Opinión: Vestirse bien es vivir

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A sus 74 años, Anatoliy Paduka apenas sale de su casa en Odesa, Ucrania, salvo para pasear a su perrito entre los bloques de departamentos construidos en la década de 1960 y los puestos de frutas y verduras. Cuando pasa, la gente suele seguirlo con la mirada. Sus sombreros caprichosos y pañuelos estampados destacan en medio de la desesperanza gris y fatiga apagada –y el sonido familiar de las sirenas antiaéreas— que impregnan nuestra ciudad, en el sur del país.

“A veces pienso que se necesitan dos corazones para sobrevivir a esto, porque un corazón humano podría explotar”, me dijo Paduka, en referencia al desgaste emocional causado por cuatro años de guerra.

Los miembros de la generación de Paduka empezaron sus vidas durante la Segunda Guerra Mundial o en sus secuelas y ahora están viviendo sus años de ocaso en medio del mayor conflicto que Europa ha experimentado desde entonces. Pensar que basta el transcurso de una vida humana para olvidar una catástrofe y caer como sonámbulos en otra, hace tambalear mi esperanza en un futuro mejor.

Pero entonces veo a Paduka y a muchos otros de su edad que se visten de gala ante este horror, y muestran su determinación de seguir adelante a pesar de todos los golpes de la historia que han soportado. Es como si se burlaran de nuestra desesperanza y retaran a la vida a que les sorprenda con cualquier otra cosa que pueda lanzarles. Mientras te veas elegante, no estás retrocediendo.

En mi barrio me cruzo a veces con Violetta Ageeva. Tiene 94 años y es una de las personas mejor vestidas que he visto en mi vida. Dentro de su apartamento, en el último piso de un viejo edificio de tres plantas, me enseñó su viejo armario, cuyos gruesos estantes de madera se curvan bajo el peso del tiempo y los montones de ropa elegante y juguetona.

Me habló de la ocupación rumana de 1941 a 1944, cuando ella y su madre se escondieron en el sótano de su edificio, igual que hacemos a veces estos días. Toda su vida, Ageeva ha confeccionado su propia ropa, y cuando le pregunté qué significaba para ella, se rió y dijo: “Así es como vivo”.

Odesa, ciudad portuaria que hace tiempo prosperó gracias al contrabando y el comercio y que ha atraído a una bulliciosa mezcla de nacionalidades y culturas, es famosa por su humor y la colorida forma de hablar de la gente. También ha producido su propio sentido de la moda: una mezcla característica de extravagancia y glamur. Me hace pensar en alguien que tiene un gran ego, no se toma a sí mismo demasiado en serio y disfruta con una buena carcajada.

Nos vestimos para mostrar no solo quiénes somos, sino también quiénes queremos ser. Nos vestimos para impresionar y para atraer la atención de otras personas y presumir. Pero también nos vestimos por rebeldía; tener un aspecto fabuloso es negarnos a aceptar el poder de cualquier monotonía que nos rodee. Nos vestimos para un mundo mejor. Quizá así podamos hacerlo realidad o, simplemente, provocar una sonrisa en quienes nos rodean.

Y mucha gente actúa en consecuencia, conscientemente o no. En mis 15 años como trabajadora humanitaria en zonas de conflicto, he visto a mujeres en campos de refugiados, donde era difícil encontrar agua y comida, hacer enormes esfuerzos para confeccionar vestidos elaborados. Era una manera de formar parte de su comunidad y de reforzar un sentido de sí mismas más allá de las circunstancias inmediatas que no podían controlar.

Dirigimos nuestras esperanzas hacia el futuro. Y cuando intentamos imaginar el futuro de un lugar, solemos dirigir nuestra mirada hacia su juventud. Pero los jóvenes están abandonando Ucrania en cantidades asombrosas. En los últimos tres años, el país ha perdido el 40 por ciento de su población en edad de trabajar. Son las personas mayores quienes se han quedado para expresar el ADN de esta ciudad en lugar de dejar que la emigración masiva y la guerra lo erosionen por completo.

Ageeva tiene problemas para caminar y no sale con frecuencia, sobre todo en invierno. Pero en las ocasiones inusuales en que la veo, siento el impulso de prestar más atención a lo que llevo puesto. Para hacer un poco mejor la oscura realidad de los ataques aéreos, los cortes de electricidad y las tuberías de agua rotas, y ayudar a preservar la identidad única del lugar que amo. Para que no me explote el corazón.

Alyona Synenko es escritora de Odesa, Ucrania.

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