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Un número récord de prestatarios de préstamos estudiantiles se encuentran en situación de morosidad e impago. Algunos están tomando la drástica decisión de irse del país y abandonar sus préstamos.
Amanda Lynn Tully pasó su adolescencia bajo la tutela del estado de Colorado y creía que un título universitario era su boleto para una vida mejor.
Por eso, cuando se graduó en 2017 con un máster en conservación histórica por la Universidad de Oregón, 65.000 dólares en préstamos federales para estudiantes y ninguna oferta de trabajo en el campo de la conservación, se sintió engañada.
“Nunca fui financieramente estable porque nunca me enseñaron a ser financieramente estable”, dijo Tully, de 37 años.
Menos de un año después de graduarse, Tully tomó una decisión drástica: se trasladó a Praga, donde había realizado unas prácticas, y dejó de pagar sus préstamos. Lleva más de siete años sin pagar nada.
Más de 40 millones de prestatarios cargan con deudas estudiantiles federales, y un número récord –7,7 millones– han dejado de pagar sus préstamos, según datos publicados recientemente por el Departamento de Educación.
Para algunos prestatarios, trasladarse al extranjero y ponerse fuera del alcance de los cobradores de deudas puede resultar tentador. En las entrevistas, quienes tomaron esta decisión citaron como motivación aliviar la carga psicológica de la deuda estudiantil, así como tener una mayor calidad de vida, incluso con un salario más bajo, fuera de Estados Unidos. Muchos de quienes huyeron al extranjero, incluida Tully, dijeron que no tenían planes de regresar jamás.
Se desconocen las cifras sobre el número de prestatarios que abandonan sus préstamos de esta manera, pero muchos deudores han compartido sus experiencias en foros como Reddit. Agencias de información crediticia como Experian, conscientes del problema, han aconsejado a los prestatarios que se han trasladado al extranjero que “resistan la tentación de dejar de hacer los pagos”. Los prestatarios en situación de morosidad e impago probablemente verán caer en picado su puntuación crediticia, lo que elevará sus costos de endeudamiento y dificultará su acceso al crédito.
Tully estaba acogida a un plan de amortización basado en los ingresos, que permite que a muchos prestatarios se les condone la deuda restante tras 20 años de efectuar pagos que cumplan los requisitos. Pagaba 60 dólares al mes cuando dejó de pagar. Esta cantidad, para muchos, puede parecer manejable. Pero para ella seguía siendo una carga psicológica.
“Los pagos ni siquiera amortizaban los intereses, así que era frustrante”, dijo Tully.
Stanley Tate, un abogado de Baltimore especializado en deudas estudiantiles, advierte contra este enfoque. “Los préstamos estudiantiles federales son deudas contractuales”, dijo, lo que significa que la obligación de pagarlas no desaparece, independientemente de la ciudadanía o la residencia. Por otra parte, la exclusión de los ingresos obtenidos en el extranjero a menudo permite a los prestatarios de préstamos estudiantiles federales que viven en el extranjero y ganan menos de 130.000 dólares (para el año fiscal 2025) pagar 0 dólares por mes bajo un plan de pago basado en los ingresos, dijo, y recomendó este camino en lugar del incumplimiento.
Pero los pagos asequibles no han impedido que los prestatarios de este tipo de planes incurran en impago, ni en el extranjero ni en su propio país.
Michele Zampini, vicepresidenta asociada de normativas federales y defensa delInstitute for College Access and Success, o TICAS, ha visto a prestatarios en una situación similar a la de Tully, con pagos aparentemente manejables, incumplir debido a una combinación de bajos ingresos y una sensación de desesperanza.
“El peso psicológico de cargar con deudas es un problema muy extendido, aunque parezca financieramente manejable”, dijo. “No se trata necesariamente de ‘no puedo costearlo’. A veces es algo como ‘siento que no tenía más opción que ir a la universidad y tuve que pedir préstamos para hacerlo, y ahora voy a tener que cargar con esto’, lo que puede definir la vida de las personas de una manera que se siente muy injusta y dañina”.
En 2016, Eric Cooper se graduó en logística en una escuela estatal de Georgia. Recibió buenas calificaciones, encontró un trabajo como gerente de logística y obtuvo un sueldo de 52,000 dólares al año casi de inmediato. Pero tenía 80.000 dólares de deuda estudiantil, la mayor parte de la cual consistía en préstamos PLUS para padres solicitados a través de su madre.
“Hice lo que todo el mundo dice que hay que hacer: ir a la universidad, pedir préstamos”, dijo Cooper, que ahora tiene 31 años. “Mi preocupación cuando tenía 18 años era que suponía mucho dinero, pero todo el mundo te dice que conseguirás un buen trabajo y lo devolverás, sin problemas”.
Los pagos de Cooper superaban los 600 dólares al mes y vivía al día. Consideró sus opciones y planeó dejar de pagar poco después de graduarse, tras darse cuenta de que tardaría décadas en saldar su deuda.
“Lo pensé un día y me dije: ‘¿De verdad voy a estar haciendo esto hasta que tenga 50 o 60 años?’”.
