Te presentamos al país más pequeño que ha llegado a una Copa Mundial

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En los casi 100 años de historia de la Copa Mundial de fútbol, han competido 80 países (más algunos que ya no existen). Este verano se sumarán cuatro nuevos, entre ellos Curazao.

Esta diminuta isla caribeña, situada a unos 65 kilómetros de la costa de Venezuela y más conocida por producir grandes jugadores de béisbol, tiene una población de 158.000 habitantes. Cuando salió a la cancha el domingo por primera vez en la historia de la Copa Mundial, tomó el lugar que antes tenía Islandia, que tenía 350.000 habitantes cuando jugó en 2018, como la nación más pequeña en hacerlo.

“Es una esperanza para otros países de que es posible, sin importar el tamaño”, dijo Brenton Balentien, de 35 años, camarero y aficionado al fútbol de Curazao de toda la vida.

El camino ha tomado décadas. Pero un cambio en la estrategia de la federación nacional de fútbol –dejar de lado a los jugadores aficionados locales y optar por los profesionales de ascendencia curazoleña– ha impulsado por fin al país a este torneo de 48 equipos.

También ha creado una dinámica emblemática de la propia nación: solo un jugador de la plantilla que se enfrentará a Alemania en Houston, Tahith Chong, nació en la isla. El resto nació y creció en su mayoría en los Países Bajos.

La razón yace en la historia. Tras la disolución de las Antillas Neerlandesas en 2010, Curazao se convirtió en un país autónomo dentro del Reino de los Países Bajos. Tiene su propio primer ministro, Parlamento y leyes, pero su jefe de Estado es el rey neerlandés, Willem-Alexander, su corte más alta es la Corte Suprema de los Países Bajos, y sus asuntos militares y de relaciones exteriores se gestionan desde La Haya. Todos los curazoleños tienen pasaporte neerlandés.

Así que cuando los residentes alcanzan la edad universitaria o quieren empezar una carrera profesional, muchos se van a los Países Bajos, algo relativamente fácil dado que las escuelas públicas enseñan cuatro idiomas: neerlandés, inglés, español y papiamento, la lengua criolla local. En los Países Bajos vive ahora casi la misma cantidad de personas de ascendencia curazoleña (unas 150.000) que en la propia isla.

Los futbolistas no son la excepción. Ya que no hay liga profesional y el sistema de cantera es muy escaso en su país, los mejores jugadores de Curazao se trasladan a Europa, a sus ligas de fútbol de primera división y a sus academias. Para mejorar la selección nacional, la federación de fútbol de Curazao recurrió a su diáspora neerlandesa.

Gilbert Martina, presidente de la federación desde el año pasado, dijo que el único requisito es que al menos uno de los padres o abuelos del jugador debía haber nacido en la isla.

Hace unas dos décadas, dijo, el equipo estaba compuesto principalmente por aficionados locales, y los mejores jugadores profesionales de ascendencia curazoleña soñaban con jugar para los Países Bajos, un eterno aspirante a la Copa. Eso cambió, en parte, cuando el actual capitán, Leandro Bacuna, y su hermano Juninho ayudaron a convencer a otros jugadores para que cambiaran de selección.

Martina, quien fue director ejecutivo de un hospital y pasó 16 años en los Países Bajos antes de regresar, dijo que la selección había sido recibida como “un equipo local, no como un equipo neerlandés”, debido a las raíces de los jugadores.

Sithree van Heydoorn, ministro de Educación, Ciencia, Cultura y Deportes de Curazao, viajó dos veces a los Países Bajos para ayudar a reclutar jugadores, entre ellos Chong, y apeló a su sentido de pertenencia a sus raíces. Pero también entiende por qué se van tantos curazoleños.

“Mi familia lleva 40 años viviendo en Holanda y yo soy el único de mi familia que quedó en la isla”, dijo, y añadió más tarde: “Me preocupa también como ministro: ahí se están quedando nuestras mejores mentes cuando se van a estudiar”.

Ha llegado a acuerdos con universidades de Florida y Colombia para que los curazoleños puedan estudiar en la región y volver más fácilmente, ya que la residencia a largo plazo en los Países Bajos no requiere visado, pero establecerse en otros lugares sí.

