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El comportamiento imprevisible y los comentarios extremos del presidente Donald Trump en los últimos días y semanas han acelerado el debate sobre si solo es errático o si tiene problemas de desequilibrio, una discusión que lo ha acompañado durante una década en el escenario político nacional.
Una serie de declaraciones deshilvanadas, difíciles de seguir y, a veces, absurdas, que tuvieron su punto culminante la semana pasada con su amenaza de “toda una civilización morirá esta noche” sobre destruir a Irán y su ataque al papa el domingo por la noche, “DÉBIL contra el crimen y terrible para la política exterior“, han dejado a muchas personas con la impresión de un autócrata trastornado y con delirio de poder.
La Casa Blanca rechazó esas apreciaciones y replicó que Trump es perspicaz y mantiene en estado de alerta a sus oponentes. Pero los estallidos del presidente han generado dudas sobre el liderazgo de Estados Unidos en tiempos de guerra. Aunque en otros momentos el país ha tenido presidentes cuya capacidad ha estado en escrutinio –el más reciente, el octogenario Joe Biden quien envejecía ante los ojos de la opinión pública–, en tiempos modernos no se había debatido de manera tan pública o detallada, ni con implicaciones tan profundas, la estabilidad de un mandatario.
Los demócratas, que desde hace tiempo han puesto en duda la aptitud psicológica de Trump, hicieron una nueva serie de llamamientos para invocar la Vigesimoquinta Enmienda de la Constitución estadounidense y remover del poder al presidente por incapacidad. Pero no se trata solo de una inquietud expresada por partidarios de izquierda, comediantes de televisión o profesionales de la salud mental, que hacen diagnósticos a distancia. Ahora, también puede escucharse de generales retirados, diplomáticos y funcionarios extranjeros. Y, lo que es más sorprendente, puede oírse incluso en la derecha, entre antiguos aliados del presidente.
La exrepresentante Marjorie Taylor Greene, la republicana por Georgia que rompió vínculos recientemente con Trump, abogó por usar la Vigesimoquinta Enmienda y argumentó en la cadena CNN que amenazar con destruir la civilización iraní no era “retórica severa, es locura“. Candace Owens, la personalidad de pódcasts de extrema derecha, lo llamó “lunático genocida“. Alex Jones, el teórico de la conspiración y fundador de Infowars, dijo que Trump “balbucea y parece que al cerebro no le está yendo muy bien”.
Algunas de las dudas sobre el estado de Trump vienen de personas que en su día trabajaron con él y que desde entonces se han convertido en críticos. Incluso antes de la publicación sobre eliminar a una civilización, Ty Cobb, abogado de la Casa Blanca en el primer mandato de Trump, dijo al periodista Jim Acosta que el presidente es “un hombre que está claramente delirante” y que su reciente cadena de publicaciones beligerantes en las redes sociales a medianoche “reflejan el nivel de su locura”. Stephanie Grisham, exsecretaria de prensa de Trump en la Casa Blanca, escribió en internet la semana pasada que “está claro que no está bien“.
Trump contraatacó en una larga y airada publicación en las redes sociales que no irradiaba estabilidad serena precisamente. “Tienen una cosa en común: un bajo coeficiente intelectual”, escribió Trump sobre Owens, Jones, Megyn Kelly y Tucker Carlson. “Son personas estúpidas, ellos lo saben, sus familias lo saben y todo el mundo lo sabe”. Y les regresó la acusación sobre la locura: “Son LOCOS, PROBLEMÁTICOS y dirán lo que sea necesario por algo de publicidad ‘gratis’ y barata”.
El disenso sobre Trump en la derecha no se ha extendido al Congreso, donde los legisladores republicanos siguen siendo públicamente leales al presidente, ni ha llegado al gabinete, que tendría que aprobar cualquier invocación de la Vigesimoquinta Enmienda, por lo que ahora esa idea es intrascendente. Pero refleja el malestar cada vez mayor entre los estadounidenses, quienes han cuestionado en encuestas recientes la idoneidad de Trump, quien, a medida que se acerca a sus 80 años, ya es el presidente investido de mayor edad en la historia estadounidense.
