desarrollara una. Dos tercios dijeron que sí.
Nancy pensó que ella también querría hacerse la prueba.
La búsqueda del gen comenzó de lleno en 1980, centrándose en tres comunidades alrededor del lago Maracaibo, en Venezuela, que tenían la mayor prevalencia de la enfermedad de Huntington en el mundo. Los investigadores rastrearon la enfermedad hasta una mujer, María Concepción, quien vivió en la zona a principios del siglo XIX. Al parecer, María tenía la enfermedad de Huntington y la transmitió a generaciones de descendientes que la llamaban “el mal”.
La enfermedad de Huntington era tan temida que los habitantes de esas comunidades habían sido aislados y marginados. Acabaron casándose entre ellos, lo que aumentó la probabilidad de que el gen se transmitiera.
Nancy dirigió el equipo de investigación, regresando a Venezuela con regularidad durante 22 años y recogiendo más de 4000 muestras de sangre de venezolanos. Se preocupaba mucho por ellos e incluso ayudó a crear una residencia para pacientes con Huntington.
Tres años después de que comenzara la búsqueda del gen en Venezuela, esa pregunta –¿te harías la prueba?– ya no era hipotética. Los investigadores encontraron un marcador, como una bandera en el ADN, que solo estaba presente cuando alguien tenía el gen de la enfermedad de Huntington. No era el gen en sí –eso vendría más tarde–, pero se podía usar para decirle a la gente si tenía el gen.
La decisión de hacerse la prueba, sin embargo, resultó ser más difícil de lo que podría parecer. ¿Es mejor saber que estás condenado, o esperar que no lo estés?
En su tesis doctoral, Nancy había advertido de que, cuando la prueba estuviera disponible, muchos de quienes pensaban que la querrían cambiarían de opinión. No se había dado cuenta de que ella sería una de ellos.
La enfermedad de Huntington es una de las pocas enfermedades –otras son el alzhéimer prematuro y algunas enfermedades priónicas– en las que un resultado positivo en la prueba genética te quita toda esperanza de escapar a tu destino. En otras enfermedades genéticas, una prueba solo puede indicar una probabilidad, no una certeza, de que una persona vaya a desarrollar la enfermedad. En ambos casos, la gente suele optar por no hacerse la prueba. En el caso del cáncer de colon, por ejemplo, un estudio nacional reciente reveló que solo el 3,7 por ciento de las personas con una mutación que aumenta el riesgo se sometió realmente a la prueba genética.
El fenómeno de la evasión es tan común que las clínicas de fecundación in vitro ofrecen una prueba especial a las parejas con riesgo de padecer alguna enfermedad hereditaria: examinan cada embrión en busca del gen de la enfermedad e implantan únicamente aquellos que no lo tienen, sin informar a los futuros padres del resultado.
En su libro, Nancy explica que se había tomado a la ligera la idea de hacerse la prueba antes de que existiera realmente una.
“Me di cuenta de que no había pensado en todas las ramificaciones, tanto psicológicas como sociales, de lo que un resultado positivo podría significar en mi vida”, escribió Nancy, y añadió: “No estaba segura de poder vivir con la certeza de que algún día aparecerían los temidos síntomas. Preferí enfrentarme al demonio cuando estuviera a las puertas de mi casa”.
Alice tenía una razón similar para rechazar la prueba. “¿Cómo viviría con un resultado positivo?”, se preguntó. “Pensaba que la idea de la ambigüedad, la incertidumbre, tenía cierto atractivo. Creía que podría vivir con eso”.
Y, me dijo, “una vez que tienes ese conocimiento, no puedes deshacerte de él”.
En 1996, después de que las investigaciones de Nancy ayudaran a encontrar el gen, Alice empezó a notar pequeños movimientos anormales en su hermana.
Nancy tenía solo 51 años, dos menos de los que tenía su madre cuando un policía la vio tambaleándose mientras caminaba por la calle y la acusó de estar ebria.
Pero Nancy negaba que estuviera pasando algo. Llevaba una vida activa; se sentía bien. Conoció a su pareja, Herbert Pardes, psiquiatra y vicepresidente ejecutivo del Hospital New York-Presbyterian, ya entrada en años, pero tenían una relación feliz. (Él falleció en 2024).
Sin embargo, amigos y colegas empezaron a preguntarle a Nancy si tenía la enfermedad de Huntington, observándola de cerca. Ella se ponía molesta y furiosa. ¿Cómo se atrevían a intentar diagnosticarla? No eran sus médicos.
No obstante, a Nancy le sorprendió verse en videos haciendo movimientos bruscos y espasmódicos. No se había dado cuenta de que hacía eso.
Le preocupaba su comportamiento impulsivo: le dijo a Alice que parecía que no podía dejar de comprar cosas que no se podía permitir. (La impulsividad es un rasgo característico de la enfermedad de Huntington).
En 2015 había perdido mucho peso, algo típico de la enfermedad de Huntington, debido a los constantes movimientos involuntarios. Y se tambaleaba al caminar.
Finalmente, en 2019, se llevó a cabo un ensayo clínico con un fármaco experimental para la enfermedad de Huntington. Nancy quería participar, pero para ello tenía que tener un diagnóstico de la enfermedad.
Le pidió a la neuróloga Linda Lewis que le dijera la verdad. ¿Tenía la enfermedad de Huntington?
“Sí, Nancy, la tienes”, dijo Lewis.
Era demasiado mayor para el ensayo, pero los investigadores estaban dispuestos a hacer una excepción con ella. Antes de que pudiera empezar a tomar el fármaco, el ensayo se suspendió: estaba empeorando el estado de los pacientes.
Sigue sin haber tratamiento para la enfermedad de Huntington.
Ahora, les pregunté a Nancy y a Alice, en retrospectiva: ¿habría sido mejor haberse hecho la prueba?
La respuesta, para ambas, es un rotundo no. Ninguna de las dos vive con remordimientos.
Según Alice, la prueba no resuelve las grandes preguntas. “Aunque la prueba se promocionaba como una elección entre la certeza y la incertidumbre, para mí siempre me pareció más una elección entre una forma de incertidumbre –¿voy a tener la enfermedad de Huntington?– y otra –¿cuándo tendré la enfermedad de Huntington?”, dijo.
Después de toda esa zozobra, Alice se libró de la enfermedad familiar. Le pregunté si sentía culpa del superviviente. “Más que culpa, siento la injusticia de todo esto”, respondió. “Qué injusto es que ella tenga Huntington y yo no. Es solo una suerte cruel y arbitraria del azar”.
La única razón por la que podría haber querido hacerse la prueba, dijo Alice, era para, en caso de no tener el gen, poder tener hijos biológicos. No había querido arriesgarse a transmitir el gen a otra generación. Pero cuando la prueba estuvo disponible tenía alrededor de 45 años: demasiado tarde para ella.
La respuesta de Nancy fue más breve, pero concisa: “La prueba predictiva no habría servido de nada. Habría sido demasiado amenazante”, dijo, con dificultad para articular las palabras.
Nancy también anheló tener hijos. Probó el método de fecundación in vitro, que le permitía evitar saber si algún embrión estaba afectado. Pero no logró tener un bebé.
Ahora, atendida por cuidadores a tiempo completo, confinada en su apartamento, incapaz de comer o bañarse sola, despojada de su carismática personalidad por sus dificultades para hablar, le pregunté cómo es su vida.
“No da tanto miedo”, respondió Nancy.
Gina Kolata escribe sobre enfermedades y tratamientos, cómo se descubren y prueban los tratamientos y cómo afectan a las personas.

Leave a Reply