La Copa Mundial ha traído un impulso muy necesario, dijo. La economía de Curazao se ha visto muy afectada en los últimos años. Cuando la petrolera estatal venezolana abandonó la única refinería de la isla en 2019, miles de personas se quedaron sin trabajo, y luego la pandemia ocasionada por la covid asestó un duro golpe al turismo.

“Hemos venido creciendo, con el turismo”, dijo Van Heydoorn. “Pero a pesar de eso, cuando uno sale del país, siempre te preguntan: ‘¿Dónde está Curazao?’. Mucha gente no sabía dónde estaba la isla. Pero ahora sí”.

Atilay Uslu, uno de los principales patrocinadores del equipo y dueño de la agencia de viajes neerlandesa Corendon, dijo que jugar en Estados Unidos ofrece una ventaja especial: dar a conocer la isla a los estadounidenses, cuyas visitas, que han aumentado en los últimos años, han impulsado una industria turística que antes dependía principalmente de los europeos.

“Cuando estuve en Estados Unidos, nadie sabía dónde estaba Curazao y todo el mundo conocía Aruba”, dijo, en referencia a la isla vecina que es muy popular entre los turistas estadounidenses. “Ahora, con la Copa Mundial, nuestro objetivo es que, cuando vayamos a Estados Unidos y la gente pregunte: ‘¿Dónde está Aruba?’, podamos decir que está al lado de Curazao”.

En la isla, el fervor por la Copa Mundial lo invade todo. Hay banderas y pancartas de la selección (conocida como la Ola Azul, en referencia a las aguas caribeñas que rodean la isla) por todas partes, junto con imágenes de los jugadores. Los coches están decorados. En un cartel en la plaza principal de la capital, Willemstad, se lee: “La nación más pequeña en clasificarse jamás para la Copa Mundial”.

En un reciente partido de despedida contra Aruba, el estadio nacional, con capacidad para 11.000 personas, se llenó hasta los topes y rebosaba de celebración. Toda la noche se vendió ron y satay (brochetas de carne traídas a la isla desde Indonesia, otra antigua colonia neerlandesa).

Una vez terminado el partido, miles de curazoleños llenaron un centro de festivales cercano para una fiesta organizada por el gobierno con discursos, música y fuegos artificiales. Los jugadores aparecieron en el escenario como estrellas de rock.

A Marian Nahr, de 33 años, quien estaba de visita desde La Haya, no le importaba que la mayoría de los jugadores no hubieran nacido ni crecido en la isla. Ella nació en Curazao, pero se mudó a los Países Bajos a los 21 años para estudiar en la universidad y se quedó por motivos de trabajo, pero regresó para ver a su madre y a la selección nacional.

“Curazao es de todos”, dijo. “No te hace ni mejor ni peor el hecho de no haber nacido aquí. Se trata de la cultura y de la unión”.

Jealaine Alexander Wawoe, de 58 años, se mostró de acuerdo. Los jugadores hablan papiamento, visitan la isla y tienen familia aquí. “De todos modos, somos holandeses: holandeses negros”, añadió.

La mayoría de la población de Curazao es de ascendencia africana porque los neerlandeses utilizaron la isla como un importante centro de tránsito durante el comercio transatlántico de esclavos.

Balentien, la superfan, señaló que otras selecciones nacionales, como Francia y los Países Bajos, se benefician de las vías de migración creadas por el colonialismo y dijo que Curazao no debería ser diferente.

Aunque esperaban mejorar, los funcionarios reconocieron que el país carecía de la infraestructura necesaria para formar a más jugadores locales a corto plazo y que seguiría dependiendo de su diáspora. Esto refleja una cuestión más amplia sobre la relación de Curazao con los Países Bajos: una separación total, dijo Van Heydoorn, aún no es realista.

Sin embargo, pase lo que pase en la Copa Mundial, varios curazoleños dijeron que ya habían ganado.

“Estamos destacando con los mejores del mundo”, dijo Alexander Wawoe.

James Wagner cubre noticias y cultura para el Times en América Latina y está radicado en Ciudad de México.

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