Su principal preocupación era el préstamo PLUS para padres. “Si me iba y no lo pagaba, ellos se verían obligados a hacerlo”, dijo refiriéndose a su familia. Después de trabajar tres años y pagar puntualmente, refinanció el préstamo a su nombre con un prestamista privado. A los pocos meses, se trasladó al sudeste asiático para enseñar inglés y siguió haciendo pagos mínimos mientras solicitaba la nacionalidad en su nuevo país. Dejó de pagar cuando la obtuvo.
Cooper dejó de pagar sus préstamos en 2019 y cambió su correo electrónico y su número de teléfono, sin alertar nunca a los deudores de su nueva dirección.
“Creo que se enviaron algunas cartas a mis padres, pero después del primer año, simplemente nunca escuché nada de nadie”, dijo.
Para Enrique Zúñiga, las deudas no estaban en su mente cuando empezó sus estudios. Recibió una beca completa para Princeton y estaba agradecido de no tener deudas estudiantiles, hasta que recibió una factura de impuestos de 16.000 dólares.
Zúñiga, de 25 años, procede de una familia de clase trabajadora de Tiltil, Chile. En su último año de bachillerato, EducationUSA, una iniciativa del Departamento de Estado para reclutar estudiantes internacionales para Estados Unidos, acudió a su clase y le entregó folletos de Princeton, donde solicitó estudiar química y más tarde cambió a las especialidades en español y portugués.
Zúñiga vivía en alojamientos universitarios y trabajaba como friegaplatos a tiempo parcial, y su beca cubría tanto la matrícula como los gastos de manutención. Pero Zúñiga no sabía que toda la financiación que superaba sus gastos académicos representaba financiación “no cualificada”, lo que significa que estaba sujeta a impuestos.
Princeton afirma en su página web que la mayor parte de la financiación no académica (incluida la de los estudiantes internacionales) está sujeta a impuestos, pero Zúñiga no recordaba que se lo hubieran dicho. Cuando recibió la primera factura de impuestos de la universidad al comienzo de su segundo año de estudios, le entró el pánico.
“Entré en la oficina de ayuda financiera y les dije: ‘No tengo este dinero, ¿qué hago? Tengo que matricularme en mis clases’”, recuerda. Princeton le ofreció un préstamo privado para cubrir la factura de impuestos. Zúñiga esperaba quedarse en Estados Unidos después de graduarse y encontrar un buen trabajo con su título de la Ivy League. Con estos planes en mente, pidió más préstamos privados para cubrir sus impuestos hasta la graduación.
TICAS ha abogado por que toda la financiación de becas no esté sujeta a impuestos para evitar que los estudiantes asuman deudas fiscales. Sin embargo, Zampini dijo que nunca había visto una situación como la de Zúñiga, en la que la universidad concediera préstamos para cubrir los impuestos. El periódico estudiantil también ha publicado un artículo de opinión destacando la cuestión.
En julio de 2022, Zúñiga se graduó con 16.736 dólares en préstamos a Princeton. Recibió cartas y correos electrónicos que exigían el pago casi inmediato. Después de meses de desempleo y de quedarse a dormir en sofás de conocidos, Zúñiga encontró trabajo como asistente legal e intérprete en una organización de beneficencia legal en Filadelfia, pero seguía sin poder hacer frente a los pagos.
En noviembre de 2023, Zúñiga había devuelto menos de 1500 dólares, y los administradores de préstamos empezaron a exigirle más pagos. Entonces recibió una oferta de trabajo en Shanghái como asesor de admisiones universitarias.
“Pensé: ‘Bueno, no pueden ejecutar ninguna sentencia contra mis deudas. Mejor me voy’”, dijo. Antes de trasladarse a China, intentó negociar con los gestores de los préstamos, pero dijo que no estuvieron dispuestos a ceder.
Incluso en Shanghái, una organización china de recuperación de préstamos empezó a ponerse en contacto con Zúñiga casi a diario a lo largo de 2024, instándole a pagar su deuda con Princeton.
“Estaba deprimido”, dijo, describiendo un ciclo de recibir llamadas telefónicas diarias y bloquear números. Hoy, Zúñiga sigue recibiendo correos electrónicos sobre su deuda, que ha crecido hasta los 28.196,13 dólares, pero no planea pagarla.
Aparte de los correos electrónicos, la deuda no desempeña prácticamente ningún papel en la vida de Zúñiga en Shanghái. Tully y Cooper también llevan vidas aparentemente libres de deudas. Dependen en gran medida de empleos locales y trabajos por cuenta propia, y siguen viviendo cómodamente a pesar de ganar mucho menos que sus coetáneos estadounidenses. Ambos han visitado Estados Unidos sin problemas y dijeron que rara vez pensaban en sus deudas.
Zampini dijo que le preocupaba que se dijera que los prestatarios morosos que viven en el extranjero estuvieran “engañando al sistema” o que constituyeran una minoría tan pequeña que sus experiencias no motivaran un cambio de política.
“Esta es solo una pieza del rompecabezas más amplio que es la forma en que los prestatarios están lidiando con la situación”, dijo. “El hecho de que alguien necesite hacer un cambio tan drástico en su vida debido a la deuda estudiantil es, en sí mismo, una crítica a un sistema roto”.

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