Una encuesta de Reuters/Ipsos de febrero reveló que el 61 por ciento de los estadounidenses cree que Trump se ha vuelto más errático con la edad y solo el 45 por ciento afirma que es “mentalmente agudo y capaz de afrontar los desafíos”, en comparación con el 54 por ciento de 2023. Casi la mitad de los estadounidenses, el 49 por ciento, consideraron que Trump era demasiado grande para ser presidente cuando se les preguntó en una encuesta de YouGov en septiembre, un aumento frente al 34 por ciento en febrero de 2024, mientras que solo el 39 por ciento dijo que no era demasiado viejo.
Los demócratas han insistido en este tema en los días más recientes. Trump es “una persona extremadamente enferma” (senador Chuck Schumer, por Nueva York), está “desquiciado” y “fuera de control” (representante Hakeem Jeffries, por Nueva York) o, más rotundamente, “loco de atar” (representante Ted Lieu, por California). El representante por Maryland Jamie Raskin, escribió al médico de la Casa Blanca para solicitar una evaluación, y señaló “signos consistentes con demencia y deterioro cognitivo” y rabietas “cada vez más incoherentes, volátiles, profanas, desquiciadas y amenazadoras”.
Los defensores del presidente respondieron. Lo que los críticos llaman psicosis, ellos lo llaman estrategia.
“Trump sabe exactamente lo que hace”, escribió Liz Peek, columnista de The Hill y colaboradora de Fox News. “Trump seguirá utilizando una presión militar y diplomática maximalista (y a veces escandalosa) en su campaña para librar a Medio Oriente de la campaña de casi 50 años de terror de Irán”.
Trump, quien en su primer mandato se describió a sí mismo como “un genio muy estable” y se ha jactado con regularidad de superar pruebas cognitivas para detectar la demencia, descartó las críticas sobre su estado mental cuando un periodista le preguntó la semana pasada.
“No he oído eso”, dijo. “Pero si ese es el caso, tienen que tener más gente como yo, porque nuestro país ha sido estafado en el comercio, en todo, por muchos años hasta que yo llegué. Así que si es así, tendrán que tener más gente”.
Cuando se le pidieron más detalles, Davis Ingle, portavoz de la Casa Blanca, afirmó en un correo electrónico: “La agudeza del presidente Trump, su inigualable energía y su accesibilidad histórica contrastan con lo que vimos en los últimos cuatro años”. Argumentó que Biden había decaído física y mentalmente en ese tiempo y que The New York Times y otros medios de comunicación lo habían encubierto. (El Times cubrió ampliamente la salud y la edad de Biden en diversos artículos).
La estabilidad de Trump ha sido un tema recurrente desde que aspiró a la presidencia por primera vez en 2016. Numerosos psiquiatras y otros profesionales de la salud mental han emitido sus propias opiniones, incluso sin haber tenido la oportunidad de evaluarlo. John F. Kelly, el jefe de gabinete más longevo en la Casa Blanca durante su primer mandato, incluso compró un libro de 27 de esos especialistas titulado The Dangerous Case of Donald Trump, en un esfuerzo por comprender a su jefe, y llegó a la conclusión de que padecía una enfermedad mental.
No es la primera vez que se pone en duda la aptitud mental de un presidente. John Adams, Andrew Jackson y los dos Roosevelt fueron acusados de vez en cuando por sus enemigos políticos de estar desequilibrados.
Abraham Lincoln batalló con la depresión. Woodrow Wilson nunca volvió a ser el mismo después de un derrame cerebral. Lyndon B. Johnson oscilaba entre la energía maníaca y ataques de abatimiento. Ronald Reagan pareció tropezar hacia el final de su presidencia, y muchos se preguntaron si la enfermedad de Alzheimer anunciada años después podría haber empezado a afectarlo entonces.
Algunos admiradores de Trump lo han comparado con Richard M. Nixon, quien defendía lo que supuestamente llamaba “la teoría del loco”, dando instrucciones a Henry A. Kissinger, su asesor de seguridad nacional en las conversaciones de paz en Vietnam, para que dijera a los negociadores que el presidente era inestable e impredecible como herramienta de negociación para obtener un mejor acuerdo. Pero, en privado, algunos de los propios asesores de Nixon no creían que todo fuera una actuación.
En ocasiones, Trump ha intentado aprovechar su reputación demencial. “Hazles creer que estoy loco”, le dijo a Nikki Haley, su embajadora ante las Naciones Unidas durante su primer mandato, refiriéndose a los norcoreanos. “¿Sabes cuál es el secreto de un tuit realmente bueno?”, preguntó una vez a William P. Barr, entonces su fiscal general. “La cantidad justa de locura”.
Sin embargo, Trump declaró al New York Post la semana pasada que esta vez, al menos, no estaba fingiendo. “Estaba dispuesto a hacerlo”, dijo sobre su amenaza de destruir la civilización iraní.
La atención pública sobre el estado mental de Trump ha superado a la de casi cualquier otro presidente. “Además de Nixon, nunca ha habido este nivel de preocupación con el tiempo”, dijo Julian E. Zelizer, historiador de Princeton y editor de un libro sobre el primer mandato de Trump.
De hecho, la situación actual eclipsa incluso a la de Nixon. A diferencia de la década de 1970, “gran parte de esto está sucediendo en público”, especialmente con las redes sociales y la televisión, dijo Zelizer. Y, añadió, “como presidente que naturalmente hace caso omiso de cualquier límite de seguridad o sentido del decoro, Trump se siente mucho más libre, incluso que Nixon, para dar rienda suelta a su rabia interior y actuar por impulso”.
En su segundo mandato, Trump parece aún menos moderado y por momento más incoherente. Utiliza más palabras vulgares, habla por más tiempo y con frecuencia hace comentarios más basados en fantasías que en hechos. Sigue diciendo que su padre nació en Alemania, cuando en realidad nació en el Bronx. Repite una historia inventada sobre su tío, profesor del MIT, en la que decía que le dio clases al terrorista conocido como el Unabomber.
Divaga por tangentes singulares: una divagación de ocho minutos en una recepción navideña sobre serpientes venenosas en Perú, una larga digresión durante una reunión del gabinete sobre los rotuladores Sharpie, una interrupción en una actualización sobre la guerra en Irán para elogiar las cortinas de la Casa Blanca. Ha confundido Groenlandia con Islandia y más de una vez se ha jactado de haber puesto fin a una guerra ficticia entre Camboya y Azerbaiyán, dos países separados por más de 6000 kilómetros. (Evidentemente, se refiere a Armenia y Azerbaiyán).
Incluso antes de arremeter contra el papa León XIV el domingo por la noche, y de publicar una imagen de sí mismo como una figura parecida a Jesús antes de borrarla, Trump había escandalizado a muchos con sus arrebatos contra sus críticos. Acusa de sedición, delito castigado con la muerte, a quien provoca su enfado. De manera peculiar dijo que el director de Hollywood Rob Reiner, quien murió supuestamente apuñalado por su hijo, fue asesinado “debido a la ira que causó” al oponerse a Trump. Cuando murió Robert S. Mueller III, exdirector del FBI y fiscal especial, Trump dijo: “Bien, me alegro de que haya muerto“.
Recientemente, declaró que “el nuevo presidente del régimen de Irán” estaba “mucho menos radicalizado y era mucho más inteligente que sus predecesores“. Excepto que el nuevo presidente de Irán es el mismo que el anterior. No ha habido ningún cambio de presidente. Es posible que Trump se refiriera al nuevo líder supremo, el ayatolá Mojtaba Jameneí, pero se le considera de línea aún más dura que su padre, el ayatolá Alí Jameneí, quien murió en la guerra.
Una diferencia con respecto al primer mandato es que hay pocos asesores como Kelly, si es que hay alguno, que consideren que es su responsabilidad evitar que Trump vaya demasiado lejos. “Cuando hace lo que hace, todos los que lo rodean miran abajo y no dicen nada”, dijo Zelizer. “A diferencia del primer mandato, ni siquiera parecen maniobrar tras bastidores para detenerlo”.
Pero puede haber margen político para ello con su base. “Hay un elemento de la política estadounidense en la era de la polarización, sobre todo dentro del Partido Republicano, al que le gusta este estilo de liderazgo”, dijo Zelizer. “¿Qué puede haber más antisistema que quien está dispuesto a estar fuera de control?”.
Peter Baker es el corresponsal principal de la Casa Blanca para el Times. Está cubriendo su sexta presidencia y a veces escribe artículos de análisis que ponen a los presidentes y sus gobiernos en un contexto y marco histórico más grandes.

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